Massimo Viazzo
¡Finalmente Pelléas et Mélisande en la Scala! Una de
las más extraordinarias obras maestras del teatro musical del siglo XX (y no
solo eso) nunca ha sido representada con frecuencia en la sala del Piermarini.
Su estreno en la Scala, dirigido por Arturo Toscanini en 1908, fue naturalmente
en versión rítmica italiana. En sus sucesivas reposiciones, que no son
numerosas, se alternaron en el podio de la dirección de orquesta nombres reconocidos
como el de Víctor De Sabata, Claudio Abbado y Georges Prêtre. Fue precisamente
este último, el responsable de las dos producciones vistas en los años setenta,
así como también a quien le fue confiada la última representación de la obra
vista en este teatro en el 2005. La ópera Pelléas et Mélisande de Claude
Debussy (1862-1918) esta basada en el drama simbolista homónimo de Maurice
Maeterlinck. Claude Debussy musicalizó directamente el texto del poeta belga, afirmándose
como uno de los primeros músicos que mostraron interés por la Literaturoper,
es decir, a la adaptación de un texto literario en libreto de ópera sin
modificaciones significativas. Debussy,
se sumergió con gran dedicación en este proyecto a partir de 1893, año en el
que presenció en el teatro la representación del drama de Maeterlinck, que lo
hizo quedar deslumbrado, además de que la encontró en perfecta sintonía con su
propia sensibilidad artística. El 30 de abril de 1902, después de alrededor de un
decenio de trabajo, pudo finalmente asistir a la puesta en escena de su ópera
en el teatro de la Opéra-Comique de Paris, con Mary Garden en el papel
principal. Pelléas et Mélisande, se presentó como una obra singular, capaz de
romper con los cánones tradicionales del melodrama. A primera vista, su historia parecería estar
construida sobre el habitual triángulo amoroso entre la soprano, el tenor y el
barítono. ¡Nada más equivocado! La narración se desarrolla en un contexto
temporal suspendido y caracterizado por memorias arcanas, figuras atávicas,
gestos imperceptibles, frases esquivas y significados crípticos, en una época
envuelta en el misterio y en la oscuridad. La música y el libreto de integran de
manera excepcional, ofreciendo una rara unión en el ámbito de toda la historia
de la obra. Actualmente, hay pocos directores capaces de desenvolverse con
lucidez, creatividad e imaginación, a través de símbolos, metáforas y
alegorías. Uno de ellos es Romeo
Castellucci, llamado sorprendentemente hasta ahora para montar un
espectáculo en Italia, quien es considerado en todo el mundo como un verdadero
maestro para los amantes del teatro concettuale, y con el simbolismo de
Pelléas et Mélisande, se lo pasó en grande. Fue el quien como de costumbre, se
encargó de la dirección escénica, de la escenografía, del vestuario y de la
iluminación (con la dramaturgia de Christian Longchamp) quien montó un
espectáculo de una belleza impresionante y una elegancia gélida, totalmente intelectualista,
pero de gran impacto visual. El universo
creado por Castellucci se conforma como una entidad onírica, evanescente,
rarefacta, a veces casi incorpórea, en la que el poder evocador de las imágenes
se impone con preponderante fuerza. Allemonde, el reino imaginario en el
que esta ambientada la ópera, se presenta como un lugar guardián de la memoria
colectiva, en el que cada evento parece haberse ya cumplido. El observador se
encuentra frente a los restos fósiles de un pasado lejano que se presenta
nuevamente en el escenario hasta el punto de suscitar interrogantes sobre la
real existencia del tiempo. La descripción de la experiencia escénica resulta
compleja, dada la multiplicidad de estímulos, no siempre de inmediata lectura,
pero es una experiencia que literalmente ha sobrepasado, aturdido y
desorientado al público. El elemento acuático impregnó toda la representación,
funcionando como leitmotiv escénico, dentro del cual los personajes y
situaciones se movían entre reminiscencias y recuerdos, a menudo destacados por
la pureza del color blanco que delineaba sus figuras. Un montaje de tal
naturaleza, arcano, inaprensible y visionario, no debe ser objeto de
racionalización. Su peculiaridad y su característica ganadora residen
precisamente en su inconmensurabilidad, que genera fracturas en la mente del
espectador, estimulándolo a una introspección crítica. Como afirmó el propio
director de escena, el teatro de Maeterlinck se caracteriza por una atmosfera
gélida que emplea elementos y objetos predominantemente fríos, con las
emociones que se mantienen a un nivel casi imperceptible. Sin embargo, este
frío de fachada puede ocultar un calor abrasador. Y es precisamente eso lo que
ocurrió en el espectáculo firmado por Romeo Castellucci. Entre los numerosos
momentos dignos de mención, quiero subrayar en particular la conclusión del
cuarto acto, el momento en que los dos protagonistas logran finalmente abrirse
íntimamente el uno al otro. Ello, sin embargo, no se manifestaba de manera
realista, sino a través de un artificio teatral, un camuflaje logrado al
ponerse la máscara de Pierrot. Tal artificio confirió a la escena una
connotación impregnada de inocencia y melancolía, transmitiendo una emoción
extraña a la que era difícil resistirse. Desafortunadamente, la batuta de Maxime
Pascal pareció estar solo en parte a la altura de la difícil tarea; la de
interactuar y dialogar con lo que se admiraba en el escenario. El director
francés mostró sin duda eficiencia, pero no fue muy personal. Su dirección
pareció más fluida que profunda. El reparto estuvo muy bien distribuido,
empezando por la expresiva y vocalmente presente Mélisande de Sara Blanch.
La soprano catalana interpretó el papel con intensidad y concreción,
enfatizando las inflexiones de cada frase, de la cual, emergió un personaje en
el que la ligereza de la dicción se armonizaba con un timbre pastoso y
matizado. A su lado, Bernard Richter
delineó un Pelléas imaginativo, juvenil y soñador, solo aparentemente distante
en ocasiones de un timbre claro, pero vocalmente seguro. En cambio, Simon
Keenlyside interpretó un Golaud ardiente, inquieto y muy humano, cantado
con voz suave y bien proyectada. El barítono inglés mostró ser un gran artista,
con musicalidad y cualidades actorales fuera de lo común. John Relyea,
en el papel de Arkel, ofreció una interpretación no muy matizada. El bajo
canadiense resaltó una vocalidad profunda, un poco áspera, pero, aun así,
construyó personaje con cierta nobleza. La presencia de Marie-Nicole Lemieux
enriqueció aún más la producción. Con voz suave y dicción impecable, la
contralto canadiense delineó una Geneviève humana como también autoritaria.
Finalmente, la nota de frescura y candor fue aportada por Alberto Tibaldi,
solista del coro de niños, o coro di voci bianche dell’Accademia Teatro alla
Scala de la Accademia dirigido por Bruno Casoni, quien interpretó el
delicado papel del pequeño Yniold. Al final, es una puesta en escena para
recordar, de una obra que ciertamente no es fácil o inmediata, pero que, sin
embargo, logró obtener un gran éxito.



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