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Friday, October 4, 2013

El Trovador en el Teatro Municipal de Chile

Fotos: Patricia Melo
 
Johnny Teperman A.
Las voces femeninas destacaron nitidamente en la versión internacional de la ópera 'El Trovador' de Giuseppe Verdi, que se ofreció en el Teatro Municipal de Santiago, un relato de amor y venganza, una de las obras más dramáticas del célebre compositor italiano. Actuaciones destacadas en líneas generales, las de Mikhail Gubsky, Julianna Di Giacomo, Vitaliy Bilyy y Elena Manistina en este elenco internacional, en la que brillaron con dotes vocales imponentes, la soprano De Giacomo, como Leonora  y la mezzo soprano Manistina, como la gitana Azucena.  La soprano spinto californiana de origen italiano Julianna Di Giacomo, verdiana por excelencia,  fue la figura máxima de la velada. Con su voz excepcional, de principio a fin de la obra encarnó una notable Leonora, rol que interpretó recientemente en el MET de Nueva York.  Su "tacea la notta placida" del primer acto fue de una brillantez impresionante y ella mantuvo su apostura a través de toda la ópera. Similares méritos exhibió la mezzosoprano rusa Elena Manistina, como Azucena, en un rol dramático e intenso como la gitana Azucena. Lució especialmente en sus interpretaciones del aria 'Stride la vampa' y sus dúos con el tenor (Manrico), al término de la obra.  También cumplió correctamente, el  bajo alemán Andreas Bauer, miembro estable de la Ópera Estatal de Berlín, quien destacó el año pasado como Hermann en ‘Tannhäuser’ de Wagner, quien esta temporada lírica 2013 tuvo a su cargo al  el rol de John Claggart en la ópera inglesa 'Billy Budd' y que ahora fue un Ferrando, capitán de la guardia, a ratos con imponente voz y gran teatralidad.. El Conde de Luna del barítono ucraniano Vitaliy Bilyy y el del tenor ruso Mikhail Gubsky, como el enamorado Manrico, fueron de menos a más. Más parejo Bilyy, se mostró con un gran intérprete cuando brindó el 'Il balen del suo sorriso' del acto segundo y con un buen aporte final, al igual que  Gubsky, éste con un correcto "Ah,si, ben mío' y una espléndida 'cabaletta' en su 'Di quella pira', aparte del duo '"Soli or siamo", con Azucena. Bilyy, con su Conde de Luna, asimismo,  destacó en los tercetos con Manrico y Leonora del acto inicial.  Las celebraciones de los 200 años del nacimiento del célebre compositor italiano contaron en 'El Trovador', con la celebrada batuta del ruso  Konstantin Chudovsky, todo un lujo a cargo de la Orquesta Filarmónica de Santiago, capaz de dirigir -como siempre- sin partitura y dominar la conducción de los ejecutantes, magníficos instrumentistas en esta ocasión.  Destacó también en esta nueva producción de 'El Trovador',  la 'regie' o dirección de escena, a cargo del argentino Pablo Maritano. La labor del Coro del Municipal conducida por Jorge Klastornick, una vez más, con acertadísimas versiones, como por ejemplo, el Coro de los Gitanos y el Coro de los Soldados. En general, una vez más, ‘El Trovador’ se convirtió en una fuente inagotable de ‘melodías de moda’, con un poder de atracción irresistible, especialmente la “serenatta” de Manrico y su ‘stretta’. Los tonos dramáticos son penetrantes y llenos de contrastes: negro, blanco y rojo.
Particularmente atractiva son la escena del segundo acto, en forma de una balada, que evoca la pesadillla de un recuerdo ‘Stride la vampa’ (‘crepita la hoguera’) que evoca la gitana Azucena (mezzosoprano): los breves y abruptos motivos del papel de canto y el ‘llameante’ quiebre del acompañamiento orquestal, proporcionan una imagen expresiva de su horrible visión.  Hacia el final de la obra, Azucena es empujada de nuevo al terreno de la balada, cuando canta a su manera fatalista, ‘A nostri monti ritornaremo” ‘A nuestros montes regresaremos’. Muy bella es también la cabaletta “Di quella pira” (“en esta hoguera”), cuando Manrico (tenor) se decide a ir a rescatar a Azucena. La versión estelar, fue una presentación con un quinteto de cantantes sudamericanos en los roles principales: los chilenos, la mezzo soprano Isabel Vera (Azucena) y el tenor José Azócar ((Manrico); el bajo barítono chileno-cubano Homero Pérez-Miranda (Ferrando) y los argentinos, la soprano  Mónica Ferracani (Leonora) y el barítono Omar Carrión (Conde de Luna), quienes, especialmente en la función de cierre de la ópera, superaron  todo lo previsto, tras su débil actuación del pasado sábado 28. En especial hay que destacar la notable participación de la soprano argentina Mónica Ferracani, quien brindó una Leonora de exquisita voz, llena de matices y profundamente compenetrada de su rol. La siguió en méritos el tenor nacional José Azócar, con una pasión desbordante y una combinación de potencia y dulzura en su voz, que brilló en todos los aspectos. La mezzosoprano  Isabel Vera como la sufrida pero vengativa gitana Azucena, dejó atrás una laringitis que la había afectado en su debut y salió del paso con una calidad vocal espectacular, con un tono de voz lírico, incluso agudo y un desplante a toda prueba, Su futuro se ve esplendoroso, ya que en el año 2014 proseguirá con su carrera en Alemania, cantando en la ópera de Frankfurt. También cumplieron en forma adecuada con sus personajes, el Conde de Luna, del barítono trasandino Omar Carrión, con dos arias y varios duos de notable factura técnica y el Ferrando del bajo barítono Homero Pérez-Miranda, quien impacta con su voz en Latinoamérica y que próximamente cumplirá compromisos en las ciudades de Lima y Montevideo. La Orquesta Filarmónica de Santiago dirigida en esta versión estelar, por José Luis Domínguez –Director Residente– de la agrupación musical, estuvo en lo suyo, al igual que el Coro del Teatro Municipal, dirigido por Jorge Klastornick,  acompañando a la orquesta y los solistas, con gran intervención en los Coros de los Gitanos y de los Soldados.
 

 
 

Monday, March 7, 2011

El Teatro Real propuso una magnífica versión concierto de “Les Huguenots” de Meyeerber (1791-1864)

Fotos: Javier del Real
Alicia Perris

Grand opéra en cinco actos en lengua francesa. Libreto de Eugène Scribe y Émile Deschamps. Estrenada en la Opéra de Paris el 29 de febrero de 1836. 1 de marzo, 19 horas. Director musical: Renato Palumbo. Directores de los coros: Andrés Maspéro y Jordi Casas Bayer. Reparto: Marguerite de Valois: Annick Massis. Valentine: Julianna di Giacomo. Raoul de Nangis: Eric Cutler. El conde de Nevers: Dimitris Tiliakos. El conde de Saint-Bris: Marco Spoti. Marcel: Dmitry Ulyanov en los roles protagonistas. Coro de la Comunidad de Madrid. Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real (Coro Intermezzo y Orquesta Sinfónica de Madrid).

Hacía tiempo que no se disfrutaba tanto una función en el Teatro Real. Música y voz en estado puro. Emoción y sentimiento perfectamente transmitidos a un público como el de este coliseo, que, a veces, entre perezoso y frívolo, superficial, se arredra antes versiones de concierto o lo que cree una velada en exceso prolongada. Un error enorme de cálculo porque hay en esta propuesta una perfecta conjunción planetaria en el funcionamiento de todos los instrumentos e integrantes de este gran proyecto: llevar a cabo, aunque no fuera en versión teatral, la mejor creación de Giacomo (Yaakov) Meyerbeer, compositor de origen judío alemán, que al igual que otros contemporáneos suyos como Halévy y Offenbach, crearon y esculpieron un estilo único, el de la “grand opéra”. A mitad de camino entre el estilo francés y el italiano, con un toque alemán propio del origen y la cultura fundacional de estos compositores, tiene como piedra de toque el elemento histórico que permite grandes efectos teatrales, una copiosa exhibición de voces y el sentido del melodrama musical romántico. Aunque el libreto mezcla los componentes estrictamente verídicos con los duelos pasionales de los personajes, la obra denuncia una de las grandes atrocidades de la historia francesa: la matanza de San Bartolomé, orquestada por la facción de la reina Catalina de Médicis y los Guisa en defensa del catolicismo a ultranza en detrimento de los calvinistas. Meyerbeer, él mismo miembro de una comunidad secularmente perseguida y castigada, proscrita, supo interpretar con una intuición fantástica, el hastío del pueblo francés por los excesos contra el enemigo imaginario, la falta de respeto a la diferencia y la intolerancia que habían reinado tantas veces en el país (podríamos retrotraernos no solo al Terror sino también a la cruzada contra los Albigenses (los cátaros) o la persecución y eliminación feroz de la Orden de los Caballeros Templarios). Esta ópera tuvo un éxito fulgurante en París y resultó más que atrayente años más tarde, para cantantes como Nelly Melba o Enrico Caruso La burguesía emergente, mucho más dada al disfrute después del periodo sangriento de la Revolución de 1789, necesitaba un modo de exhibición de su riqueza, su status y también de sus gustos y fue sobre todo a partir de 1830, cuando el gobierno de Luis Felipe de Orleáns, privatiza la Ópera y la entrega a Louis- Désiré Veron, que emprende una revolución copernicana en todo el territorio musical conocido hasta entonces. De esta gestión renovada no todos fueron beneficios, porque los intereses y las servidumbres de la constelación que se movía alrededor de los eventos, los compositores, los elencos y el público. eran inenarrables.

Con todo y con eso, fue una época mágica donde como en el caso de Meyerbeer aparecieron nuevos instrumentos (en “Los Hugonotes”, la viola d´amore y el clarinete bajo) y una concepción de los coros, que adquieren un papel protagonista, evocando tal vez aquellos tradicionales coros griegos clásicos, que comentaban con acritud y austeridad las componendas entre los dioses y los hombres. En esta versión que el Teatro Real presentó en tres únicas representaciones, el director musical, Renato Palumbo, hace un gran trabajo. Exquisita la sensibilidad y la compenetración entre la pareja de enamorados con Eric Cutler y Julianna di Giacomo en los roles de Raoul y Valentine. Una voz preciosa ella llena de recursos, buen fiato, una plasticidad escénica (aunque en apariencia solo cantara) el tenor norteamericano, afinado, con una bella voz, sugerente, expresiva. La Marguerite de Valois adquirió en Annick Massis toda la majestad de la reina de Navarra, su performance fue cómoda, sostenida, centrada. Excelentes Dimitris Tiliakos y Dmitry Ulyanov como el conde de Nevers y Marcel, respectivamente.

El resto de los cantantes muy bien, con una dedicación alejada de una actuación rutinaria, de oficio. Un regalo. “Les Huguenots” es una obra que en muchos momentos de gran lirismo, tiene a una docena de cantantes a la vez en escena, lo que significa una exigencia muy por encima de los dúos, tríos o cuartetos que son frecuentes en las óperas habituales. La intervención de un coro sobredimensionado y una orquesta dirigida con solvencia y buen rapport con los instrumentistas, dio como resultado una fabulosa y poco frecuente explosión musical. El público que no cedió a la tentación de dejarse llevar por irse a casa o no acudir en esta noche de invierno recibió una recompensa poco al uso: una generosísima entrega de todos los que hicieron posible este milagro: que Giacomo Meyerbeer hiciera volver a la vida la perversa, polvorienta y fascinante corte de los Valois.