lunes, 16 de febrero de 2015

Missa Solemnis de Beethoven en Los Ángeles - Los Angeles Philharmonic

Foto: Craig T. Mathew/Mathew Imaging

Ramón Jacques

A pesar de que Beethoven consideró su Missa Solemnis como su composición más importante ya que en ella plasmó su visión de la grandeza divina, su majestuosidad musical trasciende incluso su carácter litúrgico. Aun así, la obra no es tan conocida como sus sinfonías y sonatas, y por su complejidad es poco interpretada. La Los Angeles Philharmonic, que la ejecutó una vez en 1952, la programó como homenaje por el  70 aniversario de Michael Tilson Thomas, quien además de ser director principal de la orquesta en los años 80, es nativo de esta ciudad. Tilson Thomas, ha dedicado parte de su carrera a Beethoven y en particular a esta pieza, cuyo conocimiento evidenció en este concierto obteniendo un detallado sonido de la línea instrumental, con vistosas y claras texturas, y adecuados tiempos con los que logró conmover y emocionar. Fue  determinante también la solida y exuberante participación del extenso coro Los Angeles Master Chorale  que colmó todas las butacas detrás del escenario. Por otra parte, el propio director quiso resaltar la teatralidad casi operística de la obra, concibiéndola como una mezcla entre ‘instalación artística’ y obra teatral.  Este enfoque embonó dentro del proyecto “in/SIGHT” de la orquesta que busca unir la música a medios audiovisuales. Así, la sala de conciertos se transformó en el interior de una catedral gótica, y en una enorme pantalla suspendida de lo más alto se transmitían imágenes litúrgicas, cruces y textos de la partitura con un admirable y resplandeciente manejo de la iluminación de Finn Ross. Lo que no funcionó visualmente ni teatralmente fue la idea de James Darrah, de que los solistas se movieran con pasos lentos, cantando sus partes y con vestuarios modernos sin sentido, al menos no palpable para el espectador, por el estrado situado entre la orquesta y el coro. Entre ellos se puede resaltar la nitidez y claridad en la proyección de la soprano Joélle Harvey la exuberancia vocal de la mezzosoprano Tamara Mumford, la robusta profundidad del tenor Brandon Jovanovich. El desempeño del bajo-barítono Luca Pisaroni fue desigual ya que su voz palideció y se perdió por momentos en la masa orquestal-coral. Aun así el resultado global fue satisfactorio. Un momento que no se puede eludir fue el cautivador solo del concertino Martin Chalifour -en el Benedictus-  en un oscuro teatro, con tan solo unos destellos de luz sobre él. 

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