Thursday, February 21, 2019

La Boheme en Houston


Fotos: Lynn Lane

Ramón Jacques

Con La Bohème inició una nueva temporada de la Gran Opera de Houston. La buena noticia es que después de un año la compañía vuelve a su sede, el teatro Wortham, que como se sabe sufrió deterioros por las inundaciones del huracán Harvey en agosto del 2017. Además de una gala con Placido Domingo, no hubo grandes celebraciones por la reapertura del remodelado inmueble, ni se eligió un titulo significativo para la ocasión, como pudo haber sido Aida, con la que se inauguró el teatro en 1987. Dicho lo anterior, y considerando la cantidad de teatros que programan en la actualidad con tanta frecuencia esta obra maestra pucciniana, me hace pensar que ello obedece más a un imán publicitario para atraer público y llenar butacas, que a un legitimo interés artístico. Haciendo un recuento de las últimas veces que he visto la obra en los últimos tres años, por mencionar un periodo no muy extenso, y que han sido varias; me atrevería a decir que se ha descuidado el título convirtiéndolo en algo rutinario, con las mismas bromas y cargadas situaciones dramáticas, reposiciones de montajes antiguos, y sobre todo que los personajes pueden ser interpretados por cualquier artista, incluso inexpertos, todo bajo el pretexto de que es una obra popular del repertorio que siempre seguirá gustando. 
La Bohème es una obra maestra y debe presentarse siempre con los más altos estándares artísticos, sin desgastarla, y sin desgastar al propio público.  La función que me ocupa no estuvo exenta de lo anteriormente dicho, ya que la puesta en escena de John Caird, con vestuarios y diseños de David Farley, si bien se apegó al libreto y tiene algunos destellos de brillantez, como la escena del Café Momus. fue en términos generales oscura, sombría y anticuada en su concepción, aunque el programa de mano indica que se trata de una coproducción entre tres teatros importantes. Parecería que la elección de elencos en Houston ya no tan acorde a la tradición y tamaño de la compañía, y solo el tenor italiano Ivan Magrì, exhibió un desenvolvimiento escénico destacable como Rodolfo, así como una clara tonalidad y buena proyección. La soprano Nicole Heaston mostro grato color en su canto, aunque se mostró rígida e inexpresiva como Mimì. Tanto el Marcello de Michael Sumuel como la Musetta de Pureum Jo tuvieron un desempeño muy discreto en esta función, y el bajo Federico de Michelis fue un seguro Colline. En el foso, James Lowe, dirigió con seguridad y precisión a la orquesta, que le dio buenos resultados, y en su lectura se notó la atención y cuidado que tuvo con las voces para encontrar un balance ideal.

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