Foto: @ Matthew Johnson Photographer
Massimo Viazzo
Después de su periodo operístico Händel se dedicó a partir de los años 30
del siglo XVIII a los oratorios en lengua inglesa, pero en Londres continuó echando
mano de cantantes italianos. Senesino, Carestini, Andreoni, Guadagni. Cuando
los castrati entraban en sus compañías, las arias se traducían, se
transportaban a otra tonalidad, y se reescribían. Las voces eran diferentes en
extensión y en carácter, y la música se adaptaba a cada una de ellas. La reciente
grabación Händel’s Italians, editado por el sello Harmonia Mundi, parte
de aquí y lo convierte en un programa temático de siete oratorios (Esther,
Deborah, Saul, Belshazzar, Teodora, Messiah, Athalia) reinterpretados a través
de los cantantes que los llevaron a la escena. El dato más interesante es la
manera en que Carlo Vistoli, protagonista indiscutible de esta
grabación, mantiene unidas exigencias vocales tan diversas sin aplanarlas.
Convence porque sabe hacer prevalecer la línea musical sobre la actuación. Su emisión
es suave, el timbre homogéneo, las agilidades precisas, y el fraseo permanece elástico
y los adornos son mesurados. En «How can I stay when Love invites», de Esther, el
canto extendido es su terreno natural. En «But who may abide the day of His
coming?» del Mesias, el compositor pide más: desde la solemnidad inicial
hasta las figuraciones más agitadas en la parte final, el cambio de energía es
evidente, y Vistoli lo maneja sin perder claridad. Son dos maneras diferentes de usar la voz, y
comparadas resaltan el recorrido del disco. Las páginas italianas quizás son
las que más despiertan curiosidad. «Più bella spoglia sarà fral», de la
versión de 1734 de Deborah, impacta por su perfil simple, alejado del virtuosismo
di maniera. También «Di Jonathan lo stral portò», de Saul, interpretada
con exquisita expresividad y pureza vocal, permite escuchar en otro idioma una
página nacida para el oratorio inglés. Ambas
piezas aparecen por primera vez en una grabación discográfica. Sin embargo, su
valor va más allá de la curiosidad filológica: y muestran hasta qué punto
Händel estaba dispuesto a modificar su música según las necesidades de los
intérpretes. También «Cor fedele spera
sempre», de Athalia, recuerda cuánto era permeable el límite entre el lenguaje
del oratorio y el de la ópera italiana, de la que Händel fue un protagonista
indiscutible. Giulia Semenzato tiene en los duetos de Esther y Theodora un
papel nada marginal. Las dos voces se funden sin perder cada una su propia
identidad, y el diálogo tiene naturalidad y sintonía. Emmanuelle Haïm,
que además de dirigir toca el órgano, y su ensamble Le Concert d'Astrée acompañan con precisión
rítmica y una articulación incisiva, sin hacerla pesada. La Obertura del
Concierto grosso op. 6 n. 10, al inicio, aclara de inmediato el papel de la
orquesta: define contrastes y el ritmo de las arias y va más allá de un simple
marco. Al final surge la impresión de un proyecto coherente, en el que la
elección del repertorio y las cualidades de los intérpretes, Vistoli en primer
lugar, convergen. Se percibe, aria tras aria, que Händel escribía pensando en
tipos de voces específicos. Carlo Vistoli respeta esas exigencias manteniéndose
fiel a su propia voz.


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