lunes, 7 de diciembre de 2015

Eugenio Onegin en Houston - Houston Grand Opera

Foto: Lynn Lane

Carlos Rosas

La producción escénica de Eugenio Onegin creada por Robert Carsen para el Metropolitan de Nueva York en el 2007, de la cual existe una grabación en DVD, sirvió para reintroducir al escenario de Houston una ópera que aquí no se había escenificado desde el 2002. El idea de Carsen es simple, pero elegante y moderna, ya que se trata de un montaje conceptual que asombra y entusiasma el espectador, donde la acción se realiza en espacios reducidos y pocos elementos como sillas –el leitmotiv de la producción- un jardín repleto de hojas color rojas y naranjas caídas de los arboles en una escena otoñal muy emotiva, o por ejemplo, en el duelo entre Onegin y Lensky donde en un fondo azul se vislumbran solo las siluetas de los artistas. Todo dentro de un marco de colores e iluminación muy bien pensado y de muy buena manufactura, sin olvidar el complemento que hacen los refinados vestuarios de época de Michael Levine. ¿Qué podría entonces faltarle a la función como que deja la sensación de vacío o faltante? La respuesta está en que se requería un elenco vocal de mayor peso. Con ello no se quiere menospreciar a priori a los cantantes ni descalificar su desempeño, si no que extraña que en un teatro de este nivel y con los recursos que poses los artistas reconocidos, los nombres y las estrellas han ido desapareciendo paulatinamente. Con ello ¿se busca reducir costos, foguear y presentar a los nuevos valores del futuro? ¿Se requerirá un cambio estructural al interno del teatro o una nueva política de casting? Preguntas sin respuesta. Nada se le puede escatimara una soprano como Katie Van Kooten, quien mostró personalidad, profesionalismo y grata presencia e innegablres recursos vocales como Tatyana ni a Scott Hendricks su entrega y rica voz como el protagonista Onegin. pero no puede evitarse la sensación de que algo faltó. Por su parte, el tenor Norman Reinhardt mostró su lado celoso y explosivo, algo exagerado como Lensky al que prestó su voz de colorido timbre con el que cumplió satisfactoriamente; y Megan Samarin mostró una calidad y distinguida voz oscura de mezzosoprano como Olga. Dmitry Belosselskiy fue un autoritario Príncipe Gremin que cantó con elocuencia y profundidad. Un lujo innecesario e inexplicable, bajo el contexto descrito, fue la presencia de la legendaria Larissa Diadkova como Filipyevna. Al frente de la orquesta Michael Hofstetter condujo con dinámica y buena mano, aunque aquí emergió la brillantez romántica y orquestal contenida en la partitura de Tchaikovsky.


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