miércoles, 30 de noviembre de 2011

El cartero en los tiempos del mail - Il postino en el Teatro Juárez de Guanajuato México

Fotos: Opera de Bellas Artes

José Noé Mercado

Función del 27 de octubre de 2011. Varios factores se combinaron para que una ópera de Daniel Catán se escenificara finalmente en México con la dignidad propia de una obra y un compositor con tanto reconocimiento internacional en el panorama lírico de nuestros días. Tristemente, el más decisivo fue el fallecimiento de Catán y una especie de deuda músico-cultural que el sector operístico mexicano tenía que pagar tarde o temprano. Il postino, su última ópera, fue estrenada en nuestro país con funciones los pasados 13 y 16 de octubre en el Teatro del Palacio de Bellas Artes, presentando la producción original de su estreno mundial llevado al cabo en Los Ángeles, en septiembre de 2010. Se trató de una reproducción entre la Compañía Nacional de Ópera y el 39 Festival Internacional Cervantino, en cuyo marco también se ofrecieron dos funciones, los pasados 27 y 29 de octubre, en el Teatro Juárez de la ciudad de Guanajuato. La diferencia más importante respecto de su estreno mundial fue el elenco que cantó en México, no en todo momento solvente y con varios aspectos técnico-vocales criticables en algunos de sus integrantes. No obstante, las circunstancias derivadas de la ausencia física de Daniel Catán envolvieron estas presentaciones con un aire nostálgico y, sea como fuera, celebratorio. La puesta en escena estuvo firmada por Ron Daniels y de ella debe destacarse la claridad de su trazo, el dinamismo fusionado entre los cantantes y la escenografía de Riccardo Hernández, así como la integración armónica de todos los elementos visuales. El uso de la multimedia se realizó con acierto, en el sentido de que ayudó a desenvolver la trama coherentemente. Hernández se encargó también del diseño de un vestuario que sintonizó con la época en que se ubica la historia y con el concepto mismo de la producción. 
El rol de Pablo Neruda que originalmente fuera compuesto para Plácido Domingo, quien efectivamente lo estrenó en Los Ángeles, fue interpretado en México por Vicente Ombuena, un tenor sin mucha particularidad, más allá de cierta guturalidad y estrangulamiento en su zona aguda. Mario Ruoppolo fue encomendado al tenor Israel Lozano, quien en buena parte de su canto se escuchó calante, con handicap en contra ante una orquestación que lo fatigaba y a la que no pudo sobreponerse, manteniéndose siempre al borde del quiebre canoro. En mejores condiciones, con un canto de mayor lirismo, la soprano Amanda Squitieri abordó el rol de Beatrice Russo. Al conocer bien su parte desde el estreno, esta cantante sacó el mejor partido posible a su personaje. Matilde Neruda fue interpretada por la soprano chilena Cristina Gallardo-Domás, cuya emisión a estas alturas de su destacada trayectoria internacional ya acusa un vibrato abierto y que condiciona parte de su musicalidad y la naturalidad de su arte canoro. El barítono José Adán Pérez abordó el personaje de Giorgio y vocalmente lo hizo de una manera satisfactoria. Es destacable la Donna Rosa de la mezzosoprano Grace Echauri, de entre los numerosos partiquinos que intervienen en la obra. Al frente del Coro y la Orquesta del Teatro de Bellas Artes se contó con la batuta concertadora de Israel Gursky, que conforme fueron avanzando las funciones logró un ascendente rendimiento musical del conjunto.  La obra en sí es también nostálgica, no sólo en la trama sino también en cuanto a la época que evocan sus personajes. El libreto armado por el propio Catán, basándose en la obra de Antonio Skármeta Ardiente paciencia y en su adaptación fílmica Il postino (El cartero de Neruda), es por momentos una sucesión de escenas desprovistas de drama, pequeños momentos de dulcísimo romanticismo, instantes de involuntaria hilaridad acompañados de una música linda, bien orquestada, de una ternura irrechazable, de un bagaje lírico y cinematográfico notorio, de un lenguaje mexicano emigrado. Il postino no es una ópera despreciable y a decir verdad tampoco totalmente aburrida, sólo que quizás no representa al mejor Catán, al del lirismo poderoso e incontenible de Florencia en el Amazonas, tal vez. Está obra es, para decirlo de alguna forma, una suerte de cartero en los tiempos del mail.





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