Friday, May 12, 2017

La Orquesta Barroca de Venecia y Romina Basso en el Mozarteum Argentino – Teatro Colón de Buenos Aires


Gentileza Mozarteum Argentino. Crédito: Liliana Morsia

Gustavo Gabriel Otero
Twitter: @GazetaLyrica

Como es habitual en las Temporadas del Mozarteum Argentino, intérpretes y obras no defraudan. En esta ocasión presentó a la Orquesta Barroca de Venecia junto a la cantante italiana Romina Basso en un concierto íntegramente dedicado a Antonio Vivaldi. Normalmente la automatismo ataca cuando se habla de Vivaldi y es dable esperar la inclusión de las rutinarias ‘Cuatro Estaciones’ o algunas de las composiciones más conocidas de il prete rosso. No fue éste el caso ya que con gran tino se programaron dos sinfonías y dos conciertos no demasiado trillados y seis arias pertenecientes a otras tantas de sus óperas, alguna de ellas en evidente estreno local. Sorprendentemente conocida por su denominación en inglés, la Venice Baroque Orchestra, cuenta con trece integrantes que se distribuyen violines, violas, violonchelos y contrabajo de muy adecuado desempeño y un clavecinista de sonoridad escasa, totalizando catorce miembros. Con adecuada sonoridad y perfecto empaste la Orquesta interpretó dos Sinfonías: la RV 146 (en sol mayor) y la RV 157 (en sol menor) ambas para cuerdas y bajo continuo. Tres fueron los Conciertos programados, cada uno para solistas diferentes, el RV 516 para dos violines -actuando como solistas el concertino Gianpiero Zanocco y el guía de segundos violines Giorgio Baldan- quienes demostraron fidelidad expresiva y buen ensamble; el RV 443, que inició la segunda parte, escrito para flauta directa sopranino donde deslumbró la solista Anna Fusek -quien además integra la fila de los primeros violines- por calidad interpretativa, belleza de sonido y perfección estilística; y finalmente el Concierto RV 531 para dos violonchelos donde actuaron como solistas los dos intérpretes de ese instrumento del Ensamble: Massimo Raccanelli Zaborra y Federico Toffano, quienes vertieron la partitura con excelencia.
La orquesta sonó, nuevamente, ensamblada y pareja. Pero el verdadero lujo de la velada lo constituyó la mezzosoprano Romina Basso una de las voces más importantes de la actualidad en el panorama internacional del barroco. Su voz es aterciopelada y robusta con algunas notas que son evidentemente de una verdadera contralto, sus coloraturas son adecuadas, su calidad y seriedad interpretativas lucen sin mácula, y su postura sin divismos conmueve. La elección del repertorio fue sin concesiones y algunas arias fueron, en principio, nuevas para el público de Buenos Aires. Con notable expresión y casi dando cátedra de interpretación la artista nacida en Gorizia acometió en la primera parte con In si torbida procela, de Bajazet (RV 703), Gelido in ogni vena, de Farnace (RV 711) y Rompo i ceppi, de Orlando Furioso (RV 728). Mientras que en la segunda cantó Cor mio che prigion sei, de Atenaide (RV 702), Vedrò con mio diletto, de Giustino (RV 717) la única ópera que recordamos se ofreció completa en Buenos Aires hace unos treinta años; para cerrar con Se lento ancora il fulmine, de la recientemente recuperada Argippo (RV 697). Luego de esta fiesta de administración de las intensidades la artista ofreció, fuera de programa, una conmovedora versión de Lascia ch'io pianga, de la ópera Rinaldo, de Händel.

Wednesday, May 10, 2017

Concierto con la RTÉ Sinfónica Nacional de Irlanda en Dublín

Foto: RTÉ National Symphony Orchestra

Ramón Jacques

En su sede habitual, la sala de conciertos National Concert Hall de Dublín Irlanda, la Sinfónica Nacional de Irlanda o (RTÉ National Symphony Orchestra) ofreció un emocionante y grato programa sinfónico-vocal.  Las iniciales RTÉ significan Raidió Teilifís Éireann y corresponden al sistema de radiodifusión y televisión de Irlanda que se encarga de gestionar, además de esta orquesta, otras agrupaciones musicales, y dos coros, sinfónico y de niños, realizando de igual manera, diversas actividades enfocadas a promover la música clásica en ese país. Es gratificante constar que orquestas menos conocidas y fuera de la atención que reciben las “más famosas”, esta ofrecen un nivel musical muy alto en sus presentaciones, como en este concierto, que incluyó el estreno mundial de la obra Humiliated and Insulted del compositor local Gerald Barry, cuya prolífica carrera como compositor operístico ha sido recompensada con el montaje de sus óperas en importantes teatros y orquestas internacionales como: la English National Opera, Royal Opera Covent Garden, Radio France, Los Angeles Philarhomic, London Symphony Orchestra, por mencionar algunas. Dicha composicion, que fue comisionada por la RTÉ y la Royal Scottish National Orchestra y que tomó su título de una obra homónima de Dostoievski, es una pieza coral-orquestal en la que dé inicio a fin, el coro repite enfáticamente las palabras Humiliated and Insulted , con un profuso y rico acompañamiento de los metales y trompetas. Posteriormente se escuchó el ciclo de cincos lieders de Mahler, Rückert-Lieder teniendo como solista al barítono alemán Dietrich Henschel, un intérprete poco expresivo quien no logró transmitir la delicadeza y simplicidad contenida en los textos y cuyo timbre se escuchó descolorido y secó. La orquesta se lució en solitario con una melancólica y sentimentalista ejecución de Metamorphosen de Strauss, con una homogénea sección de cuerdas que se escuchó con claridad y nitidez.  El concierto concluyó con el monumental Te deum de Bruckner con un gran despliegue del coro (RTÉ Philarmonic Choir) y profundidad por los músicos de la orquesta, resaltando la sección de metales. La soprano Majella Cullagh aportó calidez con su timbre y pasión a su canto. Lamentablemente canceló de último minuto la mezzosoprano Paula Murrihy una de las artistas irlandesas más reconocidas en la actualidad, y fue sustituida por Anne Marie Gibbons, cuyo desempeño fue profundo, con su voz oscura y buena proyección. Paul McNamara, tenor local, tuvo un loable desempeño con su grata tonalidad. Completó el elenco, el discreto Dietrich Henschel. Seguro, detallada y puntual fue la conducción del director Hans Graf, quien guío con apropiada dinámica y conocimiento. 

Friday, May 5, 2017

La grotta di Trofonio por la Ópera de Cámara del Teatro Colón de Buenos Aires, Argentina


Crédito Fotográfico: Máximo Parpagnoli. Gentileza Ópera de Cámara del Teatro Colón

Gustavo Gabriel Otero
Twitter: @GazetaLyrica
 
Buenos Aires, 30/04/2017. Teatro 25 de Mayo. Antonio Salieri: La grotta di Trofonio. Ópera en dos actos. Libreto de Giovanni Battista Casti. Diego Cosin, dirección escénica. Gastón Joubert, escenografía. Isabel Gual, vestuario. Natalio Ríos, proyecciones. Rubén Conde. Walter Schwarz (Arsitone), Victoria Gaeta (Diri), Trinidad Goyeneche (Ofelia), Josué Miranda (Artemidoro), Mariano Fernández Bustinza (Plistene) y Luciano Miotto (Trofonio). Orquesta de la Ópera de Cámara del Teatro Colón. Dirección Musical: Martín Sotelo. Espectáculo presentado y producido por la Ópera de Cámara del Teatro Colón.
 
La Ópera de Cámara del Teatro Colón, está pensada como un proyecto itinerante, para llegar a distintos escenarios de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, el país y el exterior; promoviendo a jóvenes artistas, seleccionados en función de las exigencias estilísticas del difícil género que cultiva. El inicio de las actividades de la Ópera de Cámara del Teatro Colón se remonta a 1967; declarada oficial en 1969 retomó, luego de varios años, su actividad en el año 2002 con la producción de la ópera L’ occasione fa il ladro de Gioacchino Rossini. En el año 2003, produjo El emperador de la Atlántida y a partir de 2004, comenzó a realizar giras por el interior del país, presentando diversos títulos. Luego fue discontinuada nuevamente, y volvió a renacer en el año 2016 con la eficaz dirección artística de Marcelo Lombardero. La idea principal de la Ópera de Cámara es llegar al público en otros ámbitos por eso a fin del año pasado se presentó en el Parque Centenario y esta vez en el renovado Teatro 25 de mayo del barrio de Villa Urquiza convocando a un público ecléctico muy bienvenido para iniciarlo en el arte lírico. La clave de los elencos es su homogeneidad, su juventud y su disponibilidad escénica. En este caso se volvieron a repetir estas virtudes con la puesta en escena de La grotta di Trofonio, ópera cómica en dos actos y cinco escenas de Antonio Salieri, sobre un libreto de Giovanni Battista Casti, que fue estrenada el 12 de octubre de 1785, en el Burgtheater de Viena y que narra la historia de dos hermanas, Dori y Ofelia, y sus enamorados, Plistene y Artemidoro, la trama se complica cuando el mago Trofonio los invita a su cueva mágica e invierte sus personalidades primero los hombres y luego las mujeres, finalmente todo se arregla hay un final feliz. 
Diego Cosin en la dirección escénica planteo una estética tributara del comic, mezclando, además, situaciones con un perfume del siglo V A.C. mixturado con el momento del estreno de la obra y con nuestra propia contemporaneidad y deliciosos anacronismos. Cosín logró un muy buen manejo de las acciones teatrales, una perfecta caracterización de los personajes y un resultado visual atractivo. La escenografía con alguna vaga tendencia a la Grecia antigua de Gastón Joubert fue perfecta, mientras que las proyecciones de Natalio Ríos dieron marco cambiante a las escenas con inteligencia y claridad. Con la calidad de siempre la iluminación de Rubén Conde, mientras que el vestuario de Isabel Guai fue ingenioso y adaptado a la estética general, párrafo aparte merecen los peinados de excelente factura. Martín Sotelo condujo con mano segura el conjunto orquestal, con buen resultado y adecuada coherencia estilística.  Del elenco vocal se destacó la homogeneidad y su hubiera que destacar a alguien podría ser Victoria Gaeta (Dori) por su calidad y seguridad musical y su desenvoltura escénica.  Trinidad Goyeneche (Ofelia) tuvo un aplomado desempeño, Walter Schwarz dio autoridad al padre de las enamoradas (Aristone), Luciano Miotto fue un potente Trofonio, mientras que Josué Miranda (Artemidoro) y Mariano Fernández Bustinza (Plistene) aportaron voces bien timbradas y de decir expresivo para caracterizar a los dos enamorados.



Tosca en Toronto

Fotos de escena por Michael Cooper y Gary Beechey

Giuliana Dal Piaz

Toronto, 30-IV-2017. Four Seasons Centre for the Performing Arts. Temporada 2016-17 de la Canadian Opera Company, 30 de Abril-20 de Mayo. TOSCA de Giacomo Puccini, libreto de Giuseppe Giacosa y Luigi Illica, desde el drama de Victorien Sardou La Tosca. Dirección teatral: Paul Curran. Dirección musical: Keri-Lynn Wilson. Dirección del Coro: Sandra Horst.  Escenografía y vestuario: Kevin Knight. Dirección luces: David Martin Jacques.  Orquesta y Coro de la Canadian Opera Company. Intérpretes: Floria Tosca – Adrianne Pieczonka, soprano; Mario Cavaradossi, pintor – Marcelo Puente, tenor; Barón Scarpia, Jede de la policía de Roma – Markus Marquardt, bajo-barítono; el Sacristán de “Sant’Andrea della Valle” – Donato Di Stefano, bajo; Cesare Angelotti, ex Consul de la República Romana – Musa Ngqungwana, bajo-barítono; Spoletta, policía – Joel Sorensen, tenor; Sciarrone, gendarme – Giles Tomkins, bajo-barítono; carcelero – Bruno Roy, barítono.

Leemos en las Notas del Director teatral Paul Curran que, en su opinión, en Tosca “hay poco que permita deslumbrar e impresionar al pùblico o detrás de qué esconderse: Puccini ya nos ha dado prácticamente todo, los caracteres, sus interrelaciones y un verismo creíble...”, y sigue: “los personajes están construídos nota por nota, frase por frase y diálogo por diálogo”. Es extraño, entonces, que, cuando indica como tarea propia del director la de auxiliar a los intérpretes a profundizar en las sutilezas de sus respectivos personajes, Curran se formule un par de preguntas, incorrectas: ¿cómo conciliar – dice – la religiosidad de Tosca con el chantaje sexual y el delito? ¿Cómo es que el libre pensador Cavaradossi pinta un cuadro religioso en una iglesia? y añade: “¿Se trata acaso de una protesta íntima? ¿Retrata a la Magdalena como una rubia de ojos azules sólo para complacer a la Familia Attavanti que lo está pagando?”. Parece por lo tanto no percibir que la auténtica contradicción en Tosca no está tanto en su pretender ceder al chantaje sexual y luego asesinar a su acosador (está defendiendo su “virtud”, hecho que la Iglesia no condenaría), sino más bien en la entrega y la pasión con que vive su relación con Mario; por otro lado, Curran parece no recordar que el encargo al pintor se lo ha dado la iglesia que solicitó el cuadro, no como un retrato de la marquesa Attavanti sino como una pintura religiosa, y que el artista no deja que sus opiniones políticas o religiosas interfieran con el “oficio” cotidiano. Deslices... Curran y el escenógrafo/vestuarista Knight realizan una puesta en escena muy tradicional y bastante fiel al original, consiguiendo la justa correspondencia entre partitura y acción. Queriendo ser muy puntillosos, habría algo qué decir acerca de ese piso de grandes cuadros blancos y negros (no existe ni en la iglesia de “Sant’Andrea della Valle” donde empieza la acción, ni en el Palacio Farnese en que Scarpia tiene su oficina, ni mucho menos ¡en la explanada de Castel Sant’Angelo! Estamos hablando aquí de lugares reales...) o, en el segundo acto, acerca de la decoración de la oficina de Scarpia, que no es en el estilo Neoclásico de la época, o acerca del atuendo de Tosca, vestida exactamente como Josefina Beauharnais en la escena de la Coronación, mientras que en 1800 Napoleón es aún Primer Cónsul; y finalmente, en el tercer acto, acerca de la reconstrucción del bastión de Castel Sant’Angelo, más parecido a la chimenea de un navío de carga que a una fortaleza. Pero éstos son pequeños defectos. De hecho, la Canadian Opera Company cierra en belleza su temporada 2016-2017 con una buena edición de la ópera de Puccini, entre las más representadas en el mundo y las más amadas por el público.

Ambientada como decíamos en lugares reales, Tosca no es una obra histórica – a  diferencia de lo que a veces se ha dicho, y no obstante la fecha indicada al día, puesto que coincide con la batalla de Marengo –, sino un drama humano, en el cual las pequeñas historias de los personajes se desarrollan en medio de los eventos de la Historia, un proceso que Dahlhaus define el «desplazamiento de las razones dramáticas desde un ámbito socialmente determinado a sentimientos ‘genéricamente humanos’». En esto reside probablemente una de las causas del perdurable éxito de la ópera. Desde la misma perspectiva, el motivo religioso no aparece sólo como uno de los ingredientes echados en el caldero del feuilleton de Victorien Sardou, sino que es uno de los hilos conductores de la ópera, junto con la sensualidad y el sentido del poder. El elemento religioso no representa aquí una crítica especial a la jerarquía eclesiástica o a una sociedad todavía impregnada de creencias tradicionales, sino que define a dos de los personajes protagónicos: por un lado la egocéntrica beatería de Tosca (en “Vissi d’arte”, lamenta la falta de recompensa por sus buenas acciones), que no sufre en combinar una sincera religiosidad y la sensualidad con la cual vive su relación amorosa; y por el otro, la beatería de Scarpia, en quien la aparente religiosidad es sólo un instrumento de control sobre los demás, alcanzando el sacrilegio en el monólogo final del primer acto, con ese dramático y muy eficaz “¡Va, Tosca!” que enlaza sus propósitos eróticos con las notas del Te Deum y el repique ostinato de las campanas. Campanas que están muy presentes en toda la obra, marcando el paso del tiempo desde el Angelus del primer acto a los cuatro tañidos que indican el aproximarse para Cavaradossi de la hora de la ejecución. Puccini se había incluso documentado con el jefe campanero de la Basílica de San Pedro para saber cómo y cuándo repiquaba la gran campana vaticana...
El paso veloz del tiempo es un elemento que por cierto complica la ya compleja partitura pucciniana – toda la tragedia acontece en sólo 18 horas –, punteada por los “temas” de los personajes: primero entre todos, el tema de Scarpia que se repite 27 veces durante la obra, haciendo de él la figura dominante y central del drama; el tema del amor, que acompaña a Tosca y a Mario; el tetracordio de la fuga y el pavor (tema de Angelotti) que por momentos se enlaza con el tema de Scarpia.


Dirige por primera vez la orquesta de la Canadian Opera Company la joven y talentuosa directora canadiense Keri-Lynn Wilson, quien dá de Tosca una hermosa concertación muy apasionada, desde los tres acuerdos iniciales – como sabemos, no hay ouverture – con la fuerte entrada sucesiva de la orquesta, al reiterado manejo de los tañidos de campanas, decisivos para todo el matiz de la ópera, a la delicada introducción del canto del pastorcillo que abre el tercer acto. Y la Orquesta la sigue, con una interpretación dramática de gran nivel. Siempre muy bueno el Coro de la COC, dirigido por la óptima Sandra Horst. Definitivamente bueno el cast vocal, a pesar de las imperfecciones de pronuncia que han hecho difícil seguir el texto en el italiano original: con la excepción del Sacristán (que es madrelengua), sólo Cavaradossi exhibe una dicción correcta y clara; el tenor Marcelo Puente es buen actor, de gran presencia escénica, tiene una voz de rango y fuerza adecuados, lástima que el timbre no sea especialmente hermoso, con unas vibraciones metálicas en las notas más altas. Tiene en cambio una bella voz cálida y redonda la soprano Adrianne Pieczonka, dueña del papel y de la escena a tal punto que logra no tropezar en la importuna cola de manto y vestido en el segundo acto, y resulta siempre muy persuasiva en los duos pasionales. El bajo-barítono alemán Markus Marquardt no corresponde plenamente, ni por fuerza vocal ni por presencia escénica, a la imagen del Barón Scarpia, pero su profesionalidad lo mantiene a la altura de los demás protagonistas. El bajo-barítono Musa Ngqungwana tiene pronunciación muy defectuosa y escasa presencia teatral, mientras que los demás comprimarios, Spoletta, el Sacristán, Sciarrone y el carcelero resultan vocal y teatralmente adecuados.

Wednesday, May 3, 2017

Concierto Lírico de Diana Damrau y Nicolás Testé en el Teatro Colón de Buenos Aires

Gentileza Teatro Colón: Crédito de Arnaldo Colombaroli.

Gustavo Gabriel Otero
Twitter: @GazetaLyrica

Buenos Aires, 27 de abril de 2017: Teatro Colón. Concierto Lírico. Obras de Gioacchino Rossini, Giacomo Meyerbeer, Charles Gounod, Giuseppe Verdi, Camille Saint-Saëns, Antônio Carlos Gomes, Vincenzo Bellini, Amilcare Ponchielli, Leonard Bernstein y George Gershwin. Solistas: Diana Damrau, soprano – Nicolás Testé, bajo-barítono. Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Director: Mario Perusso. Cuarto Concierto del Ciclo de Abono de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires.


El público del Teatro Colón está ávido de figuras internacionales que desde hace años escasean en Buenos Aires. Por eso la magnífica respuesta que tuvo este Concierto que marcó el debut local de la soprano alemana Diana Damrau junto a su marido el bajo-barítono Nicolás Testé. El recital se enmarcó dentro del Abono de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires -un Ciclo con repertorio mayoritariamente sinfónico- y la respuesta de los profesores de la orquesta fue de adecuado nivel teniendo en cuenta que no es un orgánico acostumbrado a acompañar cantantes. Seguramente la experimentada batuta en repertorio lírico del maestro Mario Perusso fue la clave de la muy solvente prestación musical. La combinación de la voz de la soprano con la grave del varón no es la más común en los recitales de fragmentos operísticos. Se optó por diversos fragmentos solistas y sólo en el final por un dúo: el de Porgy and Bess, de Gershwin. Con todo el programa resultó atractivo, diferente y con obras poco transitadas. Luego de la obertura de La gazza ladra, Damrau entró y fue ovacionada antes de emitir nota alguna. Trascendente demostración que el público conoce sobradamente su brillante y exitosa carrera. Respuesta de la emoción cantó con notables agudos, simpatía, espontaneidad y algún paso de danza ‘Una voce poco fa’ del Barbero Rossiniano. Su siguiente intervención también fue originalmente escrita para mezzosoprano, ‘Nobles Seigneurs’ momento solista del paje Urbain en Los Hugonotes de Meyerbeer, que Diana Damrau acometió con buena dicción y coloraturas perfectas. El bajo barítono francés Nicolás Testé de ninguna manera fue un ocasional acompañante de la soprano sino que fue ganando un merecido reconocimiento a medida que avanzó la noche, aunque es evidente que la Diva era Damrau -que hasta cambió cuatro veces su vestuario: rojo, negro, azul, y retorno al rojo- y Testé un muy adecuado artista. Nicolás Testé de una correcta ‘Calunnia’ del Barbero, pasó a Los Hugonotes con ‘Pif, Pa’f vertido con elegancia y estilo, pero fue en ‘Elle ne m'aime pas’ del Don Carlos -que probablemente se escuchó por primera vez en su original francés en la sala del Colón- donde logró el mejor momento de la noche por compenetración, seguridad y conmovedores acentos. 
En la segunda parte Testé completó una paleta de personajes bien servidos con el aria del Duca d'Arcos ‘Di sposo di padre’ de Salvator Rosa de Antonio Carlos Gomes, y ‘Si, morir ella dé’ aria del personaje de Alvise Badoero, de La Gioconda de Ponchielli, siempre cantadas con precisión, estilo y buen gusto. El programa se completó con las danzas de la Noche de Walpurgis de Fausto de Gounod, la bacanal de Sansón y Dalila de Saint-Saëns y la obertura de Candide, de Leonard Bernstein, todos fragmentos donde la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires efectuó muy buenas interpretaciones aunque algún desliz siempre se presente. Diana Damrau con su gran carisma escénico, interpretó, también, una modélica ‘Amour, ranime mon courage’, de Roméo et Juliette de Gounod, que cerró la primera parte. Una sentida ‘Ombre légère’ de Dinorah de Giacomo Meyerbeer y una apabullante ‘rendetemi la speme... Vien' diletto’ de I Puritani de Bellini, en otro de los mejores momentos de la noche por servir a Elvira con acentos conmovedores además de llegar sin esfuerzo a las notas sobreagudas. Con ‘Bess you is my woman now’ de Porgy and Bess de Gershwin los solistas cerraron el recital y ante la insistencia del público cantaron un aria más cada uno y otro dúo: ‘O mio babbino caro’ y ‘Vecchia zimarra’, ambos fragmentos Puccinianos; más ‘Somewhere’ de West Side Story de Leonard Bernstein. Con las ovaciones de una sala casi colmada se cerró una noche donde el Colón volvió a estar a la altura de sus antecedentes brindando su escenario a una de las sopranos más trascendentes de este momento: Diana Danrau, junto a un muy eficaz Nicolás Testé.

Falstaff y Don Carlo en Milán

Foto: Falstaff (Silvia Lelli) Don Carlo (Monika Ritterhaus)

Ramón Jacques

El Teatro alla Scala presentó de manera paralela, dentro de la presente temporada, dos obras maestras de Verdi: Falstaff y Don Carlo. La primera de ellas fue escenificada con la producción estrenada en el Festival de Salzburgo del 2013, que lleva la firma del “director de moda” Damiano Michieletto cuyas ingeniosas producciones logran atraer y envolver al espectador como pocos directores pueden hacerlo. En esta ocasión el joven director italiano situó la acción en la Casa Verdi, la residencia de retiro milanés para músicos, construida y financiada por el propio compositor, y que fue reproducida fielmente por el escenógrafo Paolo Fantin. Aquí, el personaje de John Falstaff es un anciano jubilado, huésped actual de la casa, que entre sueños y realidades revive las aventuras de seducción de su juventud. Así, la trama transcurre mezclando hábilmente la realidad con la imaginación, y lo que se ve en escena son en realidad los recuerdos del personaje. La concepción de Michieletto está cargada de comicidad, de ironía, conmoción, humanidad y una dosis de agridulce melancolía, en una forma en la que el teatro nos describe y nos recuerda como es la vida misma.  El experimentado Zubin Mehta dirigió a la orquesta con seguridad y atención al detalle, una obra que demostró conocer bien, haciendo resaltar la brillantez de las cuerdas, y siempre con consideración por las voces. Ambrogio Maestri estuvo deslumbrante como Falstaff, papel que debutó aquí mismo en el 2001 y que ha cantado al menos 250 veces en 25 teatros distintos. Maestri, por desempeño vocal, incluso por físico, es el Falstaff por antonomasia de los últimos años. De las alegres comadres de Windsor, se puede resaltar la gracia y simpatía actoral, así como la oscura y radiante tonalidad de la mezzosoprano Annalisa Stroppa como Meg Page; el sentimentalismo de Carmen Giannatasio como Alice, y la profundidad vocal de Yvonne Naef como Mrs. Quickly. Nanetta fue interpretada correctamente por Giulia Semenzato. Agradó el divertido Ford de Massimo Cavalletti y por su canto, más que por actuación, Francesco Demuro como Fenton.  Correctos los demás intérpretes y el coro en sus intervenciones. 
Por su parte, Don Carlo volvió a este teatro en su versión en italiano en cinco actos, como no había sido vista desde hace cuarenta años cuando Claudio Abbado la programó en 1977. También con producción traída y estrenada en Salzburgo en el 2013, se contó con la dirección escénica de Peter Stein, las sencillas y minimalistas escenografías, situadas en la época que indica el libreto, diseñadas por Ferdinand Woegerbauer, los opulentos vestuarios de Anna Maria Heinrich, y la radiante iluminación de Joachim Barth, que jugó un rol importante, para hacer que esta puesta en escena fuera impactante, dramática y directa para estimular los sentidos del espectador. El tenor Francesco Meli ofreció un gran despliegue vocal y actoral como Don Carlo, su grato timbre posee calidez y colorido y su dicción fue notable. Ferruccio Furlanetto, demostró su habitual solidez y experiencia como Filippo II, en una de las ejecuciones más convincentes y solidas de la velada. Krassimira Stoyanova agradó por su elegancia y expresividad como Elisabetta y por la dulzura y delicadeza en su canto.  Redondearon el elenco la mezzosoprano Ekaterina Semenchuk intensa y enérgica como Eboli, y el joven barítono Simone Piazzola, muy desenvuelto como Rodrigo. El bajo finlandés Mika Kares realizó su debut de último minuto, interpretando al Gran Inquisidor, con voz potente pero escénicamente inseguro. Una mención aparte merece la dirección orquestal de Myung-Whun Chun, cargada de buen gusto, transparencia y sutileza con la que colocó a la orquesta como el elemento más descollante de la función.  El coro de la Scala también tuvo su aporte, con la firmeza que lo caracteriza.

Sunday, April 30, 2017

Rescatando la historia – Louis Riel, Toronto Canada

Fotos: Michael Cooper / Sophie L'Anson

Giuliana Dal Piaz

Toronto, 26-IV-2017. Four Season Centre for the Performing Arts, 20 de Abril-13 de Mayo. Temporada 2016-17 de la Canadian Opera Company. LOUIS RIEL, música de Harry Somers, libreto de Mavor Moore (1967). Dirección teatral: Peter Hinton. Dirección musical: Johannes Debus. Dirección del Coro: Sandra Horst. Escenografía: Michael Gianfrancesco. Vestuario: Gillian Gallow. Dirección de Luces: Bonnie Beecher. Coreografías: Santee Smith. Orquesta y Coro de la Canadian Opera Company.  Personajes e intérpretes principales: Louis Riel – Russell Braun, barítono; Obispo Taché: Alain Coulombe, bajo; Primer Ministro Sir John Madonald – James Westman, barítono; orangista Thomas Scott – Michael Colvin, tenor; Gobernador William McDougal & un juez – Doug MacNaughton, barítono; Julie Riel, madre de Louis – Allyson McHardy, mezzo-soprano; Marguerite Riel, esposa de Louis – Simone Osborne, soprano; Coronel Garnet Wolseley – Peter Barrett, barítono; Donald Smith, Director de la Hudson Bay Company – Aaron Sheppard, tenor; Sir G.E. Cartier – Jean-Philippe Fortier-Lazure, tenor... 

El compositor canadiense Harry Somers escribió Louis Riel – que él llamaba “drama en música” y no “ópera” – con el libretista Mavor Moore en 1967, en ocasión del 1º Centenario de la creación de Canadá como Estado independiente (Dominion), por encargo de una importante Fundación canadiense. La Canadian Opera Company lo presentó por primera vez con el famoso barítono Bernard Turgeon (nacido en la Provincia de Alberta en una familia de raíces anglo-francesas, hispánicas y Métis) en el papel protagónico, que el cantante siguió interpretando en la mayoría de las sucesivas reposiciones: desde entonces ése ha sido el rostro de Riel en la imaginación popular. Al tanto de esta nueva edición de la ópera, Turgeon esperaba poderla ver, pero falleció hace apenas unos meses, a los 85 años. Desde su estreno, la obra ha sido representada unas cuantas veces en Canadá y una vez en los Estados Unidos. La Canadian Opera Company vuelve a presentar ahora LOUIS RIEL para el 150º de la Federación en una nuevísima producción, no sólo con un equipo de realizadores e intérpretes todos canadienses (la única excepción es el Mº Johannes Debus, alemán, que sin embargo es el Director artístico permanente de la C.O.C.), sino añadiendo la participación de unos miembros de las llamadas “Primeras Naciones” indígenas, y el uso de la lengua Michif tanto en ciertos pasos del texto que como tercer idioma en los sobretítulos, junto al inglés y al francés. 

Me parece indispensable resumir la historia de Louis Riel, personaje importante y controvertido de la historia de Canadá, considerado por muchos un héroe y por otros un traidor, como rezaba la sentencia que lo condenó a muerte en 1885. Una vez creado en 1867 el Dominion, o Federación canadiense, con la unión de cuatro Provincias orientales (Ontario, anglófono y protestante; Québec, francófono y católico; y las Provincias marítimas anglófonas y protestantes de Nueva Escocia y New Brunswick), había que enfrentar la situación de los territorios occidentales dominados por la británica “Hudson Bay Company”. Con la aprobación de la Corona inglesa, que formalmente seguía – y sigue siendo – la máxima autoridad en Canadá, la Compañía aceptaba “vender” sus territorios al Gobierno canadiense, así que el Primer Ministro Sir John Macdonald (con el apoyo de Sir George-Étienne Cartier,  Ministro de la Defensa) promulga una ley que preve la incorporación al Dominion de los territorios occidentales, pero sin compensación alguna para los colonos que los habían poblado y cultivado. Los colonos ingleses e irlandeses están dispuestos a aceptar la situación; no así los Métis (desde la palabra por “mestizos”) franco-indígenas, que no sólo se verían despojados de sus tierras sino que tampoco adquirirían la ciudadanía canadiense. En la región de Red River – parte de la actual Provincia de Manitoba o “tierra de Manitú” –, los Métis se rebelan guiados por Louis Riel, un místico que siente haber sido encargado de esa misión directamente por Dios (afirma ser la re-encarnación del bíblico David). Riel y sus tropas logran ocupar Fort Garry, la actual Winnipeg, base occidental entonces de la Hudson Bay Co., e instalar un Consejo Nacional de los Métis; Riel se vuelve de hecho el gobernador del Red River y el fundador de Manitoba. Ottawa nombra a un Gobernador propio, el incompetente William McDougall, que llega a Fort Garry antes de tiempo a través de los Estados Unidos, irritando a los Métis y complicando la situación mientras que arrecia el invierno. A pesar de ello, el Director de la Hudson Bay Co., Donald Smith, logra establecer con Riel un diálogo constructivo, mientras que el Obispo Taché intenta defender la causa de los Métis ante el Primer Ministro Macdonald y el Ministro Cartier. Estos prometen satisfacer todos los pedidos de Riel pero dilatan arteramente la amnistía solicitada por los rebeldes para deponer las armas. Mientras tanto, en Red River, grupos de patriotas anglófonos protestantes causan disturbios pidiendo la renuncia de Riel. Derrotados una primera vez, pero indignados por la condena a muerte del violento orangista Thomas Scott de parte de una corte marcial Métis, se alzan nuevamente contra el Gobierno provisional induciendo al Gobierno a intervenir. Riel huye a los Estados Unidos donde sobrevive dando clases. Quince años más tarde, un grupo de Métis e indios Cree de la actual Provincia de Saskatchewan lo visita para pedirle volver a Canadá a guiar una nueva insurrección. A pesar de las súplicas de su joven esposa Métis, Marguerite, Riel vuelve a su país, radicalizado en sus ideas y decidido a oponerse incluso a la Iglesia, que intenta frenar el levantamiento. Derrotado y capturado en Batoche, Riel es acusado de rebelión y alta traición; su defensor intenta salvarlo por insanidad mental, con base en sus ideas religiosas, pero la autodefensa que Riel pronuncia en la Corte convence a los jueces de su sanidad mental, por lo cual lo condenan a la horca. 

Harry Somers es una fascinante figura de músico, el más prolífico e importante que tenga el país: nacido y formado en Canadá, estudió también en Gran Bretaña, Alemania e Italia; murió con el siglo (1999), escribió muchísima música de todo tipo,  sinfónica, coros, bandas sonoras de películas, música para teatro, y una media docena de óperas. Su producción es heterogénea como sus intereses y sus experiencias musicales. La partitura que compuso para Louis Riel es muy hermosa y vigorosa, con algunos momentos líricos y hasta un esbozo de canto gregoriano; me pareció evidente la influencia de Luigi Nono, quizás también de Giacinto Scelsi, en las secuencias atonales o dodecafónicas, una influencia filtrada, sin embargo, y evolucionada en un estilo muy personal. Por supuesto no se trata de una “ópera” en el sentido proprio de la palabra: la música no da la melodía a las arias (la mayoría de ellas son puramente vocales, sin acompañamiento instrumental), determina más bien atmósferas y a su manera “cuenta” los estados de ánimo de los personajes; por momentos la orquesta calla del todo, dejando campo libre a las voces o que hable el movimiento, como en la “danza del búfalo” del bailarín Kainai-Pie-Negro Justin Many Fingers. Los personajes principales “cantan” en el escenario de manera distinta según sus caracterización: los representantes de gobierno, en especial el Primer Ministro Macdonald, utilizan un “discurso cantado” rítmico, bastante satírico. Louis Riel canta largos solos melódicos, que exigen una increible agilidad vocal y a menudo un gran virtuosismo. Para su partitura, Somers utiliza también ritmos pre-existentes: la canción que da inicio a la ópera, “Riel está sentado en su estudio”, es la re-elaboración en forma de lamento indígeno (entonado por la cantante Métis Jani Lauzon sin acompañamiento musical) de la marcha militar compuesta por un funcionario de la Hudson Bay Company en época de Riel; en el Tercer Acto, durante la escena en la iglesia, el compositor superpone el tintineo de cascabeles de trineo y panderetas a la Misa cantada en latín; la “canción de cuna”, Kuyas, que Marguerite Riel canta a su bebé al inicio del Tercer Acto, ya existía bajo el título de “Song of Skateen”, no es una canción de cuna y no es Métis, sino un canto fúnebre Nisga’a, una de las muchísimas piezas que los etnógrafos recopilaron de las poblaciones indígenas a principios del siglo XX.

Todos los cantantes son muy buenos, también desde el punto de vista de la actuación, en especial el barítono Russell Braun, un Louis Riel apasionado y poderoso pero muy atormentado; la mezzo-soprano Allyson McHardy, severa y amorosa madre de Riel, de voz cálida y fuerte; y la soprano Simone Osborne, una Marguerite Riel de hermosa voz dulce y dolida, que mantiene muy bien por toda su pieza sin acompañamiento instrumental. El barítono James Westman interpreta con gran eficacia al Primer Ministro Macdonald, subrayando con medida los aspectos negativos que le atribuye el libreto. Con semejante gama de talentos a disposición, no se entiende por qué se llamen a menudo de los Estados Unidos a cantantes – a veces ¡mucho menos capaces! – que cubran los papeles protagónicos en las óperas que se producen en Toronto. 

Peter Hinton ha realizado una puesta en escena muy esencial y original llevando al escenario la “Land Assembly”, un grupo de 15 representantes de las Primeras Naciones, en calidad de testigos mudos (y ¡acusadores!) de lo que ocurre en el escenario, todos vestidos de rojo en los dos primeros actos de la ópera y de negro en el tercer acto, cuando la derrota de Riel. El coro (integrado por 40 cantantes) se vuelve visible, en dos hileras de tribunas como los bancos de un jurado, cuando se alzan despacio dos grandes paneles verticales, que, cerrados, parecen un fondo de escena, abiertos, develan a su vez fondos de colores distintos según el momento de la acción. Son miembros del coro, además, los que dan vida primero a los grupos de Métis o de feligreses católicos que ensalzan a Riel, y luego a grupos de colonos exaltados que piden su renuncia y su muerte. Me pareció muy atinada la escenografía minimalista de Michael Gianfrancesco, pocos elementos de decoración indispensable, introducidos o quitados a la vista del público. Dos distintos telones que escurren verticalmente definen el lugar de la acción, con la mapa del Palacio del Parlamento que nos “lleva” a Ottawa, donde el Primer Ministro Macdonald, primero con el Ministro de Defensa Cartier y el Director de la Hudson Bay Co., Donald Smith, y luego Macdonald con Cartier, planean su hipócrita estrategia. No tan bueno me pareció, en cambio, el vestuario diseñado por Gillian Gallow, que enfatiza el intento denigratorio hacia el Gobierno de Ottawa, vistiendo a los ministros con absurdos trajes de cuadros, rojo para Macdonald y azul para Cartier (que además no era de origen escocés), o al Director de la Hudson Bay de traje blanco con listas multicolores en el borde de la chaqueta y del pantalón, mientras que viste siempre a los Métis con sombríos trajes oscuros. Magistral por enfasis y precisión, la concertación orquestada por el Mº Johannes Debus, así como la ejecución proporcionada por la orquesta de la Canadian Opera Company. 

LOUIS RIEL ha sido una magnífica novedad en el panorama operístico de Toronto, a la cual desafortunadamente una buena parte del público, e incluso los críticos musicales de dos importantes diarios, no han respondido como es debido...