lunes, 28 de febrero de 2011

Ravel, Saint Saens y Beethoven con la Orquesta de Cámara de Los Ángeles

Foto de: Stephane Gallois

Ramón Jacques
Dentro de las orquestas de cámara estadounidenses, la Los Ángeles Chamber Orchestra esta considerada en la actualidad como una las mas importantes en Norteamérica. Creada en 1968, con el objetivo original de agrupar a destacados músicos que sirvieran a los estudios de grabación y a la industria cinematográfica de Hollywood, la orquesta fue subiendo su nivel hasta convertirse en una de las piedras angulares en la vida musical de esta ciudad, esto se debió principalmente a la presencia de los destacados directores musicales que ha tenido durante su historia como: Sir Neville Marriner, Gerard Schwarz, Iona Brown y Christopher Perick. El octavo programa de la temporada 2010-2011 de la orquesta, dirigido por el francés Louis Langree (mas conocido en este país por ser desde hace siete años el director musical del Mostly Mozart Festival de Nueva York) inició con la Pavane pour une infante defunte, el breve y ceremonioso baile de calida y clara orquestación de Maurice Ravel, que a pesar del brillante corno que guío la pieza, su lenta ejecución resulto ser pálida y de poco brío. A continuación, el virtuoso tour de force que es el Concierto para piano y orquesta no 2, Op 22 de Camille Saint-Saens, y sus tres movimientos, se vio fragmentado a temas individuales que parecieron carecer de una continuidad, ya que en la desatenta y poco calibrada batuta de Langree, se noto tensión, que creo notables desfases y falta de sincronía con la solista, además de una emisión orquestal que por momentos sonó demasiado fuerte. Sin importar la excesiva energía que imprimió al largo pasaje solista con el que inicia la obra, la joven pianista francesa Lisa de la Salle demostró una admirable agilidad y pericia frente al teclado, y el segundo movimiento, el Allegro Scherzando fue indudablemente uno de los momentos mas altos del concierto: por la sutileza, la coloración, la dinámica y la musicalidad que le imprimió. Al final regresó para ofrecer un breve bis de Chopin, algo raro y poco habitual en las salas de concierto de estas latitudes. El concierto concluyó con una satisfactoria y grata ejecución de la alegre Sinfonía 2 de Beethoveen, en la que Langree se ocupó de ir cincelando desde el inicio, y en cada movimiento, la búsqueda de timbres, permitiendo a la orquesta expresarse con mayor libertad, y en la que sobresalió por la belleza en el colorido de su emisión y uniformidad, la sección de chelos de la orquesta.

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