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Tuesday, May 24, 2016

El pequeño príncipe y Antonieta en Bellas Artes de México: 70 años de Federico Ibarra

Fotos: INBA / Ana Lourdes Herrera

José Noé Mercado

Uno de los más celebrados compositores mexicanos operísticos (celebrado, claro, aun con las limitaciones propias del entorno lírico nacional, con algunas obras sin estrenar, o estrenadas sólo a piano, con reposiciones muy esporádicas de lo títulos que integran su catálogo) es el maestro Federico Ibarra, quien la Ópera de Bellas Artes  rindió homenaje por sus 70 años de vida y montó dos de sus óperas breves: El pequeño príncipe (1988) y Antonieta (2010), como apertura de su temporada 2016, los pasados 14, 18 y 21 de febrero.

La decisión de OBA, dirigida por la maestra Lourdes Ambriz, al incluir este par de obras de Ibarra pareció acertada y mató varios pájaros de un tiro. Puesto que no sólo no dejó pasar inadvertido el aniversario de un compositor nacional sin duda relevante en el apartado canoro (no únicamente compuesto por sus ocho óperas, sino también por ciclos de canciones y obra coral), ya que también aprovechó para satisfacer al público que clama por obras del repertorio operístico mexicano en el escenario de Bellas Artes, y, en primera instancia, que también es la última y más importante, atender la asignatura de ópera mexicana, dejando, por lo demás, descansar un poco los exhaustos caballitos de batalla presentados una y otra y otra vez en el palacio de mármol.

En ese contexto, poca oposición podrían encontrar los montajes de dos óperas —que si no es en una ocasión festiva y honrosa de este tipo difícilmente alguien se ocuparía de ellas— que si bien muestran la dificultad que Ibarra ha tenido para encontrar buenos libretos, funcionales desde el punto de vista dramático, de igual forma son un recorrido de muestra, casi turística, a las ideas musicales del compositor, de sus influencias, de su capacidad creativa.

Con un libreto —autoría de Luis de Tavira que se basa en El principito de Antoine de Saint-Exupéry— más expositivo y pretendidamente poético que narrativo, que además presupone el conocimiento de la historia primigenia de la que procede, lo cual dificulta la comprensión de la trama y encontrar las capas de las que están compuestos sus personajes, El pequeño príncipe es una acumulación de diez escenas en las que un piloto cuyo avión cayó en el desierto del Sahara se topa y escucha las moralejas y reflexiones de un pequeño ser o bien alucinado, o alienígena, de vena poética y nostálgico, que merodea por la zona con sus monsergas.

La música de Ibarra en su tercera ópera trata de ajustarse a esos presupuestos, hilando separadores sonoros muy bien logrados, en el sentido de distorsionar la realidad y transportar al escucha a una atmósfera a medio camino entre lo verdadero y lo fantasioso. Su sonoridad no es particularmente original, da la impresión de contener reminiscencias y fórmulas de diversos compositores del siglo 20, pero funciona al grado de conseguirle una identidad propia.

La soprano Nadia Ortega protagonizó de manera creíble el rol del Pequeño Príncipe, que también antes ha sido interpretado por un contratenor. Del Piloto se encargó el barítono Enrique Ángeles, con una voz que fue de la furia, la impaciencia y la incertidumbre, hasta la melancolía. La soprano Anabel de la Mora abordó la Flor y el Agua, con una bien impostada voz que para cumplir con los retos del registro agudo en que Ibarra compuso la expresión de estos dos personajes ha de sacrificar un tanto la dicción. La Zorra de Carla Madrid, Héctor valle como la Serpiente, Hugo Colín como el Contador y Sergio Ovando como un Astrónomo turco, complementaron el elenco de una producción que contó con una vistosa y ágil puesta en escena de Luis Miguel Lombana, que se basó en el fuselaje de un avión, que gira en algunos momentos para dejar pie a otros escenarios, de distintas atmósferas sin salir del desierto.

Como escribí en 2010, a partir de su estreno en el Centro Nacional de las Artes, en Antonieta Federico Ibarra crea flujos dramáticos de particular atractivo a través de los sonidos, que saben encontrar los espacios y colores orquestales para el realce y expresividad de la voz humana.


“Antonieta”, describí en aquel entonces, “es una exploración del por qué Antonieta Rivas Mercado pudo haberse quitado la vida en la Catedral de Notre-Dame, en Francia, en 1931, de un disparo al corazón. El libreto, autoría de Verónica Musalem, busca las razones a través de tres vertientes en las que la hija del reconocido arquitecto Antonio Rivas Mercado avivaba sus pasiones: el amor, la política y el arte, simbolizadas precisamente por alegorías-personajes”, esta vez interpretados por Zaira Soria, Jesús Ibarra y Gerardo Reynoso, quien lució particularmente su timbre de tenor, con una calidez y claridad disfrutable.

La estructura de la obra es circular: comienza y termina con el suicidio, y diversos episodios en flashback dan el cuerpo a la trama, que desde la sintonía de la construcción dramática tiene el inconveniente de presentar el clímax desde los primeros minutos.

Ante ese inicio definidamente impactante, apunté en aquel momento como lo hago ahora: “el resto puede parecer débil desde el punto de vista dramático y es difícil de definir si el espectador encuentra en ello la fuerza de las razones para el suicidio de Antonieta, o si éstas se diluyen en pasajes que no necesariamente muestran el amor, la política o el arte en su acción, sino de forma platicada, reflexiva, teóricamente. En lo musical, Ibarra pone en juego su armamento de recursos expresivos y logra crear atmósferas que apuntalan la escena al tiempo que discurre un lenguaje tan propio que, si bien puede encontrar los sonidos propicios de la brutalidad, de la desesperación o de la angustia desgarrante, la partitura no está exenta de ese mordaz humor tan típicamente suyo para ridiculizar, por ejemplo, al poder, o al nacionalismo musical, del que él siempre se ha apartado, aún si en este caso lo recrea. Hay melodías y ritmos tan propios que en algunos pasajes de Antonieta no era un disparate pensar que de pronto podría aparecer bailando la Tortuga o algún otro personaje de su Alicia.

“Como ha quedado claro obra tras obra, Ibarra sabe escribir para la voz, la potencia, le da su lugar de relevancia dentro de una ópera, ya sea con recitados, con dinámicos cantables o con la intensidad de los silencios”. La mezzosoprano Grace Echauri volvió al rol epónimo y lo hizo mostrando una gran madurez vocal y un compromiso dramático notable. Su penetración al personaje es total. El papel de su padre lo hizo el barítono Jesús Suaste, enfundado en una caracterización anecdótica que lo aproximaba a Venustiano Carranza.

La puesta en escena, que resultó particularmente estática como lo fue desde 2010, correspondió a José Antonio Morales, “Josefo”, y a Rosa Blanes Rex, con iluminación de Víctor Zapatero y videoarte de Rafael Blásquez. Estática, conviene puntualizarlo, no necesariamente en sentido negativo, sino reafirmando ese carácter expositivo, casi plástico más que teatral, de la obra. Al frente de la Orquesta y el Coro del teatro de Bellas Artes se contó con la dirección invitada de Iván del Prado. Todo lo expresado sobre la música de este par de títulos no podría desprenderse en ningún aspecto de la batuta del concertador.

Friday, August 12, 2011

Le Nozze di Figaro en la Opera de Morelos, México

Foto: Opera de Morelos

Los indestructibles

José Noé Mercado

Cuernavaca, Morelos, nuevamente ha sido noticia. Esta vez, para bien. Para el arte y la cultura, ya que al escalofriante y frecuente clima de sangre y violencia ahora se ha opuesto una opción que si no reconstruye de golpe el tejido social por lo menos lo conforta. O lo intenta. La presentación de otro título operístico en el Teatro Ocampo, de la mano del Instituto de Cultura estatal que lidera Martha Ketchum, y su Compañía de Ópera, artísticamente dirigida por el barítono Jesús Suaste, es digno de encomio y atención, de apoyo y continuidad. Porque sumar tres funciones de Le nozze di Figaro de Wolfgang Amadeus Mozart los pasados 15, 17 y 19 de julio, a la oferta de óperas como L’elisir d’amore de Gaetano Donizetti, Madama Butterfly de Giacomo Puccini y La traviata de Giuseppe Verdi que en el último año se han presentado en Cuernavaca constituye un esfuerzo de proyección y envergadura artística innegable.

Y es así hasta tal punto que una posible crítica a la modesta pero útil escenografía de Ricardo Salazar, a la no en todo resuelta dirección escénica de Óscar Flores por falta de mayor familiaridad con la trama y el género mismo que permitiría utilizar las transiciones argumento-musicales con total destreza, a desafinaciones ocasionales, o incluso a los mínimos lapsus-olvidus de una u otra frase de los kilométricos recitativos que fueron respetados sin los tradicionales cortes, debe matizarse en aras de valorar las circunstancias y condiciones en que semejante esfuerzo es concretado y, después de todo, sale airoso para dejar al público satisfecho.

El buen resultado musical de estas funciones partió de Carlos García Ruiz y su dirección concertadora más que sólida, porque no sólo brindó un acompañamiento confiable a los cantantes, sino que igual sonó mozartiano, dentro de un estilo que demuestra estudio, entendimiento, capacidad y rigor. Este joven concertador mexicano que siempre baja al foso sin partitura es acaso el que más ópera dirige en nuestro país, lo que ya le ha generado credenciales de especialización lírica que no pueden ignorarse. ¿Lo conocerán en Bellas Artes, donde se suele invitar a tanto extranjero de irregular calidad? El elenco lo encabezó el bajo Rosendo Flores, quien salvo algunos momentos vocalmente cavernosos, mostró la suficiente maleabilidad y ligereza para enfrentar el rol baritonal de Figaro. Su amplia experiencia en los escenarios contribuyó a hilar una actuación graciosa y entretenida. Susanna fue interpretada con gran dulzura vocal y escénica por la soprano Elisa Avalos, quien logra entretejer un canto de gustos refinados.  La soprano Verónica Murúa brindó una humana y por tanto sincera interpretación de La condesa, con el necesario entendimiento de su condición de mujer desatendida por su esposo, proyectado a través de una hermosa línea melódica y lánguida belleza vocal en sus arias “Porgi amor” y “Dove sono”. ¿Tampoco a esta destacada soprano mexicana la conocen en Bellas Artes?

En el papel de El conde, Jesús Suaste refrendó su experimentada trayectoria que le permite un desenvolvimiento escénico pleno y un canto que busca los matices y encuentra los contrastes y el peso y sentido justos a cada uno de sus fraseos.  El Cherubino de la mezzosoprano Encarnación Vázquez, la Marcellina de María Luisa Tamez y el Bartolo de Rufino Montero, demostraron un divertido control y timing escénico de sus intérpretes, además de un largo y amplio recorrido por esta obra. Marco Antonio Talavera, Yolanda Molina y Héctor Arizmendi completaron el grupo de solistas en los roles respectivos de Antonio, Barbarina y Basilio-Don Curzio. Alejandro Vigo estuvo en el clavecín, mientras que Christian Gohmer fungió como director huésped del Coro del CMAEM. Por lo escrito, la no poca madurez y experiencia del elenco aun si se considera la incursión de dos o tres jóvenes, el protagonismo de la mayoría de estos solistas en las distintas producciones que de esta ópera se han hecho en nuestro país durante las últimas décadas, el final logrado y feliz de este proyecto, así como la misma juventud de Mozart, de alguna manera podría evocar el título en español de esa película estelarizada en 2010 por Sylvester Stallone, Arnold Schwarzenegger, Bruce Willis, Dolph Lundgren y otros héroes nada de pubertos: Los indestructibles. Porque sí, aún ganaron la batalla.