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Sunday, March 15, 2026

Macbeth en Turín, Italia

Fotos: Mattia Gaido

Massimo  Viazzo 

Macbeth de Giuseppe Verdi (1813-1901) ha atravesado la entera carrera artística de Riccardo Muti desde sus principios en Florencia en el Maggio Musicale Fiorentino, en el lejano 1975.  El célebre director de orquesta napolitano retornó el Teatro Regio de Turín para dirigir la muy querida obra maestra verdiana, después de haber conducido en la capital piamontesa del 2021 las producciones de Così fan tutte, Don Giovanni y Un ballo in maschera, consolidando así un provechoso vinculo de colaboración con el teatro, su cuarta presencia en cinco años, hecho de orgullo para el mismo teatro y para la ciudad. Macbeth, melodrama en cuatro actos, toma su inspiración de la homónima tragedia de Willam Shakespeare. Es ampliamente sabido que el dramaturgo ingles representó una fuente inagotable de estímulos en la entera vida de compositor de Giuseppe Verdi, culminada, entre otras, con Otello y Falstaff, sus dos últimas obras maestras, también inspiradas justo en obras teatrales del Bardo de Avon. La primera representación de la ópera tuvo lugar en 1847 en el Teatro della Pergola de Florencia. Para la presente producción turinesa fue elegida, como ocurre frecuentemente, la versión más extensa y rica revisada por el autor en 1865. La ópera, un drama intenso de tonos oscuros, indaga la desmesurada ambición de Macbeth y de Lady Macbeth, ambiciones que los conducen a planear y cumplir atroces delitos, entre los que se encuentra un regicidio, por la conquista del poder.  En esta obra, y por primera vez, Verdi profundiza de modo impresionante en la psicología de los personajes acompañándolos de lucidez dramática hasta su inevitable caída. Con su profundo conocimiento del mundo verdiano, Riccardo Muti, exploró la profundidad de la orquesta, extrayendo timbres de extraordinaria potencia dramática. La meticulosa atención que apunta a cada pausa, a cada respiro y fraseo, suscitó frecuentemente la impresión de hacernos asistir a una interpretación inédita, casi como si se tratase de una ópera nueva. Muti posee una profunda compresión del significado que Verdi atribuía al termino “tinta”, es decir a la búsqueda de colores orquestales específicos, atmosferas emotivas, detalles rítmicos, armónicos concentrados (agglomerati), que si bien, aparte de la página escrita, sabían conferir unidad y reconocimiento a la ópera misma. En tal sentido, Macbeth, es una opera en la que lo  inevitable y lo inexorable viajan juntas a la par paso con la oscuridad y los exteriores tenebrosos y sobre todo en el interior de los dos protagonistas. La conducción de Riccardo Muti, caracterizada de una atención escrupulosa y de un profundo análisis, se ha mostrado  particularmente iluminante, ofreciendo la rara capacidad de transportar al escucha directamente al interno del drama, envolviéndolo en la complejidad del  delirio humano sin recurrir a artimañas escandalosas o grotescas, solo a través del dictado de la pagina musical. En sus concesiones, la orquesta asumió  el papel de indiscutida protagonista, una voz interior de extraordinaria potencia psicológica de valor casi wagneriana, y la orquesta del Teatro Regio y lo siguió  de manera esplendida.  Después de una introducción caracterizada de una mayor rapidez y tensión (Preludio), la conducción de Muti se orientó hacia tiempos más ponderados y serenos.  En consecuencia, la entera escena del brindis (del segundo acto), así como el ballet de las brujas (del tercer acto), presentaron un andamiento más lento de lo acostumbrado.  Sin embargo, tal elección no determinó un alejamiento de la tensión, si no que ofreció la oportunidad de enfatizar con mayor eficacia cada matiz y detalle orquestal, permitiendo una inmersión más profunda en la mente distorsionada y psíquicamente alienada, del protagonista. Todo esto se realizó en perfecta sintonía con la dirección escénica de Chiara Muti, hija del director.  Con el apoyo de un equipo de profesionales altamente calificados, compuesto por Alessandro Camera (escenografía) Ursula Patzak (vestuarios), Simone Valastro (coreografía) y Vincent Longuemare (iluminación). Muti emprendió un recorrido dramatúrgico con el que volvió a representar la historia shakesperiana como una proyección mental del personaje de Macbeth. La ambientación elegida fue la de un lugar – no lugar, el de una área desolada e irreal, de un lugar de sombras situado en el interior de la psique disturbada del protagonista.  El espacio escénico se caracterizó por la ausencia de elementos escénicos tradicionales, con una predominancia de las tonalidades del negro al gris. El uso de telones móviles, sabiamente iluminados, permitió delimitar de la mejor manera y definir el espacio escénico.  Las brujas, figuras representadas frecuentemente de modo descabellado y a veces incluso ridículo, encontraron en esta ocasión una representación particularmente convincente, siendo literalmente parte de la imaginación turbada y psíquicamente alterada de Macbeth. Las imágenes de un imponente ojo, inicialmente sugeridas mediante un arco escénico que encuadraba el escenario, y sucesivamente hechas visibles al centro de este (en la escena del sortilegio al inicio del tercer acto), fue un testimonio de la posibilidad de que la entera narración teatral haya sido percibida a través de la prospectiva de Macbeth.  Tal prospectiva, distorsionada y alterada lo haría mas vulnerable a manipulaciones y auto condicionamientos hasta conducirlo a la ruina.  Como afirmó Chiara Muti, las brujas encarnaron la dicotomía entre el bien y el mal, lo correcto y lo equivocado, lo moral e inmoral, lo objetivo y lo subjetivo, lo visible e invisible. Representando el umbral entre lo no dicho y lo no determinado, figuras andróginas que fungían como guardianes de las puertas entre lo consciente y lo inconsciente, lo natural y lo sobrenatural, el sueño y la realidad. En ese sentido, esta nueva producción (en asociación con el Teatro Massimo de Palermo) se distinguió por una cifra estilística, clara, fuerte y bien definida, apreciada también por el público. Los resultados de excelencia conseguidos por esta producción no se hubieran podido realizar sin un elenco de alto nivel, a partir de la pareja real, interpretada por Luca Micheletti y Lidia Fridman, dos auténticos fuera de clase.  Desde el punto de vista escénico, dieron vida a sus personajes, complejos y perturbadores, con una realización de fuerte impacto teatral, convincente y del todo creíble. Además, fue la palabra escénica, elemento fundamental de la opera verdiana en general, la que encontró en ellos una perfecta realización.  Luca Micheletti quien es actor y director de escena, además de barítono, mostró una profunda compresión al darle importancia al canto de cada frase del libreto, con su color y con sus inflexiones, esculpiendo cada palabra con precisión y nitidez, como puñaladas punzantes. Por otra parte, el canto de Fridman, soprano rusa que realizó sus primeros pasos en Italia no fue menos. Lidia Fridman mostró no solo que comprende el significado de lo que cantaba, sino que también supo transmitirlo con rara fuerza dramática.  Ambos cantantes supieron apoyar sus interpretaciones con optima técnica vocal, rico timbre, acento incisivo, seguridad en la emisión, perfecta proyección vocal y seguridad también en los agudos. Fridman se distinguió particularmente en su tres magnificas arias justo por la capacidad de saber arriesgar sin guardarse nada. ¡De escalofrío estuvo su escena del sonambulismo! Se trata de una artista preparada y escrupulosa en el estudio. Con una voz siempre vibrante e intensa. Micheletti supo alcanzar las cuerdas más profundas del ánimo, transmitiendo tormento e inquietud con autentica pasión, y culminando con una soberbia interpretación de la célebre aria del último acto “Pietà, rispetto, onore”. Yendo al resto del elenco. Giovanni Sala ofreció una realización de Macduff caracterizada de cierta expansividad, con una voz de grato color y un acento generoso, mientras que el Banco de Maharram Huseynov se distinguió por su elegancia, aunque resultó  poco incisivo en su interpretación. Todos los demás mostraron dedicación y fiabilidad para el completo éxito del espectáculo. En especial: Chiara Polese (Dama de Lady Macbeth), Riccardo Rados (Malcolm), Luca Dall’Amico (el medico) Eduardo Martínez (un criado), Tyler Zimmermann (un sicario) Daniel Umbelino (un araldo) y Lorenzo Battagion (primera aparición). Como no alabar y agradecer al Coro del Teatro Regio, dirigido con preparación y transporto por parte Piero Monti, en uno de los momentos más memorables de la velada; el coro “Patria oppressa”. oppressa”.  Al final del espectáculo hubo extraordinarias ovaciones sobre todo para Luca Micheletti, Lidia Fridman y naturalmente para el artífice de esta notable producción, el maestro Riccardo Muti.



Macbeth - Teatro Regio di Torino

Foto: Mattia Gaido

Massimo Viazzo

Macbeth di Giuseppe Verdi (1813-1901) ha attraversato l’intera carriera artistica di Riccardo Muti sin dai suoi esordi a Firenze al Maggio Musicale, nel lontano 1975. Il celebre direttore d’orchestra napoletano ritorna al Teatro Regio di Torino per dirigere l’amatissimo capolavoro verdiano, dopo aver curato nel capoluogo piemontese dal 2021 le produzioni di Così fan tutte, Don Giovanni e Un ballo in maschera, consolidando così un proficuo rapporto di collaborazione con il teatro, quarta presenza in cinque anni, nota di vanto per il teatro stesso e per la città. Macbeth, melodramma in quattro atti, trae ispirazione dall’omonima tragedia di William Shakespeare. È ampiamente riconosciuto che il dramaturgo inglese rappresentò una fonte inesauribile di stimoli per l’intera vita compositiva di Giuseppe Verdi, culminata, tra l’altro, con Otello e Falstaff, i due suoi ultimi capolavori anch’essi ispirati proprio a opere teatrali del Bardo di Avon. La prima rappresentazione dell’opera ebbe luogo nel 1847 presso il Teatro della Pergola di Firenze. Per la presente produzione torinese è stata scelta, come spesso accade, la versione più estesa e ricca riveduta dall’autore nel 1865. L’opera, un dramma intenso dai toni cupi, indaga l’ambizione smisurata di Macbeth e Lady Macbeth, ambizione che li conduce a progettare e compiere delitti efferati, tra cui un regicidio, per la conquista del potere. Verdi in quest’opera, per la prima volta, approfondisce in modo impressionante la psicologia dei personaggi, accompagnandoli con lucidità drammatica fino alla loro inevitabile caduta. Riccardo Muti, con la sua profonda conoscenza del mondo verdiano, esplora le profondità dell’orchestra, estraendone timbriche di straordinaria potenza drammatica. L’attenzione meticolosa rivolta ad ogni singola pausa, a ogni respiro e fraseggio ha spesso suscitato l’impressione di farci assistere ad un’interpretazione inedita, quasi come se si trattasse di un’opera nuova. Muti possiede una profonda comprensione del significato che Verdi attribuiva al termine “tinta”, ovvero la ricerca di colori orchestrali specifici, atmosfere emotive, dettagli ritmici, agglomerati armonici, che ben oltre la pagina scritta sapevano conferire unitarietà e riconoscibilità all’opera stessa. Macbeth, in tal senso, è un’opera in cui l’ineluttabilità e l’inesorabilità viaggiano di pari passo con l’oscurità e le tenebre esteriori e soprattutto interiori dei due protagonisti. La direzione di Riccardo Muti, contraddistinta da un’attenzione scrupolosa e da un’analisi approfondita, si è rivelata particolarmente illuminante, offrendo la rara capacità di trasportare l’ascoltatore direttamente all’interno del dramma, avvolgendolo nella complessità del delirio umano, senza ricorrere a espedienti plateali o grossolani, ma solo attraverso il dettato della pagina musicale. Nella sua concezione, l’orchestra ha assunto il ruolo di protagonista indiscussa, una voce interiore di straordinaria potenza psicologica, di valenza quasi wagneriana. E l’Orchestra del Teatro Regio lo ha splendidamente seguito. A seguito di un’introduzione caratterizzata da una maggiore rapidità e tensione (Preludio), la direzione di Muti si è orientata verso tempi più ponderati e distesi. Di conseguenza l’intera Scena del brindisi (Atto II), così come, ad esempio, il Balletto delle streghe (Atto III), hanno presentato un andamento più lento del solito. Tale scelta non ha determinato, tuttavia, un allentamento della tensione, bensì ha offerto l’opportunità di enfatizzare con maggiore efficacia ogni sfumatura e dettaglio orchestrale, consentendo un’immersione più profonda nella mente disturbata e psichicamente alienata del protagonista. Ciò si è realizzato in perfetta sintonia con la regia di Chiara Muti, figlia del direttore. Con il supporto di un team di professionisti altamente qualificati, composto da Alessandro Camera (scenografia), Ursula Patzak (costumi), Simone Valastro (coreografia) e Vincent Longuemare (luci), la Muti ha intrapreso un percorso drammaturgico volto arappresentare la vicenda shakespeariana come una proiezione mentale del personaggio di Macbeth. L’ambientazione scelta è stata quella di un luogo- non luogo, di un’area desolata e non reale, di un luogo di ombre situato all’interno della psiche disturbata del protagonista. Lo spazio scenico era caratterizzato dall’assenza degli elementi scenici tradizionali, con una predominanza delle tonalità del nero e del grigio. L’utilizzo di sipari mobili, sapientemente illuminati, ha poi consentito di delimitare al meglio e definire lo spazio scenico. Le streghe, figure spesso rappresentate in modi disparati e talvolta persino ridicoli, hanno trovato in questa occasione una rappresentazione particolarmente convincente, essendo letteralmente partorite dall’immaginazione turbata e psichicamente alterata di Macbeth. L’immagine di un imponente occhio, inizialmente suggerita mediante un arco scenico che inquadrava il palco, e successivamente resa ben visibile al centro dello stesso (nella Scena del sortilegio all’inizio dell’Atto III), testimonia la possibilità che l’intera narrazione teatrale sia stata percepita attraverso la prospettiva di Macbeth. Tale prospettiva, distorta e alterata, lo renderà vulnerabile a manipolazioni e autocondizionamenti fino a condurlo alla rovina. Come affermato da Chiara Muti, le streghe incarnano la dicotomia tra bene e male, giusto e sbagliato, morale e immorale, oggettivo e soggettivo, visibile e invisibile. Rappresentano la soglia tra il non detto e il non determinato, figure androgine che fungono da guardiane alla porta tra il conscio e l’inconscio, il naturale e il soprannaturale, il sogno e la realtà. In tal senso, questo nuovo allestimento (in coproduzione con il Teatro Massimo di Palermo) si è distinto per una cifra stilistica chiara, forte e ben definita, apprezzata anche dal pubblico. I risultati di eccellenza conseguiti da questa produzione non si sarebbero potuti realizzare senza un cast di alto livello, a partire dalla coppia reale,interpretata da Luca Micheletti e Lidia Fridman, due autentici fuoriclasse. Dal punto di vista scenico, hanno dato vita ai loro personaggi, complessi e disturbanti, con una realizzazione di forte impatto teatrale, convincente e del tutto credibile. Inoltre, è la parola scenica, elemento fondamentale dell’opera verdiana in generale, ad aver trovato in loro una perfetta realizzazione. Luca Micheletti, attore, regista, oltre che baritono, ha mostrato profunda comprensione nel dare importanza al canto di ogni frase del libretto, al suo colore e alle sue inflessioni, scolpendo ogni parola con precisione e nettezza, come stilettate sferzanti. D’altro canto la Fridman, soprano russo che ha mosso i primi passi in Italia, non è stata da meno. Lidia Fridman ha mostrato non solo di comprendere il significato di ciò che cantava, ma anche di saperlo trasmettere con rara forza drammatica. Entrambi i cantanti hanno saputo supportare la loro interpretazione con un’ottima tecnica vocale, timbrica ricca, incisività d’accento, sicurezza di emissione, perfetta proiezione vocale e sicurezza anche sugli acuti. La Fridman si è distinta particolarmente nelle sue tre magnifiche arie proprio per la capacità di saper rischiare senza risparmiarsi. Da brividi la Scena del sonnambulismo. Un’artista preparata e scrupolosa nello studio. Con una vocalità sempre vibrante, emozionante e intensa, Micheletti ha saputo raggiungere le corde più profonde dell’animo, trasmettendo tormento e inquietudine con passione autentica, e culminando nella superba interpretazione della celebre aria dell’ultimo atto, “Pietà, rispetto, onore”. Venendo al resto del cast, Giovanni Sala ha offerto una realizzazione di Macduff caratterizzata da una certa espansività, con una voce di bel colore e con un accento generoso, mentre il Banco di Maharram Huseynov si è distinto per la sua eleganza, pur risultando poco incisivo nell’interpretazione. Ma tutti hanno mostrato dedizione e affidabilità per la completa riuscita dello spettacolo. In particolare Chiara Polese (Dama di Lady Macbeth), Riccardo Rados (Malcolm), Luca Dall’Amico (il medico), Eduardo Martínez (un domestico), Tyler Zimmerman (un sicario), Daniel Umbelino (l’araldo) e Lorenzo Battagion (prima apparizione). E come non lodare e ringraziare il Coro del Teatro Regio, diretto con preparazione e trasporto da Piero Monti, per uno dei momenti più memorabili della serata, il coro “Patria oppressa”. oppressa”. Straordinarie ovazioni alla fine dello spettacolo soprattutto per Luca Micheletti, Lidia Fridman e naturalmente per il demiurgo di questa notevole produzione, ¡il maestro Riccardo Muti!



Sunday, April 7, 2024

Réquiem de Mozart en Turín

Foto: © Mattia Gaido – Cortesia de Lingotto Musica

Ramón Jacques 

La asociación musical Lingotto Música, que desde hace varios años se encarga de gestionar en esta ciudad temporadas con las orquestas de cualquier latitud, tuvo como invitada hace algunas semanas en su moderna sede el Auditórium Giovanni Agnelli, construida en la antigua fábrica de automóviles Fiat, a la Chicago Symphony Orchestra con su director emérito Riccardo Muti, y en unos meses más tendrá a la Bayerisches Staatsorchester de Múnich dirigida Vladimir Jurowski, por citar algunos ejemplos; recibió ahora a otra agrupación de muy alto nivel, el ensamble -orquesta y coro- de origen ruso, MusicAeterna, sin duda una de los mejores en la ejecución de obras con instrumentos antiguos. No estando exenta de algunos obstáculos que viven los artistas de ese país por situaciones ajenas al mundo musical, el ensamble logró llevar a cabo algunos conciertos en España y en Italia, y en esta ocasión concedió un notable concierto dedicado íntegramente a Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) enfocada en una de sus piezas vocales más conocidas: el Réquiem para solistas, coro y orquesta en re menor KV 626.  Sin embargo, en la primera parte se escuchó una ejecución muy satisfactoria del Concierto para fortepiano y orquesta n. 14 en do menor KV 491 obra en tres movimientos ejecutados con dinamismo y destreza por la joven pianista rusa Olga Pashchenko, que como ella misma explicó, y en busca de encontrar un sonido más afín al estilo de la orquesta, tocó un fortepiano -el instrumento de cuerda y teclado que se ubica entre el clavicordio y el piano del siglo XIX- que emite un sonido puro y  límpido, tipo Walter hammersclavier de 1792 (pitch 430hz) como el que se solía utilizar en la época de Mozart. La naturalidad con la que tocó la pianista en conjunción y unión con los instrumentistas agradó placenteramente que, ante los insistentes aplausos, se agregaron dos bises fuera de programa; el primero fue el Concierto para clavicémbalo y orquesta de cuerdas en re mayor una rareza de obra, en un movimiento del compositor Dmitry Bortnyansky, y después en solitario regaló una versión del Rondo a la ingharese casi un Capriccio en sol mayor op. 129 de Ludwig Van Beethoven. A continuación, se escuchó una valiosa y explosiva versión historicista del réquiem. Como es costumbre en muchas de las obras que dirige, el director ruso-griego Teodor Currentzis, añadió su toque personal, ejecutando al inicio la Música fúnebre masónica en do menor para orquesta KV477/ KV479a (1785), y después en la total oscuridad de la sala, con tan solo unas velas, se escuchó una tenue, serena y apenas perceptible pieza de canto gregoriano, previo al Réquiem aeternaem, con algunas de las voces masculinas del coro; así como un amen al final de la tercera parte III Sequentia. Esta versión, con algunas adaptaciones del réquiem dejo momentos memorables como el Introitus y la potente fuga baquiana del Kyrie, con las partes completadas por Franz Xaver Süssmayr de acuerdo a las anotaciones de Mozart a la que se le agregó la frase “Cum sanctis tuis in aeterneum”  Es necesario mencionar las partes donde intervinieron los solistas como el Tuba mirum con la voz profunda del bajo Alexey Tikhomirov, entre estos solistas el de mayor trayectoria internacional, o el Recordare con la claridad, la coloración vocal y la musicalidad que aportó la soprano Elizaveta Sveshnikova, en unión con la del tenor Egor Semenkov, poseedor de una grata y dúctil voz, adecuada para este repertorio, y con el contratenor Andrey Nemzer, quien tuvo un satisfactorio aporte a pesar de una emisión algo rígida y artificial. El amplio coro tuvo momentos resplandecientes como en el Confutatis y Lacrimosa, entre otros. Fue evidente la conjunción que tuvieron con los instrumentistas como un ensamble que acostumbra a trabajar de manera estrecha.  Muy voluntariosa y homogénea se escuchó la orquestación, cargada del sentido y sentimiento que le aportó cada musico de las cuerdas, los chelos, las percusiones y los metales.  Al final del concierto hubo una explosión de júbilo, pocas veces vista, entre los propios músicos en la que todos se abrazaron, se besaron y se felicitaron entre ellos. El grupo fundado en el 2004 por Teodor Currentzis, ya no tiene como base el teatro de Perm Rusia, si no que ahora es una agrupación independiente que realiza constantemente, en la medida que le es posible, giras por diversas ciudades europeas, colaboraciones con otros grupos de música antigua, algunos franceses, y se presenta en importantes festivales. Currentzis, quien se encuentra en la actualidad en el ojo del huracán por sus vínculos políticos y fuentes de financiamiento, ha sido vetado de algunas presentaciones y conciertos, es sin duda una personalidad.  Sus movimientos y poses frente a la orquesta, resultaron por momentos exagerados, sobreactuados, quizás poco estéticos, pero no carentes de pasión con la que siente la música, y el conocimiento, el control, la precisión y la puntualidad en su lectura. Indudablemente se trata de personalidad especial.  Al final, se escucharon tumultuosos aplausos por parte del público, en una sala repleta, y que fue contagiado, como pocas veces, por la efectividad del concierto presenciado.



Monday, March 4, 2024

Un Ballo in Maschera en Turín

Foto: Andrea Macchia / Teatro Regio di Torino

Massimo Viazzo

Marzo 3 del 2024 No se puede escribir sobre Un Ballo in Maschera presentado en el Teatro Regio de Turín sin hablar de “el”, de Riccardo Muti, el demiurgo verdiano por excelencia y específicamente en esta nueva producción, extraordinario modelador de frases musicales, incansable labrador de detalles a menudo desconocidos en la búsqueda continua de esa "tinta" (para usar el término utilizado por el propio Verdi) que hace tan única una interpretación tan tensa, toda luces y sombras, teatralmente vívida y constantemente en equilibrio entre el drama y la comedia, lo que es además peculiar de un título de Verdi como este, muy original, a veces esquivo y lleno de perlas musicales. Muti alentó los tempi y aligeró la trama orquestal respecto a otras interpretaciones del mismo título realizadas en el pasado (hay escuchar por ejemplo el final del primer cuadro). ¿Y qué decir de los acompañamientos mozartianos en las intervenciones del paje Oscar? ¡Una verdadera delicia! Por lo tanto, la orquesta del Teatro Regio estuvo al pie del cañón, y hoy, si todavía fuera necesario, se entendió que tan importante es el tejido orquestal para la mejor interpretación de la ópera verdiana. Por otra parte, Muti siempre ha aborrecido a quienes sostienen que para interpretar bien a Verdi solo es suficiente con acompañar a los cantantes. El director escénico Andrea de Rosa, con las escenografías y vestuarios preparados respectivamente por Nicolas Bovey y Ilaria Ariemme, impuso un espectáculo por demás tradicional, ambientado en un palacio del siglo XVIII con inserciones más modernas (que tal vez crearon un poco de confusión), como la definición de la cueva de Ulrica, deliberadamente moderna con la adivina retratada como una verdadera atracción de la fiesta e interpelada como mero entretenimiento de los espectadores. De Rosa se centró mucho sobre el expediente de la "máscara" que llevan prácticamente desde el inicio todos los personajes. Por supuesto, la máscara indica desilusión y disimulo, además como de libreto, pero el efecto del baile final, por ejemplo, pareció un poco debilitado. A la larga, el significado de esta elección del director tendió a desvanecerse. Tampoco convenció plenamente la realización de un Riccardo de Warwick pariente cercano del Duque de Mantua, algo que se intuyó desde el inicio del primer acto. El elenco pareció ser homogéneo y todos contribuyeron a un buen resultado final que fue muy apreciado por el público que abarrotó la sala. Piero Pretti cantó con elegancia y un cierto squillo aunque también le faltó un poco el transporte y la emoción.  Aunque su Riccardo no tocó las fibras más profundas de la pasión lució atento y a veces atrevido. Lidia Fridman esbozó una Amelia de hermoso timbre bruñido y con una voz rica de sonidos armónicos en la zona media baja de la tesitura. Correcta y sólida, aunque en los agudos la voz pareció tener menos cuerpo, pero no por ello fue menos segura y mostró siempre gran precisión para afrontar las líneas musicales más insidiosas. Luca Micheletti prestó su voz a un espontáneo, impulsivo y resuelto Renato, algo forzado en la parte aguda, pero con un timbre rotundo y un acento franco. Después Micheletti, sabe cómo pararse en escena como pocos. Gran impacto vocal tuvo la Ulrica de Alla Pozniak,  aunque su fraseo no fue siempre muy refinado; mientras que Damiana Mizzi interpretó a Oscar con maestría en la agilidad, facilidad y dinamismo.  Óptimos estuvieron los personajes de acompañamiento como: Sergio Vitale (Silvano), Daniel Giulianini y Luca D’Amico (Samuel e Tom). Al final, el Coro del Teatro Regio fue dirigido con rigor estilístico por Ulisse Trabacchin.



Un Ballo in Maschera - Teatro Regio di Torino

Foto: Andrea Macchia / Teatro Regio di Torino

Massimo Viazzo

Non si può scrivere del Ballo in Maschera andato in scena al Teatro Regio di Torino senza iniziare da «lui», da Riccardo Muti, demiurgo verdiano per eccellenza e specificamente in questa nuova produzione straordinario modellatore di frasi musicali, cesellatore instancabile di dettagli spesso sconosciuti, alla ricerca continua di quella «tinta» (per usare il termine usato dallo stesso Verdi) che rende così unica un’interpretazione tesissima, tutta luci e ombre, teatralmente vivida, e in bilico continuo tra dramma e commedia, cosa d’altronde peculiare ad un titolo verdiano come questo, originalissimo, a tratti sfuggente e pieno zeppo di perle musicali. Muti rallenta i tempi e alleggerisce la trama orchestrale rispetto alle altre interpretazioni, fatte in passato, dello stesso titolo (sentire ad esempio il finale dell’atto primo). E che dire degli accompagnamenti mozartiani agli interventi del paggio Oscar? Una vera delizia. Orchestra del Teatro Regio sugli scudi quindi! Oggi, se ce n’era ancora bisogno, si è capito quanto sia importante il tessuto orchestrale per la miglior resa dell'opera verdiana. E d’altronde Muti ha sempre aborrito chi sostiene che per eseguire bene Verdi sia sufficiente accompagnare i cantati. Il regista Andrea de Rosa, con le scene e costumi approntati rispettivamente da Nicolas Bovey e Ilaria Ariemme, ha impostato uno spettacolo per lo più tradizionale, ambientato in un palazzo del ‘700, con inserti più moderni (che forse hanno creato un po’ di confusione), come ad esempio la definizione dell’antro di Ulrica, volutamente moderno con l’indovina tratteggiata come una vera e propria attrazione della festa e interpellata per mero divertimento degli astanti. De Rosa punta parecchio sull’espediente della “maschera” indossata già all’inizio dell’opera praticamente da tutti i personaggi. Certo, la maschera indica disinganno, dissimulazione, come da libretto d’altronde, ma l’effetto finale del ballo conclusivo ad esempio pare un po’ depotenziato. Alla lunga il senso di questa scelta registica tende ad affievolirsi. E non convince appieno nemmeno la realizzazione di un Riccardo di Warwick parente prossimo del libertino Duca di Mantova, cosa intuibile all’inizio del primo atto. Il cast è parso omogeneo e tutti hanno contribuito ad un buon risultato finale apprezzatissimo dal pubblico che gremiva la sala. Piero Pretti ha cantato con eleganza e un certo squillo anche se è mancato un poco il trasporto e l’emozione. Il suo Riccardo pur non toccando le corde più profonde della passione è parso attento e a tratti baldanzoso. Lidia Fridman ha tratteggiato una Amelia di bella timbrica brunita con una voce ricca di suoni armonici nella zona medio bass della tessitura. Corretta e solida, anche se sugli acuti la voce pareva meno corposa ma non per questo meno sicura, ha mostrato sempre grande precisione nell’affrontare anche le linee musicali più insidiose. Luca Micheletti ha dato voce ad un Renato spontaneo, impulsivo e risoluto con qualche forzatura in alto ma una timbrica rotonda e un accento franco. E poi Micheletti sa tenere la scena come pochi. Di bell’impatto vocale la Ulrica di Alla Pozniak, anche se il fraseggio non è parso proprio raffinatissimo, mentre Damiana Mizzi ha interpretato Oscar con padronanza delle agilità, spigliatezza e dinamismo. Ottime le parti di fianco: Sergio Vitale (Silvano), Daniel Giulianini e Luca D’Amico (Samuel e Tom). Il Coro del Teatro Regio, infine, è stato diretto con rigore stilistico da Ulisse Trabacchin.



Monday, July 11, 2022

Un Ballo in Maschera en Chicago (Chicago Symphony Orchestra)


Foto: Todd Rosenberg

Ramón Jacques

Estas representaciones en concierto de Un Ballo in Maschera, que concluyen un ciclo de óperas de Verdi que comenzará en el 2009 con el Réquiem cuando Riccardo Muti asumió la dirección musical de la Chicago Symphony Orchestra, serian también los últimos conciertos que dirigiría el célebre director italiano en su cargo. Sin embargo, por petición de la administración de la orquesta, que atraviesa por un periodo de transición en la búsqueda de un nuevo director titular de un calibre cercano al de Muti, se le pidió extender su vínculo por un año más, situación que el amablemente aceptó. Lamentablemente, para el director que ha afirmado y reiterado aquí mismo en Chicago, y seguramente a lo largo de su vida, que: "Verdi es el músico de la vida, y por supuesto que ha sido el músico de mi vida" su encargó concluirá finalmente, no con Verdi, si no con Beethoven, dirigiendo su Missa solemnis en junio del 2023.  Es por eso que más allá del sobresaliente resultado musical y vocal que aquí se presenció, en el último de tres conciertos, el gran valor anecdótico, curricular e histórico que adquiere este concierto crece considerablemente, ya que, al haber sido de una obra de Verdi, este fue de hecho la culminación de un vínculo personal y afectivo propio del director con la orquesta, no así en el plano laboral o profesional. Quedan como testimonio y para la posteridad (porque existen grabaciones en CD, como la de su primer Réquiem que obtuvo un premio Grammy) ejecuciones memorables del citado Réquiem, interpretado varias veces durante su gestión, así como conciertos de: Otello, Macbeth, Falstaff y Aida en el Symphony Center, continuando con la tradición de presentar operas, algo habitual en la gestion de Sir Giorg Solti.  En realidad, la relación de Muti con la CSO no comenzó en el 2009, cuando se ofreció la dirección titular, si no en enero de 1973, por lo que seguramente en el 2023 no habrá una separación definitiva ya que las mejores agrupaciones requieren siempre tener a los mejores directores.  La versión aquí escuchada, fue la que se sitúa en Boston, y la ejecución musical de la orquesta fue sobresaliente, por momentos sublime, como la sincronización y precisión de un reloj, en cada una de sus secciones, como las cuerdas, los metales o las percusiones. Con pocos movimientos, pero con precisión en su conducción Riccardo Muti demostró autoridad y conocimiento del repertorio, plasmándolo en cada pasaje extrayendo lo mejor de los músicos, y con consideración por las voces, esculpiendo una lectura musicalmente colorida y entusiasmante.  Poco más que agregar al ver en acción a un director y una influyente presencia en la ejecución del repertorio operístico italiano. Pocas veces se dice, pero los coros que acompañan a estas orquestas están al mismo nivel de la orquesta, y el Chicago Symphony Chorus no es la excepción. Colocado en las butacas traseras del escenario y detrás de la orquesta en un plan superior, se mostró uniforme, participativo y contribuyó al buen resultado final, bajo la dirección del longevo maestro Donald Palumbo, conocido por su trabajo con el coro del Metropolitan.  El elenco vocal agradó y satisfizo con la presencia del tenor Francesco Meli, quien cantó con elegancia, y una voz de timbre cálido y rotundo, además de buena proyección, que incluso logró conmover en los momentos de vulnerabilidad e inseguridad por los que atraviesa su personaje como las arias "Di' tu se fedele" al estilo de una barcarola en el Acto I, o "È scherzo od è follia" La mezzosoprano rusa Yulia Matochkina, ofreció una escalofriante intervención como Ulrica, por la densidad vocal que posee pero con la que supo darle un sentido comunicativo a lo que canta. Sobresaliente estuvo la soprano Damiana Mizzi, dando vida a un perspicaz y astuto Oscar, al que actuó con gracia y convicción y cantó mostrando elasticidad, seguridad y brillantez en su vocalidad.  El barítono Luca Salsi, mostro garbo escénico y adecuados medios vocales en el papel de Renato.  Por su parte, la soprano Joyce El-Khoury tuvo un inicio incierto, un poco inaudible e inseguro, que fue creciendo en intensidad a lo largo del concierto, hasta llegar al que fue uno de los momentos más altos con “Morrò, ma prima in grazia” que detuvo el tiempo y causó una explosión de emotividad en el público.  Correctos estuvieron el resto de los cantantes como los bajo-barítonos Kevin Short (Tom) y Alfred Walker (Samuel) y el barítono puertorriqueño Ricardo José Rivera (Silvano). Es evidente que presentar óperas en concierto tiene sus ventajas: que permiten apreciar y adentrarse en la música y el canto, pero también posee algunas desventajas que aquí fue la de colocación de los solistas en posiciones distantes uno del otro, así a diferencia de Riccardo y Oscar, pareció haber una desconexión y alejamiento entre Riccardo y Amelia, por ejemplo, colocados en extremos opuestos, que privaron al concierto de cierta teatralidad. Además, en esta ocasión se extrañaron los supertitulos, ya que, al haberse entregado un libreto a cada persona del público, que causo una distracción con ruido ocasionada por el constante cambio de páginas.

Thursday, January 28, 2021

Così Fan Tutte en Milán - Teatro alla Scala


Foto: Brescia&Amisano

Massimo Viazzo

La actividad operística en el Teatro alla Scala volvió este mes de enero del 2021 con la reposición de un montaje histórico de Così fan tutte, la ópera con la que concluye la trilogía daponteana de Mozart. Se trata del espectáculo firmado por Michael Hampe, visto por primera vez en Milán en 1983, y que fue dirigido musicalmente en aquel entonces por Riccardo Muti (la producción provenía del festival de Salzburgo de la mano del propio Muti), ahora dirigido escénicamente por Laura Cantini, y que es un montaje respetuoso de la música y del libreto además de ser muy preciso y elegante.  En esta ocasión, en la cual se conmemoraban los setenta años del escenógrafo Mauro Pagano, quien falleciera prematuramente en 1988 y que tanto aportara al teatro milanés, la puesta se vio demasiado deslucida, y con una teatralidad aburrida. Así, la vitalidad de la trama pirandelliana fracasó frente a una actuación estereotipada y poco empática. En el mismo sentido, las expectativas en cuanto a la conducción de Giovanni Antonini desilusionaron. Quien esperaba frescura, ligereza y transparencia de un director proveniente de la música barroca, se fue decepcionado, ya que aquí todo sonó pesado y banal.  En el elenco estuvieron presentes dos voces experimentadas, Eleonora Buratto y Pietro Spagnoli rodeadas de prometedores cantantes jóvenes. Eleonora Buratto personificó una Fiordiligi lírica y pertinaz, que mostró una línea de canto y un timbre seductor. También estuvo muy bien cantada Dorabella por la joven canadiense Emily D’Angelo, una mezzosoprano de timbre oscuro y comunicativa calidez. Segura de sí misma, y nunca caricaturesca estuvo Federica Guida interpretando a una simpática Despina con un fraseo muy cuidado y un sonido bien apoyado. Pietro Spagnoli delineó un extrovertido Don Alfonso, con un timbre pleno y redondo, perfecta dicción, y estuvo menos pérfido de lo normal. Otros dos cantantes jóvenes completaron el elenco, el barítono lombardo Alessio Arduini quien prestó su voz a un Guglielmo contundente y también audaz; y el tenor ruso Bogdan Volkov, cuya línea de canto pareció no ser técnicamente refinada, pero cuyo Ferrando logró emocionar en los momentos más melancólicos.  El próximo 20 de febrero, el Teatro alla Scala ofrecerá un nuevo título, Salome de Richard Strauss, con la nueva y muy esperada producción de Damiano Michieletto bajo la conducción de Zubin Mehta, quien debutó con este mismo título en el máximo teatro italiano en el año 1974.

 

Cavalleria Rusticana - Chicago Symphony Hall

Foto: Todd Rosenberg

Ramón Jacques

Chicago Symphony Hall. Come da tradizione di molti anni, attualmente una delle date più attese di ogni stagione della Chicago Symphony Orchestra è l'inclusione di un titolo operistico. Con l'arrivo di Riccardo Muti alla testa dell'orchestra, la scelta naturale è stata quella di proporre  opere del repertorio italiano, che comprende già memorabili esecuzioni di titoli come: Otello, Aida, Turandot e il Requiem di Verdi, per citarne solo alcuni di quelli che sono stati ascoltati nella sala da concerto dell'orchestra, così come in tour, soprattutto alla Carnegie Hall, dove l'orchestra ha un appuntamento ogni anno.In occasione del 10 ° anniversario dal suo insediamento, il celebre direttore d'orchestra napoletano ha scelto di dirigere Cavalleria Rusticana di Pietro Mascagni. A priori sembrava che un concerto di un'ora e quindici minuti, senza intervallo, sarebbe stato un po' corto per l'occasione, ma Muti e la sua orchestra hanno dimostrato il contrario, offrendo una serata di emozionanti passaggi orchestrali e cori. Cavalleria Rusticana è un'opera che si presta allo splendore dell'orchestra, come è stato qui dimostrato. L'omogeneità e il suono emersi dalla sezione degli ottoni e degli archi dell'orchestra erano brillanti, commoventi ed emozionanti, per l'ampia gamma di colori e sfumature che Muti vi imprimeva con la sua mano autorevole e sicura, unita alla sua maestria nella concertazione di un repertorio che gli appartiene, eseguito con la dinamica e la precisione di un motore ben oliato. Anche il  Coro della Chicago Symphony è stato eccezionale nella sua esecuzione, i suoi elementi che si trovavano dietro i musicisti occupando tutti i posti dietro della sala da concerto la cui forma è circolare, hanno cantato con impeto e intensità in ciascuno dei loro interventi. Il cast vocale, con nomi di prim'ordine, come in tutte le opere eseguite dall'orchestra, ha adempiuto in modo soddisfacente al proprio compito Come Santuzza, il mezzosoprano Anita Rachvelishvili ha mostrato sensualità e maestria con il suo strumento vocale opulento, carico di intensità e drammaticità. Da parte sua, il tenore Piero Pretti ha lasciato una piacevole impressione per il calore e la brillantezza del suo timbro, offrendo un Turridu febbrile e credibile. Il baritono Luca Salsi non ha avuto la stessa fortuna cantando Alfio, con alti e bassi, cantando a volte con forza eccessiva e altre con una certa passività, come se il ruolo fosse giusto o scomodo. È stato un lusso ascoltare il mezzosoprano Sasha Cooke, che eccelleva nel breve ruolo di Lola, per la sua insolita e raffinata eleganza vocale e un timbro di chiare sfumature e colori. Il mezzosoprano Ronita Miller ha conferito autorità al personaggio di Mama Lucia, con la sua voce scura, vigorosa e voluminosa.

Sunday, December 27, 2020

Cavalleria Rusticana en Chicago

Foto: (c) Todd Rosenberg

Ramón Jacques

Chicago Symphony Hall. Ya convertida en una tradición de muchos años y en la actualidad una de las fechas más esperados de cada temporada de la Orquesta Sinfónica de Chicago, es la inclusión de un titulo operístico.  Con la llegada de Riccardo Muti a la titularidad de la agrupación, la elección natural ha sido la de obras del repertorio italiano, que incluye ya memorables ejecuciones de óperas como: Otello, Aida, Turandot y el Réquiem de Verdi, por mencionar solo algunas de las que se han escuchado en la sala de conciertos sede de la orquesta, como también de gira, especialmente en el Carnegie Hall, donde la orquesta tiene una cita todos los años.  Con motivo del decimo aniversario del celebre director napolitano al frente de la orquesta, el eligió dirigir Cavalleria Rusticana de Pietro Mascagni. A priori parecía que un concierto de una hora quince minutos, sin intermedio, seria muy poco para la ocasión, pero Muti y su orquesta demostraron lo contrario, ofreciendo una velada de emocionantes pasajes orquestales y corales. Cavalleria Rusticana es una obra que se presta para el lucimiento de la orquesta, como aquí quedó demostrado. La homogeneidad y el sonido que emergió de la sección de cuerdas y metales de la orquesta fue brillante, conmovedor y apasionante, por la amplia gama de colores y matices que Muti le imprimió con su autoritaria y segura mano, aunado a su maestría al concertar un repertorio que le pertenece ejecuta con la dinámica y la precisión de un motor muy bien aceitado.  Sobresaliente estuvo también el coro de la Sinfónica de Chicago en su desempeño, sus elementos que se ubicaron detrás de los músicos además de ocupar todas las butacas traseras de la sala de conciertos cuya forma es circular, cantaron con ímpetu e intensidad en cada una de sus intervenciones. El elenco vocal, con nombres de primer nivel, como en todas las óperas ejecutadas por la orquesta, cumplió su cometido de manera satisfactoria. Como Santuzza, la mezzosoprano Anita Rachvelishvili desplegó sensualidad y maestría con su opulento instrumento, cargado de intensidad y dramatismo. Por su parte el tenor Piero Pretti dejó una grata impresión por la calidez y brillantez de su timbre, ofreciendo un Turridu febril y creible. No corrió con la misma suerte el barítono Luca Salsi cantando a Alfio, quien tuvo altibajos cantando por momentos con desmedida fuerza y en otros con cierta pasividad, como si el papel le quedara justo o incómodo. Un lujo fue escuchar a la mezzosoprano Sasha Cooke, quien sobresalió en el breve papel de Lola, por su insólita y refinada elegancia vocal y un timbre de nítidos visos y matices La mezzosoprano Ronita Miller confirió autoridad al personaje de la mama Lucia, con su voz oscura y vigorosa y voluminosa.

Tuesday, August 27, 2013

Messa de Requiem de Verdi - Salzburgo

© Silvia Lelli
 
Luis Gutiérrez
 
Un concierto que atesoraré el resto de mi vida
Salzburgo, 18/08/2013. Grosses Festpielhaus. Giuseppe Verdi: Messa da Requiem (22 de mayo de 1874, San Marco en Milán). Solistas: Krassimira Stoyanova (soprano), Elīna Garanča (mezzosoprano), Piotr Beczala (tenor) y Dmitry Belosselskiy (bajo). Asociación de Conciertos del Coro de la Ópera de Viena. Ernst Raffelsberger preparador del Coro. Orquesta Filarmónica de Viena. Riccardo Muti.
Tan sólo leer la ficha de este concierto estremece. Verdi y su Requiem, Salzburgo, un cuarteto impresionante de solistas, una de las mejores orquestas del mundo, de hecho la más brillante al afinar a 444 hertz (truquito interesante) junto a un coro que también es de los mejores del medio y todos dirigidos por alguien a quien La Scala debe extrañar: el gran Riccardo Muti. En 1869 se planeó una Messa per Rossini, muerto un año antes, a realizarse por 12 compositores de diversas regiones de Italia que representaban la unificación no sólo política del país, sino de los mundos de la ópera, la música de iglesia y de concierto de su tiempo. Verdi compuso para la ocasión el “Libera me”. Muy a la italiana, el proyecto se canceló nueve días antes de su primera ejecución (la obra se estrenó como curiosidad musicológica hasta 1988). Verdi retomó la idea y compuso el Requiem en honor del poeta y novelista Alessandro Manzoni, quien escribiese una de las novelas italianas más significativa del siglo 19, “I promessi sposi”. Verdi, como muchos intelectuales de su tiempo (y de hoy), era agnóstico y anticlerical, haciendo explícita su antipatía a la iglesia en Don Carlo, una de cuyas versiones incluye la melodía base (en el final del cuarto acto) del “Lacrimosa”. El Requiem ha sido acusado de ser muy “operístico”, especialmente al compararlo con el Ein Deutches Requiem de Brahms (1866) proveniente de la tradición luterana. Hans von Bülow se atrevió a decir en forma derogatoria que el Requiem de Verdi era una “ópera en sotana”. En mi opinión la música que Verdi compuso para esta ocasión simplemente proviene de Italia cuyo resplandor natural ilumina esta obra maestra. Creo que existen muy pocas descripciones musicales de la presencia infernal como la que transmite el “Diesi irae”. Es precisamente al inicio del “Diesi irae” cuando coro y orquesta dejaron una impronta indeleble en mi ser. El mal existe seguramente y lo que lo anuncia es el bombo tocado fortissimo. Todos los solistas estuvieron magníficos, especialmente las mujeres, la Krassimira Stoyanova cerró espectacularmente la obra al cantar el “Libera me” antes de la repetición, ya no tan estentórea, del coro cantando el “Diesi irae”.  Debo decir que quien más me impresionó (por raro que parezca) fue Elīna Garanča cuyo “Lux aeterna” debió ser realmente eterno. La inyección hormonal masiva que genera un embarazo en una cantante de la calidad de Elina, no sólo hace que su belleza se intensifique (aunque no lo crean), sino su voz se ha hecho aún más dulce y potente a la vez. Al final sucedió algo que muy raras ocasiones sucede en Salzburgo; los 2179 asistentes al concierto ovacionaron de pie a los artistas por no menos de diez minutos.  La función fue transmitida en vivo por la radio austriaca por lo que creo que en un futuro habrá un CD de este concierto. Si lo ven, no lo dejen ir.   

Sunday, September 9, 2012

I Due Figaro o sia Il soggetto di una comedia de Mercadante en el Teatro Colón de Buenos Aires


Fotos: Teatro Colon
 
Dr Alberto Leal
 
Ópera en dos actos de Saverio Mercadante. Libreto de Felice Romani, basado en la comedia Les deux Figaro ou Le sujet de comédie de Honoré-Antoine Richard de Martelly.
 
Para cualquier teatro de ópera siempre es algo muy valioso tener en su temporada un Director del talento del Maestro Riccardo Muti, sin duda uno de los más prestigiosos de su generación.  En esta oportunidad se presentó con la Orchestra Giovanile Luigi Cherubini y el Philarmonia Chor Wien, ambos conjuntos de su creación. La Opera elegida fue I due Figaro, de Saverio Mercadante con libreto de Felice Romani. Redescubierta por el musicólogo Paolo Cascio, creo que fue elegida por el maestro por compartir con el autor su origen napolitano. Desde la obertura, se pudo notar la mano de Muti, a la que la orquesta respondió en todo momento con absoluta precisión. Con una espléndida trama, con detalles de increíble transparencias, el trabajo fue un deleite para los oídos y por si sola justifica plenamente la función. Y durante el transcurso de la función creo que pocos directores pueden lograr mayor equilibrio entre foso y el escenario. La obra parece no ser de lo más logrado del autor, con un muy largo – y por momento algo aburrido – primer acto, su música parece fluctuar entre Mozart, Bellini y Rossini, tanto musical, como vocalmente, mejora notoriamente en el segundo acto y en general pueden ser escuchadas hermosas arias y cabalettas.  Aquí parece que Mercadante tiene problemas en cerrar los actos, en cerrar los planteos que se van sucediendo. Tal vez si hubiera tenido la oportunidad de apreciarla con continuidad, gran parte de esos problemas hubieran sido pulidos. Lo visual fue otro punto fuerte de la puesta. Con un espléndido vestuario de Jesús Ruiz, de gran delicadeza y en época, usando una sutil gama de colores, a la preciosista escenografía de Daniel Bianco, se generan momento de real belleza visual.
 
La profusión de columnas puede ser molesta en algún momento, además de achicar notablemente el escenario, pero el Director de Escena, Emilio Sagi supo sacarle provecho en gran parte de la representación. Excelente bajo todo punto de vista la iluminación de Eduardo Bravo. Lo vocal fue otro punto fuerte. Con el mismo elenco de su estreno este año en el Teatro Real de Madrid, un grupo de jóvenes y promisorios cantantes cumplieron sobradamente. El sector femenino llevó las de ganar en esta representación. Impecable vocal y teatralmente la Susana de Eleonora Buratto, quien se llevó la ovación de la noche entre los cantantes. Annalisa Stroppa (Cherubino), generó un personaje creíble en lo actoral y brillante en lo vocal. Asude Karayavuz (la Condesa) y en especial la (Inez) de Rosa Feola completaron con eficacia el grupo. Dentro de un nivel de calidad, entre los hombre sobresalió el Conde de Saimir Pirgu, cantando con muy buena voz y generando un personaje totalmente creíble. Mario Cassi (Figaro), posee una voz seca, baja en armónicos y tal vez por esa causa lució menos, pero nunca bajo de un nivel de calidad interpretativo, lo mismo que el resto del elenco. Muy buena actuación, vocal y actoralmente del Coro Philarmonia Chor Wien. Constituye un inmenso placer contar con el Maestro Muti y una Orquesta que lo interpreta a la perfección, sumado a las bellas estampas logradas por la puesta y a la calidad vocal, es un placer para los oídos y la vista y algo que quien ama a la ópera no debe desaprovechar.