jueves, 23 de febrero de 2012

DANZA CONTEMPORÁNEA DE CUBA

Foto: Javier del Real
 
Alicia Perris
 
Demo-n/Crazy, de Rafael Bonachela, Folía, de Jan Linkens, Mambo 3XXI de George Céspedes. Danza contemporánea de Cuba. Teatro Real. 18 de febrero de 2012.
 
Mucho color y calor en estas coreografías del ballet cubano. Un poco de sol en el invierno europeo y ritmo, entrega y apasionamiento por un trabajo llevado a cabo, sin embargo, con la insobornable cadencia de un metrónomo. Este grupo fue creado en septiembre de 1959, coincidiendo con la llegada al poder de la Revolución Cubana. Entonces se llamaba Conjunto de Danza Moderna. Posteriormente cambió de nuevo de nombre y se convirtió en el Conjunto Nacional de Danza Moderna y en 1974 fue Danza Nacional de Cuba. El director en la actualidad es Miguel Iglesias, que aúna como proyecto, un clasicismo de base con nuevas tendencias y un acervo propio y autóctono, caribeño e insular. En el año 2000 la compañía formó parte de una Aída, que le abrió a raíz de esta colaboración, muchas puertas. Es la primera vez que visitan Madrid, punto de arranque de la gira. Variado el programa que proponen: un ejercicio siempre de precisión, esfuerzo, con una soltura en la elaboración del paso, del movimiento, del diseño corporal grupal, que apenas dibuja el cansancio o el sudor en el cuerpo de los bailarines, transfigurado siempre en una sonrisa de calidez y bienvenida a esta ceremonia de perfección y goce. Demo-n/Crazy ofreció una primera parte algo imprevista para un comienzo, dulcificada por una interpretación de “Ne me quitte pas” de Brel estilo Nina Simone pasada por Estrella Morente, aflamencada y casi créole, que enmarcaba muy bien la coreografía. Una danza marcada, como explica el propio conjunto, por el deseo. La Folía hace soñar con Savall y su música y la ambientación cuenta con unos trajes muy sugerentes, mallas y faldones rojos a juego que le dan a la ejecución una sensación envolvente y “souple”. Es una obra vitalista y sensual, que desborda fuerza y virtuosismo. El mambo 3XXI trae reminiscencias para todos: los jóvenes y los veteranos espectadores que en su día lo bailaron, dibujando, desde el fondo de las curvas y las líneas de su composición, la capacidad y la transgresión de una emocionalidad contenida. Dámaso Pérez Prado se renueva en esta versión que tiene mucho de improvisación de a dos, aunque siempre enfocada desde la más estricta limpieza y perfección del gesto y el movimiento. Aquí se intuye el trabajo y la compenetración y la disciplina del grupo, cuyo esfuerzo no busca, como en otras instituciones de danza europeas o norteamericanas, el narcisismo o el lucimiento personal, sino la expresión y el desarrollo más igualitario, del conjunto. Transmitieron entusiasmo y entrega, en una arquitectura que bordeaba la tradición más clásica con el hip hop, el contact-improvisación o el fervor más desbocado en el más puro estilo Travolta. Un proyecto muy suyo, exigente y exigido. La tarde del sábado, un público distinto al que acude a la ópera habitualmente (el “habitual” del ballet es, justamente menos “habitual” y diferente al de ésta), se dejó mecer por la explosión sanguínea y pasional de un ritmo que invitaba a abandonar los asientos y ponerse a bailar. Entre Mozart y Mozart, un mambo. ¡Claro!






















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