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Thursday, October 20, 2016

The Turn of the Screw de Britten en el Teatro alla Scala de Milan

Foto: Teatro alla Scala

Massimo Viazzo

Para una ópera que tuvo su estreno justo en Italia (en la Fenice de Venecia en 1954), parece increíble que hasta hoy se haya programado por primera vez el Teatro alla Scala una ejecución en su lengua original.  Mejor tarde que nunca, se podría decir.  También porque la producción gustó y convenció del punto de vista musical como el visual.   La nueva producción curada por Kasper Holten previó la subdivisión del espacio en niveles movibles para recrear, tres sobrepuestos a la derecha y dos en el medio, un escenario más amplio unido a una escalera de caracol, de los ambientes claustrofóbicos de la obra de Henry James.  Los personajes  aparecían y desaparecían creando una tensión creciente y siempre más angustiante, también por el uso apropiado de la luz y de evocadoras proyecciones en blanco y negro, y de un tipo de descoloración cinematográfica creada con estudiadas disminuciones de la cortina.  Al final, en este espectáculo quedó en los espectadores quedó esa duda que siempre acompaña a esta historia de fantasmas, es decir, si existían verdaderamente o eran solo proyecciones mentales en la cabeza enferma de la institutriz. Tambien Holten, permaneciendo generalmente ambiguo, parecería inclinarse hacia la segunda hipótesis.  Ello se ve claramente, por ejemplo, en el inicio del segundo acto, cuando el dueto Quint/ Jessel es retratado sin ninguna duda como una pesadilla nocturna de la institutriz (los dos “fantasmas” cantan en la cama a cada lado de las atormentada protagonista).  La institutriz fue personificada de manera extremadamente matizada y vocalmente convincente por Miah Persson, aquí vista en un papel en el evidencio de la mejor manera sus grandes cualidades sobre la escena. Ian Bostridge prestó un timbre absolutamente de antonomasia a Peter Quint, por momentos casi áspero, pero también convincente y provocador.  El color de su voz tan blancuzco y deslavado fue perfecto para este papel tan escurridizo como pegajoso.  También Allison Cook,  con desvanecidos timbres mas graves y sonoros personificó una Jessel perfectamente cumplida, como también la gobernadora de Jennifer Johnston que fue eficaz.   Verdaderamente convincentes fueron los dos chicos del Trinity Boys Choir, Lucas Pinto y Louise Moseley que prestaron sus voces a Miles y a Flora.  El timbre tan puro e infantil de Pinto, suscitó mucha ternura, aunque también una cierta inquietud.  Finalmente, la dirección de Christoph Eschenbach pareció poco interesante, tan poco teatral, y por momentos pesado y escasamente equilibrada.


The Turn of the Screw - Teatro alla Scala, Milano

Foto: Teatro alla Scala

Massimo Viazzo

Per un’opera che ha avuto la sua première  proprio in Italia (alla Fenice di Venezia nel 1954), sembra incredibile che il Teatro alla Scala ne programmi solo oggi, per la prima volta, una sua esecuzione in lingua originale. Meglio tardi che mai, si potrebbe dire… Anche perché la produzione piace e convince sia dal punto di vista musicale che da quello visivo. Il nuovo allestimento curato da Kasper Holten prevede la suddivisione dello spazio su più livelli movibili per ricreare, tre sovrapposti sulla destra e due in mezzo al palcoscenico più ampi collegati da una scala a chiocciola, gli ambienti claustrofobici della pièce di Henry James.  I personaggi appaiono e svaniscono creando una tensione crescente e sempre più angosciante, anche per l’uso appropriato delle luci e di evocative proiezioni in bianco e nero, e di una sorta di dissolvenza cinematografica creata con studiati restringimenti del sipario. In questo spettacolo, alla fine,  negli spettatori rimane il dubbio che sempre accompagna questa ghost story, e cioè se i fantasmi esistano veramente o siano delle proiezioni mentali nella mente malata della Istitutrice. Holten, pur rimanendo generalmente ambiguo, sembrerebbe propendere verso questa seconda ipotesi. Lo si vede chiaramente, ad esempio, all’inizio del secondo atto, quando il duetto Quint/Jessel è  ritratto senza alcun dubbio come un incubo notturno della Istitutrice (i due “fantasmi” cantano nel letto  proprio a fianco della tormentata protagonista).  Una Istitutrice impersonata in maniera estremamente sfumata e vocalmente convincente da Miah Persson, qui in un ruolo che evidenza al meglio le sue grandi qualità sulla scena. Ian Bostridge dona una timbrica assolutamente quintessenziale a Peter Quint, a volte quasi aspro, ma anche suadente e conturbante. Il colore della sua voce così biancastro e slavato lo rende perfetto per questo ruolo così sfuggente e viscido. Anche Allison Cook, con sfumature timbriche più gravi e sonore impersona una Jessel perfettamente compiuta, come pure  la Governante di Jennifer Johnston è efficace. Davvero convincenti anche i due ragazzi del Trinity Boys Choir, Lucas Pinto e Louise Moseley, che hanno donato le loro voci a Miles e Flora. La timbrica così pura e infantile di Pinto  suscitava molta tenerezza, ma anche una certa inquietudine. Infine, la direzione di Christoph Eschenbach è  parsa meno interessante, così poco teatrale, a volte pesante e scarsamente sfumata.


Friday, July 3, 2015

Quartett de Francesconi en el Teatro Colón de Buenos Aires

Crédito: Prensa Teatro Colón/Máximo Parpagnoli 

Gustavo Gabriel Otero

Buenos Aires, 16/06/2015. Teatro Colón. Luca Francesconi: Quartett. Opera épica en trece escenas, libreto de Luca Francesconi, basado en la pieza homónima de Heiner Müller. Estreno americano. Alex Ollé (La Fura dels Baus) dirección escénica. Alfons Flores, escenografía. Lluc Castells, vestuario. Marco Filibeck, iluminación. Franc Aleu, diseño de proyecciones. Valentina Carrasco, colaboración escénica. Producción del Teatro Alla Scala de Milán / IRCAM (París). Allison Cook (Marquesa de Merteuil), Robin Adams (Vizconde de Valmont). Orquesta Estable del Teatro Colón. Dirección Musical: Brad Lubman.

El Teatro Colón de Buenos Aires presentó en carácter de estreno americano la ópera Quartett del compositor italiano, nacido en Milán en 1956, Luca Francesconi. La realización escénica fue impactante y los intérpretes extraordinarios pero la obra resulta, más que cuestionadora o transgresora, un poco aburrida. Quartett está escrita en inglés con texto propio del compositor basado en Heiner Müller quien a la vez se basa en Las relaciones peligrosas de Choderlos de Laclos, o sea la relectura de la relectura, por lo que nada queda de la aristocracia rococó y refinada del original. No hay aquí cuarteto en el sentido literal del texto ya que la obra tiene sólo dos personajes: la Marquesa de Merteuil y el Vizconde de Valmont, quienes alternativamente cambian de roles y asumen los papeles de madame de Tourvel y de madame de Volanges. Todo un juego de perversión destinado al aniquilamiento, con una escritura procaz que nunca levanta vuelo poético y con un contenido poco teatral. La extraordinaria puesta en escena explicita la idea del aislamiento de los dos personajes con un dispositivo escénico impecable constituido por tres espacios: un cubo sin paredes ni delante, ni detrás -la habitación en la que transcurre la escena- sujeto por infinidad de cables delgadísimos y aparentemente suspendida en el aire, un espacio exterior a la celda en el que se proyectan los deseos, los sueños y las tribulaciones mentales de la pareja y un tercer espacio que representa la fuerza de la naturaleza en movimiento y que aparece en contadas ocasiones simulando el mar o un desierto. El marco escénico de Alfons Flores luce espectacular, los movimientos y la idea general de Alex Ollé con la genial marca de La Fura dels Baus lucen milimétricos. Perfecto el vestuario Lluc Castells, con el agregado de los cambios de ropas casi a la vista del público de manera milagrosa dentro de ese cubo cerrado, y espectacular la iluminación de Marco Filibeck bien acompañada por las proyecciones de Franc Aleu. Sin duda el mejor trabajo de los vistos en ópera en Buenos Aires del colectivo catalán. El lenguaje musical de Francesconi es variado y politonal. La parte musical se desarrolla en dos planos, una orquesta de cámara en el foso y una cinta grabada con orquesta grande, coro, ruidos y sonidos electrónicos. Un muy buen trabajo de los solistas convocados de la Orquesta Estable del Teatro Colón bajo la dirección atenta y prolija de Brad Lubman, completado por el envolvente y enigmático sonido grabado en la oportunidad del estreno mundial por la Orquesta y el Coro del Teatro alla Scala de Milán y por el IRCAM de París. Los dos solistas vocales, los mismos del estreno mundial en el Teatro alla Scala de Milán en 2011, resultaron formidables. La escritura es compleja y difícil, pasa de la voz hablada al canto, hay saltos intervalitos profundos, se utiliza el recurso del falsete y por momentos las voces son amplificadas. Una faena vocal y actoral extenuante para los cantantes que están la casi totalidad de los ochenta minutos que dura la obra en el escenario. Es difícil pensar la posibilidad de encarar esta obra por otros que no sean el barítono Robin Adams y la mezzosoprano Allison Cook.