lunes, 26 de mayo de 2014

Elektra de Strauss en el Teatro alla Scala de Milán

Foto: Brescia & Amisano

Massimo Viazzo

Altos muros grises daban marco a una escena que parecía casi una prisión, en la que vivían las tres mujeres fuertes y carismáticas, protagonistas de la opera de Strauss. Esta fue la ambientación de la Elektra de la Scala, el último espectáculo firmado por Patrice Chéreau antes de su muerte, repuesta aquí con gran cuidado por Vincent Huguet. Esta producción se originó en Aix-en-Provence en julio del 2013 trata con evidencia los rasgos de la poética del director francés con una escena desnuda, austera, atemporal dentro de la cual el mito se hace teatro burgués cargándose de agitaciones reales y reflejos psicoanalíticos. Así, la recitación es muy minuciosa para analizar las más secretas emociones que se transmiten al espectador de modo directo y de manera fulgurante. El merito fue también para una compañía de canto, casi perfecta, dominada por Evelyn Herlitzius en forma brillante. Su Elektra convenció por el gran magnetismo emitido y por seguridad en su canto, rico de inflexiones y claroscuros, muy solida en los agudos que fueron precisos y firmes.  Waltraud Meier diseñó una Klymtemnenstra psicológicamente atormentada, con una esculpida presencia escénica y Adrianne Pieczkonka con la suavidad de su canto dio voz a una Chrysothemis exuberante y determinada.  Para recordar también estuvo el Oreste de René Pape, con su timbre seductor y aterciopelado, con una linea vocal muy musical.  Pero también todos los cantantes que interpretaron los papeles menors (como Donald McIntyre, Franz Mazura y Roberta Alexander) supieron dar lo mejor de si. La conduccion de Esa-Pekka Salonen se hizo apreciar por la lucidez de su concertación y por el cuidado de los empastes instrumentales.  Salonen supo infundir a la orquesta un tono de inexorabilidad alucinada en todo lo que sucedía sobre el escenario para lograr un resultado artístico memorable.   

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