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Friday, November 7, 2025

La Fille du Régiment en el Teatro alla Scala de Milán

Foto: Brescia & Amisano

Massimo Viazzo

La fille du régiment volvió a la Scala después de casi veinte años, aunque, en cualquier caso, nunca ha sido un título considerado de casa para el teatro milanés. La opéra-comique en dos actos de Gaetano Donizetti (1797-1848), con libreto en lengua francesa, que alterna diálogos hablados con el canto (peculiaridad de la opéra-comique) de Jules-Henri Vernoy de Saint-Georges y de Jean-François Bayard, fue representada por primera vez en el teatro de la Opéra-Comique de Paris en 1840. La historia está ambientada en los Alpes durante las guerras napoleónicas, y narra la historia de Marie, una huérfana criada por un regimiento francés, que considera a los soldados como sus padres.  Marie se enamora de Tonio, un joven tirolés, quien, para para poder casarse con ella, decide enrolarse. Las complicaciones surgen cuando se descubre que Marie es en realidad la sobrina de la Marquesa de Berkenfield, la cual decide llevársela con ella para ofrecerla en matrimonio a un noble. Después de momentos de comicidad y virtuosismo vocal, como la célebre aria de Tonio: “Ah! mes amis, quel jour de fête!” con sus nueve dos agudos – la ópera concluye con un alegre final: la Marquesa, que en realidad se descubre como la madre de Marie, permite el matrimonio entre Marie y Tonio. Hay que recordar que la Fille es celebre por su brillante espíritu cómico, las dificultades virtuosísticas que se le exigen al tenor y a la soprano, y por la fusión entre el estilo italiano y la tradición francesa.  El histórico espectáculo visto en Milán llegó casi a su veintésimo aniversario, ya que fue estrenado en el Covent Garden de Londres en el 2007 con Nathalie Dessay y Juan Diego Flórez, y posteriormente llegó a escenarios como el de la Staatsoper de Viena, al del Metropolitan de Nueva York, al de San Francisco (con el propio Flórez) y al de la Ópera de Paris. Aquí, en el Teatro alla Scala se dio el regreso del tenor peruano, en uno de sus papeles más representativos. Debe recordarse que la producción escénica original fue reconstruida por el Gran Teatre del Liceu de Barcelona.  El director de escena Laurent Pelly optó por ambientar la narración durante la primera guerra mundial, en lugar del periodo de las guerras napoleónicas, como está previsto en el libreto original.  Tal elección, de acuerdo con el director escénico, fue motivada por la necesidad de una ambientación más cercana al público contemporáneo, y, en consecuencia, de ser mas envolvente.  La ópera se distingue por una ironía punzante y una marcada critica antimilitarista. Así, los gags, que mantienen su vivacidad, resultaron ser siempre refinados y nunca vulgares. Una contribución adicional al éxito de un montaje de este género provino de la notable habilidad actoral de los cantantes, los cuales, como corresponde en una opéra-comique, deben saber sobresalir también en la actuación teatral.  Además, quedó en evidencia la contribución de Agathe Mélinard, quien reelaboró los diálogos a fin de hacerlos más dinámicos y envolventes para un público contemporáneo. Sobre el escenario se colocaron los elementos esenciales para la compresión de la obra, con los cantantes que movían sobre un enorme mapa geográfico extendido sobre el escenario, una clara alegoría de la naturaleza generalizada del conflicto bélico, tema que desafortunadamente, pertenece aun a la trágica actualidad.  La Fille du régiment, ópera construida enteramente con elementos cómicos y sentimentales, encontró en la lectura de Evelino Pidò una figura estilísticamente apropiada. El director turinés, experto frecuentador de este repertorio, guio a la orquesta del Teatro alla Scala con vigor y dinamismo, sin buscar particulares refinamientos.  Aun así, mantuvo un constante dialogo con los cantantes, respirando con ellos, y concentrándose en hacer una narración linear y comunicativa que hizo resaltar la potencialidad expresiva de la partitura. El elenco presentado por el Teatro alla Scala ofreció un desempeño de alto nivel. Los protagonistas Julie Fuchs (Marie) y Juan Diego Flórez (Tonio) interpretaron con bravura los papeles de los dos jóvenes enamorados, desde el punto de vista vocal como en el actoral.  Julie Fuchs evidenció una extraordinaria capacidad en las coloraturas, empleándolas con eficacia, también con fines expresivos, a través de un asombroso virtuosismo y acrobacias vocales de todo género.  Pero también la soprano francesa supo conquistar al público en las dimensiones más íntimas y sentimentales, de gracia a intensidad y lirismo. Su interpretación de “Il faut partir” suscitó una emoción palpable. Por su parte, Juan Diego Flórez, en uno de los papeles que han contribuido a su fama, mostró su refinada musicalidad, la capacidad de frasear con expresión, de pulir las frases musicales y de controlar con precisión el fiato.  De rara intensidad, y muy elegante, fue su interpretación de “Pour me rapprocher de Marie”. Asimismo, Flórez confirmó su habitual desenvoltura en el registro agudo, tanto así que en la celebérrima aria de los nueve dos (Ah! mes amis… pourmon âme) recibió el más fragoroso aplauso de la velada. El Sulpice de Pietro Spagnoli huraño y expansivo conquistó al público con su timbre franco y viril, y con una sincera carga de humanidad. Géraldine Chauvet prestó su voz a una Marquesa de Berkenfield, espontánea y de pastosa voz. Hay que destacar el hecho que, durante la escena de la lección, la propia Chauvet tocó personalmente el piano. Un aplauso también para Barbara Frittoli, que se vistió perfectamente en el papel de la Duquesa de Crakentorp, personaje solo actuado, así como a todos los papeles acompañantes entre los que estuvo el divertido Pierre Doyen (Hortensius), así como Emilio Guidotti (Caporal), Aldo Sartori (un campesino) y Federico Vazzola (el notario). Finalmente, el Coro del Teatro alla Scala, dirigido por Alberto Malazzi, confirmó una vez más su bravura.




 

La Fille du Régiment - Teatro alla Scala


Foto: Brescia & Amisano

Massimo Viazzo

La fille du régiment torna alla Scala dopo quasi vent’anni, ma in ogni caso non è mai stato un titolo di casa nel teatro milanese. L’opéra-comique in due atti di Gaetano Donizetti (1797-1848), su libretto in lingua francese che alterna dialoghi parlati al canto (peculiarità dell’opéra-comique) di Jules-Henri Vernoy de Saint-Georges e Jean-François Bayard, fu rappresentata per la prima volta all’Opéra-Comique di Parigi nel 1840. La vicenda è ambientata nelle Alpi durante le guerre napoleoniche. Narra la storia di Marie, un’orfana allevata da un reggimento francese, che considera i Soldati come suoi padri. Marie si innamora di Tonio, un giovane tirolese, il quale, per poterla sposare, decide di arruolarsi. Le complicazioni sorgono quando si scopre che Marie è in realtà la nipote della Marchesa di Berkenfield, la quale desidera portarla via con sé per darla in sposa a un nobile. Dopo momenti di comicità e virtuosismi vocali – celebre l’aria di Tonio “Ah! mes amis, quel jour de fête!” con I suoi nove do acuti – l’opera si conclude con il lieto fine: la Marchesa, che in realtà si scopre essere la madre di Marie, acconsente al matrimonio tra Marie e Tonio. Giova ricordare che la Fille è celebre per il suo brillante spirito comico, le difficoltà virtuosistiche richieste al tenore e al soprano, e per la fusione tra stile italiano e tradizione francese. Lo storico spettacolo ripreso a Milano, giunto quasi al suo ventesimo anniversario, ha debuttato al Covent Garden di Londra nel 2007 con Natalie Dessay e Juan Diego Flórez e ha successivamente calcato i palcoscenici della Staatsoper di Vienna, del Metropolitan di New York e dell’Opéra di Parigi. Qui al Teatro alla Scala si segnala il ritorno del tenore peruviano in uno dei suoi ruoli più rappresentativi. Ricordo anche che l’allestimento originale è stato ricostruito al Grand Teatre del Liceu di Barcellona. Il regista Laurent Pelly ha optato per ambientare la narrazione durante la Prima Guerra Mondiale, in luogo del periodo delle guerre napoleoniche come previsto dal libretto originale. Tale scelta, secondo le dichiarazioni del regista, è stata motivata dalla necessità di un’ambientazione più prossima al pubblico contemporaneo e, di conseguenza, più coinvolgente. L’opera si distingue per un’ironia pungente e una marcata critica antimilitaristica. Le gag, pur mantenendo la loro vivacità, risultano sempre raffinate e mai volgari. Un ulteriore contributo al successo di un allestimento di questo genere è dato dalla notevole abilità attoriale dei cantanti, i quali, come è noto in un’opéra-comique, devono saper eccellere anche nella recitazione in prosa. Si evidenzia, inoltre, il contributo di Agathe Mélinard, che ha rielaborato i dialoghi al fine di renderli più dinamici e coinvolgenti per il pubblico contemporaneo. Sul palco sono allestiti gli elementi essenziali per la comprensione della narrazione, con i cantanti che si muovono su una enorme cartina geográfica distesa sul palcoscenico, una chiara allegoria della natura pervasiva del conflitto bellico, tema purtroppo di tragica attualità.La Fille du régiment, opera interamente costruita su elementi comici e sentimentali, trova nella lettura di Evelino Pidò una cifra stilistica appropriata. Il direttore torinese, esperto frequentatore di questo repertorio, guida l’orchestra del Teatro alla Scala con vigore e dinamismo, pur non ricercando particolari raffinatezze. Mantiene, tuttavia, un costante dialogo con i cantanti, respirando con essi, e si concentra su una narrazione lineare e comunicativa che metta in risalto le potenzialità espressive della partitura. Il cast approntato dal Teatro alla Scala ha offerto una performance di alto livello. I protagonisti, Julie Fuchs (Marie) e Juan Diego Flórez (Tonio), hanno interpretato con bravura i ruoli dei due giovani innamorati, sia dal punto di vista vocale che attoriale. Julie Fuchs ha evidenziato straordinarie capacità nella coloratura, impiegandola con efficacia anche a fini espressivi, attraverso virtuosismi mirabolanti e acrobazie vocali di ogni genere. Ma il soprano francese ha saputo conquistare il pubblico anche nella dimensione più intima e sentimentale, grazie a intensità e lirismo. La sua interpretazione de “Il faut partir” ha suscitato un’emozione palpabile. Juan Diego Flórez, in uno dei ruoli che hanno contribuito alla sua fama, ha mostrato la sua raffinata musicalità, la capacità di fraseggiare con espressione, di levigare le frasi musicali e di controllare con precisione il fiato. Di rara intensità, e elegantissima, la sua interpretazione di “Pour me rapprocher de Marie”. Flórez ha inoltre confermato la sua consueta disinvoltura nel registro acuto tanto che la celeberrima Aria dei nove Do (Ah! mes amis… pour mon âme) ha ricevuto il più fragoroso applauso della serata. Il Sulpice di Pietro Spagnoli, scontroso ed espansivo, ha conquistato il pubblico con la sua timbrica franca e virile, e una sincera carica di umanità. Géraldine Chauvet ha dato voce ad una Marquise de Berkenfield spontanea e dalla vocalità pastosa. Da sottolineare che durante la scena della lezione la Chauvet ha suonato personalmente il pianoforte. Un plauso anche a Barbara Frittoli, che si è calata perfettamente nei panni della Duchesse de Crakentorp, ruolo solo recitato, e a tutte le parti di fianco, tra cui il divertente Pierre Doyen (Hortensius), Emilio Guidotti (Caporal), Aldo Sartori (un paysan) e Federico Vazzola (un notaire). Infine, il Coro del Teatro alla Scala, diretto da Alberto Malazzi, ha confermato ancora una volta la sua bravura.

 

Thursday, April 11, 2024

Guillaume Tell en Milán

Foto: Brescia & Amisano

Massimo Viazzo

Se trata de la ciudad de Metrópolis, para entender bien cuál, la de la obra maestra cinematográfica de Fritz Lang de 1927, que se encuentra en Suiza, en el lago de los Cuatro Cantones. Si, porque la directora escénica Chiara Muti, hija del célebre director de orquesta se inspiró en Metrópolis para crear un clima oscuro y claustrofóbico para su Guillaume Tell, la obra maestra rossiniana que por primera vez se puso en escena en el Teatro alla Scala, en su versión original en francés.  Por lo tanto, aquí no hubo montañas, ni bosques, ni lagos, ni cascadas, ni arroyos; y la naturaleza solo era evocada en una producción con ambientes privados de luces, y delimitados por altos edificios sombríos, con paredes laberínticas y amenazantes sobre un pueblo subyugado y oprimido por el poder, que era obligado a estar en prisiones giratorias ubicadas en un subsuelo infeliz y asfixiante.  Una ambientación colocada en un futuro distópico en el que con el fin de domesticar y manipular a las masas oprimidas (una consideración muy actual hoy en día) se observó sobre el escenario una presencia masiva de tabletas; el dispositivo que parece darle a uno la libertad de tener todo el mundo en la palma de la mano, pero que en realidad controla cada uno de nuestros movimientos y pensamientos.  Con la apertura del telón todo parecía casi en blanco y negro, privado de cualquier color.  Más adelante, en el curso de la ópera destacaría solamente el rojo brillante del vestuario de Gesler, personificación demoníaca e infernal del mal.  Al final, Guillaume Tell sería el artífice del renacer, rompiendo las cadenas de la esclavitud regresándole la libertad a su pueblo, o quizás en general al hombre tout court. Chiara Muti que afirmara en la fase de preparación que “Guillaume Tell es un arquero y salvador en el sentido bíblico” cuidó al detalle la narración logrando seguir la idea de fondo con coherencia y fluidez, gracias también a los ambientes construidos de manera eficaz por Alessandro Camera, los apropiados vestuarios de Ursula Patzak y la iluminación manejada por Vincent Loguemare. En ese sentido el esfuerzo de la puesta escénica fue apreciable, pero a la larga, tomando en cuenta la excepcional duración de la ópera, la acción pareció un poco repetitiva y por momentos empalagosa.  La presencia de los ballets, interpretados casi en su totalidad, no aportó nada al espectáculo, por el contrario, su realización (curada por Silvia Giordano) fue confusa e inconclusa.  Por decir, y esta es quizás la crítica más apropiada, que la música de Rossini evoca la naturaleza y los espacios amplios de una manera tan perentoria y desbordante, que la falta de estos se percibió un poco durante toda la duración del espectáculo. Michele Mariotti supo sostener en su mano la amplia partitura sin blandura, como también sin fáciles concesiones y efectos.  Desde el inicio de la célebre sinfonía, se intuyó la capacidad del joven director marchigiano de saber cincelar las frases apuntando hacia un fraseo vivo y variado; sensible e íntimo en los momentos más conmovedores, y rápido y audaz en los marciales y tempestuosos.  Pareció que Mariotti tuviera muy presente la visión en conjunto de la monumental partitura, cosa que le permitió dosificar mejor la agógica y las dinámicas. Michele Pertusi personificó a un Guillaume Tell emocionante con voz cálida, muy timbrada, como de muy fina musicalidad. Pero, sobre todo, fue en el acento de las palabras y de las frases donde Pertusi se distinguió con nobleza y ferocidad, como también con fragilidad y humanismo («Sois immobile»). Dmitry Korchak en el papel del vacilante y atormentado Arnold mostró explosión (squillo) y buena proyección vocal.  Su línea de canto pareció siempre bien terminada, y la facilidad en muchos pasajes de su tesitura aguda y muy aguda alcanzó el clímax en un “Amis, amis seconde ma vengeance” cantado con bravuconería y audacia.  Salome Jicia fue una Mathilde poco regia, con un timbre un poco anónimo y un fraseo algo monocorde.  Estuvo mejor en las agilidades de su aria del tercer acto “Pour notre amour plus d’espérance” que en las partes más líricas.  Para recordar, es el diabólico e imponente Gesler de Luca Tittoto, el claro y lírico Jemmy de Catherine Trottmann, la convincente Hedwige de Géraldine Chauvet, el majestuoso Melchtal de Evgeny Stavinsky y sobre todo el Ruodi de Dave Monaco quien cantó la difícil aria del pescador del primer acto “Accour dans ma nacelle” con extrema facilidad y naturaleza. Apropiados estuvieron también Paul Grant (Leuthold), Nahuel Di Pierro (Walter Fürst) y Brayan Ávila Martínez (Rodolphe). Extraordinario (¡come siempre!) estuvo el Coro del Teatro alla Scala dirigido por Alberto Malazzi.




Guillaume Tell - Teatro alla Scala, Milano

Foto: Brescia&Amisano

Massimo Viazzo

E quindi la città di Metropolis, per intenderci quella del film capolavoro di Fritz Lang del 1927, si trova in Svizzera, sul lago dei Quattro Cantoni... E sì perché la regista Chiara Muti, figlia del celebre direttore d’orchestra, si è ispirata a Metropolis per creare un clima cupo e claustrofobico per il suo Guillaume Tell, il capolavoro rossiniano per la prima volta andato in scena al Teatro alla Scala nella sua versione originale in francese. Quindi niente montagne, niente boschi, niente laghi, né cascate, né ruscelli, con la natura solo evocata, in un allestimento con ambienti privi di luce, delimitati da alti palazzi cupi con pareti labirintiche e incombenti su un popolo soggiogato e oppresso dal potere, costretto in prigioni girevoli ubicate in un sottosuolo infelice e soffocante. Un'ambientazione collocata in un futuro distopico in cui per ammansire e manipolare le masse represse (considerazione oggi attualissima) si osservava sulla scena una massiccia presenza di tablet: il tablet, il dispositivo che sembra darti la libertà di avere tutto il mondo in palmo di mano, ma che in realtà controlla ogni tua mossa, ogni tuo movimento e ogni tuo pensiero. Ad apertura di sipario tutto appariva pressoché in bianco e nero, privo di qualsiasi colore. Si staglierà, più avanti nel corso dell’opera, solamente il rosso acceso dell’abito di Gesler personificazione demoniaca e infernale del male. Guillaume Tell alla fine sarà l’artefice della rinascita, spezzando le catene della schiavitù e ridando libertà al suo popolo, o forse più in generale all’uomo tout court. Chiara Muti, che ha sostenuto in fase di preparazione del nuovo allestimento che «Guillaume Tell è arciere e salvatore in senso biblico”, ha curato nei dettagli la narrazione riuscendo a perseguire l’dea fondante con coerenza e fluidità grazie anche agli ambienti efficacemente costruiti da Alessandro Camera, ai costumi appropriati disegnati da Ursula Patzak con le luci manovrate da Vincent Loguemare. E in tal senso lo sforzo della messinscena è stato apprezzabile, ma alla lunga, vista anche l’eccezionale durata dell’opera, l’azione diventava un po’ ripetitiva e a volte stucchevole. La presenza dei balletti, eseguiti pressoché integralmente, non ha poi aggiunto nulla alla fruizione dello spettacolo, anzi la loro realizzazione (curata da Silvia Giordano) è stata confusionaria e inconcludente. Senza contare, ed è questa forse la critica più appropriata, che la musica di Rossini evoca la natura e gli ampi spazi in modo così perentorio e debordante che la mancanza di questi si è percepita un po’ per tutta la durata dello spettacolo. Michele Mariotti ha saputo tenere in pugno l’ampia partitura senza cedimenti, ma anche senza facili concessioni ed effetti. Fin dall’attacco della celebre Sinfonia si è intuita la capacità del giovane direttore marchigiano di saper cesellare le frasi puntando su un fraseggio vivo e variegato: sensibile e intimo nei momenti più patetici, scattante e baldanzoso in quelli marziali e tempestosi. E’ parso che Mariotti avesse ben presente la visione d’assieme della monumentale partitura, cosa che gli ha permesso di dosare al meglio agogica e dinamiche. Michele Pertusi ha impersonato un Guillaume Tell emozionante dalla voce calda e timbrata e di musicalità sopraffina. Ma è soprattutto nell’accento delle parole e delle frasi che Pertusi si è distinto: nobiltà e fierezza, ma anche fragilità e umanità («Sois immobile»). Dmitry Korchak nei panni dell’esitante e tormentato Arnold ha mostrato squillo e buona proiezione vocale. La sua linea di canto è parsa sempre ben rifinita e la facilità nei molti passaggi in tessitura acuta e acutissima ha raggiunto l’apice in un «Amis, amis seconde ma vengeance» cantato con spavalderia e sfrontatezza. Salome Jicia è stata una Mathilde poco regale, di timbrica un po’ anonima e un fraseggio un po’ monocorde. Meglio nelle agilità della sua aria del terzo atto «Pour notre amour plus d’espérance», piuttosto che nelle parti più liriche. Da ricordare il diabolico e imponente Gesler di Luca Tittoto, il limpido e lirico Jemmy di Catherine Trottmann, la convincente Hedwige di Géraldine Chauvet, il maestoso Melchtal di Evgeny Stavinsky e soprattutto Dave Monaco che ha cantato l’impervia aria del pescatore Ruodi del primo atto «Accours dans ma nacelle» con estrema facilità e naturalezza. Appropriati anche Paul Grant (Leuthold), Nahuel Di Pierro (Walter Fürst) e Brayan Ávila Martinez (Rodolphe) e straordinario (come sempre!) il Coro del Teatro alla Scala diretto da Alberto Malazzi

Thursday, February 2, 2023

Moïse et Pharaon en Lyon

Foto: Bladine Soulage

Ramón Jacques 

Pocas son las posibilidades de escuchar algunos títulos desconocidos o en muchos casos olvidados de Gioachino Rossini, como de otros compositores, por lo que si se presenta la ocasión no hay que desaprovecharla. La Ópera de Lyon lleva realizando en los últimos años un loable trabajo de recuperación de este tipo de obras, para ofrecerlas en su escenario y posteriormente, y en versión concierto, principalmente en escenarios de la ciudad de Paris. A esta larga lista se puede agregar Moïse et Pharaon ou Le passage de la Mer Rouge, ópera en cuatro actos estrenada en 1827, que es la adaptación francesa que hiciera Rossini de Mosè in Egitto, estrenada en Nápoles en 1818 y que Stendhal evocara y elogiara tanto en su libro La Vie de Rossini. Para la versión parisina Rossini se hizo acompañar de Étienne de Jouy (futuro libretista de Guillaume Tell, título que fue también escenificado hace poco en este teatro) quien se basó en el libreto original de Andrea Leone Tottola, con la diferencia de que los nombres de varios personajes cambiaron como el de: Arone que aquí se convirtió en Eliézer; Elcia que cambió su nombre por el de Anaï, o Mambre por el de Osiride. En la composición de la partitura Rossini, incorporó de nueva cuenta, música utilizada en pasajes de óperas anteriores suyas como Bianca e Faliero y Armida. La evidente dificultad de escenificar títulos como este, se evidencia por su extensión, la dificultad de conformar elencos que le hagan justicia vocal a personajes que ofrecen pocas satisfacciones vocales (aquí se pueden destacar como notables la virtuosa aria de Anaï, su dúo con Aménophis, y la sentida aria de Sinaïde y no mucho mas) e historias con personajes endebles del punto de vista histriónico. Como en la versión italiana de la ópera, Rossini retomó la historia del cautiverio en Egipto de los israelitas, y su travesía a través del mar rojo, con lo que dio inicio un éxodo a la tierra prometida con Moisés y el Faraón; que fue una de sus primeras operas al ‘estilo francés’ género que, enfocado en temas políticos a gran escala, buscaba introducir innovaciones musicales y dramáticas.  Es precisamente este enfoque político en el que director alemán Tobias Kratzer –quien escenificó aquí Guillaume Tell en el 2019- desarrolló su idea escénica, preguntándose ¿Se ha detenido realmente el exilio y las migraciones desde el tiempo mítico del éxodo? O ¿Es un drama perenne que se vive en la actualidad? Los vestuarios y escenografías de Rainer Sellmaier sitúan la escena en nuestro tiempo en el interior de un palacio, con un escenario dividido, por un lado, en un campo de refugiados y en el otro dentro de las opulentas oficinas de empresarios y políticos que viven en realidades diferentes.  La figura de Moisés que aparece en escena, es un personaje de otro tiempo que aparece como líder y guía espiritual, de los refugiados – o israelitas- y asi comienza la interacción, distante,  entre esos dos mundos, una idea bien realizada y trabajada por Kratzer, ayudado del uso de transmisiones audiovisuales, redes sociales, pantallas de televisión con noticias y escenas de destrucciones por fenómenos naturales, una especie de guiño o mensaje sobre los problemas climáticos que amenazan al mundo, ideados por Manuel Braun; y la inclusión, como no puede faltar en toda grand opera francesa,  de extensos ballets contemporáneos de elegantes y atractivas movimientos y coreografías de Jeroen Verbruggen, con una buena iluminación del escenario de Jeroen Verbruggen.  Dos escenas muy bien realizadas desde el punto de vista del espectador, fue la retirada de los israelís en sus botes, con chalecos naranjas, y la separación del mar rojo realizada sobre un telón sobre la escena un efecto visivo de mucho impacto e ingenio.  No se puede dejar de mencionar el aporte de los miembros del coro de la Ópera de Lyon por su desempeño vocal, tan importante en una obra como esta, como por su participación escénica tan activa durante toda la obra.  La escena y el coro final, realizado entre las butacas y el público, un recurso que he visto con mucha frecuencia en épocas recientes en diversas puestas en escena y teatros, que parece envolver e involucrar al público en el espectáculo, luce como una idea sugestiva. El elenco vocal fue encabezado por el bajo Michele Pertusi, quien resaltó por su experiencia, maestría vocal y dominio de este repertorio. El bajo-barítono Alex Esposito personificó un malvado y enérgico Pharaon con voz potente y profunda.  Por su parte la mezzosoprano Vasilisa Berzhanskaya agradó por su desempeño vocal, la oscura tonalidad de su voz, su presencia escénica y la delicadeza con la que conmovió con su sentida aria.  La soprano Ekaterina Bakanova aportó la flexibilidad y la pirotecnia vocal requerida por Rossini y una buena prestación actoral. El tenor Ruzil Gatin no sorprendió particularmente por su personificación en el papel de Aménophis como si lo hizo por tono y timbre vocal, de grato color y cualidad que se adapta muy bien al estilo del canto rossiniano.  Correctos estuvieron el tenor Mert Süngü como Eliézer, asi como Alessandro Luciano como Aufide y Alessandro Lucianoen el papel actuado de la princesa siria Elégyne. No se puede dejar a un lado el aporte del seguro bajo barítono Edwin Crossley-Mercer y de la mezzosoprano Géraldine Chauvet quien aportó y mostró su experiencia vocal y actoral y radiante presencia al papel de Marie, ambos, los únicos cantantes franceses del elenco, en una grand opera y en un teatro de primer nivel francés.  Al frente de la orquesta estuvo Daniel Rustioni, director musical del teatro, quien mostró maestría y pericia concertando la partitura, encontrando cohesión entre todas las fuerzas musicales, con dramatismo y ese gusto musical tan particular que emana de la música de Rossini, aun de su operas serias y dramáticas.






Monday, May 30, 2016

La Gioconda en el Teatro Municipal de Santiago de Chile

Crédito fotos Patricio Melo
Joel Poblete

Como se suele repetir cuando se remonta en cualquier teatro, es una lástima que La Gioconda se represente menos a menudo que otros títulos del repertorio italiano. Fue inevitable volver a pensarlo cuando luego de 36 años de ausencia en escenarios chilenos, la ópera de Amilcare Ponchielli regresó el 11 de mayo para inaugurar la temporada lírica del Teatro Municipal de Santiago, el mismo escenario donde tras su debut en 1882 (seis años después del estreno mundial), era programada habitualmente a fines del siglo XIX y las primeras décadas del XX, a menudo en años consecutivos, algo que cambió paulatinamente hasta el punto de que las funciones que el teatro chileno está presentando son apenas la tercera temporada en que se ofrece en las últimas siete décadas.

Los motivos para tan prolongada ausencia y para que no regrese tan a menudo en los grandes teatros sin duda obedecen por un lado a su argumento, con un libreto del en ocasiones genial Arrigo Boito basado en un drama de Victor Hugo y lleno de convenciones argumentales habituales en la época pero que hoy muchos sienten un poco añejas y telenovelescas, como las rivalidades amorosas y celos más extremos, los filtros secretos y perdones de última hora, una mujer ciega maltratada y un villano dispuesto a todo. Y por otra parte, las exigencias musicales y escénicas de la obra no son menores: seis solistas vocales de primer nivel, grandes despliegues corales, ambientación en la Venecia del siglo XVII e incluso un número de baile que no pasa desapercibido, la "Danza de las horas" que terminó por popularizarse masivamente en 1940 gracias a la legendaria película Fantasía, de Disney.

Pero por encima de todo, el motivo por el cual a pesar de cualquier reparo muchos operáticos le tenemos cariño a esta obra es su bella y cautivadora partitura, que Ponchielli llenó de hermosas melodías y generosas cuotas de pasión, lirismo y efectivo dramatismo, incluyendo lucidos momentos solistas para cada uno de los seis personajes principales. 

En su nuevo montaje chileno, considerando las ya mencionadas exigencias que implica esta ópera, el desempeño general merece ser aprobado a pesar de puntuales reparos. Porque hay unos cuantos aspectos que no convencen por completo, partiendo por el escaso vuelo de la puesta en escena del director general de la Ópera de Montecarlo, Jean-Louis Grinda -el mismo régisseur que tan excesiva polémica levantara en este mismo teatro al inaugurar la temporada 2009 con La traviata y algunos detalles "provocadores" de su propuesta-, que pudo haber aprovechado mejor el espacio y hacer más fluidos y menos esquemáticos los movimientos de solistas y coro. Aunque fue funcional, tampoco contribuyó mucho la discreta, demasiado austera y poco atractiva escenografía de Eric Chevalier (el esplendor veneciano apenas se intuyó en los actos primero y tercero), mientras sí destacaron y ayudaron a generar una buena impresión visual el espléndido vestuario de Jean-Pierre Capeyron y la atmosférica iluminación del chileno Ramón López. ¿Y la coreografía de la francesa Eugénie Andrin, quien también participó en esa comentada Traviata de 2009? En el primer acto no tuvo demasiadas oportunidades de resaltar, pero en el tercero y la esperada "Danza de las horas", aunque el estilo de la coreografía fue a ratos algo desconcertante, funcionó bien.   

Lo positivo es que los desempeños musicales, incluso pese a notorios detalles, sí fueron más acertados. En su tercera actuación en el Municipal tras protagonizar Tosca en 2011 y Turandot en 2014, la soprano portuguesa Elisabete Matos volvió a impactar al público con su volumen sonoro y la potencia con que proyecta sus agudos, pero también llama la atención nuevamente que no pueda manejar las sutilezas, así como la manera a menudo brusca y hasta descontrolada en que aborda o sostiene algunas notas en distintos momentos. Eso sí, fue impetuosa e intensa como lo exige el dramático personaje, y considerando las enormes demandas vocales de éste, es entendible que de todos modos la audiencia aplaudiera notoriamente su desempeño en la noche del estreno. 

Su amado Enzo Grimaldo estuvo a cargo del tenor italiano Walter Fraccaro, también en su tercera visita al país, luego de Un baile de máscaras en 1996 yAttila en 2012; curiosamente, las tres veces le ha tocado venir como reemplazo del tenor originalmente anunciado, demostrando siempre gran profesionalismo y compromiso y una voz de generosos recursos, que sin ser deslumbrante hace aceptable justicia a la tradición tenoril de su país de origen. Fraccaro supo administrar muy bien su material y entrega vocal, quizás en ocasiones con cautela -como en su célebre y bella romanza "Cielo e mar"- y con un estilo que no convence a todos, pero no deslució incluso en los pasajes más arduos y expuestos. 

En su debut en el Municipal, el barítono ruso Sergey Murzaev fue el implacable Barnaba, uno de los villanos más desalmados del repertorio operístico. Su estilo de canto es el de la clásica escuela rusa, que quizás no entusiasma o convence por igual a todos los espectadores o críticos, pero es sin duda de alto impacto en este rol. Además de su convincente despliegue teatral, brilló con una voz poderosa, en especial en sus rotundos y seguros agudos, lo que le permitió lucirse tanto en el dúo con Enzo en el primer acto como en sus momentos solistas "O monumento" y "Pescator, affonda l'esca".   

También debutando en Chile y a la vez encarnando por primera vez en su carrera a Laura Adorno, la mezzosoprano francesa Géraldine Chauvet se mostró como una artista de buenos recursos escénicos, noble presencia y hermosa voz; fue tal vez la intérprete más sutil del quinteto de protagonistas internacionales, aunque se echó de menos más potencia e intensidad en su aria "Stella del marinar" y en el efusivo dúo con Gioconda en el segundo acto. Interpretando a su esposo, el poderoso Alvise Badoero, el bajo ruso Sergey Artamonov tuvo un correcto desempeño teatral y exhibió el bonito timbre que ya se le conoce de anteriores actuaciones en ese escenario -en particular su Sir Giorgio Valton de Los puritanos en 2014-, sin descollar pero cumpliendo en las notas altas y graves. 

La única intérprete chilena del sexteto protagonista, la mezzosoprano Evelyn Ramírez, fue una de las más aplaudidas de la noche del estreno, y merecidamente, pues no sólo estuvo muy convincente en lo escénico interpretando a la desvalida Ciega, madre de la protagonista, sino además cantó con su oficio y calidez habituales, en especial en su bello momento solista del primer acto, "Voce di donna o d'angelo". La Orquesta Filarmónica de Santiago volvió a ser dirigida una vez más por su titular, el ruso Konstantin Chudovsky, cuya lectura, sin ser extraordinaria, fue mucho mejor de lo que nos tiene acostumbrados en el repertorio lírico, y aunque no subrayó por completo la belleza de algunos momentos, en general abordó expresivamente la partitura y equilibró mejor las voces y el sonido orquestal en comparación con otras ocasiones. Como es habitual, el Coro del Teatro Municipal que dirige Jorge Klastornik estuvo muy sólido, particularmente en esta obra que permite lucimiento al conjunto vocal. 

Wednesday, February 13, 2013

Diálogos de Carmelitas de Francis Poulenc en la Ópera Nacional de Burdeos, Francia



Foto: Frederic Desmesure
 
La Ópera Nacional de Burdeos (L’Opéra National de Bordeaux) Francia ofreció una nueva producción de la opera Dialogues des Carmélites del compositor Francis Poulenc, quien tradujo en música toda la intensidad dramática de la obra de Bermanos, y creó una opera que evoca los últimos días de las religiosas que fueron sacrificadas en la Revolución Francesa.  La obra es un vínculo entre lo secular y lo religioso y fue ahí donde Poulenc pintó con insólito sentido poético los retratos de Blanche, Lidoine o el de la Madre María,  que son de los mas conmovedores en el mundo de la opera.  Además de contar la historia de una aventura personal y la de un destino colectivo, el tema de esta obra no trata sobre la Revolución Francesa, sino que utiliza hechos históricos para resaltar las dudas del alma humana frente a la muerte y la fe.  Estas dudas es el enfoque que resaltó la eminente soprano francesa Mireille Delunsch, quien dejo por un momento los escenarios para abordar su primer desafío como directora de escena.  La producción, con decorados y vestuarios de Rudy Saboungi, e iluminación de Dominique Borrini crearon un sobrio pero impactante marco visual, que situó la escena dentro de su contexto histórico en el tiempo de la revolución francesa. Mireille Delunsh, artista en residencia en este teatro, donde mas adelante interpretará nuevamente como cantante al papel de Salome de Strauss, mostró el apego especial que siente por esta obra (de la que recientemente interpretó el papel de Madame Lidoine en Tours) y que como ella misma señaló “ es una obra notable dentro de este arte porque no tiene una historia de amor ni héroes, porque conocemos el final antes del inicio de la opera y porque cuenta la trama de un error de la historia y una pena de la que ya se ha escrito todo, pero que nos desafía ya que sus razones están contenidas dentro de su secreto, y no en lo que es evidente.  La briosa y determinada dirección musical corrió a cargo del maestro Nade Abbassi quien realizo un buen trabajo  frente a la Orchestre National Bordeaux Aquitaine y del coro de la Ópera Nacional de Burdeos. El sólido elenco conformado para esta ocasión tuvo en el papel de Blanche de la Force, que fue creado por Régine Crespin, a la soprano Sophie Marin-Degor elegante y clara en su interpretación vocal,  a la soprano Cécile Perrin como Mme Lidoine, a suntuosa mezzosoprano Géraldine Chauvet como la Madre Marie, y a la mezzosoprano Sylvie Brunet como Mme de Croissy.  Correctos estuvieron los personajes masculinos Jean-Manuel Candenot como Le marquis de la Force y el tenor Xavier Mas como el Chevalier de la Force.  El resto de las voces femeninas que dieron vida al resto de los personajes redondearon en buen espectáculo. RJ