miércoles, 30 de diciembre de 2015

Concierto de la Sinfónica de San Diego dirigido por Mirga Gražinytė-Tyla

Foto: Mirga Gražinytė-Tyla / LA Philharmonic - Vern Evans

Ramón Jacques

La Sinfónica de San Diego (San Diego Symphony) ofreció en su sede la sala de conciertos Copley Symphony Hall en California, el que hasta hoy puede considerarse como el concierto más emocionante de la actual temporada. Para tocar buena música, se debe contar con buenos músicos y esta orquesta los tiene, pero ese constante afán de aspirar a la perfección, apegarse al pie de la letra a la partitura y a las intenciones del autor, deja en ocasiones poco margen para la espontaneidad y el mensaje de la música hacia el espectador puede convertirse en mecánico y rutinario. En este concierto se sintió cierta libertad, entusiasmo y gozo de los músicos por hacer música y del público por escucharla. En gran medida el éxito se debió a la presencia de la joven y electrizante directora lituana Mirga Gražinytė-Tyla, en su debut al frente de la orquesta. Cabe mencionar que a partir de la próxima temporada el puesto de director musical de esta agrupación quedará vacante, y esta joven directora de 29 años es una firme candidata para asumir el puesto, sin embargo, sus actuales cargos de directora asociada de la vecina Los Angeles Philarmonic, cuyo titular es Gustavo Dudamel, y de directora musical del teatro Salzburger Landstheaters en Austria, así como el interés que ha despertado en importantes orquestas y teatros de ópera, podrían dificultar su llegada permanente a San Diego. Lo cierto es que Mirga Gražinytė-Tyla es un talento que está a punto de despuntar hacia grandes proyectos, y esta orquesta ha sentido su inyección de vitalidad frescura y energía. Su carta de presentación fue la Obertura Leonora no. 3 de Beethoven donde se mostro cercana a los músicos y a la música,  dirigiendo con cuidado y atención a la acústica y los timbres, creando ilusiones musicales. La ejecución de los músicos fue dramática y cargada de tensión. Pero más allá de la energía con la que conduce, esta directora aporta a sus lecturas seguridad, precisión, entendimiento, e intención, concediéndoles los músicos libertades para expresarse. En el Concierto para violín en re menor, op. 47 de Jean Sibelius captó el profundo sentido de la tranquilidad nórdica que contiene la pieza, con una balanceada sintonía con la violinista Karen Gomyo, con la fulgurante y flexible emisión de su instrumento en sus intervenciones, que estuvieron bien cobijada por el marco musical que le tejió la orquesta. En la ejecución de La consagración de la primavera de Stravinski involucró y convenció a las diversas secciones de la orquesta los metales y las percusiones para emitir un sonido homogéneo. En los pasajes más sutiles, resaltaban el clarinete o la musicalidad de los violines. En suma, Gražinytė-Tyla demostró que puede ser el revulsivo que esta orquesta está buscando y que necesita para su renovación, y prueba de ello fue una sala rebosante de público joven. 

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