sábado, 23 de mayo de 2015

Nabucco en Lima, Peru

Gonzalo Tello / El Comercio

“Nabucco” de Giuseppe Verdi significa para Italia uno de los primeros símbolos con los que logró su unificación. Para el joven compositor que había perdido a su esposa y sus dos hijos, y cuya segunda ópera fue un fracaso, significó volver a empezar para convertirse en el músico más prominente de su país, y en uno de sus héroes nacionales más queridos y respetados. “Va, pensiero” es inmensamente popular y un segundo himno italiano, pero la ópera es una rareza que no se escenifica mucho, por la dificultad y exigencia escénica, musical y vocal que requiere. El barítono protagonista debe tener potencia, elegancia y gran intensidad. Lo mismo la soprano, que debe cantar pasajes extremos de tal dificultad que el rol ha dañado muchas carreras. Sin embargo, cada vez que esta ópera se lleva a escena de buena manera se le considera un gran evento. El Coro Nacional, al cumplir 50 años, programó este título por primera vez en nuestro país, en el Gran Teatro Nacional. Ha sido un reto, pues la partitura exige cantar permanentemente en escena, el argumento es complejo y requiere mucha acción, sumado a la dificultad para los solistas ante una partitura endiablada. El coro se luce desde el principio y llega al clímax cuando interpreta, de manera sentida y controlada, el famoso “Va, pensiero” del tercer acto. El elenco incluyó al barítono italiano Giuseppe Altomare como Nabucco, con una excelente interpretación escénica, voz robusta y potente, pero a la vez noble en el ‘duetto’ del tercer acto y su aria “Dio di Giuda” del último acto. La soprano italiana Rachele Stanisci da una versión maléfica de Abigaille, más parecida a una Lady Macbeth. Si bien la voz no es de oprano dramática, logra enfrentar las dificultades del rol causando un efecto arrollador. El bajo venezolano Ernesto Morillo es un Zaccaria histriónico y de voz muy poderosa en sus escenas con el coro, pero íntima en su famosa plegaria. La Fenena de Josefina Brivio impone presencia y drama en el terceto del primer acto y su aria final, pese a que le falta el volumen que el rol pretende. El tenor Juan Antonio de Dompablo, como Ismaele, se proyecta sobre la orquesta con bello timbre, pese a ser una voz ligera, y de ciertos desafinos y falta de compenetración en el rol. Los peruanos Carlos Martínez, Juan Pablo Marcos y Flora Cabrera cumplen con sus roles. La dirección del italiano Marco Boemi es correcta, pero le falta el brillo y la energía que se espera de una producción actual de “Nabucco”. La Orquesta Sinfónica Nacional toca de ojo, sin expresar la magia que la excelente instrumentación de Verdi provee. La puesta de García Sierra crea bellos cuadros y sigue una correcta narrativa. Peca de estática en los momentos más dramáticos de la escena de masas, pero esto se compensa con los excelentes concertantes que ofrecen, al final de primer acto y del célebre “s’appressan, gl’istanti” del segundo acto. La escenografía y mapping es imponente y suma a la acción. Los vestuarios de diseño futurista son audaces, pero pésimamente diseñados por Marco Guion. A pesar de sus bellas melodías e intensa trama, “Nabucco” sigue siendo una rareza que Lima hoy ofrece y que el público no debe perderse

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