lunes, 14 de mayo de 2018

Anna Bolena – COC, Toronto Canadá


Foto de escena de Michael Cooper

Giuliana Dal Piaz

Con esta ópera de Gaetano Donizetti, la Canadian Opera Company cierra su Temporada 2017-2018, y lo hace exitosamente, cuando menos desde el punto de vista del público, que aplaude entusiasta e incondicionalmente. El director teatral británico Stephen Lawless ya había producido para la COC María Estuarda (2010) y Roberto Devereux (2014), con la colaboración del renombrado escenógrafo belga Benoît Dugardyn, fallecido hace poco. Como en las dos óperas anteriores – que sin embargo cuentan acontecimientos posteriores, desde el punto de vista cronológico –, se mantiene la austera escenografía en la cual Dugardyn se inspiraba en el Globe Theatre en tiempos de Shakespeare, con una serie de paredes en madera, nueve de ellas móbiles, para construir cada vez pasillos, la sala del trono, la recámara de Bolena en la que se se dispara la trágica trampa ideada por el Rey para deshacerse de su segunda esposa. Donizetti y su libretista Romani no se preocupan gran cosa por la verdad histórica: no hay aquí mención alguna de la “incapacidad” de  Ana Bolena de dar a luz un varón vivo, razón auténtica para que Enrique VIII la eliminara, sino que todo parece motivado por el enamoramiento del Rey para una  dama de compañía de la Reina. Ni siquiera ellos, sin embargo, la historia hubieran alterado hasta poner en escena a la hijita de Ana, la futura gran Isabel Iª Tudor, que, cuando su madre murió, aún no cumplía los 3 años. Otra alteración del libreto que me hace pensar en un guiño de ojo a hechos de nuestra época es el torpe intento de violación de Bolena de parte de Percy: en el original, es éste quien desenvaina su espada, amenazando matarse para inducir a la Reina a seguirlo viendo, y la exclamación del Rey, “nudi acciar nella mia reggia” (aceros desnudos en mi palacio), se refiere a la espada de Percy y no al puñalito del pobre Smeton, que aquí acude – parece – a defender físicamente a la Reina y no a prevenir un suicidio...De algo estoy segura: en América del Norte son muy raras las voces realmente extraordinarias por timbre y tonalidad, a menos que los cantantes de ópera no hayan llevado a cabo un entrenamiento más o menos largo en Italia. Así como es muy raro en ellos el dominio de la pronunciación italiana, como si el libreto no tuviera gran importancia: al fin y al cabo, allí están los subtítulos en inglés para seguir la acción. Un crítico musical local ha incluso escrito: “qué extraño resulta escuchar una pieza sobre historia de Inglaterra cantada en italiano”... Todo mundo parece ignorar u olvidar que la musica fue compuesta para el texto y en simbiosis con ello, y que las palabras tienen un ritmo y una musicalidad propios que integran la de las notas. A finales de cuenta, me parece que la verdadera comprensión y casi el sentido mismo de la ópera italiana, se estén perdiendo de este lado del Atlántico, a pesar de los esfuerzos de compañías como la óptima Canadian Opera Company. La escenografia es escueta pero representa bien por un lado la esencial soledad de la Reina, rodeada por la sospecha y el terror, y por el otro el espíritu de la época, con el coro que ocupa, como el público del teatro isabelino, las galerías superiores, mientras que una tarima con arriba el trono, aparece o desaparece del escenario según se necesite. 
Me ha parecido excelente la performance de la soprano Sondra Radvanovsky, cuya voz se extiende desde unas notas graves dignas de una contralto y desde unos piano y pianissimo, por los cuales ella es merecidamente famosa, a las notas más altas, en las cuales, sin embargo, el timbre se vuelve por momentos metálico. Su actuación es óptima, dando vida a una Bolena compleja, con un amplio abanico de emociones muy bien representadas. No es igualmente positivo mi juicio de la soprano estadounidense Keri Alkema que interpreta el papel de Jane Seymour, además escrito para una mezzo-soprano. Su pronunciación del italiano es dudosa, su canto y actuación son escasamente matizados y totalmente desprovistos del encanto sutilmente sensual que esa damisela debe por cierto haber ejercido sobre Enrique VIII, para que éste le ofreciera matrimonio y corona... El vestido que Seymour lleva por toda la ópera, hasta su aparición final en el balcón como Reina, es muy entonado a la época pero no la favorece, enfatizando su figura matronal. El bajo-barítono Christian Van Horn (Enrique VIII) es adecuado para el papel, y resulta razonablemente imponente, pero su “arrogancia” en la escena no logra expresar, en su italiano malo, la torva realeza del soberano Tudor. El tenor Bruce Sledge (Percy), no es muy buen actor, pero dispone de un buen timbre y su enfoque vocal es por lo general bueno, tanto en las arias como en los duos, pero da la impresión de cantar con esfuerzo y sus agudos no son agradables. Buenos intérpretes, en cambio, vocalmente y teatralmente, la mezzo-soprano Alison McHardy, Smeton ingenuo y devoto, y el bajo-barítono Thomas Goerz , desafortunado hermano de Ana, así como el tenor estadounidense Jonathan Johnson como Hervey, hombre de confianza de Enrique VIII. La orquesta de la Canadian Opera Company, dirigida en esta ocasión por el Mº italiano Corrado Rovaris, ha dado de la música de Donizetti una interpretación estilísticamente correcta pero no seductiva de mente y corazón. Sólo el coro de la COC y su directora Sandra Horst nunca decepcionan.


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