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Friday, June 26, 2026

Tosca en Turín, Italia

Foto: Mattia Gaido

Massimo Viazzo

La colaboración artística entre el director de escena Stefano Poda y el Teatro Regio de Turín se extiende por casi dos décadas, dando lugar a producciones de alto nivel que han sido ampliamente valoradas por la crítica y el público. Entre ellas se encentran Thaïs de Massenet, Faust de Gounod, Turandot de Puccini y más recientemente, La Juive de Halévy, puesta en escena hace tres años, con la que obtuvo el prestigioso Premio Abbiati, el reconocimiento otorgado por la crítica italiana como mejor espectáculo de ópera del año. Como cierre de la temporada operística del teatro piamontés, Poda se encargó del nuevo montaje de Tosca de Giacomo Puccini (1858-1924), en coproducción con la Abay Kazakh National Opera. Como es habitual, Stefano Poda también se ocupó del diseño de la escenografía, del vestuario, de la iluminación y de la coreografía. El montaje de Poda le quitó a la narración del libreto de Illica y Giacosa su carga dramática, transformando la escena en una especie de museo de la mente arquetípica de la romanidad. El objetivo de Poda fue el de suspender el tiempo. ¿La narración parece ya completada, en curso, o destinada a realizarse? Es como si esta Tosca fuera observada con una perspectiva omnisciente desde lo alto, de manera similar a como se puede observar la tierra desde el espacio. El director, que privilegió  el impacto global, creó  así una especie de potente imagen fija (fermo imagine) que mostraba una liturgia atemporal del poder. Naturalmente que los vestuarios y la iluminación estuvieron muy bien curados, en el perfecto estilo del director de escena italiano. Quien conoce la creatividad de Poda se habrá maravillado ante las escenas caracterizadas por superficies reflejantes, procesiones, capas ondeando, movimientos en cámara lenta y una multitud de figurantes (quizá demasiados) que deambulaban por el escenario. Tosca es una ópera de pasiones violentas y enfrentamientos feroces. Sin embargo, en este montaje, esos elementos parecieron apenas estar sugeridos. En las vitrinas que invadían la escena desde lo alto, hasta el inicio de la ópera, se podían contemplar símbolos y objetos arqueológicos conocidos, que ayudaban a recrear un ambiente históricamente reconocible. Esto fue de interés principal en esta puesta en escena. No es casualidad que al final de la obra, Tosca no se suicidara lanzándose al vacío desde el Castel Sant’Angelo, sino que fue una pared la que cayó frente a ella, dejándola inmersa en una luz diáfana, de pie, en el centro del escenario, en una especie de catarsis necesaria para pasar del mundo anterior, el Ancien Régime de Scarpia, al nuevo mundo de Cavaradossi.  Sin embargo, se evidenció una dicotomía entre la puesta en escena del espectáculo y el enfoque musical de Andrea Battistoni. Su conducción, caracterizada por una continua tensión, cuidado y meticulosa atención, se centró justo en exaltar el drama y su teatralidad. La Orquesta del Teatro Regio ofreció un desempeño excelente, mostrando cohesión y participación. Se escucharon por aquí y por allá algunos excesos sonoros, pero la prueba de madurez del nuevo director musical del Teatro Regio frente a una obra maestra de tal magnitud es indudable. El enfoque dramatúrgico adoptado por Stefano Poda, aunque sin duda es interesante, estimulante y caracterizado por un gran virtuosismo visual, acabó en última instancia debilitando la obra. Tosca posee una dramaturgia de fuerte impacto teatral, y en esta puesta, dicho impacto pareció reducido, ya que el director privilegió la ritualidad fatalista en la cual los personajes parecían estar inexorablemente destinados, en detrimento de la representación de las verdaderas intenciones y dinámicas entre los distintos roles. Por lo tanto, se podría decir que esta fue una Tosca notable para los ojos, pero menos para el corazón. La protagonista, Floria Tosca, fue interpretada por la soprano veneciana Chiara Isotton, quien mostró un timbre vocal robusto, un fraseo refinado y un cautivante color vocal. Sin embargo, en el registro agudo se percibieron algunos esfuerzos, con sonidos menos timbrados. La realización del personaje estuvo más centrada en el aspecto vocal que en su dimensión dramática, pero particularmente agradó al público su Vissi d’arte, que fue cantado con gran entrega. A su lado, el tenor Martin Muehle interpretó a Mario Cavaradossi con generosidad, mostrando también un cierto brillo o squillo en los agudos, en una actuación mayormente muscular, y a pesar de que su fraseo pareció un poco monótono, con una línea musical no particularmente refinada, y una afinación no siempre impecable, el público mostró gran aprecio por su E lucevan le stelle. El barítono romano Roberto Frontali ofreció, en cambio, una interpretación del barón Scarpia muy musical, con dicción impecable y cuidado en el fraseo. Frontali dibujó un Scarpia sutil, atento a los matices y un poco menos agresivo de lo habitual. En general, todos los papeles secundarios estuvieron adecuados, aunque de verdad, el sacristán de Matteo Toscano pareció demasiado sobrio, y no muy valorizado por esta puesta en escena; en cambio, penetrante estuvo el Spoletta de Cristiano Olivieri, y estuvo poco atractivo tímbricamente el Angelotti de Igor Durlovski, Mientras que convincentes parecieron el barítono sudcaliforniano Eduardo Martínez como Sciarrone y Lorenzo Battagion en el papel de un carcelero especialmente cínico en la visión de Poda. Una mención especial para la voz blanca, infantil, de Jacopo Gallo, quien cantó con voz clara y celestial el canto del pastor al inicio del tercer acto. Gea Garatti Ansini dirigió con mano firme y vigor al Coro del Teatro Regio y también estuvo excelente la contribución del Coro infantil de voces blancas preparado por Claudio Fenoglio.




Tuesday, June 16, 2026

Tosca Teatro Regio di Torino

Foto: Mattia Gaido 

Massimo Viazzo

La collaborazione artistica tra il regista Stefano Poda e il Teatro Regio di Torino si estende da quasi due decenni, dando vita a produzioni di elevato livello ampiamente apprezzate dalla critica e dal pubblico. Tra queste, si annoverano Thaïs di Massenet, Faust di Gounod, Turandot di Puccini e, più recentemente, La Juve di Halévy, messa in scena tre anni fa, che ha ottenuto il prestigioso Premio Abbiati, riconoscimento assegnato dalla critica italiana come miglior spettacolo d’opera dell’anno. In chiusura della stagione operistica del teatro piemontese, Poda ha curato il nuovo allestimento di Tosca di Giacomo Puccini (1858-1924), in coproduzione con la Abay Kazakh National Opera. Come di consueto, Stefano Poda si è occupato anche della progettazione delle scene, dei costumi, delle luci e della coreografia. L’allestimento di Poda svuota la narrazione del libretto di Illica e Giacosa della sua carica drammatica, trasformandola la scena in una sorta di museo della mente archetipico della romanità. L’obiettivo di Poda è quello di sospendere il tempo. La narrazione sembra già compiuta, in corso o destinata a realizzarsi? È come se questa Tosca fosse osservata con una prospettiva onnicomprensiva dall’alto, in modo analogo a come si può osservare la Terra dallo spazio. Il regista, che ha privilegiato l’impatto complessivo, ha creato così una sorta di potente fermo immagine che possa mostrare una atemporale liturgia del potere. Naturalmente, costumi e luci erano curatissimi, nel perfetto stile del regista italiano. Chi conosce la creatività di Poda si sarà ritrovato a meraviglia di fronte alle scene caratterizzate da superfici riflettenti, processioni, mantelli svolazzanti, movimenti al rallentatore e una moltitudine di figuranti (forse troppi) che si aggiravano in palco. Tosca è un’opera di passioni violente e scontri feroci. Tali elementi, tuttavia, sono parsi solo accennati in questo allestimento. Nelle teche che invadevano la scena dall’alto fin dall’inizio dell’opera si potevano contemplare simboli e oggetti archeologici noti, che contribuivano a ricreare un ambiente storicamente riconoscibile. Cosa di primario interesse in questo allestimento. Non a caso, nel finale dell’opera, Tosca non si suicida gettandosi nel vuoto da Castel Sant’Angelo, ma è una parete a cadere davanti a lei, lasciandola immersa in una luce diafana, in piedi al centro del palco, in una sorta di catarsi necessaria per il passaggio dal mondo precedente, l’Ancien Régime di Scarpia, verso il mondo nuovo di Cavaradossi. Si è evidenziata, tuttavia, una dicotomia tra l’impostazione dello spettacolo e l’approccio musicale di Andrea Battistoni. La sua direzione, caratterizzata da tensione continua, cura e attenzione meticolose, si è concentrate principalmente proprio sull’esaltazione del dramma e della sua teatralità. L’Orchestra del Teatro Regio ha offerto una performance eccellente, dimostrando compattezza e partecipazione. Si sono riscontrati qua e làalcuni eccessi fonici, ma la prova di maturità del nuovo direttore musicale del Teatro Regio di fronte a un capolavoro di tale portata è stata indubbia. L’approccio drammaturgico adottato da Stefano Poda, pur essendo indubbiamente interessante, stimolante e caratterizzato da un grande virtuosismo visivo, ha in ultima analisi depotenziato l’opera. Tosca possiede una drammaturgia di forte impatto teatrale. In questo allestimento, tale impatto è apparso ridotto, in quanto il regista ha privilegiato la ritualità fatalistica a cui i personaggi sembravano inesorabilmente destinati, a scapito della rappresentazione delle effettive intenzioni e dinamiche tra i diversi ruoli. Si potrebbe pertanto affermare che questa sia stata una Tosca notevole per gli occhi, ma meno per il cuore… La protagonista, Floria Tosca, è stata interpretata dal soprano veneto Chiara Isotton. La Isotton ha mostrato un timbro vocale corposo, un fraseggio raffinato e un colore vocale accattivante. Tuttavia, nel registro acuto si sono percepiti alcuni sforzi, con suoni meno timbrati. La realizzazione del personaggio è risultata maggiormente focalizzata sull’aspetto vocale piuttosto che sulla sua dimensione drammatica. Particolarmente gradito da parte del pubblico il suo Vissi d’arte cantato con trasporto. Accanto a lei, il tenore Martin Muehle ha interpretato Mario Cavaradossi con generosità, esibendo anche un certo squillo sugli acuti, in una prova prevalentemente muscolare. Nonostante il suo fraseggio sia apparso un po’ monocorde, con una linea musicale non particolarmente rifinita, e l’intonazione non sia sempre risultata impeccabile, il pubblico ha mostrato grande apprezzamento per il suo E lucevan le stelle. Il baritono romano Roberto Frontali ha offerto invece un’interpretazione del barone Scarpia musicalissima, dalla dizione impeccabile e curata nel fraseggio. Frontali ha tratteggiato un Scarpia sottile, attento alle sfumature e un po’ meno aggressivo del consueto. Adeguati generalmente tutti i ruoli di fianco. Fin troppo sobrio è parso in verità il sagrestano di Matteo Toscano, non molto valorizzato da questa impostazione registica, penetrante invece lo Spoletta di Cristiano Olivieri, timbricamente poco accattivante l’Angelotti di Igor Durlovski, mentre convincenti sono parsi Eduardo Martínez come Sciarrone e Lorenzo Battagion nei panni di un carceriere particolarmente cinico nella visione di Poda. Nota di merito infine per la voce bianca Jacopo Gallo che ha cantato con voce limpida e celestiale il canto del pastorello ad inizio del terzo atto. Gea Garatti Ansini ha diretto con mano ferma e vigore il Coro del Teatro Regio e ottimo anche il contributo del Coro di voci bianche preparato da Claudio Fenoglio.






Sunday, June 14, 2026

Tosca - Teatro Regio di Torino (2 cast)

Credit foto: Daniele Ratti – Mattia Gai

Renzo Bellardone

Questa volta racconto un fatto personale! Tanti, ma proprio tanti anni fa, ai tempi della rivoluzione studentesca culturale del ‘68 non ascoltavo né musica sinfonica, nè lirica … per il solo fatto che era ascoltata dai miei genitori e nonni, quindi per contrapposizione generazionale! Contrapposizione che si è sciolta ascoltando dall’autoradio estraibile  Franco Corellli nel ‘Lucean le stelle’.. dalla Tosca di Puccini e con la musica lirica fu... AMORE A PRIMA VISTA!

 TOSCA – Teatro Regio Torino – 13 giugno 2026 Musica di Giacomo Puccini, Libretto di Luigi Illica e Giuseppe Giacosa, tratto dal dramma La Tosca di Victorien Sardou. Andrea Battistoni direttore d'orchestra. Stefano Poda regia, scene, costumi, coreografia e luci. Paolo Giani Cei regista collaboratore Claudio Fenoglio maestro del coro di voci bianche Gea Garatti Ansini maestro del coro Orchestra, Coro e Coro di voci bianche Teatro Regio Torino Nuovo allestimento Teatro Regio Torino. In coproduzione con Аbау Kazakh National Ореr Ekaterina Sannikova Floria Tosca Vincenzo Costanzo Mario Cavaradossi Claudio Sgura Scarpia Matteo Torcaso Il sagrestano Daniel Umbelino Spoletta Igor Durlovski  Cesare Angelotti Eduardo Martínez Sciarrone Lorenzo Battagion   Un carceriere Roberto Calamo             

Tosca è  un’opera lirica poeticamente feconda di arie divenute celebri ed amate in tutto il mondo! Chi non conosce ed ama «Recondita armonia», «Vissi d’arte», «E lucevan le stelle»? Come racconta lo stesso visionario realizzatore scenico in toto -regia, scene,costumi, luci, coreografia- ovvero il Premio Abbiati 2023 Stefano Poda, Tosca è ambientata tra il dualismo fra il settecento ormai decadente e l’ottocento dalle grandi speranze di rinnovamento civile e sociale in una romanità fatta di marmi e simbolismi. Alla presentazione di questa edizione di Tosca,  il Polo culturale Marengo con l’Unione giornalisti e i Comunicatori europei hanno consegnato a Poda ed al direttore musicale del Regio di Torino Andrea Battistoni, la Medaglia di Marengo a evidenziare il legame storico tra il libretto di Illica e Giacosa  e la vittoria di Napoleone alla Mattaglia di Marengo il 14 giugno 1800. Il capolavoro pucciniano nell’arte di Stefano Poda in collaborazione con Paolo Giami Cei, diviene, se possibile, ancora più capolavoro, riuscendo con essenzialità a creare spettacolarità e visualizzare il dialogo tra un passato recalcitrante a finire   e la contemporaneità che paga cari prezzi per realizzarsi; viene data una chiave di lettura affascinante e coinvolgente che trasporta lo spettatore in un mondo cognitivo ed al tempo stesso pura emozione travolto da una realizzazione spettacolare ed attrattiva sospesa in una costruzione impalpabile seppur definita. La  Roma pontificia con una feroce polizia che reprime e sopprime i seguaci di Bonaparte e i loro sostenitori e collaboratori,  è palcoscenico di un giallo storico ricco di colpi di scena amplificati dalla musica di Puccini che esalta ogni singolo personaggio ed offre ad ogni interprete la possibilità di esprimere vocalità e sentimento in unicum esaltante.Venendo a qualche dettaglio possiamo individuare al primo atto le teche delineate solo dai bordi illuminati con Santi e Madonna sovrastati da ologrammi classici tridimesionali  in continuo avvicendamento, sempre  rigorosamente bianchi  per interrompere con classe e maestria l’uniformità del colore grigio nelle varie tonalità ed il marmo dei palazzi romani. Interessante la sintonizzazione tra i toni più bassi dell’orchestra con il colpo di cannone a fuoco. Nel secondo atto spicca il Papa re che con cenni di direzione d’orchestra e coro, con paludamenti preziosi sovrasta la scena ad imperare su tutto quando gli sottostà. All’ultimo atto interessante l’ologramma della sola ala bianca dell’angelo a simboleggiare l’intero palazzo e...colpo di teatro Tosca non si butta dal Castello, ma è una parete del castello che cade (crollo dell’epoca e del sistema…) lasciando Tosca da sola in piedi: sola, ma vincitrice! Ancora un apprezzamento per i vari piani di scena sapientemente utilizzati per  l’architettura dei vari momenti, la cappella degli Attavanti,  la prigione e la fucilazione che hanno contribuito a circoscrivere con definizione i vari momenti e ambientazioni della narrazione. Una menzione ai costumi di grande cura ed attenzione, come per le guardie pontificie che indossano uniformi replicanti i colori clericali, il nero e il rosso creando una comunicazione filologica che coinvolge anche visivamente lo spettatore.. Ottimi i movimenti coreografici sempre improntati alla eleganza di movimento e all’impreziosimento della realizzazione.Un plauso ai cori di livello superbo e unicum con il tutto. Altro plauso all’orchestra ed al suo direttore musicale Andrea Battistoni che insieme traggono momenti di assoluta liricità e di estrema bellezza: commovente partecipazione e fuoco di emozioni. Venendo al cast: Katerina Sannikova,  elegante ed accorata Floria Tosca, commuove facendo rivivere la passione in tutto l’arco di colori, dal più passionale, al più cupo raggiungendo livelli vocali e scenici di tutto risalto insieme a Vincenzo Costanzo fieramente interprete di Cavaradossi. Scarpia, il potente sconfitto ed ucciso ‘da una donna’ è superbamente reso da Claudio Sgura in eccellente forma. Per semplicità e sintesi possiamo elogiare i vari interpreti ovvero Daniel Umbellino, Igor Durlovski, Eduardo Martinez, Lorenzo Battagion e Roberto Calanno. Tutti in ruolo e ben inseriti nell’azione scenica. In Tosca il coro ha ruolo determinante e non possiamo che applaudire Claudio Fenoglio maestro del coro di voci bianche e Gea Garatti Ansini maestro del coro. La Musica vince sempre!



Wednesday, October 15, 2025

Francesca da Rimini en Turín

Foto: Gaido Ratti - Teatro Regio di Torino 

Massimo Viazzo

Francesca da Rimini, compuesta por Riccardo Zandonai (1883-1944) en 1914, es su obra mas celebre. La oopera se basa en la tragedia homónima de Gabriele D’Annunzio, escrita por Eleonora Duse, la mas grande actriz de teatro de su tiempo, y cuya primera representación ocurrió en 1901.  A su vez, esta ultima obra, se inspira en el los celebres versos dantescos del V canto del infierno de la Divina Comedia, que se según se dice que probablemente, se basaban en una historia real.  Ambientada en la Romagna medieval, narra la trágica historia de Francesca, esposada con el lisiado Gianciotto Malatesta, pero a la vez enamorada del hermano Paolo il bello, en una historia de pasión y muerte que culmina con el asesinato de los dos amantes.  La música de Zandonai funde lirismo, con refinada sonoridad orquestal e intensos momentos dramáticos, reflejando la influencia del romanticismo tardío centro europeo y del impresionismo, ofreciendo un retrato emotivamente vivido de los personajes y de su mundo.  Se debe resaltar que la ópera tiene un significativo vinculo con el Teatro Regio de Turín, ya que fue representada en su estreno absoluto justo en la capital piamontesa el 19 de febrero de 1914, bajo la conducción de Ettore (Héctor) Panizza.  Andrea Bernard montó un espectáculo pulido, comprensible, simple y linear. La única licencia que se tomó fue la de crear los dobles infantiles de los protagonistas (Paolo y Francesca chicos), casi para querer afirmar que esta historia, esta triste historia, quizás había ya sido completamente esculpida desde la juventud, en su destino.  El director de escena ha mencionado que “la habitación de Francesca representa el núcleo escénico: el refugio seguro que la protagonista construyó para protegerse del mundo externo, violento y machista” De hecho, el espectáculo fue completamente ambientado en una habitación con paredes blancas, casi para definir una ambientación atemporal de la historia, aunque en presencia de una ambientación general que coloca a la ópera en la segunda mitad del siglo XIX. En ese sentido, se pudieron admirar los apropiados vestuarios creados por Elena Beccaro. La habitación de Francesca, bien ideada por el escenógrafo Alberto Beltrame, asumió casi la función de una prisión, pero al mismo tiempo le ofrecía protección a la misma Francesca, la cual vive la historia del libreto dannunziano entre sueño y realidad, entre memorias y recuerdos, un contexto que roza el psicoanálisis. Se recuerda el final del primer acto, notablemente logrado, con la primera aparición de Paolo: en el que el fondo se alzaba para dejar espacio a un exuberante y encantado jardín, dentro del cual se destacaba su poderosa y hermosa figura, mientras que el esplendido solo del violonchelo de la orquesta describía el éxtasis de ese supremo momento.  También, en el final del tercer acto, en escena con los dos amantes y sus dobles, simbolizaba la sublimación de una unión absoluta, fuera del tiempo, dando otro momento de fuerte emoción. Andrea Battistoni, nuevo director musical del Teatro Regio, en su primera inauguración de temporada, encontró justo en estas refinadas paginas musicales, suspendidas, vaporosas, difusas, multicolores; el justo equilibrio de timbres y dinamismo. Battistoni demostró además sensibilidad en el cuidado de las transiciones harmónicas, haciéndolas siempre ricas de sutilezas y significados. Por otro lado, en la ópera de Zandonai,¡la orquesta tiene un papel que es más que secundario! Su conducción fue teatral, dramática e impetuosa, y aunque quizás no siempre estuvo matizada en los forti, que por momentos parecieron poco llamativos (hasta el final del segundo acto).  Por lo que respecta al elenco, era evidente que las expectativas estaban concentradas en el desempeño de Roberto Alagna. A pesar de algunas desentonaciones en los timbres, ofreció una interpretación de gran espesor.   Alagna, a sus anchas en este papel, ha sabido atrapar cada matiz, delineando un personaje completo, fresco, apasionado y creíble, interpretando con transporte, pero sin excesos o manierismos. Su fraseo fue cuidado y musical, y convenció  plenamente, así como por su espontanea capacidad de identificación con el papel.  Desde el punto de vista vocal la Francesca de Barno  Ismatullaeva convenció por la homogeneidad en su timbre, la fluidez en la emisión y la facilidad en los passaggi di registro.  También su timbre mostró ser adecuada para el rol.  El único aspecto a mejor, de su por demás convincente interpretación, es una cierta carencia de emoción, pasión y perturbación, que deben caracterizar al personaje. Siniestro y feroz fue la representación de parte de George Gadnize como Gianciotto. El barítono georgiano ofreció sustancialmente una interpretación unidireccional. A su vez, estuvo sutilmente maligno y perverso el Malatestino de Matteo Mezzaro que cantó con una voz penetrante y de gran impacto comunicativo. Después, fue un lujo, la esclava de Smagardi interpretada con voz bruñida por Silvia Beltrami; y muy affiatate, brillantes y vocalmente atractivas estuvieron las cuatro damiselas: Valentina Mastrangelo  (Biancofiore), Sofia Koberidze (Donella), Albina Tonkikh (Garsenda) y Martina Myskohlid (Altichiara), estas dos últimas pertenecientes al Regio Ensemble.  Optima presencia tuvo el Ostasio de David Cecconi, como expresiva estuvo Valentina Boi en el papel de Samaritana.  Francesca da Rimini es una obra coral por lo tanto el entero elenco en su totalidad desempeña un papel de gran importancia, y en Turín nadie desilusionó: Enzo Peroni come Ser Toldo, Janusz Nosek como el juglar, Daniel Umbelino (Regio Ensemble) el ballestero, y Eduardo Martínez (Regio Ensemble) como el habitante de la torre. El Coro del Teatro Regio, en optima forma, fue dirigido con la habitual competencia y profesionalismo de Ulisse Trabacchin. Al final, fue un gran éxito para los protagonistas que fueron ovacionados por el público.  

 

Monday, October 13, 2025

Francesca da Rimini - Teatro Regio di Torino

Foto: Gaido Ratti - Teatro Regio di Torino 

Massimo Viazzo

Francesca da Rimini, composta da Riccardo Zandonai (1883-1944) nel 1914, è la sua opera più celebre. L’opera si basa sulla tragedia omonima di Gabriele D’Annunzio, scritta per Eleonora Duse, la più grande attrice teatrale del suo tempo, la cui prima rappresentazione avvenne nel 1901. Quest’ultima, a sua volta, si ispirava ai celebri versi danteschi del V Canto dell’Inferno della Divina Commedia, che si basavano, si dice, forse su una storia vera. Ambientata nella Romagna medievale, narra la tragica storia di Francesca, sposata allo storpio Gianciotto Malatesta, ma innamorata del fratello Paolo il bello, in una vicenda di passione e morte che culmina con l’assassinio dei due amanti.  La musica di Zandonai fonde lirismo, raffinate sonorità orchestrali e intensi momento drammatici, riflettendo l’influenza del tardo romanticismo mitteleuropeo e dell’impressionismo, e offrendo un ritratto emotivamente vivido dei personaggi e del loro mondo. Da sottolineare che l’opera ha un significativo legame con il Teatro Regio di Torino, essendo stata rappresentata in prima assoluta proprio nel capoluogo piemontese il 19 febbraio 1914, sotto la direzione di Ettore (Héctor) Panizza. Andrea Bernard ha allestito uno spettacolo pulito, comprensibile, semplice e lineare. L’unica licenza che si è preso è stata quella di creare i doppi infantili dei protagonisti (Paolo e Francesca ragazzi), quasi a voler affermare che questa storia, questa triste storia, fosse forse già tutta scolpita, fin dalla giovinezza, nel loro destino. Il regista ha dichiarato che «la stanza di Francesca rappresenta il fulcro scenico: un rifugio sicuro che la protagonista ha costruito per proteggersi dal mondo esterno, violento e maschilista». Lo spettacolo, infatti, è interamente ambientato in una stanza dalle pareti bianche, quasi a definire una collocazione atemporale della vicenda, pur in presenza di un’ambientazione generale che colloca l’opera nella seconda metà dell’Ottocento. Si possono ammirare in tal senso i costumi appropriati creati da Elena Beccaro. La stanza di Francesca, ben congegnata dalla scenografo Alberto Beltrame, assume quasi la funzione di una prigione, ma al contempo offre protezione a Francesca stessa, la quale vive la storia del libretto dannunziano tra sogno e realtà, tra memoria e ricordo, in un contesto che sfiora la psicanalisi. Da ricordare la notevole riuscita del finale del primo atto, con la prima apparizione di Paolo: il fondale si alzava per lasciare spazio a un giardino lussureggiante e incantato, all’interno del quale si stagliava potente la sua bellissima figura, mentre in orchestra lo splendido assolo di violoncello commentava l’estasi di quel momento supremo. Anche ilfinale del terzo atto, con in scena sia i due amanti che i loro doppi, a simboleggiare la sublimazione di un legame assoluto, fuori dal tempo, è stato un altro momento di forte emozione. Andrea Battistoni, nuovo direttore musicale del Teatro Regio, alla sua prima inaugurazione, ha trovato proprio in queste pagine musicali raffinate, sospese, vaporose, soffuse, trascoloranti, il giusto equilibrio timbrico e dinamico. Battistoni ha dimostrato inoltre sensibilità nella cura delle transizioni armoniche, rendendole sempre ricche di sottigliezze e significati. D’altronde, nell’opera di Zandonai l’orchestra ha un ruolo tutt’altro che secondario! La sua è stata una direzione teatrale, drammatica, impetuosa, anche se forse non sempre sfumata nei forti, che a volte sono parso un po’ plateali (finale secondo atto). Per quanto riguarda il cast, era evidente che le aspettative fossero concentrate sulla performance di Roberto Alagna. Il tenore francese, nonostante alcune stimbrature, ha offerto un’interpretazione di grande spessore. Alagna, profondamente a suo agio con questo ruolo, ne ha saputo cogliere ogni sfumatura, delineando un personaggio completo, fresco, appassionato e credibile, interpretato con trasporto ma senza eccessi o manierismi. Il suo fraseggio, curato e musicale, ha pienamente convinto, così come la sua spontanea capacità di immedesimazione. Dal punto di vista vocale, la Francesca di Barno Ismatullaeva ha convinto per l’omogeneità timbrica, la fluidità nell’emissione e la facilità nei passaggi di registro. Anche la timbrica si è rivelata adeguata al ruolo. Unico aspetto migliorabile della sua seppur convincente interpretazione, una certa mancanza di emozione, passione e turbamento, che dovrebbero caratterizzare il personaggio. Truce e feroce la rappresentazione di Gianciotto da parte di George Gagnidze. Il baritono georgiano ha offerto sostanzialmente un’interpretazione unidirezionale. Sottilmente maligno e perverso, invece, il Malatestino di Matteo Mezzaro, reso con voce penetrante e di grande impatto comunicativo. Un lusso, poi, la schiava Smaragdi interpretata con voce brunita da Silvia Beltrami, e affiatate, brillanti e vocalmente attraenti le quattro damigelle: Valentina Mastrangelo (Biancofiore), Sofia Koberidze (Donella), Albina Tonkikh (Garsenda) e Martina Myskohlid (Altichiara), le due ultime facenti parte del Regio Ensemble. Ottima presenza per l’Ostasio di Devid Cecconi ed espressiva Valentina Boi nei panni di Samaritana. Francesca da Rimini è un’opera corale e quindi l’intero cast nella sua interezza riveste un ruolo di grande importanza. E a Torino nessuno ha deluso: Enzo Peroni come Ser Toldo, Janusz Nosek il giullare, Daniel Umbelino (Regio Ensemble) il balestriere ed Eduardo Martínez (Regio Ensemble) iltorrigiano. Il Coro del Teatro Regio, in ottima forma, è stato diretto con la consueta competenza e professionalità da Ulisse Trabacchin. Grande successo di pubblico con ovazioni per i protagonisti.



Thursday, July 10, 2025

Andrea Chenier en Turín

Foto: © Mattia Gaido-Daniele Ratti

Massimo Viazzo

Existen compositores operísticos cuya fama se ha consolidado esencialmente gracias a un único título.  Se puede pensar, por ejemplo, en Georges Bizet (Carmen), Amilcare Ponchielli (La Gioconda), Arrigo Boito (Mefistofele), Pietro Mascagni (Cavalleria Rusticana) y Ruggero Leoncavallo (Mefistofele).  A esta lista se puede agregar tranquilamente el nombre de Umberto Giordano (1767-1948), de quien queda su única ópera Andrea Chénier que efectivamente ha entrado en el repertorio, aunque de modo alterno, y aun así es considerada una de las obras maestras del verismo italiano.  En la ópera están los típicos elementos pasionales del estilo verista, pero se encuentran también un espíritu artístico, nobleza de alma y amor patrio, que hacen de Chénier algo precioso en el melodrama italiano a cavallo entre el siglo XIX y el XX. Andrea Chénier, opera en cuatro cuadros de Umberto Giordano con libreto de Luigi Illica, tuvo su estreno en la Scala de Milán en 1896. Ambientada durante la revolución francesa, se inspira en la vida del poeta, que realmente vivió, Andrea Chénier, conocido por sus poesías políticas y por su trágico final.  La trama se desarrolla alrededor del triángulo amoroso entre Chénier, Maddalena de Coigny y Carlo Gerard, explorando temas de amor, pasión e idealismo en un periodo de profundas agitaciones históricas. Desde el punto de vista musical, la obra es célebre por sus potentes y dramáticas arias, que le son confiadas a los tres protagonistas. Tales arias, convertidas en obras centrales del repertorio lirico, son muy apreciadas por los apasionados y resaltan la belleza del canto y la fuerza emotiva de la música verista de Giordano.  En especial, el compositor se concentró en la escritura de la parte para el tenor, técnicamente exigente y extenuante, al punto que hizo que a Chénier se le conociera como una verdadera y justa tenor opera. Andrea Chénier que ha vuelto al Teatro Regio después de un poco de más de una década, desde su última aparición, es un titulo que tiene una tradición consolidada en el teatro piamontés, alimentada siempre por la presencia de grandes voces. En el ultimo medio siglo, sobre el escenario del teatro Regio se han presentado los tenores: Carlo Bergonzi, Plácido Domingo, Nicola Martinucci y Marcelo Álvarez, y entre las sopranos Rita Orlandi Malaspina, Daniela Dessì, María José Siri; y entre los barítonos Aldo Protti, Renato Bruson, Juan Pons y Alberto Mastromarino, ! un verdadero desfile de estrellas! El espectáculo ofrecido como clausura de la temporada del Teatro Regio fue ofrecido con la producción de Giancarlo del Monaco, con escenografías de Gabriel Bianco, vestuarios de Jesús Ruiz, iluminación de Vladi Spigarolo y coreografías y Barbara Staffolani; que convenció solo en parte.  El intento del director de escena era el de contextualizar los eventos, al menos en el primer acto, en el periodo histórico de la revolución francesa, como se narra en el libreto, para después realizar un salto en el tiempo, de algunos siglos y representar revoluciones y dictaduras más cercanas al público de hoy, con el fin de demostrar como desafortunadamente el mundo vive y se nutre de tales atrocidades en cada época. De este modo, los dos protagonistas no murieron en la guillotina, si no en un campo de concentración. La bandera francesa, elemento escenográfico habitual, fue sustituida por una inquietante bandera negra, ya presente en el segundo acto, como testimonio de la oprimente presencia de un régimen totalitario no bien especificado. Además, en el escenario no surgieron situaciones, gestos, movimientos, que apuntalaran una interpretación como esta, que, en un último análisis, resultó ser meramente ilustrativa. Tampoco la dirección de orquesta convenció plenamente. La baqueta le fue confiada a Andrea Battistoni, recientemente nombrado director musical del teatro piamontés. El director ofreció una lectura tensa, por momentos desenfocada, pero también un poco monocorde a nivel dinámico, privilegiando el forte y el fortissimo. Resultando ser una ópera poco fantasiosa, y demasiado monolítica, que ha privado de un poco de respiro y de nobleza.  En esta ocasión hubo tres óptimos protagonistas como: Gregory Kunde que personificó a un Andrea Chénier polifacético, poético (Un di all’azurro spazio), como también viril (Credo a una possanza arcana) y audaz (Sì, fui soldato). La línea de canto resultó sólida y musical, sobre todo en el registro más agudo, con frecuencia electrizante, afrontando con facilidad y presuntuoso mientras que, en los graves, tuvo algunos sonidos que parecieron estar desenfocados en el timbre.  Su indudable musicalidad le permitió esbozar un Chénier del todo creíble. Por su parte, Maria Agresta interpretó una Maddalena de Coigny de gran impacto emotivo, con un timbre seductor, un sonido pleno, con cuerpo, y una técnica refinada.  Agresta fraseó con sensibilidad haciendo un personaje de gran relieve. Su pieza más celebre La mamma morta, fue probablemente el momento más intenso de la entera noche. Franco Vassallo ofreció un desempeño sólido y seguro en el papel de Carlo Gerard, mostrando un timbre viril y un acento rico de pasión.  Su Nemico della patria, tan ardiente y atormentado, fue justificadamente muy apreciado. El elenco entero ofreció una función convincente, en particular Manuela Custer que interpretó con maestría el papel de Madelon, confiriéndole al personaje una profunda humanidad que emocionó al publico gracias a su rico y bruñido timbre vocal. En “Son la vecchia Madelon”, Custer logró dejar su impronta personal. Pero diré que todos los cantantes del cast mostraron perfecta adhesión a sus propios papeles, trabajando en sinergia: Mara Gaudenzi (Bersi), Federica Giansanti (Contessa de Coigny), Adriano Gramigni (Roucher), Nicolò Ceriani (Pietro Fléville y Fouquier Tinville), Vincenzo Nizzardo (Mathieu), Riccardo Rados (Incredibile), Daniel Umbelino (el abad y poeta), Tyler Zimmerman (Dumas), Janusz Nosek (Schmidt), estos últimos tres forman parte del Regio Ensemble. Se debe señalar también la importante contribución del Coro del Teatro Regio que dirige Ulisse Trabacchin. Un aspecto no plenamente positivo fue a causa de la presencia de tres intervalos de una duración considerable, que hicieron que la duración completa del espectáculo se alargara más allá de las tres horas y media. No obstante, el espectáculo concluyó con una ovación general.





 

Andrea Chénier - Teatro Regio di Torino

Foto:© Mattia Gaido-Daniele Ratti

Massimo Viazzo

Esistono compositori operistici la cui fama si è consolidata essenzialmente grazie a un’unico titolo. Si pensi, ad esempio, a Georges Bizet (Carmen), Amilcare Ponchielli (La Gioconda), Arrigo Boito (Mefistofele), Pietro Mascagni (Cavalleria Rusticana) e Ruggero Leoncavallo (Pagliacci). A questo elenco si può aggiungere tranquillamente il nome di Umberto Giordano (1767-1948), il cui Andrea Chénier resta l’unica sua opera effettivamente entrata in repertorio, seppur in modo alterno, pur essendo considerata uno dei capolavori del verismo italiano. Nell’opera ci sono i tipici elementi passionali dello stile verista, ma troviamo anche spirito artistico, nobiltà d’animo e amor patrio, che rendono lo Chénier qualcosa di prezioso nelpanorama del melodramma italiano a cavallo tra 800 e 900. Andrea Chénier, opera in quattro quadri di Umberto Giordano su libretto di Luigi Illica, debuttò alla Scala di Milano nel 1896. Ambientata durante la Rivoluzione Francese, si ispira alla vita del poeta, realmente vissuto, Andrea Chénier, noto per le sue poesie politiche e la sua tragica fine. La trama si sviluppa attorno al triangolo amoroso tra Chénier, Maddalena di Coigny e Carlo Gerard, esplorando temi di amore, passione e idealismo in un periodo di profondi sconvolgimenti storici. Dal punto di vista musicale , l’opera è celebre per le sue arie potenti e drammatiche, affidate ai tre protagonisti. Tali arie, divenute brani centrali del repertorio lirico, sono molto apprezzate dagli appassionati e mettono in risalto la bellezza del canto e la forza emotiva della musica verista di Giordano. In particolare, Giordano si concentrò sulla scrittura della parte per il tenore, tecnicamente impegnativa e faticosa, tanto da far appellare lo Chénier come una vera e proprio tenor opera. Andrea Chénier, che è tornato al Teatro Regio di Torino dopo poco più di un decennio dall’ultima sua apparizione, è un opera che ha una tradizione consolidata nel teatro piemontese, alimentata sempre dalla presenza di grandi voci. Nell’ultimo mezzo secolo sul palcoscenico del Regio si sono avvicendati tra i tenori Carlo Bergonzi, Placido Domingo, Nicola Martinucci e Marcelo Alvarez, tra i soprani Rita Orlandi Malaspina, Daniela Dessì, Maria Josè Siri, e tra i baritoni Aldo Protti, Renato Bruson, Juan Pons e Alberto Mastromarino. Una vera parata di stelle. Lo spettacolo allestito a chiusura di stagione dal Teatro Regio, e presentato con la regia di Giancarlo del Monaco (scene di DanielBianco, costumi di Jesus Ruiz, luci di Vladi Spigarolo e coreografia di Barbara Staffolani) ha convinto solo in parte. L’intento del regista era quello di contestualizzare gli eventi, almeno nel primo atto, nel periodo storico della Rivoluzione Francese, come narrato dal libretto, per poi operare un salto temporale di alcuni secoli e rappresentare rivoluzioni e dittature più vicine a noi, al fine di mostrare come il mondo purtroppo viva e si nutra di tali efferatezze in ogni sua epoca. In questo modo, i due protagonisti non moriranno sulla ghigliottina, ma in un campo di concentramento. La bandiera francese, elemento scenografico abituale, è stata sostituita da un’inquietante bandiera nera, già presente nel secondo atto, a testimonianza dell’opprimente presenza di un regime totalitario non meglio specificato. Tuttavia, in scena non sono emerse situazioni, gesti o movimenti, tali da supportare una simile interpretazione, che, in ultima analisi, è risultata meramente illustrativa. Anche la direzione d’orchestra non ha convinto pienamente. La bacchetta era affidata ad Andrea Battistoni, recentemente nominato direttore musicale del teatro piemontese. Il direttore ha presentato una lettura tesa, a tratti infuocata, ma anche un po’ monocorde a livello dinamico, privilegiando il forte e il fortissimo. Ne è risultata una resa dell’opera poco fantasiosa e un po’ troppo monolitica, che le ha tolto un po’ di respiro e nobiltà. Ed eccoci ai tre ottimi protagonisti. Gregory Kunde ha impersonato un Andrea Chénier sfaccettato, poetico (Un dì all’azzurro spazio), ma anche virile (Credo a una possanza arcana) e audace (Sì, fui soldato). La linea di canto è risultata salda e musicale soprattutto nel registro più acuto, spesso elettrizzante e affrontato con facilità e spavalderia, mentre in basso qualche suono è parso un po’ sfocato timbricamente. La sua indubbia musicalità gli consentito di tratteggiare uno Chénier del tutto credibile. Maria Agresta ha interpretato una Maddalena de Coigny di grande impatto emotivo. Con una timbrica seducente, un suono pieno e corposo e una tecnica raffinata, la Agresta ha fraseggiato con sensibilità, restituendo un personaggio a tutto tondo. Il suo brano più celebre, La mamma morta, è stato probabilmente il momento più intenso dell’intera serata. Franco Vassallo ha offerto una prova solida e sicura nei panni di Carlo Gérard, mettendo in mostra un timbro virile e un accento ricco di passione. Il suo Nemico della patria, così ardente e tormentato, è stato giustamente molto apprezzato. L’intero cast ha offerto una performance convincente. In particolare, Manuela Custer ha interpretato con maestria il ruolo di Madelon, conferendo al personaggio una profonda umanità che ha emozionato il pubblico grazie alla sua timbrica vocale ricca e brunita. In “Son la vecchia Madelon”, la Custer ha saputo imprimere la sua impronta personale. Ma, direi, che tutti i cantati del cast hanno mostrato perfetta aderenza ai propri ruoli, lavorando in sinergia: Mara Gaudenzi (Bersi), Federica Giansanti (Contessa de Coigny), Adriano Gramigni (Roucher), Nicolò Ceriani (Pietro Fléville e Fouquier Tinville), Vincenzo Nizzardo (Mathieu), Riccardo Rados (Incredibile), Daniel Umbelino (L’abate poeta), Tyler Zimmerman (Dumas), Janusz Nosek (Schmidt), gli ultimi tre facenti parte del Regio Ensemble. Da segnalare anche l’importante contributo del Coro del Teatro Regio diretto da Ulisse Trabacchin. Un aspetto non pienamente positivo è stato rappresentato dalla presenza di ben tre intervalli di durata considerevole, che hanno portato la durata complessiva dello spettacolo oltre le tre ore e mezza. Ciononostante, lo spettacolo si è concluso con un’ovazione generale.