domingo, 7 de diciembre de 2014

Recital de Anna Caterina Antonacci en el Teatro de la Zarzuela de Madrid

Foto: B Ealovega


Ramón Jacques

Con un recital de la soprano Anna Caterina Antonacci dio inicio la edición XXI del Ciclo de Lied, que se sigue con tanto interés en Madrid y que se presenta en el Teatro de la Zarzuela, recinto que por sus dimensiones es un espacio ideal  e intimo para este tipo de presentaciones. Estar sentado en una butaca para presenciar este evento, es estar ante la presencia de una artista en todo el sentido de la palabra, que crea una experiencia musical-teatral, ya que no solo canta con gusto, si no que vive, siente y transmite con sentido e histrionismo cada palabra y frase que emite. Antonacci es una artista capaz de combinar diferentes estilos de música en diversos idiomas con gran facilidad y con el alto nivel interpretativo con el que se lució del principio al fin de la velada. Pero sobretodo, Antonacci es capaz de entusiasmar, conmover y seducir a quien tenga enfrente. En la primera parte de un programa elegido minuciosamente, ofreció el Lamento d’Arianna de Carl Orff, obra en estilo monteverdiano que manejó con precisión y que fue seguido por un ciclo de siete canciones de Ottorino Resphighi, pequeñas obras cargadas de cierto aire mediterráneo y de cantos populares que transmitió con elegancia e impecable dicción con las que alcanzó a tocar sublimes puntos, como en Stornellatrice o Pioggia. El tercer bloque concluyó con las Quatrro canzoni d’Amaranta de Francesco Paolo Tosti que matizó con gran sentido poético. Su oscura, brillante, extensa y homogénea tonalidad vocal no dejo de brillar en cada momento. Para la segunda parte dotó de sensualidad su canto y sus expresiones cantando en francés, lengua que se adapta bien a su temperamento, y que imprimió en  Le Fraîcheur et Le Feu de Francis Poulenc, siete breves y sencillas Mélodies y Chansons que cargó de gracia e intención. De Maurice Ravel regaló las Cinq Mélodies Populaires Grecques y del propio autor cantó con sentimiento y en yiddish, Dos melodías hebraicas. Por si fuera poco, cerró su participación con las Siete canciones populares españolas de Manuel de Falla, en las que demostró una asombrosa dicción y pronunciación castellana, y supo ornamentar adecuadamente. Aquí resaltaría su indeleble Paño moruno, la magia de su Nana, y el perfume del cante jondo con el que roció a Polo. El acompañamiento al piano de Donald Sulzen, que fue apropiado, mostro el entendimiento existente entre su teclado y la voz de la artista.

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