domingo, 7 de noviembre de 2010

Rolando Villazón en el Elixir de Amor del Teatro alla Scala de Milán

Foto: Marco Brescia & Rudy Amisano, Archivio Fotografico del Teatro alla Scala

Roberta Pedrotti
El Elixir de Amor, Nemorino, Rolando Villazón y una voz pulida, viril de aspecto casi mágico, jocoso e ingenuo se acoplaron en una singular unión en la que el arte y la poesía colmaron un aparente grieta, porque Nemorino es también un hombre, un hombre que tiembla y que fascina con vigor, como en el dueto con Adina, en el que no le es posible renunciar a su amor, aunque es también un hombre simple, conciente de sus limitaciones culturales, y que compensa con sus gestos y con el lenguaje de su cuerpo la insuficiencia de las palabras en su deseo de comunicarse. Rolando Villazón, con una sinceridad, y una simplicidad que desarma, creó un personaje complejo y profundo, o un pequeño poeta surrealista que se movió con la ligereza de un niño, que no es infantil, si no que es participe del espíritu y el arte de este muchacho. La fuerza esta justamente en la consideración general que se encuentra en la parte más alta de su interpretación, en la elaboración intelectual y en la inteligente gestión de un instinto genial, pero no descontrolado, más bien dominado en el equilibrio y en la sinergia entre la mente, el corazón y el cuerpo. Villazón es Nemorino, y hace vivir a Nemorino en cada mínimo gesto, en cada expresión de la mirada, en cada inflexión de la voz, y que es además musical musical, porque no hay acción a la que no responda con alguna sugerencia de la partitura, porque su fraseo esta siempre en la música. Quizás no en un sentido clásico, pero si extremadamente personal y al final entusiasmante por la energía plástica que le imprime a las frases, por el tejido único entre el rigor y la libertad, entre el pensamiento y la emoción, y por el pathos concentrado en el gesto de su Pierrot, que es un retrato de Picasso. Un artista como este que es único e irrepetible, es inmediatamente reconocible, es lunar y solar, es hombre y muchacho, es real e ilusorio, y es inevitable que se exprese en el canto, en el fraseo, y con una impronta inimitable. Una impronta tal que pone en segundo plano la inevitable prudencia en la emisión, ya que como se recordará hace pocos meses tuvo una intervención en las cuerdas vocales para removerle unos quistes, pero no es la perfección instrumental lo que se le pide a Villazón, quien es además un músico escrupuloso, así como un atento y curioso buscador del repertorio, porque el tenor mexicano logró darle a cada sonido, lo que lo hizo vibrante de expresión y de sentido teatral.

Un don y una conquista artística-intelectual que impresionó sobretodo en la época de la superficialidad y de las emociones a todo costo. La emisión en este caso provino, si de un talento natural, pero sobretodo de un recorrido musical y personal de gran profundidad, y con una comunicación inmediata justo con el pensamiento que la originó. Por lo tanto, se trata no solo de un caso en el que el tenor es un actor dúctil, versátil, y es capaz de adaptarse a las diversas producciones manteniendo su propia personalidad, si no que es capaz de no repetirse a si mismo como un cliché. Este Nemorino que parece imposible de no amar, es el mismo que se vio en el DVD de Viena con la dirección de Otto Schenk, es a la vez nuevo, ya que es el Nemorino con la visión de Laurent Pelly, quien transportó la acción a un pueblo perdido en un campo neorrealista, en un periodo posterior al de la segunda guerra mundial. El espectáculo coproducido con los teatros de Londres y Paris, con vestuarios del propio Pelly, escenarios de Chantal Thomas, y que fue repuesto en esta ocasión por Hans Christian Rath es indudablemente, simpático, como simpático es casi siempre el Elixir de Amor, opera a la cual es difícil agregarle algo nuevo; pero a la cual es igualmente imposible oscurecerle su brillante teatralidad. Algunos pasajes parecieron no estar bien resueltos (por ejemplo: no estuvo claro porque el coro dejó solo a Dulcamara en su salida, reentrando después sin alguna aparente razón, excepto por el “pertichino” que Donizetti le hace cantar). Con esta puesta, se puede sonreír ya que la acción es clara, y la escena que es poco cautivante, por que se desearía ver solo sonrientes personajes de fabula, pero bien realizada porque se piensa que se puede extender al sol, amar, vivir y cantar también entre los pastos y las pacas de heno y las comedores del siglo XX. La opera después de todo, se dirige a todas las épocas y sobretodo vive de un peculiar y encantado realismo. Desde el punto de vista visual, que va desde el tierno y vibrante Nemorino de Villazon, al poco seguro Dulcamara de Maestri, y a la bella simplicidad de la Adina de Irina Lungu, el elenco pareció visualmente eficaz y bien amalgamado. Bajo el perfil estrictamente vocal la soprano convenció más que en ocasiones anteriores, pero su brillante vocalidad no es propiamente la que mas congenia con sus medios de lírica pura. Aun así, la joven rumana, hoy ya italiana por adopción, creció durante el transcurso de la opera y firmó un “Prendi per me sei libero” muy bien logrado, con grato color pastoso y óptimos agudos. Además por ser una hermosa muchacha, que recitó con garbo y naturaleza, no sorprendió que su éxito haya sido reconocido también a escena abierta.

Estuvo mas en la sombra el puntual Belcore de Gabriele Viviani, mientras que Ambrogio Maestri se impuso por su colosal presencia y su robusta voz, aunque no se tratara de un verdadero bufo como la parte exigiría. Al final, estuvo bien la temperamental Giannetta, de evidente belleza vocal, de Barbara Bargnesi. Desilusionó el coro que tiene siempre gran sonoridad, pero que en esta ocasión se mostró con menor precisión y menor cohesión que de costumbre. La dirección escénica hubiera impuesto cualquier simple coreografía o movimiento coordinado, y no optar frecuentemente por formaciones estáticas con demasiadas distracciones. Desafortunadamente es necesario reconocer que en el foso faltó una guía sólida y segura como la que se hubiera esperado de Donato Renzetti. La sonoridad frecuentemente pesada de la orquesta, el rugido de los metales, la tendencia a cubrir el canto y de no respirar con el escenario dio amargas sorpresas. Este no es el estándar cualitativo al que Renzetti nos ha acostumbrado y esperaremos una nueva oportunidad para aplaudirlo. Sin embargo, el éxito fue caluroso y al final los cantantes fueron premiados con verdadero entusiasmo. El público que llenó el teatro no se fue desilusionado.

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