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Wednesday, November 30, 2011

Butterfly, la renegada en el Palacio de Bellas Artes

Fotos: Opera de Bellas Artes
 
José Noé Mercado

Texto correspondiente a las funciones del 22 y 25 Madama Butterfly de Giacomo Puccini ocupa el octavo lugar entre las óperas que más se representan actualmente a nivel mundial. Superado su fracaso inicial en Milán, en 1904, esta obra que cuenta con libreto de Luigi Illica y Giuseppe Giacosa se impuso como una de las más gustadas del catálogo lírico y es llevada a la escena una y otra vez en todo el planeta, hasta convertirla en una trillada y escasamente novedosa muestra del anquilosamiento y conformismo estético que padecen algunos sectores operísticos. Ello, en fusión con la modorra propia de la Compañía Nacional de Ópera (CNO), agazapada en fórmulas de programación y conformación de elencos sin mayor destello desde hace tiempo, hace una obviedad que again, one more time, se recurriera a Butterfly para presentarla en una nueva producción en el Teatro del Palacio de Bellas Artes, con funciones los pasados 18, 20, 22 y 25 de septiembre. El principal interés de este montaje, surgido por una aparente relectura de la directora de escena y diseñadora de escenografía Juliana Faesler a la historia de la renegada japonesa Cio-Cio San, en el fondo terminó por diluirse porque más que una reinterpretación válida, polémica o incluso escandalosa, ofreció una inocultable especulación a la trama, al libreto y a la esencia (in)moral del personaje de Pinkerton.  De turista sexual en Japón (¿alguien duda que eso es Pinkerton, antes que oficial de la marina norteamericana?: “un teniente cachondo y medio pervertido”, califica Octavio Sosa en el programa de mano), traspatio de sus correrías donde contrae un matrimonio banal y embaraza a la gringófila y boba Butterfly con engaños amorosos de por medio, al final pasa a ser un viejo en silla de ruedas, atormentado por su actuar en aquella aventura de juventud, lo que alivia suicidándose de un tiro. Esto último, por cierto ya reniego de Faesler a lo firmado por Puccini, empequeñece el harakiri de Butterfly con el que buscó recuperar su honor y el final intenso y dramático con el que cierra la obra. A Pinkerton lo ennoblece, le crea sentimientos moralmente correctos y lo redime. Las sopranos Violeta Dávalos y Maribel Salazar alternaron en el rol protagónico. Dávalos brindó un personaje porfiado en sus afectos, intenso y con una emisión creciente en calidad durante la función, aunque de fraseo corto, interrumpido por excesivas respiraciones y ataques de forte para arriba, más propicios para el fuaaa que para darle matices y colores a la tragedia de la japonesa. Salazar confeccionó un personaje frágil, ilusionado, proyectando cierta ingenuidad a través de una voz muy dulce y cálida que despertó dolor genuino ante su infortunio.
Como Pinkerton, el tenor José Ortega, originario de Ciudad Juárez, demostró que es un cantante decoroso, con un buen centro vocal, si bien su emisión se estrecha en el registro agudo y estrangula un poco el sonido. La mezzosoprano Guadalupe Paz tuvo como Suzuki una de sus mejores actuaciones en nuestro país, gracias a un color bello y ahora sí parejo, estable en todo su canto, mientras que Encarnación Vázquez, alternante del rol, reiteró su larguísima experiencia en esta obra, mismo caso del barítono Jesús Suaste, un hipócrita pero finalmente comprensivo Sharpless. Es destacable el Goro del tenor Gerardo Reynoso y, sobre todo, el vocalmente estupendo Bonzo del barítono Óscar Velázquez. El Coro del Teatro de Bellas Artes sigue ganando nivel, producto del encomiable trabajo de su preparador, el catalán Xavier Ribes. Para hablar de la orquesta, sería necesario referirse al concertador Ivan Anguélov, pero quizás nadie mejor que Jaime Ruiz Lobera, director de la CNO, pueda explicar a detalle sus virtudes, que deben ser hartas como para mantenerlo al frente de la agrupación pese a saber que el nombre del director búlgaro salió a relucir en las quejas públicas de cantantes femeninas que aseguran haber padecido su acoso en el más reciente Concurso de Canto Carlo Morelli. Entonces, pidámosle que hable.

Wednesday, August 24, 2011

Turn of the Screw de Britten en México: Sin ambigüedades

Foto: Cortesía Difusión Cultural UNAM

José Noé Mercado

Se limita quien piensa sólo en una historia de fantasmas al referirse a The Turn of the screw (Otra vuelta de tuerca), la novela corta de Henry James publicada en 1898, en la que Benjamin Britten y su libretista Myfanwy Piper se basaron para la ópera homónima que habrían de estrenar en 1954. Lo que distingue a este relato de la avasallante producción gótica europea y norteamericana del siglo 19 es la prosa elegante y limpia de ese James aún exento del barroquismo que acusan sus obras finales, un agudo entramado sicológico que condiciona magistralmente la personalidad de sus personajes y, sobre todo, la puesta en escena de sus teorías sobre el uso de la perspectiva y el punto de vista en una narración para conocer la veracidad, mentira o ambigüedad de los hechos que forman una historia.

Es a partir de esa esencia que The turn of the screw y sus adaptaciones: la operística de Britten y los numerosos filmes, entre los que destacan The innocents de Jack Clayton de 1961 protagonizado por Deborah Kerr, el de Rusty Lemorande de 1991 y el de Tim Fywell de 2009 para la BBC de Londres, admiten interpretaciones como una trama sobrenatural de fantasmas, un perverso episodio de abuso, represión sexual y pedofilia, una historia de mentiras, demencia y horror sicológico o, sorprendentemente, como nada de lo anterior.

Y es que justamente los detalles que el espectador va conociendo a lo largo de la obra hacen que la certeza que ya tiene respecto de lo ocurrido mute, dé múltiples giros de tuerca dependiendo de las perspectivas que se van explorando y embonando y al final no se tenga sino impresiones, dudas y ambigüedades que modelan la riqueza de contenido de esta obra. Riqueza que los pasados 13 y 14 de agosto, en la sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitario, en el estreno en México de The turn of the screw, la ópera en un prólogo y dos actos de Benjamin Britten, no se extrajo del todo.

Para tal suceso, se contó con la batuta de Jan Latham-Koenig al frente del Ensamble Filarmonía, con gran sentido del ritmo dramático, la musicalidad y las texturas exploradas en las variaciones desprendidas del tema principal. En el rubro canoro, sobresalieron el tenor Samuel Boden como el Prólogo y Peter Quint, con una voz bien colocada, segura, clara y expresiva; y la soprano de 17 años de edad Erin Hughes, quien interpretó con bello lirismo e ingenuidad vocal a Flora. En segundo plano, la también soprano Fflur Wyn, quien encarnó a la Institutriz, mostró una emisión con musicalidad, pero delgada, de volumen de cámara más que teatral y de una fragilidad creciente. El niño soprano Leopold Benedict de 14 años de edad si bien mostró conocimiento de la obra y siempre mantuvo la afinación, dejó la impresión de que el rol de Miles no le resultó cómodo, ante un no muy lejano cambio de voz. La mezzosoprano Encarnación Vázquez y la soprano Lourdes Ambriz fueron las cantantes mexicanas que completaron el elenco como la Señora Grose y la Señorita Jessel.

Pero la buena imagen sonora que dejó Latham-Koenig contrastó con la puesta en escena de Michael McCaffery y la iluminación de Víctor Zapatero, ya que se optó por una sugerencia escenográfica lúgubre y opresiva, sin la dinámica de colores, de noche y día, tan importantes en James como en el propio Britten, para impactar en el ánimo y actuar de los personajes. El montaje también ignoró lo que James llamaba “síndrome del terror a la luz del sol”, justo esa realidad sicológicamente fantasmal que surge de la fusión de lo inimaginablemente terrible y lo completamente ordinario.  A juzgar por la escena y el trazo de los personajes, la tuerca no giró. Se trató de hechos obvios, de una lectura simplista, sin ambigüedades ni riqueza interpretativa o, para referirse de algún modo a fantasmas en camisón y con ojeras, de una concepción gasparinesca, lejos de esa idea del escritor Peter Straub que dice que las historias de horror funcionan mejor “cuando son ambiguas, discretas, contenidas”.

Friday, August 12, 2011

Le Nozze di Figaro en la Opera de Morelos, México

Foto: Opera de Morelos

Los indestructibles

José Noé Mercado

Cuernavaca, Morelos, nuevamente ha sido noticia. Esta vez, para bien. Para el arte y la cultura, ya que al escalofriante y frecuente clima de sangre y violencia ahora se ha opuesto una opción que si no reconstruye de golpe el tejido social por lo menos lo conforta. O lo intenta. La presentación de otro título operístico en el Teatro Ocampo, de la mano del Instituto de Cultura estatal que lidera Martha Ketchum, y su Compañía de Ópera, artísticamente dirigida por el barítono Jesús Suaste, es digno de encomio y atención, de apoyo y continuidad. Porque sumar tres funciones de Le nozze di Figaro de Wolfgang Amadeus Mozart los pasados 15, 17 y 19 de julio, a la oferta de óperas como L’elisir d’amore de Gaetano Donizetti, Madama Butterfly de Giacomo Puccini y La traviata de Giuseppe Verdi que en el último año se han presentado en Cuernavaca constituye un esfuerzo de proyección y envergadura artística innegable.

Y es así hasta tal punto que una posible crítica a la modesta pero útil escenografía de Ricardo Salazar, a la no en todo resuelta dirección escénica de Óscar Flores por falta de mayor familiaridad con la trama y el género mismo que permitiría utilizar las transiciones argumento-musicales con total destreza, a desafinaciones ocasionales, o incluso a los mínimos lapsus-olvidus de una u otra frase de los kilométricos recitativos que fueron respetados sin los tradicionales cortes, debe matizarse en aras de valorar las circunstancias y condiciones en que semejante esfuerzo es concretado y, después de todo, sale airoso para dejar al público satisfecho.

El buen resultado musical de estas funciones partió de Carlos García Ruiz y su dirección concertadora más que sólida, porque no sólo brindó un acompañamiento confiable a los cantantes, sino que igual sonó mozartiano, dentro de un estilo que demuestra estudio, entendimiento, capacidad y rigor. Este joven concertador mexicano que siempre baja al foso sin partitura es acaso el que más ópera dirige en nuestro país, lo que ya le ha generado credenciales de especialización lírica que no pueden ignorarse. ¿Lo conocerán en Bellas Artes, donde se suele invitar a tanto extranjero de irregular calidad? El elenco lo encabezó el bajo Rosendo Flores, quien salvo algunos momentos vocalmente cavernosos, mostró la suficiente maleabilidad y ligereza para enfrentar el rol baritonal de Figaro. Su amplia experiencia en los escenarios contribuyó a hilar una actuación graciosa y entretenida. Susanna fue interpretada con gran dulzura vocal y escénica por la soprano Elisa Avalos, quien logra entretejer un canto de gustos refinados.  La soprano Verónica Murúa brindó una humana y por tanto sincera interpretación de La condesa, con el necesario entendimiento de su condición de mujer desatendida por su esposo, proyectado a través de una hermosa línea melódica y lánguida belleza vocal en sus arias “Porgi amor” y “Dove sono”. ¿Tampoco a esta destacada soprano mexicana la conocen en Bellas Artes?

En el papel de El conde, Jesús Suaste refrendó su experimentada trayectoria que le permite un desenvolvimiento escénico pleno y un canto que busca los matices y encuentra los contrastes y el peso y sentido justos a cada uno de sus fraseos.  El Cherubino de la mezzosoprano Encarnación Vázquez, la Marcellina de María Luisa Tamez y el Bartolo de Rufino Montero, demostraron un divertido control y timing escénico de sus intérpretes, además de un largo y amplio recorrido por esta obra. Marco Antonio Talavera, Yolanda Molina y Héctor Arizmendi completaron el grupo de solistas en los roles respectivos de Antonio, Barbarina y Basilio-Don Curzio. Alejandro Vigo estuvo en el clavecín, mientras que Christian Gohmer fungió como director huésped del Coro del CMAEM. Por lo escrito, la no poca madurez y experiencia del elenco aun si se considera la incursión de dos o tres jóvenes, el protagonismo de la mayoría de estos solistas en las distintas producciones que de esta ópera se han hecho en nuestro país durante las últimas décadas, el final logrado y feliz de este proyecto, así como la misma juventud de Mozart, de alguna manera podría evocar el título en español de esa película estelarizada en 2010 por Sylvester Stallone, Arnold Schwarzenegger, Bruce Willis, Dolph Lundgren y otros héroes nada de pubertos: Los indestructibles. Porque sí, aún ganaron la batalla.