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Friday, September 30, 2022

Lalla- Roukh en Wexford, Irlanda

Foto: Clive Barda

Roberta Pedrotti 

Félicien David (1810-1876) es un personaje singular y fascinante. A los veinte años, sus simpatías políticas sansimonistas lo obligaron a abandonar Francia y emprendió un largo viaje entre Turquía y Egipto; regresó a su tierra natal y aprovechó los estudios musicales emprendidos desde muy joven con las experiencias adquiridas en Oriente. Sus odas sinfónicas experimentan formas que influirán en Berlioz, pero también en Verdi, que seguro las escuchó y atesoró algunas melodías para Aida (y Wagner pareció hacer lo mismo). No es imposible (gracias a grabaciones y algunos programas de conciertos más profundizados) escuchar obras como Le desert y darse cuenta de su importancia histórica. Menos habitual sería asistir a una obra de David en el teatro, si no nos recurriésemos a festivales como el de Wexford en Irlanda. La magia de la música en este caso se convirtió en un cuento de hadas de Las mil y una noches, con el viaje por partes de Samarcanda en la música de un francés que ha visto Oriente con sus propios ojos y dibuja el tema (libreto de Michel Carré e Hippolyte Lucas) del poema de un irlandés originario de Wexford por parte de su madre, Thomas Moore (1779-1852). Sin embargo, al igual que David, Moore no fue insensible a los torbellinos políticos de su tiempo, en particular a los movimientos republicanos de inspiración francesa (pero que hicieron del catolicismo una reivindicación de autonomía e identidad con respecto a la corona británica) que en 1798 habían desencadenado una revuelta de la que el condado de Wexford fue uno de los principales centros. En definitiva, una hermosa mezcla de referencias que hace aún más deliciosa y significativa la reposición de Lalla-Roukh, opéra comique de 1862.  La historia es muy sencilla: la bella princesa tiene que casarse con el rey de Samarcanda, pero durante el viaje su corazón late por un misterioso juglar que, finalmente, resulta ser el propio soberano, deseoso de conocer libremente a su prometida y a los recíprocos y genuinos sentimientos. Todo después se engalana con bailes, coplas, el romanticismo de la pareja protagonista emparejado con el coqueteo del eunuco barítono baskir y la criada Mirza. Algunas pinceladas pintorescas y topoi clásicos del género, que sin embargo David trata: el color oriental es su especialidad y no tiene nada de falso, al contrario, se expresa con sutilezas muy sugerentes sin caer en el cliché exótico; las páginas sentimentales están verdaderamente inspiradas y las de carácter desentrañadas con mucho gusto. Steven White en el podio manejó diligentemente los méritos de la escritura de David, la preciosidad refinada y nunca un fin en sí mismo, el guiño hacia una leve sonrisa, las atmósferas nocturnas. Y una vez más admiramos la versatilidad y calidad de sonido de la orquesta y el coro del Festival.  Para hacer la acción más fluida para un público anglófono, la directora Orpha Phelan reemplazó el diálogo hablado con una narración en rima del actor irlandés Lorcan Cranitch. Su acento fue un poco difícil para los extranjeros, pero muy apreciado por los locales y en cualquier caso no hay dificultades para entenderlo porque su presencia tiene perfecto sentido en la dramaturgia y la trama, tan sencilla, se explica por sí misma: estamos en una panadería. y los clientes se preparan para desayunar, mientras afuera un vagabundo hurga en la basura y encuentra un libro con poemas de Moore. Al leer la historia de Lalla-Roukh, los mecenas se transforman en personajes fantásticos, en una fantasmagórica mascarada teatral entre zancos y gorgueras (los decorados y el vestuario son de la talentosa Madeleine Boyd, las luces también son hermosas de D.M. Wood) para escenificar la romántica aventura de la princesa y el rey juglar. Estos tienen los rostros y las voces de la soprano Gabrielle Philiponet, de timbre persuasivo y redondez de canto, decidido y delicado como lo requiere el papel, y del tenor Pedro Bemsch, muy refinado y siempre bien timbrado en toda la tesitura y en las medias voces, perfecto en el papel de cantante enamorado. Agradó también el ingenioso Bashkir de Ben McAteer, tan sólido en el canto como ágil en el escenario, combinado con la no menos incisivo Mirza de Niamh O'Sullivan. Con ellos, las voces de bajo-barítono de Emyr Wyn Jones (Bakbara) y Thomas D Hopkinson (Kaboul) completaron un reparto bien elegido. ¡Y se puede decir que fue otro éxito!

Recensione in italiano:

https://www.apemusicale.it/joomla/it/recensioni/70-opera/opera-2022/13697-wexford-lalla-roukh-25-10-2022




Thursday, August 25, 2022

Petite Messe Solennelle de Rossini en Stresa, Italia

Foto: Stresa Festival

Renzo Bellardone

La edición 2022 del Stresa Festival, que se llevaba a cabo a la orilla del lago maggiore en la provincia de Verbano-Cusio-Ossola en la región de Piamonte en el norte de Italia, propuso una composición de Rossini, de la época menos lúdica del compositor. En el Palazzo dei Congressi de Stresa se mejoró la acústica y, por lo tanto, fue posible apreciar el refinamiento de los sonidos de los pianos históricos y el armonio, ofrecido por todo el elenco. Durante sus vacaciones en Passy en 1863, Rossini, quien en ese momento había abandonado la composición de óperas, y tras el éxito triunfal de Guillermo Tell, se dedicó a la composición de música sacra, como el célebre Stabat Mater, precisamente la Petite Messe solennelle así como los Pecados de vejez o [Peccati di vecchiaia]. Con la composición de estas obras composiciones ya anticipaba mucho el gusto y la escritura que vendrian. Sobre la Petite Messe Solennelle, escuchada en el Palazzo dei Congressi de Stresa, destacamos la propuesta en versión original para dos pianos y armonio con intérpretes internacionales y el excelente Coro Ghisleri. La composición, considerada el testamento espiritual y musical de Rossini, está basada en Bach y la escritura contrapuntística. Relevante fue la presencia de instrumentos históricos: un Pleyel de 1855, uno de los favoritos de Rossini, y un Erard de 1838, interpretado por el dúo excepcional compuesto por Francesco Corti y Maria Shabashova. Ambos pianistas estuvieron muy bien y en particular cabe destacarse el papel de Corti, junto a Deniel Perer en el armonio. El Coro Ghisleri ya escuchado en otras ocasiones es siempre muy respetado y la dirección de Giulio Prandi fue mesurada, cuidadosa y minuciosa. En cuanto a las voces, podemos decir que quedamos satisfechos: como con la soprano francesa Gabrielle Philiponet, quien se sumó al reparto como suplente de último momento, la escuché por primera vez en esta ocasión y me impactó la por la pureza de su voz, la claridad y la seguridad interpretativa que exhibió. Los demás cantantes son nombres conocidos y ya escuchados en varias otras ocasiones como José María Lo Mónaco quien tiene un hermoso color con tonos profundos y redondos; y a Edgardo Rocha que exhibió un timbre agradable con facilidad de emisión, mientras que para el bajo chileno Christian Senn sólo puede decirse que es siempre garantía de equilibrio y regaló una más que agradable interpretación (como la que también fue escuchado tan solo tres días antes en el papel de Jesús en La Pasión según Mateo de Bach, en la apertura del Festival, y con la orquesta: Accademia dell’Annunciata).




Wednesday, August 24, 2022

Petite messe solennelle- Stresafestival 2022


Foto: StresaFestival 2022

Renzo Bellardone

Allo Stresa Festival viene proposta una composizione rossiniana e del periodo meno giocoso del compositore. Al Palazzo dei Congressi è stata migliorata l’acustica e quindi si è potuto apprezzare le raffinatezze dei suoni dei pianoforti storici e dell’Harmonium, oltre che dell’insieme offerto.

Petite messe solennelle- Stresafestival 2022 – Palacogressi Stresa 23 agosto Gabrielle Philliponet , soprano José Maria Lo Monaco, alto Edgardo Rocha, tenore Christian Senn, basso Francesco CortiMaria Shabashova, pianoforti Deniel Perer, harmonium Coro Ghislieri Soprani: Argentieri Valentina, Mara Corazza, Son Jiyeong, Anna Piroli. Alti: Giulia Beatini, Camilla Biraga, Isabella di Pietro, Maria Chiara Gallo. Tenori: Raffaele Giordani, Massimo Lombardi, Matteo Magistrali, Simone Milesi. Bassi: Matteo Bellotto, Renato Cadel, Sergio Ladu, Filippo Tuccimei. Giulio Prandi, direttore

Durante la villeggiatura a Passy nel 1863 Rossini, abbandonata la scrittura di opere liriche e dopo il trionfale successo del Guglielmo Tell, si dedica alla composizione di musica sacra, celebri lo Stabat Mater ed appunto la Petite Messe solennelle oltre ai Peccati di vecchiaia. Con queste composizioni anticipa notevolmente il gusto e la scrittura che verrà. A proposito della Petite Messe Solennelle, ascoltata al Palazzo dei Congressi di Stresa, rileviamo la proposta nella versione originale per due pianoforti e harmonium con interpreti di portata internazionale e l’eccellente Coro Ghisleri, diretto da Giulio Prandi.  La composizione considerata il testamento spirituale e musicale di Rossini si rifà a Bach ed alla scrittura contrappuntistica. Di tutto rilievo la presenza di strumenti storici: un Pleyel del 1855, tra i preferiti di Rossini, e un Erard del 1838, suonati dal duo d’eccezione: Francesco Corti e Maria ShabashovaI due pianisti sono stati davvero bravi ed in particolare da rilevare il ruolo di  Corti, unitamente a Deniel Perer all’Harmonium. Il Coro Ghisleri già ascoltato in altre occasione è sempre di tutto rispetto e la direzione di Giulio Prandi è misurata, attenta e meticolosa. Per quanto riguarda le voci si può dire di essere soddisfatti: il soprano Gabrielle Philiponet, entrata in cast in sostituzione dell’ultimo momento, l’ho ascoltata per la prima volta in questa occasione e sono rimasto colpito dalla purezza della voce, dalla limpidezza e dalla sicurezza interpretativa. Gli altri cantanti sono nomi conosciuti e già ascoltati in diverse altre occasioni: José Maria Lo Monaco ha un bellissimo colore dai toni profondi e arrotondati; Edgardo Rocha espone un gradevole timbro e facilità all’emissione, mentre per Christian Senn si può solo dire che sia sempre una garanzia di equilibrio e interpretazione più che gradevole (Sentito anche nella Passione secondo Matteo di Bach in apertura di Festival). La Musica vince sempre.




 

Thursday, March 10, 2016

Don Giovanni is a rogue – Don Giovanni in Nantes on March 6th, 2016

Photo Jef  Rabillon
Suzanne Daumann

The new production of Don Giovanni at Angers Nantes Opera is racy and elegant

Mozart’s Don Giovanni, this opera of operas, so often seen, heard, staged, that we take its characters and their stories for granted, can still surprise us. With their sophisticated actors’ direction, where every stage movement is in harmony with the music and the characters’ inner truth, Moshe Leiser and Patrice Caurier, assisted by Christian Fenouillat’s simple and effective sets, Agostino Cavalca’s costumes and Christophe Forey’s lighting, make this age-old drama vibrate again for us. Mark Shanahan’s conducting of the Orchestre National des Pays de la Loire is full of energy, yet finely chiselled. The recitatives, be it secco (applause also for Hélène Peyrat’s harpsichord) or accompagnato, are perfect musical theatre with impeccable and musical phrasing. They carry all the dramatic force of their contents; Nikolaus Harnoncourt has left us this day and it is comforting to see his heritage alive here today. The young and eager cast give it their all: Don Giovanni is a young man ever in search of the next kick to fill his inner emptiness. Sex, drugs, everything is fine with him as long as things keep moving. Young baritone John Chest, who has been appreciated here in Korngold’s Tote Stadt already, simply nails him. With his clear and authoritative timbre, he has the charisma and stage presence to render credible this rascal, prince of the night of his neighbourhood. Indeed the class differences are more of a psychological nature here, and Don Giovanni’s superiority stems from his willpower and pure physical force. The neighbourhood is represented by the bright blue façade of a modern apartment block, complete with glass door, bells, staircase and elevator. A carriage entrance leads to the car park where the party that ends Act I will take place. It’s here that we see Leporello cool his heels, muttering under his breath, before Don Giovanni barges in, half dressed, carrying his clothes, and where the arrival of Donna Anna and her father will set the drama in motion. From this moment, we forget that we know the work by heart, we follow its development, holding our breath. Ruben Drole, baritone with the warm timbre of black velvet, plays Leporello with sensitivity and attention. The interactions between him and Don Giovanni are a bit ambiguous from the first, and very physical, and we shall soon understand that Leporello loves Don Giovanni: his catalogue aria, that at first addresses Donna Elvira, takes slowly the form of a complaint.  Mezzo-soprano Rinat Shahan is Elvira and abandons herself poignantly to the despair of her character, especially in the grand aria of Act II. Beside those three formidable energies, the couple Donna Anna/Don Ottavio, touchingly interpreted by Gabrielle Philiponet and Philippe Talbot, seems a bit pale. In the final chorus – and there is no knowing if this comes as an appeasing anti-climax or a distraction after one of the most dramatic descents to hell ever, where Don Giovanni’s last cry becomes a sob – their couple seems seriously threatened. This final takes place in the cemetery: Giovanni shoots some heroin, the Commander comes out of his grave and everything takes logically the character of a very bad trip, or an overdose, and, musically underlined with irresistible drive, takes us with it wherever poor Giovanni goes. Shatteringly full of truth about human feelings and frailties, this Don Giovanni is well worth attending.
Next representations: Thursday 10th and Saturday 12th of March, Nantes, Théâtre Graslin, Wednesday 4th, Friday 6th and Sunday 8th of May, Angers, Grand Théâtre. 


Don Giovanni est une racaille – Don Giovanni à Nantes le 6 mars 2016

Foto: Jef Rabillon
Suzanne Daumann

Une nouvelle production racée et élégante à Angers Nantes Opéra

Le Don Giovanni de Mozart, cet opéra des opéras, tellement vu, entendu, mis en scène qu’on prend pour acquis ses personnages et leurs histoires, peut encore cacher des surprises. La mise en scène réfléchie et musicale de Patrice Caurier et Moshe Leiser, où chaque mouvement de scène est synchrone tant à la musique qu’à la vérité intérieure des personnages, les décors simples et efficaces de Christian Fenouillat, les costumes évocateurs d’Agostino Cavalca, et les lumières de Christophe Forey, font vibrer à nouveau ce vieux drame psychologique. La direction d’orchestre de Mark Shanahan, pleine d’énergie dramatique, tout en finesse et délicatesse, est un pur bonheur. Les récitatifs, que ce soit secco (saluons aussi Hélène Peyrat au clavecin) ou accompagnato, sont du théâtre musical comme il faut, au phrasé impeccable et musical. Ils expriment toute la force dramatique de leur contenu ; Nikolaus Harnoncourt vient de nous quitter, et il est réconfortant de voir ici son héritage bien vivant. Une distribution jeune et motivée se donne à fond. Don Giovanni, souvent un tant soit peu insaisissable, est ici un jeune homme toujours à la recherche d’une gratification instantanée pour combler son vide intérieur. Drague, drogue, peu importe, du moment qu’il y ait du buzz autour de lui. Le jeune baryton John Chest, qu’on a déjà pu remarquer dans La Ville Morte de Korngold ici-même, interprète ce Don Giovanni avec fougue. Avec son timbre clair et autoritaire, il a le charisme et la présence scénique qu’il faut pour rendre crédible ce caïd, prince de la nuit de son quartier. Celui-ci est représenté par la façade bleue clair d’un immeuble moderne, avec son entrée, sonnettes, cage d’escalier et ascenseur, par où se feront la plupart des entrées et sorties. Une porte cochère donne sur un parking où se déroulera la fête qui clôt l’acte I. Au début, c’est ici que Leporello fait les cent pas en bougonnant, jusqu’à ce que Don Giovanni déboule en petit tenue, ses habits sous le bras, et que l’arrivée de Donna Anna, puis du Commendatore marque le début du drame. Dès ce moment, on oublie qu’on connaît par cœur cet opéra, l’on suit le déroulement du drame, le souffle coupé.  Ruben Drole, baryton au timbre chaud de velours noir, incarne Leporello avec sensibilité et douceur. Les rapports entre lui et Don Giovanni sont d’emblée très physiques et un peu troubles, et l’on verra que Leporelle aime Don Giovanni d’amour : son air du catalogue, qu’il adressait au début à Donna Elvira, prend petit à petit des airs de complainte. Rinat Shaham, mezzo-soprano, incarne Elvira et dans son grand air de l’acte II s’abandonne au désespoir de son personnage de façon poignante. Le couple Donna Anna/Don Ottavio, interprété tout à fait soigneusement par Gabrielle Philiponet et Philippe Talbot, manque un peu d’éclat à côté, bien qu’ils soient touchants dans leur propre drame : face au meurtre de son père par Don Giovanni, qui lui plait peut-être pas mal en secret, Anna a du mal à se décider d’épouser Ottavio. Lors du chœur final – et l’on ne sait pas si celui-ci vient comme un anti-climax bienfaisant ou dérangeant après une descente aux enfers absolument fulgurante, où le dernier cri de Don Giovanni se meut en sanglot – leur futur semble bien compromis. Ce final se déroule au cimetière : Giovanni qui se fait une piqûre d’héroïne, le Commandeur remonte de sa tombe, et tout cela prend très logiquement des airs de mauvais trip, voire d’overdose et, musicalement souligné avec un drive irrésistible, nous prend bien aux tripes. Bouleversant de vérité sur la condition humaine, ce Don Giovanni vaut largement le détour. Prochaines représentations : jeudi 10 et samedi 12 mars à Nantes, Théâtre Graslin, les mercredi 4, vendredi 6 et dimanche 8 mai à Angers, Grand Théâtre. 

Friday, January 9, 2015

A Joyous Pijama Party: Offenbach’s Barbe-Bleue at the Opéra de Rennes

Photo: Jef Rabillon

Suzanne Daumann

New Year’s days are party days: Angers Nantes Opéra and the Opéra de Rennes celebrate with an Opera Zuid (Holland) production of Offenbach’s Barbe-Bleue. Offenbach’s Bluebeard is something of a Don Juan whose methods are a bit radical, and his story, all in all, is about home and family. Waut Koeken’s staging, accordingly, takes place in a very domestic environment. Yannick Larrivée has designed a set that consists mainly of an inclined plan, which first is an enormous bed, with flowered bedclothes hinting at shepherd idylls; later it becomes a sofa, and then a kitchen table, complete with red and white chequered tablecloth. Many colourful and slightly crazy details add their charm to the staging: a golden picture-frame, hanging askance on the back wall, houses all kinds of people and situations, umbrellas with pompoms serve as “baldaquin du palanquin”, people come and go through a TV set... The whole ambiance is totally Offenbach: light without being facile or cheap. The costumes are as many variations on the theme of nightclothes – this is some kind of pyjama party! Elsa Baumann’s wonderfully crazy choreographies are doing the rest and everything becomes an irresistible vortex of song, dance, gags and surprises.  The excellent cast are totally up to the challenge: they run and dance and jump and ride on pillows and sing the demanding parts with seeming effortlessness, they caricature and parody with incredible energy and abandon. Mathias Vidal, tenor, is an energetic, lively, charming, human Barbe-Bleue. With his lovely clear and natural timbre he is totally credible and it is obvious that he masters perfectly the belcanto and baroque repertoire. Just as admirable, energetic and sparkling, is Carine Séchaye in the role of Boulotte. Boulotte is a young country girl with country manners and talk, who finds herself accidentally married to the nobleman Barbe-Bleue. She used to be in love with the prince Saphir, disguised as a shepherd and who is in love with the shepherdess Fleurette, who, in her turn, is really Hermia, the daughter of King Bobêche. As Fleurette’s true identity is found out and she is taken to her father’s castle, enters Popolani, Barbe-Bleue’s alchemist, who is supposed to find a new wife for his master. He organises a lottery, and Boulotte wins it. Meanwhile, the king Bobêche, interpreted as a real music hall king by the tenor Raphaël Brémard, is jealous of count Alvarez whom he suspects of being his wife’s lover. He orders count Oscar to execute him. Flannan Obé, tenor, plays the part with brio con fuoco. Barbe-Bleue has presented his wife Boulotte at court: like Eliza Doolittle at Ascot, she let her tongue run away with her, the court is shocked and Barbe-Bleue decides that the needs a new new wife, and he wants her to be the kings daughter whom he has fallen in love with at first sight. Gabrielle Philiponet, soprano, sings that part full of youthful innocence and charm. Barbe-Bleue orders Popolani to send off Boulotte after his other wives. Pierre Doyen, baritone, is Popolani, a crazy professor. Crazy but not inhuman: Popolani, after all, did not kill his master’s wives, but only put them into some kind of sleep. In furious finale, it turns out that the count Oscar also spared his king’s victims, the supposed lovers of the queen. And so we see a fivefold arranged marriage, the wedding of Princess Hermia and Prince Saphir (very funny Loïc Félix, hysterical in turquoise pyjamas in Act 1), and the reconciliation between Barbe-Bleue and Boulotte. Laurent Campellone conducts the Orchestre Symphonique de Bretagne with just the right amounts of verve and tenderness, and shows his acting talents in a spirited intermezzo with Gordon Wilson, the narrator of the story. A delicious party, a glass of musical champagne for this New Year to begin in style: bravi tutti. The performance can be seen at Angers Grand Théâtre on January 11, 13 and 15. 










Une affaire domestique : Barbe-Bleue d’Offenbach à l’Opéra de Rennes


Foto: Jef Rabillon

Suzanne Daumann

C’est la période des fêtes : entre fin d’année et carnaval, Angers Nantes Opéra et l’Opéra de Rennes font la fête avec Barbe-Bleue et Jacques Offenbach, avec une production d’Opera Zuid, co-produit aussi avec l’Opéra National de Lorraine. Chez Offenbach, Barbe-Bleue est une espèce de Don Juan aux méthodes quelque peu radicales, son histoire, tout compte fait, tourne autour du mariage et des affaires domestiques. Par conséquent, Waut Koeken la met en scène dans des décors domestiques. Dans la scénographie de Yannick Larrivée, un plan incliné couvre la scène presque en entier et fait tour à tour office de lit dont la literie fleurie évoque champs et prairies, de canapé rouge et de table de cuisine nappée aux carreaux rouges et blancs gigantesque. S’y ajoutent maints détails loufoques et colorés, que ce soit un cadre doré de travers sur le mur de fond, habité par les personnages et situations les plus diverses, des parapluies à pompons qui font office de « palanquin à baldaquin », une télévision d’où sortent et où disparaissent des personnages…L’ambiance est parfaitement offenbachienne : légère sans être facile, encore moins vulgaire. Les costumes sont autant de variations multicolores du thème du linge de nuit, donnant à l’ensemble des allures de pyjama-party. Avec les chorégraphies d’Elsa Baumann, tout part dans un tourbillon irrésistible de chants, danses, gags et rebondissements. L’excellente distribution n’est pas en reste : on court, danse, saute, chevauche des coussins et chante, mine de rien, apparemment sans effort, ces parties difficiles, on caricature et parodie en se donnant à cœur joie sans jamais en faire de trop. Mathias Vidal, ténor, campe un Barbe-Bleue bien vivant, humain, attachant. Son beau timbre clair et naturel le rend parfaitement crédible, et il est évident qu’il maîtrise le bel canto tout autant que les partitions baroques. Tout aussi admirable, pétillante et énergique, la mezzo-soprano au timbre argentin Carine Séchaye dans le rôle de Boulotte.  Boulotte est une jeune paysanne, aux mœurs et au patois bien campagnards, qui se trouve par hasard mariée à Barbe-Bleue. Précédemment, elle était amoureuse du prince Saphir, déguisé en berger, qui aime, de son côté, la bergère Fleurette qui est en réalité la princesse Hermia, fille du roi Bobêche. Au moment où la vraie identité de Fleurette est connue et elle est transportée au château du roi, surgit Popolani, l’alchimiste de Barbe-Bleue, chargé de trouver une nouvelle épouse pour son maître. Il organise alors un tirage au sort : c’est Boulotte qui sera la femme de Barbe-Bleue. Pendant ce temps, le roi Bobèche, interprété en vrai roi d’opérette par le ténor Raphaël Brémard, est jaloux du comte Alvarez qu’il soupçonne d‘être l’amant de la reine Clémentine, et ordonne au comte Oscar de l’exécuter. Flannan Obé, ténor, interprète ce courtisan avec brio con fuoco.  Pour le mariage de la princesse Hermia et le prince Saphir, Barbe-Bleue avait présenté sa nouvelle femme au roi. Or, Boulotte à la cour, c’est un peu Eliza Doolittle à Ascot, patois et mœurs rurales détonnent dans ce cadre guindé et Barbe-Bleue décide qu’il a besoin d’une nouvelle nouvelle épouse sur-le-champ. D’autant plus qu’il est tombé raide amoureux de la fille du roi, Hermia, interprétée tout en charme et innocence, par la soprano Gabrielle Philiponet.  Il charge alors Popolani d’envoyer Boulotte rejoindre ses autres femmes. Pierre Doyen, baryton, est Popolani, et lui donne des airs de savant fou. Fou mais point furieux : Popolani n’a pas tué les femmes de son maître, il leur a donné une potion magique pour les endormir. Dans une finale déchaînée, il s’avère que le comte Oscar a fait de même avec les victimes du roi Bobêche, les amants supposés de son épouse. On assiste alors à un quintuple mariage arrangé, aux noces de la princesse Hermia et du prince Saphir (très comique également Loïc Félix, hystérique en pyjama turquoise) et à la réconciliation de Barbe-Bleue et Boulotte. Laurent Campellone dirige l’Orchestre Symphonique de Bretagne avec tout ce qu’il faut de verve et de tendresse, et fait preuve de son talent d’acteur dans un intermezzo arrosé lors du changement de décor pour le final. Une fête réussie, une coupe de Champagne musical pour ce début d’année : bravi tutti ! À voir au Grand Théâtre d’Angers les 11, 13 et 15 janvier.