jueves, 18 de septiembre de 2014

Concierto de la Philharmonia Orchestra en el Auditorio Nacional de México, D.F.

Cortesía Auditorio Nacional, foto de Alberto Lemus​

La gira por diversos países americanos de la Philharmonia Orchestra de Londres incluyó un concierto en el Auditorio Nacional de la Ciudad de México, recinto principalmente utilizado para la realización de conciertos de música pop, rock; pero cuya extensa historia contiene memorables representaciones de óperas y conciertos sinfónicos entre los que se pueden mencionar las visitas del Teatro Colón de Buenos Aires (Turandot), la del Teatro Regio de Parma (Rigoletto), la del ballet del Teatro Mariinsky, así como la de la Academy of St. Martin in the Fields con la novena sinfonía de Beethoven. La célebre agrupación inglesa, que cuenta con un enorme y variado legado discográfico, ofreció un programa con obras de compositores rusos, elegido por Vladimir Ashkenazy, quien fue el encargado de dirigir el concierto. Con una alegre y muy musical ejecución de la obertura de la ópera Ruslan y Ludmilla de Mikhail Glinka dio inicio el concierto. Desde ese momento comenzó a dibujarse la que sería una grata velada cargada de emoción y musicalidad, de una orquesta que mostro solidez y mucha personalidad sobre el escenario. Dos obras de Tchaikovski fueron el pilar de esta presentación: comenzando con el Concierto para violín y orquesta en re mayor, Op. 35, que tuvo como solista a la joven violinista estadounidense Esther Yoo, quien interpretó las exigencias de su parte con autoridad, pericia y agilidad emitiendo un sonido fulgurante de su instrumento, aunque su poca expresividad y búsqueda de la perfección parecían por momentos tomar un camino distinto al de la espontaneidad, la cadencia y la homogeneidad con la que se desempeñaba la orquesta. Por su parte, la Sinfonía 5 en mi menor, Op 64 fue un deleite para los sentidos, con una orquesta que exhibió una precisión milimétrica y homogeneidad en su sección de cuerdas, que transmitió y comunicó sentimientos y los estados de ánimo contenidos en cada uno de los cuatros movimientos de la pieza, desde la solemnidad y tranquilidad del inicio hasta el explosivo clímax orquestal del final. Un reconocimiento especial corresponde  también a la notable sección de metales y alientos, tan presente y determinante en este concierto. Vladimir Ashkenazy, hoy director emérito de la orquesta, imprimió su experiencia y afinidad con este repertorio, y aunque dirigió con autoridad en su lectura, permitió  libertades expresivas a una orquesta que no aspiró a la perfección si no simplemente a hacer música y a entusiasmar al público, como quedó de manifiesto al final. Como dato curioso, se ofrecieron dos bises que fueron creados especialmente para este tour, por Adrian Varela, concertino uruguayo de la orquesta, el segundo de las cuales fue una versión orquestal -ad hoc- de la conocida canción mexicana Cielito Lindo. RJ

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