miércoles, 9 de febrero de 2011

Hugo Aisemberg y Novitango con musica de Piazzola en el Teatro Comunale de Ferrara, Italia

Foto: Hugo Aisemberg
Athos Tromboni
Enrique Santos Discépolo fue un famoso compositor argentino, tanto como Astor Piazzola, quien además de haber escrito tantas canciones de tango para Carlos Gardel, fue el primero en afirmar con acumen que “el tango es un pensamiento triste que se puede bailar”. Después de el y Gardel, fueron Piazzola y el poeta Horacio Ferrer quienes renovaron las sugestiones del pensamiento triste dándole cuerpo a la música, pero fue otro poeta, Jorge Luis Borges, el maldito, quien afirmó desdeñando definitivamente al tango, con una frase lapidaria pero cierto: “en una ocasión fue una orgiástica travesura, hoy es un modo de caminar” En los albores del siglo veinte, el tango se bailaba en Argentina, en las plazas del país y en los patios de las periferias, en las hosterías y en las villas o barrios, mientras que en Europa, sobretodo en Paris se convirtió en el divertissement de los salones à-la-page. En la segunda mitad del siglo veinte, el tango se afianzó universalmente mientras que en Italia, por ejemplo, entró en los bailes y se transformó en un pensamiento triste de crónicas realistas de amor, con las alegrías de las riñas y las ironías de todas las criticas de amor; en Argentina, en el resto de America y en los Estados Unidos permaneció prevalentemente como un pensamiento triste para bailar en las milongas, que no es solo un genero musical si no también un tipo de local de baile frecuentado por los tanguistas. En las milongas se respira un aire de seducción y la relación hombre-mujer mantiene una jerarquía masculina, impensable en las discotecas modernas, y por lo tanto un mundo en si, con sus significados ricos de sensualidad y humores, expectativas y espera. En las milongas las música de Piazzola se convirtió en bailable, cargándose de humores más allá de las intenciones del compositor, es por ello que es un compositor considerablemente popular. Esta larga introducción era necesaria para decir que el tango no puede ser arrancado de su contexto, hoy cada ejecución en forma de concierto debe poder expresar los contenidos de ese contexto, siendo el más emocionante de todas las emociones posibles que provee esta música. El 26 de enero del 2011 en el Teatro Comunale de Ferrara, el pianista argentino Hugo Aisemberg y su grupo Novitango quisieron hacer un homenaje a la cultura argentina con el espectáculo, el Tango, músicas de Piazzola y textos de Borges y Ferrer. El riesgo de la descontextualización y un lenguaje artístico convertido en popular y siempre el habitual: el de transformar los contenidos expresivos en caligráficas ejecuciones, afectaciones, razonamientos. Si Novitango quiso ejecutar la música de Piazzola dentro de un teatro del siglo dieciocho lo hizo, pero transfiriendo los contenidos emocionales de las milongas: esto se pensaba consultando el programa de mano, salido con días de anticipación. Después, en el teatro respiramos verdaderamente el aire de las milongas no solo por la bravura de los músicos, si no por un quid que esta entre lo real y lo metafísico, entre la razón y el sueño, en aquella zona indefinible de las emociones que solo la música puede transformar en imágenes, estremecimiento, escalofrió, excitación. La primera parte del concierto fue interpretada por el cuarteto instrumental (Hugo Aisembeg en el piano, Francesco Manna en la flauta, Juan Lucas Aisemberg en la viola y Jean Gambini en el contrabajo) también acompañados por el canto de Ruben Peloni. El piano de Hugo Aisemberg es de impostación clásica, de encendimiento melódico y prevalentemente legato, con colores chopinianos también en los ligeros y en los arpegios, y el piano, diversamente de estilo jazzístico, se convirtió un instrumento casi concertante y no rítmico. La viola de su hijo Jean Lucas tomó el lugar del bandoneón, y junto a la flauta de Manna, se convirtió en un verdadero instrumento concertante. También el contrabajo de Gambini fue más que un bajo continúo que uno rítmico, porque fue tocado prevalentemente al arco. Así, fueron interpretados los Cuatro momentos para grupo instrumental de Piazzola e inmediatamente después las Cuatro canciones porteñas de textos de Borges. En los dos sets musicales, el actor Marco Sgarbi recitó poesías del propio Borges. En la segunda parte del espectáculo, una vez más Marco Sgarbi como voz recitante y después la música de Piazzola, esta vez con la inserción del bandoneón (Peter Reil) y de las percusiones (Saul Aisemberg) tanto en las ejecuciones instrumentales como en las canciones interpretadas por Peloni. Los únicos compositores que en la velada fueron aceptados en la corte de Piazzola fueron Agustin Barti (con la afligida pieza Gallo Ciego) y Gerardo Rodríguez (muy aplaudida con La Cumparsita), además de Carlos Gardel, como primer bis ofrecido (el tango Volver). Al final otro bis para sellar el éxito de la velada, también para el público: una poesía in memoriam de Piazzola de su amigo el compositor Horacio Ferrer, recitada por Peloni con optima voz actorial mientras que al fondo con la música de Oblivion, recordaba a todos “que el pensamiento triste que se puede bailar” marcó una época y marcara otras en el futuro.

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