sábado, 2 de agosto de 2014

El Castillo de Barba Azul de Béla Bartók en México D.F.

Foto: Secretaría de Cultura del DF


La Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México comienza a incorporar paulatinamente a sus temporadas títulos operísticos, dando espacio a obras contemporáneas, de compositores del siglo XX y de la actualidad, eligiendo en esta ocasión El Castillo de Barba Azul op.11 (A kékszakállú herceg vára, en Húngaro) de Béla Bartók (1881-1945).  La loable iniciativa de la OFCM viene a dar aire fresco al ambiente operístico de esta ciudad ofreciendo al público la posibilidad de apreciar y conocer obras que son musicalmente interesantes, fascinantes y tan valiosas como las que se reprograman continuamente por los teatros de ópera, que evitan asumir riesgos y se aferran a  títulos ya muy vistos del repertorio. La ópera en un acto, cuyo estreno tuvo lugar en Budapest en mayo de 1918, es considera también una reflexión sonora, ya que en el tiempo en que fue compuesta, la emergencia de la guerra y el totalitarismo acechaban a Europa. La función se realizó en versión semi-escénica, en un pequeño escenario construido al en un nivel superior al de la orquesta al fondo del escenario, donde en el interior de un moderno apartamento trascurrió la acción, con una lectura fácil y accesible, que no ahondó en simbolismos ni en trasfondos psicoanalíticos, y que fue bien dirigida escénicamente por Juliana Faesler.  El desempeño de la orquesta fue destacable delineando los pasajes de tensión, dramatismo y lirismo que contiene la partitura, creando un marco adecuado para el lucimiento de las voces en esa relación hombre-mujer y el juego entre la esperanza de Judith y su decepción final. La conducción musical estuvo a cargo de José Areán.  Atinada fue la elección de los solistas como el barítono argentino Hernán Iturralde, destacado interprete de amplia carrera internacional, quien mostro compenetración y afinidad con el papel de Barba Azul, transmitiendo seguridad y pasión con un canto consistente de grata tonalidad; así como la soprano rusa Olga Sergeyeva, solista del teatro Mariinsky, quien sacó adelante las exigencias del papel con un canto oscuro, potente y seductor, y dio vida a una enérgica pero creíble Judith. RJ

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