Foto: Pasquale Juzzolino - Lingotto
Massimo Viazzo
L’apertura della nuova stagione del Lingotto è stata affidata quest’anno ad un direttore emergente. Andris Nelsons, infatti, è già da due anni responsabile musicale del Lohengrin al Festival di Bayreuth (quello dei topolini di Neuenfels…). Il giovane direttore lettone inizia il concerto con una rutilante esecuzione del Preludio dei Meistersinger wagneriani. Subito in evidenza la precisione degli ottoni della City of Birmingham Symphony Orchestra, il cui suono “grasso” ha però prodotto zone di saturazione sonora che non sempre permettevano una facile lettura delle trame intermedie. Più trasparente è parsa, invece, la resa degli episodi lirici, con un attenzione quasi teatrale al denso tessuto leitmotivico della pagina. Anche la Sinfonia n. 4 di Čajkovskij ha sofferto di una certa densità sonora, a volte eccessiva. Buona, in generale, è parsa la prestazione degli archi, invero più tecnica che partecipata. Andris Nelsons, però, non sembra aver colto al meglio quel senso di cupo fatalismo che pervade la partitura da cima a fondo. Il celebre tema dell’oboe che apre il secondo movimento, Andantino in modo di canzona, suonava proprio freddino. Nella prima parte della serata Christian Tetzlaff ha interpretato il Concerto in la minore per violino e orchestra di Antonín Dvořák senza abbandono né languore slavo. Il canto risultava sobrio, mai svenevole, ma non sempre comunicativo, e la resa tecnica non particolarmente funambolica.





De hecho, el director de escena noruego no se limitó a narrar la historia de Parsifal (por ejemplo, en el preludio se ayudó de una pantomima un poco larga para contar la muerte de mama Herzeleide) de una manera mas amplia al espectro de la narración con múltiples refracciones y estratificaciones temporales que envolvieron la historia misma del festival – el Templo de Graal en que se ambientó la ultima parte del primer acto repitió claramente aquel que fuera diseñado por Paul von Joukowsky en 1882 para el estreno absoluto de la opera- como el de villa Wahnfried, escenografía de eventos sobre la escena, de la misma Alemania, con un impresionante final situado en el Bundestag alemán. El todo estuvo acompañado por la constante presencia de una cama en el centro de la escena, como símbolo claro de la vida y la muerte, que traga y escupe individuos en metamorfosis. Fue un espectáculo riquísimo y por ciertos versos inquietante, que se espera que pronto pueda encontrar la vía del DVD. Irónico, divertido, provocativo fue al final el nuevo Lohengrin de Hans Neuenfels, que fue dirigido con ímpetu, pero poco atmosfera, por el joven leton Andris Nelsons. Cuidado dramatúrgico y muy elegante escénicamente estuvo esta producción escénica que será recordada sobretodo por dos motivos: la prueba mayúscula propuesta por Jonas Kaufmann en el papel del caballero cisne, robusto, viril, timbrado, fijado a los agudos y siempre muy variado en el fraseo (nunca con un falsete ni en los pianísimos); y la transformación de los pobres brabantinos en grande ratas blancas, negras (y rosas) en la óptica de una radical descontextualización de los acontecimientos. Es claro que estos ratones suscitaron la diversión del público en la apertura de la cortina (pero que se transformaron en ternura en la escena del cortejo nupcial del segundo acto con todas los ratoncitos vestidos con multicolores y la cola colgante) creíble metáfora de un pueblo manipulado en un laboratorio que puede esperar a liberarse solo aspirando de manera utópica a una forma de vida superior, mucho muy emancipada.