jueves, 12 de junio de 2014

Les Contes d’Hoffman en el Teatro Real de Madrid.

Foto: Javier del Real / Teatro Real de Madrid

Carlos Rosas

Pasa el tiempo y poco a poco se va esfumando la presencia y el legado de Gerard Mortier al frente de este teatro, cuyo público disgustado con sus experimentos escénicos –algún sector manifestó su inconformidad en esta función- parece sentir que se avecinan cambios con la presencia de Joan Matabosch a la cabeza. Estos Cuentos de Hoffman, fueron en realidad su último proyecto, y por ello le fue encomendado al director Christoph Marthaler, con diseños de Anna Viebrock, en una única escena donde trascurrió la trama. El lugar donde se situó la acción fue el Círculo de Bellas Artes de Madrid, la entidad cultural privada fundada en 1880 y ubicado en la calle de Alcalá, lugar donde que al parecer le gustaba frecuentar al propio Mortier y donde se gestó la idea para crear las escenografías de esta producción. En la cargada y sombría escena, coproducida con la Opera de Stuttgart, y en una época actual, se realizan los sueños de Hoffman en el café con sus estatuas y esculturas, la sala de billar y en la sala de dibujo del emblemático edificio,  aunque en escena, el personaje principal se asemejó más a un enfermo mental que a un iluso idealista y romántico. Los cargados movimientos de los personajes carecieron de imaginación y la puesta con sus toques surrealistas resultó confusa, pretenciosa incluso asfixiante para el público. Como diría el propio Mortier, solo apta para “intelectuales”.  En el foso la orquesta tuvo un desempeño más que satisfactorio, salvo algunos problemas de coordinación en las entradas de las voces y alguno que otro tiempo anquilosado y lento, atribuible a la ajustada batuta del director francés Sylvain Cambreling. El coro también tuvo su aporte aun en situaciones y posiciones incomodas. En suma una función en la que la parte musical superó a la escénica.  El papel de Hoffman fue interpretado de manera discreta por el tenor estadounidense Eric Cutler, poseedor de una voz cálida, algo ligera y con una emisión gutural que incidió en la claridad de su canto y su pronunciación. Un tenor que cumplió a secas con el papel al que tampoco fue capaz de sobreponer vocalmente las carencias de actuación que le fueron impuestas a su personaje. En su doble caracterización de Niklausse y la musa, la legendaria mezzosoprano Anne Sofie von Otter, aquí caracterizada como una vagabunda ebria, sacó a relucir su amplia experiencia en una difícil escena, y exhibió una voz caudalosa, sonora con grata tonalidad oscura, con la que fue la más reconocida por el público. Vito Priante interpretó a los villanos con rigidez y poca presencia, no fue lo demasiado diabólico que se requeria, y en términos generales su canto se notó seco y opaco. La soprano Measha Brueggergosman personificó los papeles de Antonia y Giulietta, resultando más creíble en el primero por el sentimiento y emoción con el que lo cantó, pero paso desapercibida en el segundo por la emisión tenue y poca sensualidad que mostró. Por su parte, Ana Durlovski mostró virtuosismo y agilidad en su ejecución del papel de Olympia, al que le aportó una dosis de gracia. Cumplió el resto de los cantantes del elenco en los papeles menores, con una mención para el experimentado bajo Jean-Philippe Lafont de enorme y solida voz como Luther y Crespel.  

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