miércoles, 3 de noviembre de 2010

Fidelio de Beethoven - Opera Boston

Foto: © 2010 Clive Grainger.

Lloyd Schwarz
Opera Boston puso en escena una nueva producción de Fidelio, la única opera compuesta por Beethoven. La primera impresión de la idea del director de escena Thaddeus Strassberger, de situar la opera en la época de la represión política, el heroico rescate, y el significado de la libertad dentro del contexto de la inquisición española pareció no ser mala de inicio. Pero la producción confundió la diferencia entre la opresión política con la religiosa y las injustificadas porciones de sadismo en la concepción de Strassberger, transformaron el idealismo de Beethoven en algo verdaderamente repulsivo. Se vio por ejemplo, una cruda escena de tortura, además de que hubo bastante lujuria y violencia. Strassberger parece ser uno de esos directores de escena que no pueden dejar que algo bueno siga su camino. ¿Por qué directores como el no pueden confiar en el compositor? Casi cada importante y mágico momento musical fue ensuciado por superfluas e irrelevantes situaciones que no hacían más que distraer la atención. En vez de intentar unir la problemática combinación entre drama y comicidad contenida en la obra de Beethoven, hizo que fuera difícil concentrarse en la música. Hábilmente utilizó la lengua inglesa para los diálogos hablados, pero claramente se notó que su poca confianza en el libreto.

La puesta escénica constantemente minimizó a un sólido elenco que fue capaz de enfrentarse a los extremos retos vocales de Beethoven. Una vez que la soprano Christine Goerke superó la lenta sección de "Abscheulicher!" cantó con poderosa proyección y exactitud, y mostró una conmovedora presencia. La voz del tenor Michael Hendrick se rompió en un par de notas altas, aunque de otra manera fue un plausible y admirable Florestan. El bajo Andrew Funk fue un simpático Rocco de voz calida y el barítono Scott Bearden, un convincente y villano Don Pizarro. Tanto el tenor Jason Ferrante como la soprano Meredith Hansen fueron dos capaces cantantes y figuras cómicas, y el barítono Robert Honeysucker mostró un canto noble y resonante como Don Fernando. El maravilloso coro merece una mención especial, ya que el coro de los prisioneros silenciosos fue el momento más conmovedor de la producción. Por su parte, Gil Rose dirigió con sutileza y elegante moderación, pero en otras partes, Rose y la orquesta, no lograron comunicar la angustia de Beethoven. Así, la famosa obertura de Fidelio pareció ser muy insípida. Tuve la esperanza de que en esta ocasión, la música seria el principal motor de la opera, pero creo que me equivoque.

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