Massimo Viazzo
La colaboración artística entre el
director de escena Stefano Poda y el Teatro Regio de Turín se extiende
por casi dos décadas, dando lugar a producciones de alto nivel que han sido ampliamente
valoradas por la crítica y el público. Entre ellas se encentran Thaïs de
Massenet, Faust de Gounod, Turandot de Puccini y más
recientemente, La Juive de Halévy, puesta en escena hace tres años, con
la que obtuvo el prestigioso Premio Abbiati, el reconocimiento otorgado por la
crítica italiana como mejor espectáculo de ópera del año. Como cierre de la
temporada operística del teatro piamontés, Poda se encargó del nuevo montaje de
Tosca de Giacomo Puccini (1858-1924), en coproducción con la Abay Kazakh
National Opera. Como es habitual, Stefano Poda también se ocupó del diseño de la
escenografía, del vestuario, de la iluminación y de la coreografía. El montaje
de Poda le quitó a la narración del libreto de Illica y Giacosa su carga
dramática, transformando la escena en una especie de museo de la mente arquetípica
de la romanidad. El objetivo de Poda fue el de suspender el tiempo. ¿La
narración parece ya completada, en curso, o destinada a realizarse? Es como si
esta Tosca fuera observada con una perspectiva omnisciente desde lo alto, de
manera similar a como se puede observar la tierra desde el espacio. El
director, que privilegió el impacto
global, creó así una especie de potente
imagen fija (fermo imagine) que mostraba una
liturgia atemporal del poder. Naturalmente que los vestuarios y la iluminación
estuvieron muy bien curados, en el perfecto estilo del director de escena
italiano. Quien conoce la creatividad de Poda se habrá maravillado ante las
escenas caracterizadas por superficies reflejantes, procesiones, capas
ondeando, movimientos en cámara lenta y una multitud de figurantes (quizá
demasiados) que deambulaban por el escenario. Tosca es una ópera de pasiones
violentas y enfrentamientos feroces. Sin embargo, en este montaje, esos
elementos parecieron apenas estar sugeridos. En las vitrinas que invadían la
escena desde lo alto, hasta el inicio de la ópera, se podían contemplar
símbolos y objetos arqueológicos conocidos, que ayudaban a recrear un ambiente
históricamente reconocible. Esto fue de interés principal en esta puesta en
escena. No es casualidad que al final de la obra, Tosca no se suicidara
lanzándose al vacío desde el Castel Sant’Angelo, sino que fue una pared
la que cayó frente a ella, dejándola inmersa en una luz diáfana, de pie, en el
centro del escenario, en una especie de catarsis necesaria para pasar del mundo
anterior, el Ancien Régime de Scarpia, al nuevo mundo de Cavaradossi. Sin embargo, se evidenció una dicotomía entre
la puesta en escena del espectáculo y el enfoque musical de Andrea
Battistoni. Su conducción, caracterizada por una continua tensión, cuidado
y meticulosa atención, se centró justo en exaltar el drama y su teatralidad. La
Orquesta del Teatro Regio ofreció un desempeño excelente, mostrando cohesión y
participación. Se escucharon por aquí y por allá algunos excesos sonoros, pero
la prueba de madurez del nuevo director musical del Teatro Regio frente a una
obra maestra de tal magnitud es indudable. El enfoque dramatúrgico adoptado por
Stefano Poda, aunque sin duda es interesante, estimulante y caracterizado por
un gran virtuosismo visual, acabó en última instancia debilitando la obra.
Tosca posee una dramaturgia de fuerte impacto teatral, y en esta puesta, dicho
impacto pareció reducido, ya que el director privilegió la ritualidad fatalista
en la cual los personajes parecían estar inexorablemente destinados, en
detrimento de la representación de las verdaderas intenciones y dinámicas entre
los distintos roles. Por lo tanto, se podría decir que esta fue una Tosca
notable para los ojos, pero menos para el corazón. La protagonista, Floria
Tosca, fue interpretada por la soprano veneciana Chiara Isotton, quien mostró
un timbre vocal robusto, un fraseo refinado y un cautivante color vocal. Sin
embargo, en el registro agudo se percibieron algunos esfuerzos, con sonidos
menos timbrados. La realización del personaje estuvo más centrada en el aspecto
vocal que en su dimensión dramática, pero particularmente agradó al público su Vissi
d’arte, que fue cantado con gran entrega. A su lado, el tenor Martin
Muehle interpretó a Mario Cavaradossi con generosidad, mostrando también un
cierto brillo o squillo en los agudos, en una actuación mayormente
muscular, y a pesar de que su fraseo pareció un poco monótono, con una línea
musical no particularmente refinada, y una afinación no siempre impecable, el
público mostró gran aprecio por su E lucevan le stelle. El barítono
romano Roberto Frontali ofreció, en cambio, una interpretación del barón
Scarpia muy musical, con dicción impecable y cuidado en el fraseo. Frontali
dibujó un Scarpia sutil, atento a los matices y un poco menos agresivo de lo
habitual. En general, todos los papeles secundarios estuvieron adecuados,
aunque de verdad, el sacristán de Matteo Toscano pareció demasiado sobrio, y no
muy valorizado por esta puesta en escena; en cambio, penetrante estuvo el
Spoletta de Cristiano Olivieri, y estuvo poco atractivo tímbricamente el
Angelotti de Igor Durlovski, Mientras que convincentes parecieron el
barítono sudcaliforniano Eduardo Martínez como Sciarrone y Lorenzo
Battagion en el papel de un carcelero especialmente cínico en la visión de
Poda. Una mención especial para la voz blanca, infantil, de Jacopo Gallo,
quien cantó con voz clara y celestial el canto del pastor al inicio del tercer
acto. Gea Garatti Ansini dirigió con mano firme y vigor al Coro del
Teatro Regio y también estuvo excelente la contribución del Coro infantil de
voces blancas preparado por Claudio Fenoglio.

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