lunes, 14 de mayo de 2018

Recital de Rossini en el Teatro Civico de Vercelli


Foto Copyright:Stefania Piccoli

Attilio Piovano   

Realmente fue una forma hermosa, inusual e intrigante, la que eligió la Camerata Ducale como homenaje a Rossini por el 150º aniversario de su muerte: confiándole la cita del pasado 5 de mayo en el teatro cívico de Vercelli, como parte del Festival Viotti, a la lujosa voz y los dotes comunes de performer de la mezzosoprano Manuela Custer, óptimamente acompañada al piano por el refinado y culto Massimo Viazzo. Dos versátiles intérpretes, ambos de vasta experiencia y ricos palmares artísticos. Por el mérito de haber ideado y confeccionado un singular programa ‘ad hoc’ de páginas extrapoladas de las más celebres partituras teatrales (salvo una excepción), no se trato de un recital de evergreen operístico, si no de un itinerario articulado en una secuencia de piezas vocales cautivantes y heterogéneas, combinadas con las gustosas bromas pianísticas de los llamados Péchés de vieillesse. No bastó que los dos artistas no se ‘limitaron’ a interpretar admirablemente un programa que generaba curiosidad, si no que además supieron dar vida a una velada multicolor, equilibrada entre un recital y un verdadero teatro musical, gracias al destacado talento actoral de Custer que entretuvo al público ‘bordando’ las piezas una por una, con divertidas anécdotas, ocurrentes puntadas, agradables reflexiones, que variaron entre un considerable rango de cuerdas de actuación (supo plegar su dúctil voz a diversos acentos, jugando con inflexiones de dialectos: como el veneciano, boloñese, con irresistible diversión). Por su parte, Viazzo, mantuvo en alto el bastón, introduciendo con humor las piezas pianísticas (en su mayoría rara vez escuchadas) que interpretó con impecable técnica y con agradable ejecución; piezas que a veces, a pesar de que Rossini afirmó autodefiniéndose con subestimación esnob, como un pianista de tercer orden; requieren cualidades de un verdadero virtuoso. En cuanto a las paginas vocales se refiere, en la apertura de los tonos de cuento de hadas, un poco melancólicos de la Légende de Marguerite, que es en realidad un remake de Una volta c’era un re de la conocida Cenerentola Custer lo hizo de la mejor manera, jugueteando después en las páginas de inspiración infantil con inestimable mímica y la pantomima de los estornudos. (Le Dodo des Enfants y La Chanson du Bébé).  Después vino la espumeante Se il vuol la Molinara, fruto de un Rossini de apenas nueve años, y varias ediciones de Mi lagnerò tacendo de Metastasio que permitieron a Custer mostrar su transformación vocal, desde lo trágico hasta lo semi serio y más allá; los acentos ibéricos de la Canzonetta spagnuola, el atractivo À Grenade, el gracioso pastiche dell’Arietta all’antica, y no faltó tampoco su viaje ideal al Oriente (L’amour à Pekin) a la Venezia dell’Anzoleta antes de la regata, siguiendo los pasos de Marco Polo. En la parte del piano, Viazzo supo pasear con nonchalance y aristocrática seguridad la dulce Caresse à ma femme hasta los tonos lisztianos del exigente Memento Homo, desde el extraño y moderna Marche et Réminiscences pour mon dernier voyage que requiere al pianista también capacidad de fino declamador, para citar las diversas apariciones de temas operísticos, hasta el brillante Caprice Style Offenbach, hibridando además con refinado toque, las mil harmonías de la genial Ave Maria su due. Lo más destacado en el bis, fue el celebérrimo y siempre agradable Duetto buffo dei gatti en el que los intérpretes, ambos en el teclado, intercambiaron idealmente sus partes tocando y cantando alegres y atrevidos maullidos que divirtieron al público,  en lo que fue  un éxito pleno. 

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