miércoles, 11 de junio de 2014

Turandot mide fuerzas en el Auditorio Nacional de México D.F.

Fotos cortesía del Auditorio Nacional, fotógrafo Fernando Aceves

José Noé Mercado

La usual producción de la ópera Turandot de Giacomo Puccini que en numerosas ocasiones se ha presentado en México, entre ellas en el Teatro del Palacio de Bellas Artes, en junio de 2005 y abril de 2013, así como en Monterrey, Nuevo León, en 2012, nuevamente subió al escenario, en esta ocasión el del Auditorio Nacional de la ciudad de México, con dos funciones realizadas los pasados 9 y 11 de mayo.

Los créditos de este montaje, que enmarca la legendaria historia de la princesa china que a través de sus enigmas enviaba al verdugo a los príncipes que aspiraban conquistarla, se han mantenido en todos los casos, y parten del diseño de escenografía y vestuario de David Antón y la dirección escénica de Luis Miguel Lombana, quienes sólo tuvieron necesidad de adaptar sus respectivos trabajos a las dimensiones más amplias del recinto del Paseo de la Reforma.

Se trata, como ya se ha apuntado una y otra vez, de una producción hilvanada con detalle, que busca los cuadros plásticos en su trazo, en su vistosidad pretendidamente exótica oriental, sobre todo en los pasajes masivos, que en esta ocasión parecieron más interesantes en las dos pantallas gigantes ubicadas en los costados del escenario.

Lo novedoso de este par de funciones, tanto como de las reposiciones anteriores en otras plazas, se centra pues en el reparto y su armado, que tuvo que echar mano de la sonorización del ingeniero Humberto Terán, considerando, de nuevo, las dimensiones del recinto y sus características de auditorio de usos múltiples, no específicamente diseñado para la presentación de ópera a la manera ortodoxa.

La figura de la velada, en la función de estreno y de hecho quizás la más destacada importación femenina de la Ópera de Bellas Artes en años recientes, fue la soprano Tiziana Caruso, al ofrecer una contundente interpretación de la princesa de hielo, gracias a una voz de emisión firme y uniforme en sus diversos registros, con destellos de brillante potencia que en ningún momento sacrificaron la musicalidad, la dicción y la necesaria fuerza y belleza expresiva para hacer creíble a su personaje.

Al margen de las reservas que deberían tomarse para emitir una opinión cuando el canto es sonorizado y hasta cierto punto producto de la alquimia sonora electrónica y digital, podría apuntarse que el tenor Rubens Pelizzari no estuvo a la misma altura vocal de Caruso.

Más interesado en proyectar una imagen cuidada de sí mismo, posada, con reservas pero vanidosa, el desempeño vocal de Pelizzari se fue opacando con el transcurso de la función. Una voz de timbre agradable, cuya emisión en los pasajes agudos pareciera adelgazarse y fugarse hacia atrás. Sin afrontar los agudos opcionales, sin generosidad ni riesgo. Con un “Nussun dorma” que apenas recibió pálidos aplausos del público que no alcanzó siquiera para ocupar la mitad del recinto.

La soprano Olivia Gorra interpretó una Liù que procuró los matices tanto del canto como de la voz. Si bien su emisión genera un vibrato ligeramente pronunciado y los filados ya no resultan del todo límpidos como otrora ostentó Gorra, logró resolver su papel con la misma seguridad con la que el bajo Rosendo Flores sigue abordando a Timur a través de los años. En ese sentido, apenas si requiere ser caracterizado en un rol que en México durante décadas casi siempre ha sido suyo.


Ping (Josué Cerón), Pang (Ángel Ruz) y Pong (Víctor Hernández) aunque en lo individual contaron con buenas voces, fueron cantados de manera un tanto irregular si las tres máscaras se consideran como personaje, con más entusiasmo y enjundia que con armonía o profundidad en su sentimiento nostálgico puesto en escena y en voz.

La Orquesta y el Coro del Teatro de Bellas Artes (preparado esta ocasión por John Daly Goodwin), así como la Schola Cantorum de México, estuvieron bajo la batuta de Srba Dinic. Los conjuntos se percibieron familiarizados con la obra, pero la imagen sonora conseguida por el concertador resultó algo neutra, sin que a través del equipo de sonido se escuchara el colorido rico y exótico buscado por el último Puccini.


El regreso de la OBA al Auditorio Nacional fue considerado por su titular, el también tenor Ramón Vargas, como “un experimento para medir fuerzas”. La venta de boletos, la asistencia de los aficionados, los recursos invertidos como contrapunto de lo logrado en lo artístico, aspectos que resulta deseable se hagan públicos para su difusión, señalarán de qué fue capaz esa fuerza, o debilidad, trasladada al coloso de Reforma, que haiga sido como haiga sido durante el mes de julio retomará La bohème, también de Giacomo Puccini, en dos funciones, ya que la tercera contemplada originalmente ha sido cancelada.

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