martes, 10 de junio de 2014

Così fan tutte en Los Ángeles (LA Philharmonic)

Foto: Craig T. Mathew and Greg Grudt/Mathew Imaging. 

Ramón Jacques

Con Così fan tutte llegó a su fin el ciclo de operas Mozart/Daponte que iniciara hace dos años la Los Angeles Philarmonic. Como en las ediciones anteriores, los resultados escénicos no se acercaron remotamente a la altura y al nivel de lo escuchado en la parte musical y vocal, y ello hace a uno preguntarse si en realidad era necesario el excesivo dispendio en producciones que poco aportaron a la trama de cada uno de los títulos, ya no digamos al espectáculo visual. Parecería que no se previó ni se entendió que el Walt Disney Hall no es un teatro apto para hacer montajes escénicos, y versiones en concierto de las operas, no solo le hubieran ahorrado horas de disgusto y aburrimiento al público, si no que hubieran bastado para hacerle justicia a estas tres obras maestras. Eso sí, de las versiones anteriores quedarán grabadas en la memoria las sobresalientes interpretaciones de Mariusz Kwicien como Don Giovanni, la exuberante y brillante Donna Anna de Carmela Remigio o la apasionante Condesa de Dorothea Röschmann, así como las buenas ejecuciones musicales de la propia orquesta. Una vez más el encargado del montaje fue encomendado a Christopher Alden, reconocido e ingenioso director de teatro estadounidense, que requería de un teatro no de una sala de conciertos para trabajar y que recurrió nuevamente a letárgicos movimientos lentos o circulares sin ningún sentido para los cantantes, quienes por momentos, estáticos cantaban de frente al público, por ello la insistencia de una versión en concierto, como tampoco se entendió la poca interacción entre los personajes que en ocasiones cantaban situados en diferentes partes del escenario. 
Don Alfonso y Despina, vestidos en negro representaron la maldad, y se arrastraron por la escena lentamente o realizaron vulgares e innecesarios gestos Los demás solistas vistieron colores claros en ropas primaverales, muy fashion, diseñadas por el conocido Hussein Chalayan. La futurista escenografía consistió en una estructura blanca circular colocada al fondo del escenario, y cuya parte superior se movía hacia arriba y hacia abajo, como si se tratara de las dunas de un desierto por el cual caminaban los cantantes.  Este concepto fue creado por la firma Zaha Hadid Architects. La idea que nació desde el primer título, fue de combinar la moda con la arquitectura y el teatro, situación que pareció no funcionar completamente. Vocalmente fue un deleite escuchar la soprano Miah Persson, una sensible Fiordiligi que exhibió un colorido timbre y admirable agilidad, transmitiendo y dando cátedra de canto. La mezzosoprano Roxana Constantinescu actuó con sensualidad y cantó con una voz profunda y oscura. El joven tenor Benjamin Bliss, miembro del programa de cantantes de la LA Opera, sustituyó de último minuto al anunciado Alek Shrader, y aunque su Ferrando estuvo muy limitado en sus movimientos por disposición de Alden, dejo constancia de un canto seguro y cálido. Un nombre a tener en cuenta, ciertamente. Correcto estuvo el barítono Phillipe Sly como Guglielmo, así como el experimentado bajo Rod Gilfry que encarno a un diabólico y malicioso Don Alfonso. Cautivo la tonalidad cristalina en la voz de la reconocida soprano Rosemary Joshua, quien dio vida a una vulgar y rebelde Despina. La orquesta tuvo un notable desempeño, muy musical y muy homogéneo en cada una de sus secciones. El entusiasmo explosivo que mostró al inicio de su gestión con esta orquesta Gustavo Dudamel parece haberse esfumado. Hoy nos encontramos frente a un director más mesurado, cuidadoso y por momentos algo rutinario y carente de imaginación. Sus tiempos fueron correctos y el resultado en general fue meritorio, aunque no estuvo exento de cometer algunos desfases entre los instrumentos y las voces. 

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