Después de dos importantes producciones hechas en Estados Unidos (la de 1955 del American National Theater Academy y la de 1996 de la Houston Grand Opera) el Teatro alla Scala propuso por primera ocasión un montaje autóctono de Porgy y Bess, que para respetar la voluntad del autor, ha debido realizarse en forma semi escénica. Philippe Harnoncourt, hijo del llorado Nikolaus (a quien fue confiada originalmente la batuta) en una entrevista publicada en el programa de mano, explicó el impredecible vinculo entre su familia y la partitura de Gershwin. De hecho, pensar que un grande la filología barraco y clásica (como Nikolaus) haya llegado en los últimos años de su carrera a interpretar Porgy y Bess, podría parecer de verdad sorprendente si no es porque se sabe que en su habitación vienesa, por medio de un culto y viejo tío americano, extractos de la ópera gershwiniana iniciaron a circular antes de que la ópera fuera tan conocida en el occidente. Philippe Harnoncourt impuso un trabajo meticuloso en la recitación coadyuvado de un óptimo grupo de cantantes-actores muy empeñados a realizar los propios personajes de manera redonda. Proyecciones, en realidad, no siempre eficaces en el fondo comentaban de manera más o menos didáctica la acción, y los bien diseñados vestuarios de época hicieron que el espectáculo estuviera bien situado en su tiempo. Muy convincente fue el resultado musical de la partitura comenzando por la brillante y muy dinámica concertación de Alan Gilbert, muy atento a los vistosos colores y a la insistente rítmica de la partitura. Esplendido estuvo el coro dirigido por Bruno Casoni y el apropiado elenco con Morris Robinson quien dio al protagonista su voz muy segura en el timbre, potente, pero no muy tenue. Kristin Lewis (Bess) demostró personalidad aunque algunos problemas al poner a fuego su registro más agudo. Por su parte, estuvo desbordante, violento y sanguinario el Crown de Lester Lynch, mientras que convincente y musical se mostró Angel Blue (Clara). También el insinuante Sporting Life de Chauncey Packer agradó por la nitidez de la dicción y por la confianza escénica. En suma, un meritorio reconocimiento para todos, por un espectáculo de verdad agradable y muy aplaudido.
Opera-Musica Foto: Die Feen - Wagner - Théâtre du Châtelet, Paris - 04/2009(c) Marie-Noëlle Robert.
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Monday, November 21, 2016
Porgy y Bess de Gershwin en el Teatro alla Scala de Milán
Después de dos importantes producciones hechas en Estados Unidos (la de 1955 del American National Theater Academy y la de 1996 de la Houston Grand Opera) el Teatro alla Scala propuso por primera ocasión un montaje autóctono de Porgy y Bess, que para respetar la voluntad del autor, ha debido realizarse en forma semi escénica. Philippe Harnoncourt, hijo del llorado Nikolaus (a quien fue confiada originalmente la batuta) en una entrevista publicada en el programa de mano, explicó el impredecible vinculo entre su familia y la partitura de Gershwin. De hecho, pensar que un grande la filología barraco y clásica (como Nikolaus) haya llegado en los últimos años de su carrera a interpretar Porgy y Bess, podría parecer de verdad sorprendente si no es porque se sabe que en su habitación vienesa, por medio de un culto y viejo tío americano, extractos de la ópera gershwiniana iniciaron a circular antes de que la ópera fuera tan conocida en el occidente. Philippe Harnoncourt impuso un trabajo meticuloso en la recitación coadyuvado de un óptimo grupo de cantantes-actores muy empeñados a realizar los propios personajes de manera redonda. Proyecciones, en realidad, no siempre eficaces en el fondo comentaban de manera más o menos didáctica la acción, y los bien diseñados vestuarios de época hicieron que el espectáculo estuviera bien situado en su tiempo. Muy convincente fue el resultado musical de la partitura comenzando por la brillante y muy dinámica concertación de Alan Gilbert, muy atento a los vistosos colores y a la insistente rítmica de la partitura. Esplendido estuvo el coro dirigido por Bruno Casoni y el apropiado elenco con Morris Robinson quien dio al protagonista su voz muy segura en el timbre, potente, pero no muy tenue. Kristin Lewis (Bess) demostró personalidad aunque algunos problemas al poner a fuego su registro más agudo. Por su parte, estuvo desbordante, violento y sanguinario el Crown de Lester Lynch, mientras que convincente y musical se mostró Angel Blue (Clara). También el insinuante Sporting Life de Chauncey Packer agradó por la nitidez de la dicción y por la confianza escénica. En suma, un meritorio reconocimiento para todos, por un espectáculo de verdad agradable y muy aplaudido.
Porgy and Bess – Teatro alla Scala
Foto: Fondazione Teatro alla Scala
Massimo Viazzo
Dopo due produzioni importate made in Usa (nel 1955 a cura della American National Theather
Academy e nel 1996 della Houston Grand Opera) il Teatro alla Scala ha proposto
per la prima volta un allestimento autoctono di Porgy and Bess, che per rispettare la
volontà dell’autore, ha dovuto essere svolto in forma semi-scenica. Philippe
Harnoncourt, figlio del compianto Nikolaus (a cui in un primo momento era stata
affidata la bacchetta) in una intervista riportata sul programma di sala ha
spiegato l’imprevedibile legame della sua famiglia con la partitura di
Gershwin. In effetti, pensare che un campione della filologia barocca e
classica (Nikolaus appunto) sia giunto negli ultimi anni di carriera ad
eseguire Porgy and Bess, potrebbe
apparire davvero sorprendente se non si sa che nella sua abitazione viennese,
tramite un colto vecchio zio americano, estratti dell’opera gershwiniana avevano iniziato a circolare ben
prima che in occidente l’opera fosse conosciuta. Philippe Harnoncourt ha impostato un lavoro meticoloso sulla
recitazione coadiuvato da un ottimo stuolo di cantanti-attori impegnatissimi a
rendere i propri personaggi a tutto tondo. Proiezioni, in verità non sempre
efficaci, sul fondale commentavano in modo più o meno didascalico l’azione, e
costumi d’epoca ben disegnati rendevano la vicenda ben collocata nel proprio
tempo. Molto convincete la resa musicale della partitura a cominciare dalla
smagliante e dinamicissima direzione di Alan Gilbert, attentissimo ai colori sgargianti
e alla ritmica incalzante della partitura. Coro superbo diretto da Bruno Casoni
e cast appropriato con un Morris Robinson che ha donato al protagonista la sua
voce timbricamente scurissima, potente, ma non molto sfumata e Kristin Lewis
(Bess) che ha mostrato personalità ma anche qualche problema di messa a fuoco
nel registro più acuto. Debordante, violento e sanguigno, invece, il Crown di
Lester Lynch mentre suadente e musicale si è rivelata Angel Blue (Clara). Anche
l’insinuante Sporting Life di Chauncey Packer è piaciuto per la nitidezza della
dizione e la sua spigliatezza scenica. Insomma, un plauso meritato a tutti per una
spettacolo davvero godibile e molto applaudito.
Saturday, May 7, 2016
La cena delle beffe en el Teatro alla Scala de Milán
Foto: Brescia&Amisano- Teatro alla Scala
Massimo Viazzo
Es verdaderamente
encomiable el proyecto del Teatro alla Scala que pretende redescubrir en los
próximos años, operas italianas del periodo verista que tuvieron su estreno
mundial en el teatro milanés y que desaparecieron pronto del repertorio. En cierta medida, la Scala se reapropia de su
historia. La cena delle beffe de Umberto Giordano ha abierto este ciclo
obteniendo un gran éxito tanto con público como con la crítica. La ópera fue bautizada en 1924 por Arturo
Toscanini, tuvo una breve representacion la temporada siguiente y después
ninguna mas. La historia narrada es
tórrida como en la mejor tradición verista y la música cuenta con diversos atout
aunque sin alcanzar los picos emocionales de Chenier. Uno de los motivos principales por los La cenna delle beffe no ha sido
representada con regularidad por los teatros es porque la escritura es
verdaderamente ardua en la parte tenoril (Giordano se la había confiado a
Hipólito Lázaro, el célebre tenor catalán
que había seducido a Mascagni).
En esta ocasión, Marco Berti en
el papel de Giannetto mostró gran solidez y potencia, seguridad en el registro
más agudo, por momentos forzado, y un
timbre rotundo. De verdad fue una prueba
mayúscula de enfrentar, con una escritura vocal muy difícil. Gran presencia escénica y vocal tuvo también
el antagonista, el fanfarrón Neri
Chiramantesi, personificado por Nicola Alaimo con voz robusta y un acento
estilísticamente apropiado. Ginevra la
mujer objeto de la disputa, fue
interpretada por Kristin Lewis que estuvo de verdad en la parte, con una voz
penetrante y buena emisión. Emocionante
fue el aria de Lisabetta, uno de los momentos más conmovedores de la partitura,
cantado con intensidad y timbre suave por Jessica Nuccio. Fue bien lograda la
intervención de Bruno De Simone en el papel de Doctor, Luciano Di Pasquale en
el de Tornaquinci y Chiara Isotton una
Cintia de espesor. Carlo Rizzi dirigió
con cuidado a la Orquesta del Teatro Alla Scala, atento a las finezas tímbricas
y sin cargar mucho la mano en el énfasis.
Al final, el espectáculo de Mario Martone con escenografías de
Margherita Palli, vestuarios de Ursula Patzak y la iluminación de Pasquale Mari
fueron cautivantes. Martone post fechó
la escena originalmente ambientada en la Florencia de Lorenzo el Magnífico, en
los años del plomo, con clanes rivales del tipo de Il Padrino, utilizando una estructura escénica en tres nivel que se
corría en sentido vertical representando los ambientes en los que transcurrían
los hechos como un sótano, un restaurante y la habitación de Ginevra. Al final se escucharon muchos aplausos.
La cena delle beffe - Teatro alla Scala Milano
Foto: Brescia&Amisano- Teatro alla Scala
Massimo Viazzo
E’ veramente lodevole il progetto del Teatro
alla Scala che intende riscoprire nei prossimi anni opere italiane del periodo
verista, eseguite nel teatro milanese in prima mondiale, e poi uscite
praticamente subito di repertorio. La Scala, in un certo senso si riappropria
della propria storia. La cena
delle beffe di Umberto Giordano ha aperto questo ciclo
ottenendo un grande successo di pubblico e di critica. L’opera era stata
battezzata nel 1924 addirittura da Arturo Toscanini, una breve ripresa la
stagione successiva e poi più nulla. La vicenda narrata è torbida come nella
migliore trazione verista e la musica ha diversi atout anche se non raggiunge le vette emozionali dello Chenier. Uno
dei motivi principali per cui La cena
delle beffe non è stata ripresa con regolarità dai teatri è la scrittura
davvero ardua della parte tenorile (Giordano l’aveva affidata a Hipolito
Lazaro, il celebre tenore catalano che aveva sedotto Mascagni). In questa
occasione Marco Berti nel ruolo di Giannetto ha sfoggiato grande solidità e
potenza, sicurezza nel registro più acuto, spesso sollecitato, e timbrica
rotonda. Davvero una prova maiuscola alle prese con una scrittura vocale
difficilissima. Grande presenza scenica e vocale anche per l’antagonista, lo
spaccone Neri Chiaramantesi, impersonato da Nicola Alaimo con voce robusta e
accento stilisticamente appropriato. Ginevra, la donna oggetto del contendere,
è stata interpretata da una Kristin Lewis davvero in parte, con voce penetrante
e una buona emissione. Emozionante l’Aria di Lisabetta, uno dei momenti più
toccanti della partitura, cantata con intensità e timbrica soave da Jessica
Nuccio, come pure molto riusciti gli interventi di Bruno De Simone nei panni
del Dottore, Luciano Di Pasquale in quelli di Torna quinci, e Chiara Isotton
una Cintia di spessore. Carlo Rizzi ha diretto con cura l’Orchestra del Teatro
alla Scala, attento alle finezze timbriche e senza calcare troppo la mano
sull’enfasi. Infine, lo spettacolo firmato da Mario Martone
con le scene di Margherita Palli, i costumi di Ursula Patzak e le luci di
Pasquale Mari è stato accattivante. Martone ha postdatato la vicenda
originariamente ambientata nella Firenze di Lorenzo il Magnifico, negli anni di
piombo, con tanto di clan rivali sul tipo de Il Padrino, utilizzando una struttura scenica a tre piani
scorrevoli in senso verticale che rappresentavano gli ambienti in cui si
svolgevano i fatti, uno scantinato, un ristorante e la camera di Ginevra. Grandi
applausi alla fine.
Friday, April 1, 2016
Aída en Turín
Foto: Ramella&Giannese
Renzo Bellardone
Esta producción de Aída se manifestó a través de una
dirección muy clásica de William
Friedkin que aunque no tuvo saltos futurísticos, representó completamente
la ópera apegándose a la idea de festejar la reinauguración del Museo Egipcio
de Turín, considerado el más importante del mundo después del de Cairo. La ópera
se disfrutó plenamente sobre todo por la música engañosa desde la obertura,
pero que anunciaba un Verdi maravillosamente sinfónico, los dulces sonidos del
harpa o de las flautas nos transportaron a un dulce mundo visionario y al mismo
tiempo coherente con la observación de que aquel mundo desafortunadamente aun forma
parte de este. La peculiaridad de la ópera alcanzó un aura hipnotizante gracias
a la baqueta – osare decir mágica- de Gianandrea
Noseda con la que nos secuestró por la belleza con la que habitualmente
profundiza todo su ser, con la mirada hacia el infinito nota tras nota.
Seguramente fue una confirmación mas para la dirección y la magnífica orquesta
del Regio de Turín. Igualmente, el coro dirigido por Claudio Fenoglio alcanzó como siempre puntos más relucientes en una
amalgama cubierta de preciosos e impetuosos colores. Un aplauso para los
coristas de verdadero nivel. La Aida de Kristin
Lewis reveló un tono sensiblemente sincero, rico de luces y tonalidades, agradable
en los filados y seguro en los agudos. Amneris fue interpretada por Anita Rachevelishvili con voz rica de
colores y un timbre relevante, fue hábil en los diversos registros que afrontó
con seguridad y conmovedora interpretación. Marco Berti estuvo convincente como Radames, mientras fue avanzando
la ópera y fue muy apreciado en el dueto final con Aida. Amonasro encontró en Mark Doss un orgulloso y potente intérprete tanto por los colores
como por su timbre. Giacomo Prestia
fue un Ramfis perfectamente logrado como personaje gracias a una voz profunda y
autoritaria con curvaturas poéticas y habilidad para comunicar sensaciones
profundas. Una mención para In-Sung Sim,
Dario Prola y Kate Fruchtermann. Muy pertinente y estilísticamente interesante
estuvieron las coreografías de Anna Maria Bruzzese.
Wednesday, November 4, 2015
Aida - Teatro Regio di Torino
Foto: Teatro Regio di Torino
Renzo Bellardone
Questa
produzione di Aida si è manifestata attraverso una regia molto classica di William
Friedkin, che seppure senza guizzi futuristici, ha rappresentato
compiutamente l’opera e ben si è attagliata all’idea di festeggiare la
reinaugurazione del Museo Egizio di Torino, considerato il più importante al
mondo dopo quello del Cairo. L’opera si è goduta appieno soprattutto per
la musica accalappiatrice fin dalla ouverture annunciatrice di un
Verdi meravigliosamente sinfonico; i dolci suoni dell’arpa o dei flauti hanno
trasportato in un dolce mondo visionario ed al tempo stesso coerente con
l’osservazione di quel mondo e purtroppo ancora di questo. La peculiarità
dell’opera ha raggiunto un’aura ipnotizzante grazie alla bacchetta –oserei dire
magica- di Gianandrea Noseda che rapito dalla bellezza
abitualmente profonde tutto il suo essere con lo sguardo proteso
all’infinito, inseguito nota dopo nota. Sicuramente ancora una conferma per la
direzione e la magnifica orchestra del Regio di Torino. Parimenti il coro
diretto da Claudio Fenoglio raggiunge vette sempre più
rilucenti in un amalgama di preziosi colori ora soffusi, ora impetuosi: un
plauso ai coristi di vero livello. Kristin Lewis, Aida, ha rivelato un tono
sensibilmente accorato ricco di luci e sfumature, piacevole nei filati e sicura
negli acuti. Amneris è stata interpretata da Anita Rachevelishvili con
voce ricca di colori e timbricamente rilevante; abile nei vari registri che ha
affrontato con sicurezza e toccante interpretazione. Marco Berti in
Radames è stato convincente nell’avanzare dell’opera ed apprezzato nel duetto
finale con Aida.. Amonraso ha trovato in Mark Doss un superbo
e possente interprete sia per colori che per timbro. Giacomo Prestia in
Ramfis è perfettamente riuscito nel personaggio grazie ad una voce profonda ed
autorevole con arrotondamenti poetici ed abile nel comunicare sensazioni
profonde. Un apprezzamento anche per In-Sung Sim, Dario Prola e
Kate Fruchterman. Molto pertinenti e stilisticamente interessanti le
coreografie riprese da Anna Maria Bruzzese. La musica vince sempre.
Thursday, November 10, 2011
Teatro Regio “Un ballo in maschera”
Foto: Teatro Regio di Parma
Parma - Festival Verdi 2011. Un mese di opere, mostre, concerti. Teatro Regio “Un ballo in maschera” Melodramma in tre atti su libretto di Antonio Somma, tratto da Gustave III ou le bal masqué di Eugène Scribe, musica di Giuseppe Verdi. 9 ottobre 2011
Giosetta Guerra
Entusiasmo per la coppia Francesco Meli-Serena Gamberoni
Massimo Gasparon ha ripescato l’allestimento tradizionale di Pierluigi Samaritani del Teatro Regio di Parma rifacendo le parti e i costumi rovinati dal tempo. Ecco la scenografia: grande scalinata che giunge a una vetrage, con bandiere inglesi e cortigiani distribuiti con cura sì da creare un grande quadro d’epoca per il palazzo del governatore; un loco semioscuro tra le rocce, da cui si affacciano giovani a dorso nudo e donne velate, tagliato da uno sprazzo di luce filtrante da un grosso pertugio, donzelle discinte gesticolanti a terra sopra una stella a sei punte, per l’antro di Ulrica; nebbia, lapidi, croci bianche, alberi neri per il campo solitario; grande tavolo con tappeto rosso, strumenti musicali antichi e libri per l’appartamento di Renato; festosa sala da ballo con coppie imparruccate tutt’intorno ed al centro inquietanti danzatori bianchi con doppia maschera bifronte e seni sulla schiena per gli uomini, sì che bisognava guardare i piedi per capire dove ognuno era rivolto, tra loro anche una violinista e in fondo violini e violoncelli. Il regista ha optato spesso per una posizione concertistica dei cantanti per dar risalto ai personaggi e io che ero in un palco di proscenio ho scrutato ogni espressione, ogni respiro, ogni sguardo dei cantanti, come ho colto la profonda immedesimazione del M° Gianluigi Gelmetti, che nel rispetto della funzione drammatica della musica ha diretto con tempi serrati e coinvolgenti una splendida Orchestra e il magnifico coro del Teatro Regio, icona del melodramma italiano, pieno e trascinante nel vigore cadenzato della musica, morbido nel cesello dei lunghi filati e delle suggestive pennellate vocali a mezza voce, attentamente preparato dal genio di Martino Faggiani. Nella scena finale della morte di Riccardo il palcoscenico si è popolato e l’orchestra è esplosa. Un inno a Giuseppe Verdi. Favolosi Belli i costumi dai colori sparati, di foggia antica, presenti bambini vestiti da paggetti.
Sul versante vocale la coppia Francesco Meli-Serena Gamberoni ha riportato lo strepitoso successo ottenuto nello stesso teatro centocinquanta anni fa dalla coppia Mario Tiberini-Angiolina Ortolani. Primeggia fra tutti Francesco Meli, un Riccardo ispirato fin dalla prima aria “La rivedrà nell’estasi” che ha affrontato con enfasi e piglio eroico, con generosità e tenuta del suono, gestito con la saggezza di cantare sul fiato e quindi piegandolo alla soavità del cantar a fior di labbra e alla veemenza dello squillo pieno senza forzature. Sicuro negli affondi (“Dì, tu sei fedele”), bravissimo nel canto a mezza voce e negli sbalzi (“Sull’agil prova”) e nella sillabazione di “È scherzo o è follia”, quasi una ballata, ha modulato la voce sui palpiti del cuore (“Ma se m’è forza perderti”) con colore bellissimo, fiati lunghissimi, espansioni acute larghe e lucenti, mezze voci struggenti (“Forse la soglia attinse”). Meli, erede dei grandi tenori del passato, è interprete eccelso e realizza appieno la parola scenica con dizione chiara, padronanza dell’arte del canto e slancio eroico (“Sì, rivederti, Amelia”). Grandissimo nella scena della morte, pugnalato alle spalle. Serena Gamberoni con voce fresca, pulitissima, scintillante, sicura, estesa, luminosissima in tessitura acuta, ha delineato un Oscar malizioso e mobilissimo, la sua voce svettante ha superato tutti in “Di che fulgor”, è stata deliziosa, brillantissima e agilissima nella famosa aria “Saper vorreste”. Il soprano conosce l’arte del canto e ce ne ha dato una dimostrazione tangibile, delineando un Oscar da manuale. Ci sarebbe voluta un’Amelia alla stessa altezza di questa magnifica coppia; il soprano statunitense Kristin Lewis (Amelia con abiti splendidi), pur avendo tanta voce e di bel timbro, ha cantato tutto sul forte e con dizione incomprensibile, l’acuto era grido, tuttavia in corso d’opera l’emissione si è affinata, il soprano ha prodotto belle vibrazioni e bei colori in zona medio grave, buoni assottigliamenti e gravi quasi mezzosopranili, fino a cantare splendidamente con le dovute modulazioni “Morrò ma prima in grazia”. Nobile nel porgere, con accento intenso e scandito e padronanza del canto sfumato e della parola scenica, il bulgaro Vladimir Stoyanov (Renato) ha evidenziato un bel timbro baritonale rotondo ed esteso e linea di canto morbida. Con forza scenica e maestria interpretativa il mezzosoprano drammatico Elisabetta Fiorillo (una Ulrica dai capelli grigi arruffati e un lungo abito in velluto colorato) ha scolpito un personaggio storico con voce screziata, tagliente, un po’ oscillante, un registro grave poderoso, un declamato imponente, una tecnica di canto solida. Buone le voci di Filippo Polinelli (Silvano) un baritono ben timbrato, di Antonio Barbagallo (Samuel) e di Enrico Rinaldo (Tom), un po’ meno gradevole quella del tenore Cosimo Vassallo (giudice). Grande successo.
Presenti in questa produzione alcuni premiati col Tiberini d’oro: Martino Faggiani e Coro Teatro Regio di Parma Premio Tiberini d’oro 2011, Francesco Meli e Serena Gamberoni Premio d’oro Tiberini/Ortolani come coppia dell’anno 2009.
La prima di Un Ballo in Maschera ebbe luogo il 17 febbraio 1859 al Teatro Apollo di Roma, teatro costruito nel 1795 sulla Torre di Nona, antica prigione, distrutto nel 1925 in seguito alla costruzione dei muraglioni del Tevere e rimpiazzato con una fontana a ricordo del teatro.
Il tenore Mario Tiberini interpretò il ruolo di Riccardo dal 1862 l 1871 a Napoli, Roma, Firenze, Milano, Madrid.
Il 4 gennaio 1864 i coniugi Tiberini furono protagonisti di Un Ballo in Maschera al Teatro Apollo di Roma. Ecco cose scrive Il Pirata due giorni dopo:
“I conjugi Tiberini eseguirono le parti a loro affidate da provetti artisti, che nulla lasciano a desiderare sia dal lato musicale sia da quello drammatico. Mario Tiberini si mostrò un Riccardo giustamente applaudito alla sua Cavatina, alla Barcarola, al Duetto dell’atto II, specialmente ebbe applausi per la Romanza del III, per la toccante dolcezza con cui eseguì il Largo e la forza con cui espresse l’ultima frase “La rivedrò nell’estasi”. Mario Tiberini è uno dei pochi che possono coscienziosamente chiamarsi campione dell’arte, Angiolina fu un’Amelia fantastica, simpatica, insinuante per la voce dolce che esce dal cuore e l’espressione angelica…”.
Il 26 dicembre 1867 al Teatro alla Scala di Milano Tiberini, padrone dell’arte del canto e dello scavo psicologico del personaggio, riuscì a smuovere quella pance piene di risotto, perché ebbe momenti sublimi e soggiogò il pubblico.
Così scrive La Gazzetta Musicale di Milano il 31 dicembre 1867:
“Il Tiberini primeggiò fra tutti: egli creò un personaggio affatto nuovo della parte di Riccardo: fece comprendere e scoprire al pubblico bellezze fino ad ora sconosciute: questo artista nulla trascura: il minimo dettaglio, una parola, un gesto, sono per lui oggetto di uno speciale studio: dal principio alla fine dell’opera Tiberini venne fatto oggetto di continue e clamorose ovazioni. Fra i pezzi nei quali egli ci parve più notevole citeremo: la barcarola del primo atto e il seguente quintetto , il duetto d’amore del secondo atto; nell’ultimo atto la romanza di Riccardo, che non si era quasi mai udita e che ci apparve una deliziosa melodia, di forme accuratissime ed eleganti, ed in fine la scena della morte nella quale il Tiberini fu grande, ispirato, straziante. Questo stupendo finale dell’opera ha suscitato il più vivo entusiasmo, sì che il pubblico chiamò ben quattro volte all’onore del proscenio tutti gli artisti.”
(Da: Giosetta Guerra – Mario Tiberini, tenore).
Tuesday, November 16, 2010
Il Corsaro de Verdi del cíclo Tutto Verdi de la ABAO-OLBE, Bilbao España
Mercedes Rodriguez
A nueve días de la première de Il Corsaro, el tenor portugués Bruno Ribeiro y la soprano italiana Silvia Dalla Benetta, asumieron los roles principales de esta complicada ópera, que no da tregua a los protagonistas. Tanto Fabio Armiliato como Maria Guleghina que en un principio estaban programados para los roles de Corrado y Gulnara, cancelaron sus compromisos por motivos de salud. La expectativa era grande y se respiraba en el ambiente cierta inquietud y curiosidad por el debut en ABAO-OLBE de estos jóvenes cantantes. La noche fue tomando forma gracias a la extraordinaria conjunción de todos los elementos: la maestría de Renato Palumbo al frente de la Orquesta del Teatro Regio de Parma hizo que disfrutáramos de uno de las mejores representaciones verdianas que han pasado por Bilbao en los últimos tiempos. La puesta en escena, a cargo de Lamberto Pugelli, quien también debutaba en ABAO-OLBE, abusó del juego con los elementos escénicos pero resultó eficaz sin grandes complicaciones; y las voces funcionaron de una manera más o menos homogénea.
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