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Thursday, January 9, 2025

Parsifal en León México


Fotos: © Naza PF

José Noé Mercado

«¿Quién es bueno? »  Parsifal

Richard Wagner

El Liber Festival 2024 —una alianza estratégica entre Arte & Cultura del Centro Ricardo B. Salinas Pliego y el Forum Cultural Guanajuato— delineó el marco para la presentación de Parsifal (1882), última ópera del compositor alemán Richard Wagner (1813-1883), en la ciudad de León, Guanajuato. Las tres funciones presentadas —18, 20 y 23 de abril— en el Teatro del Bicentenario Roberto Plasencia Saldaña que dirige Jaime Ruiz Lobera, no solo materializó el aguardado estreno en México de este festival para la consagración en escena en tres actos a más de 140 años de su estreno original en Bayreuth, sino que cristalizó un proyecto de empeños y resultados artísticos formidables, que en automático se inscribe como capítulo referente de la historia lírica de nuestro país. La autoría intelectual y capitanía de esta producción de Parsifal corrió a cargo de Sergio Vela Martínez, responsable también de la puesta en escena, escenografía e iluminación. Su propuesta dramática y visual condensó enseñanzas e influencias explícitas en su trayectoria creativa —Adolphe Appia, Edward Gordon Craig, Wieland Wagner, Peter Brook y Robert Wilson—, así como apetencias estéticas propias que elaboran un discurso expresivo máximo de la obra, a través de herramientas mínimas de la abstracción y el simbolismo. Abordar una obra con los retos de profundidad técnica, espiritual e interpretación de Parsifal en la esmeralda ciudad de León —es decir, en el Bajío mexicano, alejado del centralismo cultural capitalino y su aparente opulencia federal—, se antojaba como una locura auténtica. Pero precisamente lo que redimió esta producción de la insensatez o el abierto disparate fue su resultado artístico. La belleza plástica alcanzada por Vela, con aparente inmovilidad exterior, pero con claras turbulencias y transformaciones al interior de los personajes, nació plena del hipnótico entramado musical wagneriano, y transportó al espectador atento —acaso elegido— desde su butaca en una función operística común a ese mundo sensorial de percepciones estéticas, dolor, compasión e intuiciones cósmicas en donde el tiempo se convierte en espacio y el Grial es revelado. Aunque esa visión, que ocurre ante la mirada de todos, al final es indescriptible e irreseñable, pues no ocurre en las coordenadas del qué, sino del quién. Es plenamente subjetiva, aun si se relata la sencilla y fantástica escenografía que recrea parajes de Monsalvat, los dominios encantados de Klingsor, la mítica sala del Grial o el sendero que les conecta. Es decir, en esa delicada línea donde encuentran la naturaleza y la cultura. O si se refiere el hermoso revestimiento de una iluminación detallada y expresiva, de horizonte o cámara. Poética. En esa aventura atemporal, que desde luego también incluyó una lectura psicológica de los personajes, lo que brindó coherencia al montaje, objetividad y validez a la aproximación al argumento —Parsifal es psicoanalizado por Kundry en su escena del segundo acto, por ejemplo, o Amfortas es seguido por su pasional lado oscuro—, Vela no estuvo solo. Contó con cómplices, algunos de ellos con largo historial en los créditos de sus trabajos artísticos. Al frente de la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Guanajuato, el Coro del Teatro Bicentenario, el Coro Juvenil del Conservatorio de Celaya y de los Coros del Valle de Señora, el maestro italiano Guido Maria Guida refrendó en México la capacidad de su batuta concertadora. Más allá de pensar en versiones canónicas o en inconmensurables ejecuciones de intérpretes históricos, la imagen sonora conseguida de las agrupaciones participantes tuvo un decoro wagneriano que no se explica por vía de la casualidad, sino del trabajo esmerado y la motivación. Pocos directores en nuestro país —y Guida mantiene desde hace varios años una fructífera conexión musical con México— pueden emprender una labor que lleve tan lejos el resultado obtenido, respecto del punto de partida. Guido Maria Guida lo consigue, además, en obras y repertorios especializados que requieren de una idea clara, conocedora, con experiencia cercana a la iniciación. Como lo fue esta vez. Una guía como la de él, con aportación y calidad, siempre será bienvenida. Violeta Rojas se encargó del vestuario y Ruby Tagle del movimiento y la coreografía. Ambas lograron abstraer con equilibrio y significado la propuesta del director de escena y sintonizaron con la sustancia dramática y ritual del compositor que en el caso de Wagner, como se sabe, siempre es también autor del libreto. Iván Cervantes firmó el diseño escenotécnico y la coordinación técnica, Ghiju Díaz de León las proyecciones e Ilka Monforte el maquillaje, con asistencia de dirección escénica de Itzia Zerón, dirección coral de Jaime Castro Pineda, asistencia musical y preparación vocal de Rogelio Riojas-Nolasco y correpetición y asistencia musical de Alain del Real, todo bajo la producción ejecutiva de Juliana Vanscoit. Por lo que respecta al elenco debe apuntarse gran equilibrio, competencia internacional y plenitud. El Heldentenor búlgaro Martin Iliev configuró un Parsifal de sólido y potente registro central —como suele suceder con los tenores especialistas en Wagner, procede de la tesitura baritonal—, que con nobleza declamatoria y énfasis dramático trazó el arco de transformación de su personaje, más con la adquisición compasiva de sabiduría y autoridad, que como un héroe impávido o ambicioso ajeno al entorno de aflicciones que le rodea. La mezzosoprano australiana Fiona Craig abordó el complejo rol de Kundry con un timbre mate, de cálida belleza, incluso en la estridencia de sus carcajadas. Su actuación resultó comprometida con el trazo y las motivaciones con las que su personaje modifica el rumbo de sus presencias o reencarnaciones, sin caer en superficiales excesos de sensualidad, dramatismo o resentimiento, hasta ser humildemente bautizada por el ya compasivo y liberado Parsifal, que ha dejado atrás la maldición que le lanzó en otro tiempo. Con gran intención narrativa y musicalidad, lo que significa sin recargar ni hacer pesada su emisión, el barítono argentino Hernán Iturralde ofreció un destacado Gurnemanz, cuya empatía con el personaje propio y con el destino de Parsifal dieron fluidez en el plano sonoro, aun si la actuación externa es más bien sobria. Esta producción le significó al cantante sudamericano un inmejorable debut del rol. El barítono mexicano Jorge Lagunes ofreció un Amfortas lírico en lo vocal, de atractivo color broncíneo, que sintonizó en buena medida con el resto del elenco, de sonoridad fresca y no de gravedad extrema. Se trató del personaje con mayor énfasis en su histrionismo, ante su aflicción creciente y dolorosa que le lleva a arrastrarse ante lo insoportable de su herida, su punzante sensación de culpa y su imperante necesidad de redención. El personaje de Klingsor fue interpretado con solvencia, garra y altivez por el bajo-barítono mexicano Óscar Velázquez. En 2013, en Manaos, Brasil, bajo el contexto del Festival Amazonas de Ópera, Sergio Vela dirigió por primera vez el Parsifal wagneriano. Velázquez es el único cantante que estuvo también en aquella producción, por lo que repetir en el elenco de León da fe de su constancia, familiaridad y crecimiento en el rol y su oscuridad. El bajo mexicano José Luis Reynoso cumplió satisfactoriamente con el rol de Titurel. Aunque es mucho más breve que el de los protagonistas, dejó el rastro necesario para apreciar sus intervenciones y el crecimiento paulatino de su carrera. El elenco se completó con voces también de origen nacional: el tenor Olymar Salinas y el barítono Daniel Pérez Urquieta (Caballeros del Grial); la soprano Daniela Rico y la mezzosoprano Alejandra Gómez (Escuderos, Doncellas-Flores); los tenores Alejandro Yépez y Alfredo Carrillo (Escuderos); y las sopranos Carolina Herrera, Edna Isabel Valles, Andrea Arredondo y Sugey Castañeda (Doncellas-Flores). Las seis Doncellas-Flores tuvieron su vertiente de baile con Ángela Vela, Naomi Arizmendi, Enna Maricchi, Regina Bossa, Fernanda Figueroa y Salma Islas. En el estreno mexicano de Parsifal, la música y la puesta en escena fluyeron bienhadadamente como una obra de arte total por más de cuatro horas de interpretación wagneriana, en la que Sergio Vela y Guido Maria Guida condujeron hacia buen puerto a su tripulación y al público. Luego de numerosos cuadros y detalles de sonoridad y concepción encantadora, el final fue emocionante y arrobador. Se trató de una especie de ascensión a las nubes. De luminosidad conmovedora. Sin duda, la producción operística más relevante realizada en México en años recientes, e impensable en otros teatros y mecanismos de trabajo en la actualidad. Y, tal vez por ello, redentora.



Tuesday, November 14, 2017

La Fanciulla del West - Opera de Bellas Artes, Messico

Foto: Gerencia del Palacio de Bellas Artes / INBA

José Noe Mercado

La settima opera di Giacomo Puccini, La fanciulla del West (1910), su libretto di Guelfo Civinini (1873 – 1954) e Carlo Zangarini (1874 -1943) da The Girl of the Golden West di David Belasco (1853 - 1891), in Messico gode curiosamente fama di jettatura. Un qualcosa di negativo improbabile ma non impossibile. E non tanto per la leggenda secondo cui sarebbe stata commissionata al compositore da parte del regime porfirista per celebrare il centenario dell'Indipendenza e poi rigettata per il soggetto e l'immagine che offriva dei messicani, essendo il protagonista maschile, Ramérrez, alias Dick Johnson, un bandito in incognito del Far West, benché la crezione artistica possa ben sperimentare una ucronia a partire da una realtà storica confermata da parecchi dettagli. Lo è molto di più perché se si è pensato a essa (Adamo Boari, Gustavo Campa, Justo Sierra, perfino Porfirio Díaz) come debutto pucciniano impareggiabile per l'inaugurazione del Teatro Nacional (che poi sarebbe stato il Palacio de Bellas Artes), previsto per il 1910, Giacomo Puccini, essendo figura di primo piano fra i compositori dell'epoca, non si entusiasmò all'idea di far nascere una delle sue opere in un luogo senza storia e prestigio. Rifiutò l'offerta. Tanto meglio. Perché in Messico, quell'anno, non ci fu nessuna inaugurazione del Teatro Nacional, bensì una rivoluzione. E le Bellas Artes ha aperto le porte solo nel 1934. Una rappresentazione del 1920 al Teatro Arbeu da parte di una compagnia itinerante ha permesso infine l'esordio dell'opera in Messico dopo vari annunci e tentativi falliti e per decenni l'assenza di un vero e proprio debutto nazionale è stata accompagnata da una sorta di censura o ostracismo, ovviamente non ufficiale, da parte delle autorità nazionali. Fino al 1976, anno in cui la Compañía Nacional de Ópera l'ha messa in programma, provata e poi, per rimostranze burocratiche e artistiche assommate a incertezze in un cambio ai vertici presidenziali, semplicemente non andò in scena. Ugualmente, all'inizio del XXI secolo, la Ópera de Bellas Artes (OBA) ha previsto di proporla nella sua programmazione, idea che non si è concretizzata a causa della perdita delle vecchie produzioni in un incendio dei magazzini dell'INBA che ha reso prioritaria la ricostruzione del repertorio più indispensabile. E se nella stagione 2017 della OBA, dopo novantasette anni da quello dell'Arbreu e centosette da quello assoluto, La fanciulla del West è giunta alla prima di quattro recite programmate della nuova produzione nel Palacio de Bellas Artes il 17 settembre, appena passata la Festa dell'Indipendenza, con la guida entusiasta di Sergio Vela per l'ideazione, la scena, le luci e la regia, il terremoto di magnitudo 7.1 che il 19 settembre ha scosso la zona centrale e meridionale del Paese ha fatto sì che tanto l'INBA quanto la Protección Civil sconsigliassero e sospendessero tutte le attività con pubblici assembramenti - spettacoli, concerti, sport e altro - per concentrarsi sui danni terribili del sisma ed evitare il più possibile occasioni di danni maggiori. Se questa breve storia non è jella, non so cosa lo sia. A ciò, per di più, deve aggiungersi una prova poco fortunata del soprano spagnolo Ángeles Blancas, la fanciulla Minnie, la sera del debutto. Con voce compressa, piatta al centro, declinante, con un registro grave gridato, stonature e stridori innumerevioli, il ruolo protagonistico non è emerso in alcun modo. Almeno per il pubblico, che l'ha condannata, al termine, senza alcuna pietà.  Meno male che nel cast si trovava anche il tenore basco Andeka Gorrotxategui, che ha reso come si deve la parte di Dick Johnson/Ramérrez. La sua celebre aria “Ch’ella mi creda”, come è facile immaginare, ha ricevuto applausi e ovazioni. Anche il baritono Jorge Lagunes, lo sceriffo Jack Rance, ha sostenuto degnamente l'impegno vocale, sebbene come attore fosse condizionato da un'impostazione concettuale decisamente simbolica e astratta. Un modo raro di rappresentare un giocatore e un pistolero, in fin dei conti ingenuo. Sarebbe parso meno curioso se il concetto scenico minimalista avesse potuto contestualizzare certe azioni e certi sentimenti presenti in una trama dallo sviluppo lento e non sempre d'impatto: il testosterone degli avventori che affogano nell'alcool il dolore per l'emigrazione, le ferite psicologiche della nostalgia o un timido amore non corrisposto per Minnie, la manipolazione e il ricatto per fini passionali. Non tanto per evitare i cliché del genere Western, quanto per evitare quelli del maestro Sergio Vela, che hanno funzionato meglio in altri titoli, di luogo e tempo indeterminati. La scena pressoché nuda e l'eccessiva oscurità non sono riuscite a evidenziare nell'azione momenti di impatto drammatico e introspettivo come  la trappola, l'autodifesa, il dilemma fra legge e giustizia. Erano lì ma non si vedevano. Anche i volti, le identità, i costumi dei personaggi (a cura di Violeta Rojas) e il trucco di Ilka Monforte son rimasti nella penombra. Quanto all'orchestra, al di fuori di passaggi in cui il volume è parso esageratamente alto al punto di coprire i solisti, il lavoro di Luiz Fernando Malheiro con l'Orchestra e il Coro del Teatro de Bellas Artes (quest'ultimo preparato da Carlos Aransay) ha permesso di ammirare la ricca scrittura pucciniana, le risorse con cui costruisce un flusso musicale che pare non fermarsi, annullando quasi la struttura per numeri con punti di riferimento e intuizioni più wagneriani e cinematografici.  Nei ruoli secondari, nell'equilibrio complessivo, si sono distinti anche il tenore Ángel Ruz come Nick, il baritono Enrique Ángeles nel ruolo di Sonora o il Jack Wallace del basso Óscar Velázquez. Il resto del cast, minatori, pellerossa e altro, non ha deluso vocalmente permettendo di mettere alla prova membri dell'Estudio de la Ópera de Bellas Artes,posto che questo sembra aver trovato la sua missione: fornire interpreti per le piccole parti. Era assai probabile che i dettagli delle luci e dell'effetto drammatico che se ne sarebbero giovati si sarebbero potuti correggere nel corso delle recite. Il discorso scenico poteva avere un certo magine di crescita e rifinitura una volta presentato al debutto. Le congratulazioni a Vela si potrebbero fare non solo per aver scelto questo titolo, ma anche per la maniera di riproporlo. Ma si è detto. Non ci sono state, almeno al momento di completare queste righe, altre recite in un Messico impegnato nella ripresa da un impatto tellurico così doloroso. Prioritario. Ineludibile. Buona fortuna.

Friday, September 22, 2017

Estreno de La Fanciulla del West en el Palacio de Bellas Artes de México D.F.

Fotos cortesía INBA

Lázaro Azar / Periodico Reforma.com

Cd. de México (19 septiembre 2017).- Pocos compositores hay tan queridos por el público operístico como Puccini, por ello resulta inexplicable que, aun siendo uno de sus títulos menos programados, La Fanciulla del West (1910) no se hubiera presentado en México; enterarnos que en 1909 Justo Sierra vislumbró la posibilidad de que su estreno mundial ocurriera aquí con motivo de las fiestas del Centenario de la Independencia, es todavía más sorprendente. Este 17 de septiembre La Fanciulla fue estrenada en el Palacio de Bellas Artes, y José Octavio Sosa aclara en el programa de mano que el 24 de febrero de 1920, fue presentada en el desaparecido Teatro Arbeu bajo la concertación de Alfredo Padovani. Si el telón se alzó media hora tarde o si Puccini se adelantó al decir que los bad hombres que ahí aparecen son mexicanos, es lo de menos. Lo importante, es la exuberante orquestación con que esta partitura arropa un libreto de "vivo sentido teatral" y que, como señala Roger Alier, "es de las pocas en el repertorio, en las que lo que sucede en escena atrae al espectador casi por sí mismo, haciendo de la música un mero subrayado de la acción". Desgraciadamente, una cosa es lo que escribió Puccini y otra, mal resuelta y con notables desatinos, la que llega hasta nosotros firmada en su trazo escénico, escenografía e iluminación por Sergio Vela, quien correspondió a los intercambios que ha tenido con Luiz Fernando Malheiro, invitándolo como concertador. El problema, no es lo minimalista de la escenografía ni si por la pretendida corrección política de esa caricatura de partido que se hace llamar ecologista, fue que se prescindió del caballo sobre el cual galopa la protagonista para entrar a escena en el tercer acto, tal y como lo concibió Puccini. A cambio de tan emocionante golpe teatral, Vela incurrió en sus consabidas maniobras con montacargas que subían y bajaban plataformas del escenario, además de su proverbial gestualidad forzada -la "cámara lenta" del segundo plano- o de hacer descender a esa masa de amontonados gambusinos a un inesperado sótano que cómo habrían deseado mis tías beatas para esconder cristeros. Más hilarante aún resultó la alfombra voladora donde nuestra fanciulla puso a levitar a su amado y que le habrían envidiado los hermanos Almada, Juan Orol y hasta al mismísimo Ed Wood pues nos hizo pensar que Ramérrez estaba siendo abducido por un ovni. Lástima que hasta ahí llegara el intento de preservar la nada novedosa estética pseudo cinematográfica presentada en un principio y relegada después. Del vestuario adocenado y las plastas con que rudimentariamente pretendieron maquillar al elenco mejor ni hablar. Confío que serían menos peores de lo que la pésima iluminación, ¡ay, tan estrellada! permitía vislumbrar; al fin y al cabo, el coro sonó decorosamente y pese a que muchas veces tapó a los cantantes, la orquesta hizo un buen papel. Vocalmente, el elenco fue dispar: de los 17 roles secundarios, Rodrigo Urrutia (Ashby) y Enrique Ángeles (Sonora) demostraron solvencia y los demás batallaron hasta con la pronunciación. De los tres protagónicos, fue grato escuchar nuevamente a Jorge Lagunes (Jack), si bien Andeka Gorrotxautegui (Dick/Ramérrez) fue quien cosechó la única ovación unánime tras entonar Ch'ella mi creda libero e lontano. ¿Tendrán una cover para las funciones restantes, o precisarán que lo que se oirá, será La fámula del West? Porque escuchar los berridos y la pobreza de agudos con que Ángeles Blancas abordó a Minnie fue tan lamentable como desastrosos los gritos con que masacró el dueto del segundo acto. En fin, que así fue el oneroso retorno de Sergio Vela al escenario del Blanquito [Palacio de Bellas Artes], sumando otro capítulo a un nutrido historial de títulos, muchos de ellos auténticos estrenos en México, que jamás se han vuelto a reponer conforme a su propuesta. ¿Por qué será?

****Esta crítica corresponde a la función de estreno, lamentablemente el resto de las funciones de Fanciulla del West en el Palacio de Bellas Artes fueron canceladas debido al terremoto que azotó la ciudad de México el martes 19 de septiembre. 


Monday, September 4, 2017

La Fanciulla del West de Puccini por primera vez en el Palacio de Bellas Artes de México

La Ópera de Bellas Artes llevará a cabo el estreno en el Palacio de Bellas Artes de La fanciulla del West de Giacomo Puccini, con la puesta en escena, escenografía e iluminación de Sergio Vela y la dirección concertadora del brasileño Luiz Fernando Malheiro al frente de la Orquesta y Coro del Teatro de Bellas Artes. Esta nueva producción de la Ópera de Bellas Artes será escenificada los domingos 17 y 24 de septiembre a las 17:00 y el martes 19 y el jueves 21 a las 20:00 en la Sala Principal del Palacio de Bellas Artes. Puccini escribió la música de esta obra de tres actos entre 1908 y 1909. El libreto en italiano es de Guelfo Civinini y Carlo Zangarini, basado en la pieza The Girl of the Golden West de David Belasco. Su estreno mundial fue el 10 de diciembre de 1910 en la Metropolitan Opera House de Nueva York bajo la dirección de Arturo Toscanini, montaje en el que participó el célebre tenor Enrico Caruso. En México se escenificó, en una sola función, el 24 de febrero de 1920 en el Teatro Arbeu. La fanciulla del West cuenta la vida de un pueblo minero en las montañas de la Sierra Madre californiana. En plena fiebre del oro y en un ambiente mayoritariamente masculino, la joven Minnie, propietaria del bar La Polka, representa la figura maternal y sensual anhelada por los hombres. Puccini situó ahí la añoranza abandonada por los emigrantes que llegaron a la región atraídos por un mejor futuro. 

Este estreno en el Palacio de Bellas Artes representa un punto de vista iberoamericano de la obra de Puccini. Su elenco está encabezado por la soprano de raíces españolas Ángeles Blancas Gulín (Minnie), el barítono mexicano Jorge Lagunes (sheriff Jack Rance) y el tenor vasco Andeka Gorrotxategui (Dick Johnson, alias Ramírez). También participan Ángel Ruz, Carlos Santos, Vanessa Jara, Oscar Velázquez, Emilio Carsi, Rodrigo Petate, Rodrigo Urrutia y Renata Ramos. En los roles de mineros: Enrique Ángeles, Héctor Valle, Antonio Azpiri, Alberto Albarrán, Edgar Gil y Carlos Arámbula, Ángel Macías y Edgar Villalva. El equipo creativo lo completan Carlos Aransay (dirección huésped del Coro), Violeta Rojas (diseño y realización de vestuario), Ruby Tagle (dirección de movimiento escénico), Ilka Monforte (diseño de maquillaje). 

“Hacer La fanciulla del West de Giacomo Puccini es una tarea obligada de toda compañía que haga ópera de calidad. Debe figurar porque es la partitura más ambiciosa, audaz y compleja de todas las de Puccini. Aunque nunca ha tenido el grado de popularidad de otros de sus títulos, es muy importante porque se trata de una dramaturgia muy compleja, y aunque parece lineal e ingenua, está llena de honduras y vericuetos muy interesantes”, afirma Sergio Vela. 

“Por otro lado, en términos estrictamente técnicos, la partitura es de una gran complejidad, de tal forma que integrar un reparto idóneo requiere no solo de tres cantantes prominentes como en Tosca, por ejemplo, porque la tesitura, la redacción vocal en esta partitura es mucho más difícil. “Es decir, no es sencillo encontrar a los cantantes idóneos para llevar a cabo este proyecto, porque los otros 15 personajes forman un ensamble que debe estar bien articulado, trabajar como conjunto y, a la vez, como voces solistas, más el coro masculino. Todo ello hace que la redacción orquestal sea igualmente compleja. “En definitiva, se trata de una partitura extraordinaria cuya temporaneidad estética realza su importancia. Esta partitura se escribió entre 1908 y 1909, y se estrenó en 1910, cuando acababa de emerger el movimiento pictórico del fauvismo, que se caracteriza por el uso de colores muy violentos, además del art nouveau. 

Estos dos movimientos estéticos encontraron eco en esta partitura y la convirtieron en algo muy complejo. “A ello hay que agregar que nunca se había puesto en el Palacio de Bellas Artes, hasta ahora, aunque se intentó hacer en 1976. Solo se había escenificado, en una sola función, en 1920 en el Teatro Arbeu, diez años después de su estreno mundial, y la puso una compañía itinerante. Ahora, 97 años después, haremos su estreno en el Palacio de Bellas Artes”. La historia de La fanciulla del West “sigue siendo muy atractiva, más ahora que existen tensiones binacionales y la trama apela a la unión, la redención, el entendimiento y el perdón, lo cual le da cierto interés actual. Sin embargo, me parece que sería darle un tono reduccionista, pues la obra trasciende todas esas cosas y va mucho más allá para convertirse en una obra de muchos aspectos a estudiar. 

“La dramaturgia de esta ópera es extraordinaria, y yo tengo una larga pasión por este título, pero también por el western como forma épica de contar una historia, similar a la estructura de una tragedia griega, donde el héroe es al mismo tiempo un antihéroe. Sus méritos dramatúrgicos y musicales la hacen particularmente importante. Yo estoy celebrando poder hacer esta ópera”. Respecto al elenco, sostiene: “Ángeles Blancas es una soprano muy notable, una actriz-cantante de gran desempeño vocal e histriónico que se compromete por completo; Andeka, un joven tenor vasco con voz idónea, y Jorge Lagunes, un gran barítono mexicano que regresa a cantar a México después de mucho tiempo, pues vive y triunfa en Europa. Se trata de un trío de primer nivel. 

“El otro cómplice indispensable es el director de orquesta brasileño Luiz Fernando Malheiro, con quien hace ocho años intentamos hacer la obra en Brasil, pero no se dieron las condiciones. Desde entonces lo habíamos planeado así, como ahora, salvo algunos cantantes diferentes”. En cuanto al diseño de escenografía, iluminación y vestuario, refiere que “los abordamos siempre con una idea de integración a partir de una estética nítida que permite contar la trama. Para ello, la escenografía debe tener cierto grado de abstracción, y la iluminación, evocar una atmósfera. Me parece que ambas son ideales para la partitura. La obra en sí ahonda en muchos aspectos que la convierten en algo realmente complejo”. Y concluye: “Es un título que hacía falta en el repertorio de la Ópera de Bellas Artes. Ahora se ha podido concretar, y es que, más que proyectos grandiosos, me gusta hacer cosas novedosas que impliquen una visión renovada de las formas, y junto con el INBA lo hemos podido hacer. El público podrá disfrutar de una música formidable, un drama nítidamente contado y una infalible dramaturgia”.

Saturday, October 30, 2010

La Boheme – Opera de Bellas Artes de México

Fotos: INBA
RJ

El diseño original de la histórica producción de La Boheme, que ideara Nicolas Benois hace bastantes años, parece no pasar de moda porque capta y crea un efecto lúgubre y triste del Paris y el tiempo en el que se desarrolla su trama. Sus tradicionales escenografias y vestuarios que han recorrido muchos teatros, llegaron a este escenario vía el Teatro Municipal de Santiago de Chile, que la reconstruyó hace un par de años; y sirvieron de atractivo marco para la reposición local de esta celebre opera de Puccini. La regia fue encomendada a Luis Miguel Lombana, quien realizó un trabajo correcto y fiel a la historia en términos generales, aunque deben atribuírsele los movimientos caricaturescos y sobreactuados, sobretodo en el dramático final del último acto, en el que incurrieron algunos de los personajes principales. Al frente de la orquesta, el director de Trieste, Walter Attanasi condujo con mano segura y entusiasta, extrayendo emocionantes tonos de la partitura, una vez que pudo calibrar los tiempos de su lectura. Notable fue la prueba y el aporte a la función que tuvo el coro, bajo la brillante conducción de su director el maestro catalán Xavier Ribes. Para la ocasión se conformó un sólido elenco de cantantes locales de amplia carrera internacional, encabezado por el tenor José Luis Duval, un desenvuelto y expresivo Rodolfo quien cantó con un timbre muy claro de grata tonalidad. La soprano Olivia Gorra, agradó por la dulzura y claridad de sus agudos y pianos, pero a su Mimi le faltó mayor convicción actoral. El barítono Jorge Lagunes dio vida a un furioso Marcello, de sólida presencia escénica, y voz amplia de notable calidez baritonal. Eugenia Garza, cantó bien y dio vida a una caprichosa Musetta. El resto de los cantantes fueron el bajo Rosendo Flores un activo Colline de voz oscura y profunda, el Schaunard de Jesús Ibarra, y el divertidísimo barítono puertorriqueño Carlos Serrano en el doble papel de Alcindoro / Benoit. La siguiente producción de la temporada se realizará a inicios del mes de diciembre en el Palacio de Bellas Artes, máximo escenario lírico del país, que reabrirá sus puertas después de dos años de renovaciones, y lo hará no con una obra musicalmente fastuosa, si no con Fidelio de Beethoven, que servirá de homenaje a uno de los cantantes mas importantes que han surgido en ese teatro, el tenor Francisco Araiza, quien interpretará el personaje de Florestan.

La Boheme di Puccini - Opera de Bellas Artes, Messico

Fotos: INBA

Ramón Jacques

Il progetto originale della storica produzione della Boheme, ideato da Nicolas Benois molti anni fa, sembra non passare di moda perché cattura e trasmette l’effetto lugubre della Parigi dell’epoca in cui si svolge il dramma. Le sue scenografie e costumi di tradizione, che sono state adottati in molti teatri, sono arrivate infine al nostro teatro attraverso il Teatro Municipal di Santiago del Cile, che li ha ricostruiti un paio di anni fa per la realizzazione locale di questa celebre opera di Puccini. La regia è stata affidata a Luis Miguel Lombana, che ha realizzato un lavoro generalmente corretto e fedele alla vicenda, sebbene talora siano stati scelti movimenti caricaturali ed eccessivi, soprattutto nel drammatico finale, per alcuni dei personaggi principali. A capo dell’orchestra, il direttore triestino Walter Attanasi ha diretto con gesti sicuri ed entusiasti la partitura, traendone tutte le emozioni calibrando bene i tempi. Notevole la prova del coro, brillantemente preparato e diretto dal maestro catalano Xavier Ribes. Per l’occasione si è scelto un cast di cantanti locali dall’ampia carriera internazionale, capitanato dal tenore José Luis Duval, un disinvoltissimo ed espressivo Rodolfo dal timbro chiaro di piacevole emissione. Il soprano Olivia Gorra ci ha deliziato con la dolcezza e la chiarezza dei suoi acuti e del piano, sebbene alla sua Mimì mancasse una convincente interpretazione attoriale. Il baritono Jorge Lagunes è stato un furioso Marcello, dalla solida presenza scenica e dalla voce ampia di un notevole calore baritonale ed Eugenia Garza ha ben cantato una capricciosa Musetta. Il resto del cast era completato dal basso Rosendo Flores, un attivo Colline di voce scura e profonda, lo Schaunard di Jesús Ibarra, e il divertentissimo baritono portoricano Carlos Serrano nel doppio ruolo di Alcindoro / Benoit. La successiva e ultima produzione della stagione avrà luogo all’inizio di dicembre nel Palacio de Bellas Artes, il massimo tempio lirico del paese, che riaprirà le sue porte dopo un anno di restauri con il Fidelio di Beethoven: sarà l’omaggio a uno dei più grandi cantanti che questo teatro ha battezzato, il tenore Francisco Araiza nel ruolo di Florestan.