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Sunday, May 29, 2016

I Puritani en Bellas Artes de México con Javier Camarena debutando el papel de Arturo

Javier Camarena
Fotos: Ana Lourdes Herrera / INBA

José Noé Mercado

La esperada nueva producción I puritani en el Bellas Artes de México se estrenó el pasado 22 de mayo con un imán principal en el elenco: el tenor xalapeño Javier Camarena, en su regreso operístico a nuestro país —del que en el fondo no se ha mantenido alejado pero su conexión había sido a través de recitales y conciertos—, luego de los más contundentes triunfos obtenidos en teatros referenciales como el Metropolitan de Nueva York, para no ir más lejos. Camarena debutó el rol de Lord Arturo Talbot y su primera vez, ésta en el Teatro del Palacio de Bellas Artes, fue una interpretación, ante todo, inteligente ya que mostró sus cualidades belcantistas, si bien su aproximación fue cauta y bien medida para poner al personaje en voz. Su acostumbrada coloratura y pirotecnia vocal con la que ha destacado en Gioachino Rossini y Gaetano Donizetti, dieron paso a un fraseo elegante que privilegia el canto legato, la línea melódica, la dicción transparente y, por supuesto, mantuvieron impecable su registro agudo. La cavatina “A te, o cara” o los dúos “Non parlar di lei che adoro” y “Vieni fra queste braccia”, con los personajes de Enrichetta y Elvira, respectivamente, quedaron como un valioso testimonio de ello. Con plenitud y riqueza en sus Re bemol sobreagudos (no dio el tradicional Fa en falsete chillón, pues optó por un Re bemol macizo y dorado), el veracruzano dejó la sensación de que si bien fue lo más destacable de esta producción, como correspondía desde la teoría a uno de los mejores tenores del planeta en la actualidad, tiene un margen y gran potencial para crecer este papel en tanto lo siga abordando. Y lo hará, por lo pronto, en el Met de Nueva York y en el Real de Madrid. Elvira, la protagonista de esta historia en tres actos, que cuenta con libreto de Carlo Pepoli, fue encomendado a la soprano Leticia de Altamirano, quien brindó un canto correcto y digno, aun cuando el punto de gravedad de la obra podría quedarle un poco central a su vocalidad. Ello quedó demostrado con el tejido de agudos bien construidos y brillantes sobre todo en “Ah, vieni al tempio” y Quì la voce soave”, sus difíciles pasajes de locura, pero cierta opacidad en su registro medio que no permitió que su voz corriera en los números de conjunto hacia el público. Al darle mayor volumen, para hacerse escuchar, la soprano resintió el peso del rol, el cual fue cargado por su natural emisión lírico-ligera y catafixió la etiqueta de sobresaliente por una de cumplida. Ambos cantantes lograron infundir química y credibilidad a la pareja de enamorados víctimas del malentendido y la locura, pese a sus caracterizaciones visuales de dudoso gusto, al vestuario corriente y a un trazo escénico que no pudo cuajar nunca su abigarramiento. El barítono Armando Piña, próximo a debutar en Salzburgo compartiendo créditos con Anna Netrebko o Juan Diego Flórez, ofreció un positivo muestrario de cualidades. Núcleo vocal definido, de homogénea coloración y técnica eficiente. Un administración más adecuada de su energía y emoción se apetecieron, sin embargo, toda vez que a lo largo del aria “Ah per sempre io ti perdei” y más concretamente en la cabaletta “Bel sogno beato” su lamento y resignación por la amada perdida más pareció una cierta graduación del impulso a la fatiga, ahogado también por los tiempos orquestales llevados por el concertador Srba Dinic. En todo caso, la carta débil del elenco fue el bajo Rosendo Flores al interpretar a Sir Giorgio Valton con una voz carente de potencia, de anclaje, con un frágil y fantasmal timbre desdibujado respecto de lo que solía ofrecer en su reconocida trayectoria profesional de varias décadas. Mucho mejor el trabajo ofrecido por su colega de cuerda, José Luis Reynoso, en el rol del gobernador puritano Gualtiero Valton.

Para destacar también la presencia vocal y escénica de la Enrichetta de Francia de la mezzosoprano de origen alemán Isabel Stüber Malagamba, beneficiaria igual que Enrique Guzmán (Bruno Robertson), del Estudio de la Ópera de Bellas Artes. Luego de su participación en el Hänsel y Gretel al aire libre que presentó la OBA, semanas atrás, Stüber liga buenas actuaciones y permite apetecer su desarrollo vocal futuro. En la parte visual pero de repercusión dramática, la puesta en escena de Ragnar Conde quedó a deber en cuanto a detalle y depuración de sus cuadros, que más que proclives a la plástica esta vez lo fueron a la plasta. Lo cual es una lástima, porque las ideas de Conde probablemente eran buenas en la teoría, como suele demostrarlo cuando dirige obras de menor formato, más íntimas; pero en esta ocasión la presencia excesiva y dispersa del coro y el delineado borroso de las actuaciones solistas no lograron crear un foco atractivo y funcional en la escena. En la aventura, menester es subrayarlo, el director del montaje encalló acompañado por la ruinosa escenografía firmada por Luis Manuel Aguilar con base en gigantescas limpiapipas privadas de color simulando los vestigios rocosos de un castillo, aunque más aire tenían de fachada de roca espuma de una discoteca ochentera en la Avenida de los Insurgentes, o un antro parecido; el vestuario de baja factura —tan en la línea chafa y hechiza del maquillaje y peluquería kitsch de Gabriel Ancira— de la diseñadora Brisa Alonso; y una iluminación casi amateur de Carlos Arce, que no sólo alumbró ciertas secciones de manera descuidada, mientras que otras las dejó en penumbras, sin discurso contextual, sino que los solistas eran bañados de oscuridad y debían ellos mismos andar a la caza de una lucecita que les hiciera brillar. El Coro del Teatro de Bellas Artes, preparado esta vez por Christian Gohmer, pese a su reconocida buena sonoridad, dependió en demasía de los apuntadores quienes entre las piernas del escenario tenían que gritar el texto e indicar las entradas o de lo contrario no entraba o entró mal, lo que se captaba incluso hasta la luneta 2. ¿Sus integrantes no tendrían el tiempo suficiente para aprender la obra y ensayarla? Srba Dinic, al frente de la orquesta del recinto, logró lo que es su principal característica como concertador: un control riguroso del sonido y también lo hubiera sido instrumental del todo de no haber sido por las pifias de una flauta o de un corno que empañó ese apartado. Pero, una vez más, las sumas y restas de la ejecución integral de la música dieron por resultado una transparencia insípida, la reducción emocional —tan distante de la voluptuosidad melódica belliniana— y de hecho un inevitable sopor puritano.

Tuesday, March 27, 2012

La Traviata - Opera de Bellas Artes de México

Foto: Opera de Bellas Artes, INBA


Clasificación A. La traviata en Bellas Artes
 
 
José Noé Mercado


En memoria de Galita, ya un ángel amado
Presentar por estas fechas La traviata de Giuseppe Verdi puede entenderse como un previo a la oleada de festejos por el bicentenario natal del llamado Oso de Busseto que en 2013 seguramente emprenderá buena parte de los teatros líricos del mundo. Aunque, en rigor, puede no ser sino una muestra más de que no se sale de la misma programación de siempre. Tan clásica como trillada. Inmortal y exangüe al mismo tiempo. Tan operística. El caso es que la Compañía Nacional de Ópera ofreció con dos elencos una nueva producción de La traviata, obra originalmente estrenada en 1853, en La Fenice de Venecia, con funciones los pasados 15, 18, 20, 22 y 25 de marzo, en el Teatro del Palacio de Bellas Artes, como parte de su Temporada 2012. El primer elenco estuvo encabezado por la soprano Leticia de Altamirano en el rol de Violetta Valery, un personaje complejo de interpretar no sólo por sus transiciones anímico-dramáticas que se traducen en retos vocales y expresivos formidables, sino también por la amplia lista de enormes cantantes que han dejado su impronta de este papel verdiano por excelencia en el inconsciente colectivo de cualquier melómano medianamente informado y que nadie que intente abordarlo debería ignorar antes de esculpir su propia creación. De Altamirano cumplió una labor decorosa, sobre todo si se considera lo emergente de su invitación para estas funciones que originalmente protagonizaría María Alejandres, la (joven) soprano mexicana de mayor proyección en el mundo lírico. Su voz no tuvo dificultades para alcanzar las notas debidas, pero a cambio su instrumento mostró una fragilidad similar a su actuación. Con cierta dificultad para apoyar el registro grave, sin peso histriónico ni punch para proyectar y sostener las partes más dramáticas. De Altamirano, quinto lugar del reality show Ópera Prima de Canal 22; Marie en La fille du régiment en julio de 2011 en Bellas Artes, llegó a esa resbalosa línea que divide los talentos promisorios de las realidades concretas. ¿Será capaz de cruzarla?  El tenor Arturo Chacón- Cruz bordó de lirismo el rol de Alfredo Germont. Con un timbre cálido y sobre todo con experiencia y soltura escénica crecientes (Chacón debutó en enero pasado en la Scala de Milán, como Hoffmann), el cantante aportó el mayor atractivo de esta producción. El barítono Luis Ledesma interpretó un no muy enérgico Giorgio Germont, de voz y dicción algo masticada y gutural, pero después de todo solvente. Margarita Botello, Ramón Yamil, Alejandro López, Octavio Pérez, Roberto Aznar y Elizabeth Mata complementaron el elenco con actuaciones convincentes de sus respectivos partiquinos. La puesta en escena de David Attie, con escenografía e iluminación de Jesús Hernández, intentó pasar como contemporánea en su sentido minimalista, pero resultó definitivamente típica en su lectura. Un marco luminoso de neón para las acciones, al estridente estilo de portaplacas trasero de auto en los 90; un ciclorama con colores que ameritaban gafas oscuras; anaqueles al fondo donde se colocaban cortesanos o el propio Alfredo silueteados a la usanza de producciones recientes como La damnation de Faust o Doctor Atomic en el Met de Nueva York; sillas y acarreos de ellas seguro con más carga simbólica que el laberinto en Borges; desenfrenos fresas o un aljibe que se abre de pronto en el piso para remarcar lo obvio: la distancia entre los personajes, fueron parte de un montaje que recibió del público sendos abucheos. Que ni siquiera debió afrontar ráfagas triturantes de ellos por una puesta polémica o escandalosa, sino las guasonas salvas y cuetones de quienes no encontraron en su propuesta descubrimiento alguno en la lectura de la trama, en la caracterología de los personajes o en la estética de esta obra. El Coro del Teatro de Bellas Artes, bajo la preparación del catalán Xavier Ribes, volvió a ofrecer una actuación emotiva y de buena factura técnica. Merecía mejor suerte, igual que la Orquesta y los cantantes, y por extensión el público, que padecer la batuta concertadora del ruso Denis Vlasenko, quien en la última función no se salvó del abucheo. Razones no faltarían para ello. Si no por su sonido más decolorado que ropa negra olvidada al sol, por tiempos desguanzados, incapacidad para cuidar la emisión de los solistas o por proyectar un carácter musical más de película de Disney que de ópera verdiana. Pero más seguramente por una especie de imagen orquestal Clasificación A, es decir, carente de conflicto, sin lenguaje violento, con drama mínimo. Pero, eso sí, no apta para todo público.

Thursday, July 7, 2011

La fille du régiment – Ópera de Bellas Artes de México

Foto: INBA

Ingrid Haas

Se presentó en el Teatro del Palacio de Bellas Artes, la hermosa ópera de Gaetano Donizetti “La Hija del Regimiento” bajo la dirección orquestal del maestro José Areán y la dirección escénica a cargo de César Piña.  En la función del día 26 de junio tuvimos la oportunidad de ver a la soprano Leticia de Altamirano en el rol de Marie. Cantó con elegancia, fraseo limpio, agudos brillantes y una clara dicción en francés. Supo imprimirle la melancolía necesaria a su aria “Il faut partir” e inyectarle vivacidad a “Chacun le sait” y a “Salut a la France!”. A diferencia de como se acostumbra actuar este rol, de Altamirano dejó a un lado la caracterización de la soldadera hiperactiva y pendenciera y actuó el papel dándole ciertos toques de ternura, con un poco de picardía pero sin exagerar el lado “masculino” del personaje. Su actuación fue aclamada por el público con una larga ovación al final de la función.  El tenor español Antonio Gandia hizo gala de la técnica que le heredó su maestro Alfredo Kraus y cantó el rol de Tonio con agudos seguros, buen fraseo y pasión. Sostuvo muy bien el último Do sobre agudo del aria “Ah mes amis… Pour mon ame” e incluyó un Re sobre agudo en su segunda aria “Pour me rapprocher Marie”. También se acopló bellamente con la voz de Altamirano en el dueto entre Tonio y Marie. El público agradeció su entrega otorgándole también una calurosa y fuerte ovación después de sus dos arias y al final de la velada. Armando Gama fue un excelente Sulpicio, cantando y actuando su papel con la experiencia y calidad que lo caracterizan. María Luisa Tamez lució su registro grave en el rol de la Marquesa de Berkensfield. El barítono Octavio Moreno cantó el rol de Hortensius y el bajo Sergio Ovando fue un buen Caporal. El tenor Juan Carlos López fue el campesino. José Areán dirigió bien la Orquesta del Teatro de Bellas Artes, corrigiendo ya para esta funciona algunos tropiezos de coordinación entre la orquesta y el coro que había tenido en las otras funciones. El Coro cantó con su acostumbrado sonido claro y redondo, animándose incluso a bailar durante “Allons, plus d’alarmes!”. La puesta en escena de César Piña sigue teniendo sus aciertos y desaciertos pero funciona, en general, gracias a que la ópera es de carácter ligero. Solo esperamos que en la próxima reposición de esta ópera usen copas y tarros de utilería y no las que sacaron de cartón.  El público reconoció la calidad de los cantantes dándoles una merecida y estruendosa ovación al final de la ópera con un foro lleno al 95% de su capacidad. Esperamos ver más seguido óperas de Bellini, Rossini y Donizetti dentro de las futuras temporadas de la Compañía Nacional de Ópera ya que se adecuan más al estilo de voces que tenemos en nuestro país.