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Saturday, November 30, 2019

Fausto en el Teatro Municipal de Santiago, Chile

fotos crédito de Marcela González Guillén

Joel Poblete

Desde mediados de octubre Chile se encuentra sumergido en una compleja y delicada crisis social, lo que como era de suponer ha afectado en buena medida gran parte de las actividades cotidianas de sus habitantes, en particular la capital, Santiago. En plena zona donde se han registrado desde masivas marchas pacíficas a saqueos y destrozos y hasta incendios en centenarias iglesias y edificios patrimoniales, se encuentra el principal escenario lírico del país, el Municipal de Santiago, que a pesar de las adversas condiciones decidió ofrecer de todos modos a su público el sexto y último título de su temporada lírica, en las fechas originalmente programadas, durante la primera quincena de noviembre: Fausto de Charles Gounod, que no se representaba en Chile desde hace 15 años. Considerando que por precaución y seguridad el contexto social obligó a cancelar presentaciones de prestigiosos artistas internacionales -desde el regreso de Joyce DiDonato hasta los esperados debuts locales de eminencias como Jordi Savall, Anne Sophie Mutter y Sir John Eliot Gardiner, aunque al menos este último sí se presentó en un único concierto en el Teatro del Lago de Frutillar-, fue de verdad un gran mérito que el Municipal cumpliera con su programación y no sólo lograra completar sus jornadas de ensayos incluso cuando en sus cercanías había escaramuzas entre manifestantes y policías que incluían violencia, barricadas y bombas lacrimógenas, sino además consiguió realizar cinco de las seis funciones planificadas con sus dos repartos -sólo se suspendió el estreno del segundo elenco- de manera muy sólida y con un aceptable marco de público teniendo en cuenta las circunstancias y que además el espectáculo debió ser presentado en horarios muy poco habituales, prácticamente en hora de almuerzo. En esta ocasión se contó con una nueva producción con la que se presentaba por primera vez en Chile el director de escena brasileño André Heller-Lopes. Originalmente estrenado el año pasado en el Festival Amazonas de Manaos y posteriormente en el teatro en el que el régisseur es director artístico, el Municipal de Rio de Janeiro, el montaje en general es efectivo y no traiciona el espíritu de la obra, aunque es más oscuro de lo necesario y pudo haber aprovechado mejor el espacio escénico. La funcional escenografía fue creada por Renato Theobaldo en base a unas estructuras móviles que evocaban espacios góticos, mientras la iluminación de Ricardo Castro siguió el diseño original de Gonzalo Córdova y el vestuario de Sofía di Nunzio destacó especialmente por los trajes del coro, el cual como siempre tuvo un buen desempeño bajo la dirección del uruguayo Jorge Klastornik. El director residente de la Filarmónica de Santiago, el maestro chileno Pedro-Pablo Prudencio, estuvo al frente de los dos repartos, y bajo su batuta la orquesta ofreció una buena lectura de la bella y refinada partitura de Gounod que fue particularmente efusiva en su lirismo y romanticismo, con un adecuado equilibrio entre foso y escena. 
Tras debutar en Chile en 2016 como Alfredo en La traviata, el tenor ruso Sergey Romanovsky regresó al Municipal protagonizando el elenco internacional de este Fausto, y más allá de una actuación correcta pero algo plana, nuevamente lució una voz de atractivo timbre y color y eficaces notas agudas. En el segundo reparto, el llamado elenco estelar, el chileno Juan Pablo Dupré mostró notorios avances luego de su Duque de Mantua en el Rigoletto de 2017, siempre desenvuelto en escena y con un material quizás no particularmente bello, pero con un canto cada vez más seguro y expresivo. En un año particularmente contundente para ella en el Municipal, donde asumió roles como la Mariscala y Fiordiligi, la soprano chilena Paulina González fue en el elenco internacional una Margarita que cumplió con las exigencias vocales del rol y culminó con un potente trío final. En el segundo reparto, fue muy auspicioso el debut local de la soprano rusa Zhala Ismailova, de creíble interpretación escénica y atractivo material vocal. El hermano del personaje, Valentin, tuvo dos buenos artistas en ambos elencos, ambos destacando no sólo en su célebre aria, sino especialmente en su última escena: en el internacional, el barítono chino ZhengZhong Zhou, que en cada nueva actuación en el Municipal muestra nuevos avances vocales, y en el estelar el cubano radicado en Chile Eleomar Cuello. También en el elenco estelar, otro cubano radicado en el país, el bajo barítono Homero Pérez Miranda, regresó al Municipal luego de un año de ausencia, con uno de sus roles más logrados, Mefistófeles; de hecho, no sólo era el único de ambos repartos que había cantado su personaje en 2004 la última vez que se representó la ópera en ese escenario, sino además encarnó al demonio en las dos presentaciones originales de esta misma producción en Brasil. Por lo mismo, no fue de extrañar el despliegue vocal y en especial el carisma teatral que lució; en el mismo papel pero en el elenco internacional, tras su Don Giovanni mozartiano del año pasado volvió el bajo polaco Daniel Miroslaw, quien fue un poco más exagerado y caricaturesco en su actuación pero exhibió un contundente y sonoro desempeño vocal que lo llevó a ser merecidamente el más aplaudido en su reparto.  
Los otros personajes estuvieron muy bien asumidos por cantantes chilenos: la mezzosoprano Evelyn Ramírez fue Marta en ambos repartos, lo mismo que la soprano Marcela González como un apasionado y encantador Siebel, quien en esta ocasión recuperó su segunda aria, a menudo eliminada de las representaciones de esta ópera; por su parte, Wagner fue encarnado por el bajo barítono Matías Moncada y el bajo Jaime Mondaca, en el elenco internacional y el estelar respectivamente. En conjunto, quizás no fue un Fausto extraordinario, pero sin duda fue un atractivo y solvente cierre para la que probablemente ha sido una de las temporadas más exigentes y complejas en la historia del Municipal, tanto por los títulos abordados -en especial los regresos de La fuerza del destino y El caballero de la rosa, y el estreno en el país de Rodelinda- como por las dificultades internas que debió enfrentar. Y sobre todo fue digno de elogios y aplausos el esfuerzo de los artistas y los técnicos del teatro, que pese a todo lograron representar la ópera en estas circunstancias: cuando los espectadores salían de las funciones para volver a la realidad de las protestas, marchas y crisis, probablemente habrán tenido la sensación de que, al menos por tres horas, el arte y la cultura les ayudó a sobrellevar mejor estos difíciles días.

Friday, June 30, 2017

La Bodas de Fígaro – Teatro Municipal de Santiago de Chile

Fotos: Patricio Melo

Joel Poblete

Como segundo título de su temporada lírica, el Municipal de Santiago ofreció a mediados de junio el regreso a su escenario, tras nueve años de ausencia, de una de las obras maestras de Mozart: la ópera Las bodas de Fígaro. Para esta ocasión se contó con el debut local del director teatral Pierre Constant, quien adaptó para el Municipal su producción originalmente realizada en el Atelier Lyrique de Tourcoing, que conserva la ambientación en la Sevilla de fines del siglo XVIII. Aunque no profundizó demasiado ni fue más allá de la superficie y la farsa, fue un montaje efectivo y que consiguió reflejar con fluidez la vertiginosa sucesión de confusiones y enredos que caracterizan esta "loca jornada", alcanzando estupendos momentos cómicos en escenas de conjunto como el dinámico y genial final del primer acto, el divertido sexteto de reconocimiento en el tercero y el final de ese mismo acto. Pero la manera en que terminó la obra, con los patrones amenazados por los criados en evidente referencia a los cambios sociales que estaban a la vuelta de la esquina en esa época, fue demasiado obvia y brusca y no muy adecuada a lo que la partitura expresa en esos momentos.

En cuanto a la ambientación propiamente tal, habiendo visto en el pasado dos de las tres producciones que se han ofrecido previamente en el Municipal en las últimas tres décadas -las de 1998 y 2008-, puedo afirmar sin dudarlo que esta nueva ha sido la más decepcionante y menos atractiva. En ocasiones la austeridad funciona muy bien en determinados montajes, pero en este caso nada parece justificar que la escenografía de Roberto Platé, por muy funcional que fuera, tuviera tan poco vuelo, escasez de mobiliario y casi nula elegancia, considerando el ambiente de nobleza que debe reflejar. A esto hay que agregar que el marco escénico, salvo algunos detalles, se mantiene casi inalterable durante los cuatro actos en que transcurre la obra, y en ese sentido, tampoco ayudó demasiado la plana iluminación a cargo de Christophe Naillet, según el diseño original de Jacques Rouveyrollis. Al menos mucho más adecuados fueron el bonito vestuario de Jacques Schmidt y Emmanuel Peduzzi y los movimientos coreográficos de Béatrice Massin -en particular en el baile de los criados en el acto tercero-, lo que acentuó aún más la modestia escenográfica.

En el aspecto musical, las cosas funcionaron mucho mejor. El director italiano Attilio Cremonesi demostró una excelente conexión con la Orquesta Filarmónica de Santiago, como quedó claro con la energía y alegre entusiasmo que demostró desde la mercurial obertura. También hay que reconocer que logró un buen balance entre el foso y el escenario, lo que ayudó al despliegue teatral; sin embargo, aunque fue muy aplaudido al término de la función, no convenció por completo su decisión de dirigir mucho más rápido de lo habitual algunos de los momentos más bellos y célebres de la partitura, como el aria de la Condesa "Dove sono i bei momenti", y en especial el dúo entre ésta y Susanna, "Canzonetta sull'aria".

En el amplio elenco internacional, partiendo por los protagonistas, quienes más destacaron fueron las voces femeninas. La soprano estadounidense Angela Vallone fue una Susanna tan encantadora, vivaz y simpática como exige el rol, y lució una hermosa voz al servicio de un canto lírico y expresivo. Y en una nueva actuación en el Municipal luego del buen recuerdo que dejara con sus anteriores incursiones en títulos como El barbero de Sevilla en 2008, Alcina en 2010 y Carmen en 2012, la mezzosoprano española Maite Beaumont fue un carismático y divertido Cherubino, muy bien actuado y cantado, como pudo demostrar en sus dos arias. Por su parte, la soprano bielorrusa Nadine Koutcher confirmó una vez más su talento y calidad vocal, que ya desplegó en ese escenario en 2014 con Los puritanos y el año pasado por partida doble con Tancredi y La traviata; no deja de ser digno de elogio cómo ha conseguido brillar tanto en Bellini y Rossini como en Verdi y ahora Mozart, sacando el mejor partido a su atractivo timbre y línea de canto. Quizás como le ocurrió el año pasado al protagonizar Traviata, al abordar ahora a la Condesa aún debe profundizar el rol en lo escénico, pero de todos modos fue muy convincente, y en lo vocal aunque también debe ahondar y trabajar más las sutilezas del estilo mozartiano (como en sus dos arias), volvió a encantar a la audiencia.


El juvenil Figaro del barítono ucraniano Igor Onishchenko, quien debutaba en Chile, fue tan jovial y dinámico en escena como uno espera del personaje, aunque en lo vocal se mostró insuficiente: tiene una bonita voz y un canto seguro, pero su poco volumen hizo que en momentos importantes no se lo escuchara bien, y las notas graves deben ser aún más trabajadas, sobre todo considerando que este rol suele funcionar mejor cuando es cantado por bajo-barítonos o incluso bajos. El también barítono ZhengZhong Zhou regresó al Municipal tras Los puritanos en 2014 y El turco en Italia en 2015, y ahora interpretando al Conde, en lo vocal y escénico ofreció la mejor de las tres presentaciones que ha ofrecido ahí, incluyendo una buena versión de su exigente aria "Vedrò mentr'io sospiro".

Los diversos roles secundarios del elenco internacional fueron muy bien interpretados por un afiatado reparto de cantantes chilenos. En los últimos años el barítono Sergio Gallardo se ha ido especializando en los personajes cómicos, cantando en óperas de Rossini en importantes escenarios europeos, y ahora incursionando en Mozart fue un simpático Don Bartolo, bien cantado y actuado, conformando una sólida dupla cómica con la soprano Paola Rodríguez, como una muy divertida Marcellina. Y el tenor Gonzalo Araya, quien en 2008 fue un excelente Don Basilio, volvió a encarnar muy eficazmente al intrigante personaje. También destacaron el bajo Jaime Mondaca como el jardinero Antonio, el tenor Víctor Escudero como Don Curzio y la soprano Regina Sandoval como Barbarina, y aunque el programa de sala no las mencionara, también estuvieron bien en su fugaz intervención como dos jóvenes en en el acto tercero las sopranos Madelene Vásquez y Jennifer Ramírez, ambas miembros del Coro del Municipal que dirige Jorge Klastornik, agrupación que se mostró tan eficaz como es habitual en las breves apariciones que les permite esta obra.

En cuanto al segundo reparto, el llamado "elenco estelar", se ha convertido casi en un lugar común, pero no por eso menos cierto. que desde hace ya mucho tiempo éste presenta a menudo un nivel tan alto y logrado que en más de una ocasión está al nivel de sus colegas internacionales, e incluso los supera. Y cuando por las características de la obra interpretada se da la posibilidad de que todos los solistas sean cantantes chilenos -y que no requieran refuerzos extranjeros como es habitual que ocurra por las exigencias de algunas partituras que así lo requieren-, el mérito es aún mayor. Este positivo resultado se dio una vez más con estas Bodas de Fígaro: también dirigido por Cremonesi, en su conjunto este segundo elenco pareció más parejo y desenvuelto, incluso más cómodo y afiatado, predominando una importante cuota de picardía y comicidad que podría considerarse más latina, muy adecuada para la obra. Y considerando que los momentos más logrados en el montaje de Constant fueron las escenas cómicas de conjunto, no es de extrañar que tomando en cuenta la buena química y talento actoral de este reparto, el balance general fuera más divertido, dinámico y efectivo.

Luego de sólidos cometidos en roles secundarios durante las últimas temporadas del Municipal, el barítono Javier Weibel asumió su primer papel protagónico en ese escenario, y su vivaz y simpático Fígaro no sólo se escuchó mucho más que el de su colega en el elenco internacional, sino además estuvo cantado con firmeza y seguridad. A su lado, se podría decir que la voz y timbre de la experimentada soprano Patricia Cifuentes no son totalmente idóneos para interpretar a Susanna en esta etapa de su carrera, pero su canto fluyó con naturalidad y en lo actoral su pizpireta encarnación de la criada fue muy lograda, conformando una efectiva dupla con su patrona, la Condesa a quien dio vida la soprano Paulina González con calidez y sensibilidad interpretativa en lo vocal y teatral. Por su parte, el barítono Patricio Sabaté, a quien en años anteriores se había visto en el Municipal protagonizando Don Giovanni y encarnando a Guglielmo en Così fan tutte, al fin cantó en ese teatro estas Bodas de Fígaro que junto a aquellas conforma la célebre trilogía de Mozart-Da Ponte, en esta ocasión administrando con habilidad su atractiva voz y ya reconocido manejo del estilo y talento actoral para desarrollar un excelente y convincente Conde, que supo destacar superando las exigencias del aria "Vedrò mentr'io sospiro".


Y la notable soprano Marcela González continúa cautivando a nuevos admiradores con su bella voz y desenvoltura actoral, ahora como un divertido y ágil Cherubino. En los roles secundarios estuvieron el bajo-barítono Rodrigo Navarrete (eficaz Don Bartolo, aunque no sacó total partido a su aria "La vendetta"), la soprano Andrea Aguilar como una chispeante Marcellina y el tenor Francisco Huerta como un cómico Don Basilio de ademanes algo exagerados pero muy bien cantado, con una voz de grato timbre y amplio volumen. También estuvieron muy divertidos el tenor Exequiel Sánchez como Don Curzio, el bajo-barítono Matías Moncada como Antonio y la soprano Annya Pinto como Barbarina.

Sunday, August 23, 2015

El turco en Italia en el Teatro Municipal de Santiago de Chile

Fotos: Patricio Melo

Joel Poblete

Una de las mejores conjunciones entre lo musical y lo teatral de los últimos años en el Teatro Municipal de Santiago fue la espléndida versión de la ópera El turco en Italia, de Rossini, presentada en seis funciones con dos repartos. A primera vista, lo más llamativo era la espectacular escenografía de 11 metros de altura creada por el diseñador Daniel Bianco reproduciendo a la perfección una calle de Nápoles, pero afortunadamente la calidad del espectáculo fue mucho más allá, y el viernes 14 de agosto (el mismo día en el que la obra se estrenara mundialmente hace poco más de dos siglos, en 1814), en el debut de este cuarto título de su temporada lírica, el Municipal ofreció el que bien podría ser considerado no sólo su mejor montaje en lo que va de año, sino además uno de los mejores en mucho tiempo. 

Quizás no sea tan magistral y perfecta como los trabajos habitualmente más representados del compositor italiano -las comedias El barbero de Sevilla, La italiana en Argel o La cenicienta-, pero de todos modos esta obra es encantadora y su música alegre y juguetona posee momentos en verdad geniales, por lo que su nuevo montaje en Chile más de dos décadas después de su única presentación previa en el país, en su estreno en la temporada 1992 del Municipal, representó un bienvenido regreso. Especialmente si se contaba con una puesta en escena tan lograda y memorable como la del español Emilio Sagi, uno de los directores teatrales más reconocidos a nivel internacional en el género lírico, y quien desde su debut en Chile en 1996 siempre ha fascinado y deslumbrado al público santiaguino con sus producciones en el Municipal. Este era su octavo montaje en el Municipal, y el quinto de una obra belcantista, tras Lucia de Lammermoor, La hija del regimiento, La italiana en Argel y el año pasado su bella propuesta para Los puritanos. 

El turco en Italia es una clásica y convencional comedia de enredos y confusiones sentimentales que no elude los estereotipos que hoy podrían ser incluso políticamente incorrectos, pero en la época de su creación funcionaban a la perfección, como en este caso el contraste entre turcos e italianos, todo aderezado con un toque tan creativo, agudo y pirandelliano como la presencia de un poeta en busca de inspiración para una nueva obra, quien aprovecha los desencuentros de los personajes para desarrollar su creación literaria. En esta coproducción con el Teatro Capitole de Toulouse, Emilio Sagi, quien dirigía por primera vez esta pieza, optó por trasladar la acción desde el siglo XVIII del original hasta la década del 60 en el siglo XX. Y a diferencia de otros directores de escena que traicionan la esencia de la historia al cambiar la locación y época, al frente de un equipo de talentosos artistas españoles que suelen acompañarlo en sus montajes, Sagi acertó por completo en conservar el encanto de la creación rossiniana, ofreciendo un espectáculo que sorprende y deleita de principio a fin. 

En vez de su concepto lúdico para el otro título rossiniano que presentara previamente en ese escenario, esa Italiana en Argel de 2009, acá primó un maravilloso realismo. Por lo mismo, como ya se dijo antes, a primera vista lo que impresionaba de inmediato era la hermosa, corpórea y enorme escenografía de Daniel Bianco, con su escalera y su arco, los distintos balcones y la pizzería; esa calle que aunque se mantiene casi sin cambios durante toda la obra -en el segundo acto el puesto de frutas es reemplazado por afiches de clásicos del cine italiano, como el Ladrón de bicicletas de De Sica, el Stromboli de Rossellini y el Divorcio a la italiana de Germi-, nunca deja de fascinar, por estar tan llena de detalles que merecían contemplarla una y otra vez (los adoquines del suelo, los muros envejecidos), por lo bien utilizado que estaba el espacio en sus múltiples planos y niveles, tan oportunamente complementado con el llamativo y colorido vestuario de Pepa Ojanguren, aunque la iluminación de Eduardo Bravo fuera un poco más plana y menos incisiva. Tan atractivo marco escénico fue utilizado al máximo por Sagi, con una precisión y sentido del ritmo cómico envidiables, ya que la escena estaba en movimiento permanente incluyendo las recurrentes apariciones de un tranvía, una motocicleta y varias bicicletas, transmitiendo una vitalidad y dinamismo que ayudaba a sentirla real y creíble. 

Y hablando de lo teatral, no puede dejar de resaltarse el nivel del siempre excelente Coro del Teatro Municipal, dirigido por el uruguayo Jorge Klastornik, cuyos miembros además de cantar tan bien como de costumbre, se plegaron a la perfección a los requerimientos escénicos, haciendo aún más viva y espontánea la puesta en escena, y tanto ellos como los convincentes comparsas que interpretaron los diversos roles no cantados, parecían en verdad ciudadanos napolitanos. 

Pero los positivos resultados no se quedaron sólo en los numerosos aciertos escénicos, sino además en cómo éstos estuvieron al servicio de lo musical, entrelazándose a la perfección. Gran mérito tuvo en esto la dirección orquestal del español José Miguel Pérez-Sierra al frente de la Filarmónica de Santiago, quien además dirigió las funciones del segundo reparto; este maestro debutó en el Municipal el año pasado, precisamente con esos Puritanos de Sagi, demostrando gran afinidad con el estilo belcantista. Esa impresión se vio acentuada en esta ocasión, y demostró que Pérez-Sierra aprovechó muy bien las enseñanzas de quien es considerado internacionalmente el "apóstol" y mayor experto vivo en Rossini, el hoy octogenario director y musicólogo italiano Alberto Zedda, de quien el español fue asistente entre 2004 y 2009. Desde la contagiosa obertura en adelante, subrayando muy bien los contrastes, detalles y sutilezas y equilibrando acertadamente las voces y la orquesta en los números concertados (en particular en la chispeante energía del final del primer acto y en todos los crescendos orquestales), Pérez-Sierra abordó por primera vez en su trayectoria este título ofreciendo una lectura dinámica, vigorosa y llena de vitalidad, como debe ser en una comedia como esta. Y al igual que en el título anterior de la temporada lírica del teatro, The Rake's Progress, el clavecín en los recitativos estuvo en las expertas manos del pianista chileno Jorge Hevia.

El atractivo elenco convocado reunía en una misma obra a dos de los mejores cantantes rossinianos de las últimas décadas, los barítonos italianos Pietro Spagnoli y Alessandro Corbelli, quienes aunque ya habían venido en cinco ocasiones cada uno a cantar en diversos títulos al Teatro Municipal, nunca habían coincidido ahí en escena. Y tal como era de esperar, juntos y por separado estuvieron en verdad notables. 

Spagnoli debutó en Chile en 1995 precisamente con un título de Rossini, El barbero de Sevilla, y también cantó ahí otras dos obras del autor, La cenicientaen 2004 y la ya mencionada Italiana en Argel de 2009; ahora, abordando por primera vez en su carrera el rol que da título a la obra, como Selim, el seductor turco que llega a Italia, se mostró seguro y a sus anchas en todo el registro aunque el personaje habitualmente es cantado por bajos, y su despliegue vocal (canto expresivo, voz potente y bien proyectada, de atractivo timbre) y teatral le permitió entregar un desempeño impecable, en la que quizás es la mejor actuación que ha ofrecido en Chile. Y a sus 62 años y con más de cuatro décadas de trayectoria, es internacionalmente sabido que Corbelli (quien debutó en 1989 en el Municipal) es un maestro en el canto rossiniano, que domina al revés y al derecho al personaje de Don Geronio, el marido anciano y celoso, provocando la risa del público con su patetismo, pero nunca cayendo en el ridículo o convirtiéndolo en un payaso, dotándolo de humanidad y haciéndolo entrañable; todas las escenas en las que intervino fueron geniales, tanto en las partes cantadas como en los recitativos, y no fue de extrañar que al final de las funciones recibiera la ovación más sonora de la noche, no sólo por la simpatía que provoca su rol, sino porque en verdad es un privilegio escucharlo y verlo en escena. Por lo mismo, el dúo entre Spagnoli y Corbelli en el segundo acto, "D'un bell'uso di Turchia", actuado y cantadoa la perfección por ambos y dotado de un despliegue teatral y cómico irreprochable, fue el momento culminante del espectáculo, y sólo por volver a disfrutarlo y verlos cantarlo y actuarlo juntos, daban ganas de repetirse la función completa. 

Por su parte, la soprano estadounidense Keri Alkema no deja de sorprender con sus interpretaciones en Chile: luego de llamar la atención en 2011 y el año pasado con su atractiva voz que parece ideal para Verdi -como Amelia en Simón Boccanegra y Desdémona en Otello, respectivamente-, este año aceptó regresar al Municipal para asumir por primera vez en su carrera dos roles tan diferentes como la sufrida protagonista de Madama Butterfly y la coqueta Fiorilla de El turco en Italia. Aunque durante su actuación encarnando al delicado y complejo personaje de Puccini exhibió nuevamente cualidades vocales, no consiguió convencer como en sus anteriores presentaciones en el país; en cambio, se desempeñó muy bien y fue muy aplaudida al final del estreno: en lo escénico, desde su llamativa entrada montada en una Vespa, supo mostrarse simpática y divertida, y aunque hay pasajes que todavía debe trabajar más (así como el abordaje de algunas notas agudas), dio muestras de adecuada flexibilidad vocal en sus intervenciones, incluyendo las demandantes agilidades, algo que más de alguien no hubiera imaginado al oírla antes en sus papeles de Verdi y Puccini.

En su debut en Chile, encarnando a Don Narciso el tenor brasileño Luciano Botelho exhibió convincentes dotes actorales y un canto aguerrido y virtuosista ideal para Rossini, aunque pasó ocasionales apuros con las notas agudas de un personaje que quizás es menos determinante que los otros protagonistas, pero cuya escritura vocal es muy exigente. Y el barítono chino ZhengZhong Zhou, quien también estuvo el año pasado en Los puritanos aunque sin entusiasmar demasiado, dejó ahora una mejor impresión como cantante, si bien podría ser aún más cómico e incisivo en el rol del poeta Prosdocimo, quien funciona como artífice de los enredos de la trama.

Completando los siete solistas del reparto, dos intérpretes chilenos pusieron la cuota local. Como Zaida, la soprano Daniela Ezquerra se mostró desenvuelta en lo escénico funcionando bien en la interacción cómica con sus colegas, aunque en lo vocal no siempre pareció totalmente cómoda en el rol, habitualmente cantado por mezzosopranos. En cambio, una grata sorpresa fue el muy joven tenor Francisco Huerta, quien en el rol de Albazar no sólo participaba en su primera ópera en el Municipal, sino además debutó como solista en escena recién este mismo año, en el Festival de Castleton (Estados Unidos); creíble, vivaz y simpático como actor, exhibió una voz grata y de generoso volumen y proyección, y ofreció una buena entrega de su aria "Ah, sarebbe troppo dolce". 

Por su parte, los artistas del segundo reparto -el llamado "elenco estelar"-, casi completamente integrado por chilenos, también estuvieron a la altura de las circunstancias, nuevamente con la chispeante energía que José Miguel Pérez-Sierra logró extraer de la orquesta. Los nombres convocados eran ciertamente los más idóneos de la escena local para el repertorio rossiniano, partiendo por dos bajo-barítonos que no sólo han destacado en este compositor en anteriores actuaciones en el Municipal (en El barbero de Sevilla y La italiana en Argel) y en otros teatros chilenos, sino además han estado incursionando con éxito en las obras del autor en otras latitudes, particularmente en Europa. Ricardo Seguel fue el protagonista, Selim, y lo encarnó con su ya conocida simpatía, desplante y veta cómica como actor, así como su sonora y bien timbrada voz, cada vez más cómoda en las agilidades y en un registro que lo exige en ambos extremos. Por su parte, Sergio Gallardo hizo reír con su divertido Don Geronio; como ya lo ha demostrado antes en otros títulos de Rossini, el intérprete siempre se luce en este tipo de roles cómicos, y su agilidad vocal está cada vez más segura y certera. 

Fiorilla fue interpretada por la soprano Patricia Cifuentes, quien siempre ha conseguido buenas interpretaciones en el repertorio belcantista; acá brindó una actuación lograda y convincente en lo escénico, con un canto que salvo un par de puntuales problemas en la zona aguda supo adecuar muy bien su voz y recursos al servicio del caprichoso personaje, aprovechando de lucir sutilezas y una coloratura ágil y precisa. En más de un aspecto logró sacar mejor partido al rol que su colega del otro reparto, Keri Alkema. Algo similar se puede decir del siempre eficaz barítono Patricio Sabaté, cuyo poeta Prosdocimo, correctamente cantado, fue más divertido que su colega del otro elenco.

El único cantante extranjero del segundo elenco, el tenor argentino Santiago Bürgi, volvió a demostrar sus condiciones luego de su meritorio protagonismo en la anterior ópera del Municipal, The Rake's Progress; en esta ocasión interpretando a Don Narciso, abordó y resolvió con inteligencia y cuidado las exigencias vocales del papel, en especial sus incursiones en la zona aguda. Y en su primera ópera en ese teatro, la soprano Yaritza Véliz fue una revelación como Zaida, cómoda en escena y dueña de una voz grata y de buen volumen. El tenor Diego Godoy-Gutiérrez partió algo rígido y exagerado en su actuación como Albazar, pero se fue relajando paulatinamente y terminó cantando muy bien su aria del segundo acto. 

Monday, June 16, 2014

I Puritani de Bellini en el Teatro Municipal de Santiago

Foto: Patricio Melo / Teatro Municipal de Santiago

Joel Poblete 

Desde su estreno y a lo largo del paso del tiempo, hay consenso entre los expertos y el público en que la trama y la historia de I puritani son muy débiles e incongruentes, pero se redimen gracias a la belleza de la música de Vincenzo Bellini. Sus exigencias vocales no son menores, pero si se cuidan todos los aspectos, puede deparar momentos inolvidables a los espectadores, y afortunadamente así fue en las funciones que el Teatro Municipal de Santiago ofreció entre el 30 de mayo y el 11 de junio, que trajeron de regreso la obra a Chile luego de 21 años de ausencia. Y en su conjunto, podemos decir que fue una versión mucho más satisfactoria y memorable que la que pudimos apreciar en 1993.

El mérito fue la conjunción entre una sólida y lograda producción escénica y destacados intérpretes. Considerando que el montaje teatral estaba encabezado por el cotizado régisseur español Emilio Sagi, quien ya ha cautivado en sus seis anteriores puestas en escena en Chile -la más reciente, en 2012 inaugurando la temporada lírica del Municipal con Carmen-, no es de extrañar que funcionara tan bien y que a pesar del endeble argumento, consiguiera brillar y emocionar con buenos elementos visuales. 

Una vez más, el talento teatral de Sagi se vio amplificado gracias al aporte fundamental de sus colaboradores habituales: tanto el estupendo marco de la escenografía de Daniel Bianco como el vestuario de Pepa Ojanguren y la atmosférica y sutil iluminación de Eduardo Bravo, supieron reflejar los sentimientos y situaciones que llevó a la música Bellini. La producción recordó en más de un aspecto a la de otro emblemático título belcantista abordado por Sagi en el Municipal, su elogiada Lucia di Lammermoor de 2005, pero de todos modos se lució de manera autónoma; la predominancia del blanco y el negro la hizo aún más sugerente y permitió destacar los momentos en que la luz se hacía presente e imponía en medio de la oscuridad cromática, así como logró ser aún más inspirada y efectiva en el uso de los elementos escénicos y del espacio, como la arena que cubría el suelo, o las 28 lámparas que permitieron momentos de gran belleza e impacto visual, en especial cuando se multiplicaban gracias al reflejo de la escenografía. En una ópera que suele ser muy estática e incluso monótona, Sagi se preocupó además de acentuar oportunamente los movimientos de los solistas y el coro, lo que ayudó a hacer mucho más fluida la producción a nivel escénico. 

En lo musical, en su debut en Chile el director de orquesta español José Miguel Pérez-Sierra demostró al frente de la Filarmónica de Santiago una gran afinidad con el estilo belcantista, así como sensibilidad y atención a los detalles, y un factor indispensable en una obra como Puritani: preocupación por los cantantes, por apoyarlos en todo momento desde el foso de la orquesta; Pérez-Sierra destacó tanto en los momentos más líricos y emotivos como en los excitantes sones marciales de números como el vibrante dúo "Suoni la tromba". 

La figura más aplaudida y elogiada de estas funciones fue la soprano bielorrusa Nadine Koutcher, quien en su debut en Chile fue superando progresivamente y con sorprendente habilidad todos los escollos del difícil personaje de Elvira, que une a las exigencias vocales de una típica heroína belcantista (agudos, sobreagudos, coloratura), la complicación teatral de tener que emocionar y convencer al público con sus caídas y recaídas en la locura; la cantante logró conmover con su canto y su despliegue escénico, que hizo creíble tanto el candor y ternura de la joven novia, como el dolor y tristeza que la sumergen en la locura al final del primer acto, así como la evocadora melancolía de su escena en el segundo acto. Una excelente cantante que brindó momentos memorables, y quien además supo complementarse muy bien con el tenor, algo fundamental en una ópera como esta, en especial en el peliagudo dúo del último acto, "Vieni fra queste braccia". 

Aunque sólo aparece en dos de las cinco escenas que comprenden los tres actos de la obra, el rol de Arturo Talbo es indudablemente uno de los más demandantes del repertorio de tenor, tanto por los arduos agudos que incluye desde el inicio hasta el fin, como por el estilo mismo de canto, que deja muy expuesta la voz y hace que cualquier problema o detalle resalte aún más en una función en vivo, lo que a menudo hace que su interpretación se traduzca en una permanente tensión, tanto para el intérprete como para el público. Afortunadamente, en el Municipal se contó con el debut en Latinoamérica del georgiano Shalva Mukeria, poseedor de una voz cuyo timbre y color puede no gustar a todos por igual  -aunque nos pareció que por momentos recuerda a grandes colegas belcantistas del pasado, como Tito Schipa-, pero exhibió un canto aguerrido, sensible y resuelto, y supo abordar las notas altas con eficacia e inteligencia, sin denotar un esfuerzo excesivo, además de conformar en lo teatral un personaje romántico y decidido. 

Por su parte, el bajo ruso Sergey Artamonov, quien ya había cantado antes en el Municipal en Aida (2011) y Don Giovanni (2012), realizó la que sin duda ha sido hasta ahora su mejor actuación en ese escenario, como un estupendo Sir Giorgio Valton, muy bien cantado con una potente voz que se notó cómoda en todo el registro, y una actuación sobria que ayudó a reflejar la calidez casi paternal que marca su relación con su sobrina Elvira, aunque se lo veía demasiado juvenil y pudo haber sido caracterizado más maduro. 

Lástima que completando el cuarteto protagónico, el joven barítono chino ZhengZhong Zhou no estuvo al mismo nivel de sus tres colegas y no pudo sacar todo el partido esperable de uno de los roles más hermosos escritos para su cuerda en el repertorio belcantista, Sir Riccardo Forth; el cantante asiático tiene un material vocal interesante y bien timbrado, pero de reducido volumen e insuficiente proyección, por lo que su bella escena solista en el primer acto no tuvo el impacto requerido, aunque en lo escénico al menos reflejó la melancolía del personaje. 

La mezzosoprano chilena Evelyn Ramírez supo aprovechar bien las oportunidades teatrales que tiene el breve rol de la reina Enriqueta de Francia, quien en esta oportunidad, en vez de pasar desapercibida como una prisionera secreta, estaba llamativamente vestida con un traje y una peluca colorina que la hacían más parecida a la legendaria Isabel I de Inglaterra. El barítono chileno Pablo Castillo estuvo correcto en su breve participación como el padre de la protagonista, Lord Gualtiero Valton, mientras el tenor chileno Exequiel Sánchez fue un Sir Bruno Robertson bien cantado, pero algo sobreactuado y exagerado en sus gestos y movimientos. 

Además de las representaciones del Elenco Internacional, también se ofrecieron dos funciones de esta ópera con el llamado Elenco Estelar, con la Filarmónica de Santiago dirigida por el maestro chileno Pedro-Pablo Prudencio, quien logró muy buenos resultados musicales gracias a una lectura clara y precisa y al igual que su colega del elenco internacional, siempre fue un gran apoyo para los cantantes. También hay que destacar que como de costumbre ambos repartos contaron con una acertada labor del Coro del Teatro Municipal, que dirige Jorge Klastornik.  

Los aplausos más entusiastas del segundo elenco también fueron para la protagonista, en este caso la soprano argentina Natalia Lemercier, quien ya se había presentado por partida doble en el Teatro Municipal en 2012, protagonizando la ópera Lucrezia Borgia, de Donizetti, y como Doña Ana en Don Giovanni, de Mozart, en los elencos estelares de ambos títulos. Era la primera vez en su carrera que interpretaba el rol de Elvira, y su desempeño fue muy sólido; un par de ocasionales desajustes en algunas notas no empañaron un trabajo muy atractivo y lleno de sensibilidad tanto en lo vocal como en lo actoral, en el que abordó con entrega las notas más agudas y las agilidades e incluyó oportunamente algunas variaciones en ciertos fragmentos, pero también supo conmover con la tristeza y locura del personaje. 

Por su parte, encarnando a Arturo, regresó al Municipal el tenor ruso Anton Rositskiy, quien el año pasado dejara una buena impresión como Nemorino en el elenco estelar de El elixir de amor, de Donizetti. Rositskiy tiene un material vocal que puede adaptarse muy bien a esta obra, y mostró un indudable arrojo al abordar los agudos más temibles (algunos mejor resueltos que otros), incluso permitiéndose incorporar aquellas notas altas que no todos sus colegas intentan. Un par de pequeños percances vocales en el estreno no fueron obstáculo para completar una buena entrega por parte del tenor, a lo que se puede agregar una creíble presencia física y que se complementó muy bien con Lemercier (juntos, ambos se lucieron particularmente en un estupendo "Vieni fra queste braccia").

Desplegando su habitual solidez vocal y desplante escénico, el bajo-barítono cubano-chileno Homero Pérez-Miranda fue un noble y cálido Sir Giorgio Valton, mientras el experimentado barítono argentino Luis Gaeta debió adaptar al personaje de Sir Riccardo Forth sus actuales medios vocales, más adecuados para roles maduros de Verdi que para un personaje belcantista más juvenil y romántico; Gaeta tiene indudable oficio y es un cantante inteligente, además de una voz con mayor volumen y proyección que el intérprete de este papel en el elenco internacional, pero de todos modos no pudo lucirse por completo.  La mezzosoprano argentina Miriam Caparotta interpretó a la reina Enriqueta, el mismo rol que cantara en el elenco principal la última vez que se dio esta ópera en el Teatro Municipal, en 1993, por lo que no deja de ser meritorio que más de dos décadas después, tuviera un buen desempeño en este personaje. Muy bien también el barítono Carlos Guzmán y el tenor Rony Ancavil como Lord Gualtiero Valton y Sir Burno Robertson, respectivamente. 

Tuesday, June 10, 2014

Ópera "Los Puritanos" de Bellini entrega un balance satisfactorio en el Teatro Municipal de Santiago de Chile.

Foto: Patricio Melo

Johnny Teperman

Con siete presentaciones, de la ópera 'Los Puritanos' del compositor italiano Vincenzo Bellini ('Norma', 'La Sonámbula'), continuó la temporada lírica 2014 del Teatro Municipal de Santiago, obra conducida por el 'regisseur' español Emilio Sagi. En líneas generales el balance de las siete presentaciones de este segundo título de la temporada, 4 internacionales, 1 gala y 2 con el elenco estelar, cumplió con el objetivo esperado por Sagi y que, en general, contó con cantantes de gran calidad, con nota sobresaliente para la soprano bielorrusa Nadine Koutcher, en el rol de Elvira. Destacada labor le cupo con el elenco internacional, al cuarteto de intérpretes principales, que afrontaron sus difíciles roles con apropiadas voces y una emoción a toda prueba, en especial el duo protagónico formado por Nadine Koutcher, como Elvira y el tenor georgiano Shalva Mukeria como Arturo La obra narra en sus tres actos,  el drama amoroso de Elvira y Arturo, ambientada en Inglaterra, en plena guerra civil entre los puritanos, partidarios de Oliver Cronwell y los realistas que apoyaban a la casa de los Estuardo.  Para muchos el libreto es un poco confuso y poco creíble. Sin embargo, la música de Bellini está entre la más cuidada y hermosa que compuso. Su esfuerzo fue resultado de la inquietud que generaba el componer una ópera para el público parisino. En esta labor fue apoyado por el célebre Joacchino Rossini, quien para la época triunfaba en la ciudad. En 'Los puritanos' aparece la faceta melancólica de Bellini. El fraseo es de gran elegancia y la ópera demanda capacidades vocales importantes de los cantantes. Además que se torna particularmente difícil para la soprano, barítonos y bajo barítonos.  Esta composición, la cual ha sido definida por el director de escena  Emilio Sagi, como una obra “que apunta a los sentimientos y a la nostalgia”, nos exhibe el amor casi imposible entre Elvira y Arturo, que constituye el trasfondo de la ópera cúlmine de Vincenzo Bellini, uno de los maestros del belcanto. Un poderoso elenco musical se ha lucido en esta joya lírica que ha retornado al Teatro Municipal de Santiago, dirigido por el  músico madrileño José Miguel Pérez-Sierra, con el valioso aporte del Coro del Teatro Municipal y la Orquesta Filarmónica de Santiago. Pureza de expresión, un certero ataque de cada palabra, una transición imperceptible de nota en nota y la ejecución de variados ornamentos –muchas veces a gran velocidad– son algunos de los desafíos vocales que enfrentaron los protagonistas de una ópera belcantista como ésta. Figura principal, a nuestro entender, fue la soprano Nadine Koutcher, por su voz de notables matices, agudos imponentes y gran manejo de la coloratura extrema, particularmente en el aria "Ah si, son vergini vezzosa", del cuadro III del acto I.  En cuanto al tenor Shalva Mukiera, un 'belcantista' a toda prueba, brindó un emocionado "Credeasi misera", del acto III, en que lució un Fa sobreagudo impresionante. Meritorias también fueron las actuaciones del bajo barítono ruso Sergey Artamonov y en un tono menor, el barítono chino Zhengzhong Zhou, Hay que resaltar que juntos, estos dos últimos brindaron en forma magnífica, el duo heroico de Riccardo y Giorgio "Suoni la tromba".  La mezzosoprano nacional Evelyn Ramírez cumplió un rol distinguido como la Reina Enriqueta de Francia y lució su voz con melódicos matices en su corta intervención. Lo propio vale para los chilenos, el barítono Pablo Castillo y el tenor Exequiel Sánchez, en sus roles de Lord Gualterio Valton  y Sir Bruno Robertson, respectivamente. La puesta en escena de Emilio Sagi confirmó su capacidad y experiencia en esta obra, en que la escenografía de Daniel Bianco lució algo recargada; el vestuario de Pepa Ojanguren y la iluminación de Eduardo Bravo,  cumplieron con las exigencias teatrales de la producción. El elenco estelar, sin estar a la altura del primero, contó con figuras importantes, en primer lugar con la soprano argentina Natalia Lemercier como Elvira, con grandes aciertos en algunos pasajes. Un poco más abajo, pero con solidez y estilo, estuvieron el tenor ruso Anton Rositsskiy como Lord Arthur Talbot, el bajo barítono chileno-cubano Homero Pérez Miranda como Sir Giorgio Valton y el barítono argentino Luis Gaeta, como Sir Riccardo Forth.  Correcta fue la participación de Miriam Caparotta (Enriqueta de Francia), Carlos Guzmán (Lord Gualtiero Valton) y Rony Ancavil (Sir Bruno Robertson).