lunes, 1 de febrero de 2010

Ton Koopman dirigió a la Orquesta Sinfónica de Boston

Foto: Ton Koopman. Crédito: Michael J. Lutch

Lloyd Schwartz (The Phoenix)

La Orquesta Sinfónica de Boston programó un inicio movido para el inicio de este año. El animado director holandés de música antigua Ton Koopman, en su tercera aparición con la orquesta, dirigió la Sinfonía 98 de Haydn (frecuentemente considerada como una elegía a Mozart) y su primer concierto para chelo con Yo-Yo Ma. En el 2004, Koopman también trajo un chelista –Peter Wispelwey para interpretar C.P.E Bach. En esta ocasión, hubo más C.P.E. en el programa como: la brillante Sinfonía en sol, una joya de 12 minutos de duración, que fue interpretada sin parar. Koopman concluyó con la Sinfónica "inconclusa" de Shubert, con la que tuvo mucha variedad dinámica, sigilo y exuberancia, y un sentimiento matizado momento a momento. La Sinfonia de Haydn, con solo 33 músicos, fue hermosa y viva – limpia, brillante y llena de sorpresas (altos repentinos, largas pausas, y la repentina entrada cerca del final del clavecín, interpretado con un abrir y cerrar de ojos por el propio Koopman), sin llegar completamente a las profundidades emotivas que la partitura y la tradición sugieren. El primer concierto para chelo es una especialidad de Ma (fue una de sus primeras grabaciones), e hizo que sus sobrecogedores retos técnicos sonaran poco forzados. Nunca lo había escuchado mejor. Tocando al lado de una pequeña orquesta significó que no tuvo que hacer mucho esfuerzo para ser escuchado- lo cual fue perfecto para su Montgnana (el más ligero de sus dos chelos), el cual tiene un sonido mas dulce y mas pleno mientras mas se le permite interpretarse silenciosamente. En el lento movimiento central, canción de amor y elegía, pareció como si su profundoterciopelo lentamente se fuera asomando entre los moños de seda blancos que revoloteaban de los violines. La Inconclusa comenzó como un misterio, mas rítmicamente definida, más deliberada que la interpretación habitual, mas ligera, con menos vibrato (por su influencia de la música antigua). Entre los sorprendentes detalles estuvo el ansioso solo para oboe, como una premonición del Lago de los Cisnes, y la inusual nota mantenida por la trompa de James Sommerville, como una poco común cadencia bailable en el famoso segundo tema (esta es la sinfonía que Schubert compuso pero nunca concluyo). Tiene toda la frescura de una obra nueva.

ENGLISH VERSION
Foto: Yo- Yo Ma. Crédito. Michael J. Lutch

The Boston Symphony Orchestra programmed a rocking start to the New Year. Animated Dutch early-music conductor Ton Koopman, in his third BSO gig, led Haydn's Symphony No. 98 (often regarded as an elegy for Mozart) and First Cello Concerto, with Yo-Yo Ma. In 2004, Koopman also brought a cellist — Peter Wispelwey, to do C.P.E. Bach. And this time, there was more C.P.E. on the program: the sunlit Symphony in G, a 12-minute gem, played non-stop. Koopman concluded with Schubert's Unfinished Symphony. This time he had greater dynamic variety, both stealth and exuberance, and more nuanced feeling moment to moment. The Haydn symphony, with only 33 players, was lovely and lively — clean, clear, and full of surprises (sudden stops, long pauses, and the sudden entrance near the end of a harpsichord, played twinklingly by Koopman himself), if not quite plumbing the emotional depths both the score and tradition suggest. The First Cello Concerto is a specialty of Ma’s (it was one of his first concerto recordings), and he made its daunting technical challenges sound effortless. I've never heard it better. Having a small orchestra behind him meant he didn't have to push to be heard — it was a perfect fit for his Montagnana (the lighter of his two great cellos), which sounds sweeter and fuller the more it's allowed to sing quietly. In the central slow movement, love song and elegy, it was as if that cello's deep velvet were slowly revealing itself from behind the white silk ribbons of fluttering violins. The Unfinished began in mystery, more rhythmically defined, more deliberate than the usual performance — much leaner, with less vibrato (the early-music influence). Among the striking details were John Ferrillo's yearning, otherworldly oboe solo, like a premonition of Swan Lake, and James Sommerville's unusually long-held horn note setting up an unusually dancing lilt in the famous second theme ("THIS is the SYMphony that SCHUbert wrote but never FINished"). It all had the freshness of a new piece.

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