miércoles, 13 de abril de 2011

El Caballero de la Rosa de Strauss en la Opera de San Diego, California

Fotos: © Ken Howard.

Ramón Jacques

Con motivo del centenario del estreno de Der Rosenkavalier (ocurrido en Dresden Alemania el 26 de enero del 1911) la Opera de San Diego incluyó en su presente temporada la reposición de una de las obras maestras de Strauss, que estuvo ausente de este escenario desde hace diecinueve años. En primer lugar debe resaltarse la parte visual del espectaculo por el toque de autenticidad y respeto a la época y al lugar en que se ubica la trama, gracias a las tradicionales y elegantes escenografias y a los coloridos y aristocráticos vestuarios que el diseñador belga Thierry Bosquet creó originalmente para la Opera de San Francisco, tomando como inspiración los bocetos originales ideados por Alfred Roller para el estreno mundial de la obra en el siglo pasado. La brillantez de la iluminación de Michael Whitfield contribuyó a hacer que el espectáculo fuera aun más sugestivo. La dirección escénica fue de Lofti Mansouri, quien conoce bien la opera ya que comenzó a dirigirla en los años 60s, e incluso la co-dirigió al lado de Elisabeth Söderström en la producción de su despedida como director artístico de la Opera de San Francisco. Mansouri, entiende que en la obra conviven personajes de diferentes niveles sociales y que cada uno, como describe el texto y la música, posee un carácter definido y una personalidad, lo que resaltó con movimientos lentos, con solemnidad y sin exagerar nunca las situaciones cómicas de la historia. La parte musical fue la menos afortunada, señalando primero las inesperadas cancelaciones de Anja Harteros y de Ferruccio Furlanetto, originalmente contratados para debutar en esta producción a los personajes de la Mariscala y del Barón Ochs. Curiosamente, la deserción de artistas y estrellas semanas antes del inicio de cada producción de este teatro se esta convirtiendo desde hace algunas temporadas en algo habitual. ¿Será acaso una señal de que es necesaria una renovación de fondo en la gestión del teatro, pero sobretodo en la elección de repertorios y por consecuencia de los cantantes y los elencos que se contratan? Ni la soprano Twyla Robinson ni el bajo ingles Andrew Greenan se mostraron a la altura de las exigencias requeridas por los personajes que debían cubrir. Si bien ella mostró dotes artísticos y una grata coloración en su timbre, su insuficiente proyección ocasionó que su prestación fuera prácticamente inaudible durante toda la función. Por su parte Greenan basó su canto en el vigor y en la potencia de su instrumento, y su rígida e impasible actuación no convenció como el arrogante Ochs. Correcta si estuvo la mezzosoprano Anke Vondung en el papel de Octavian, por su ligera, oscura y bien manejada línea de canto. El barítono Hans-Joachim Ketelsen prestó al personaje de Herr von Faninal, la nobleza y el señorío vocal y escénico requeridos por su papel, y el tenor Stephen Costello agradó por su lucida y rica voz lirica en el aria del tenor italiano. La mas destacada de todo el cast fue indudablemente la soprano italiana Patrizia Ciofi, quien creó una delicada y deliciosa Sophie, muy comprometida en la parte actoral, y que ofreció un canto claro y cristalino, muy dúctil y sutil, con el que fue capaz de conmover en mas de una ocasión. El resto de los cantantes y el coro cumplieron de manera satisfactoria. Menos mal que la orquestación de Strauss contiene una musicalidad y una armonía intrínseca que fluye de manera natural, ya que en su lectura Christof Perick estuvo mas preocupado por enderezar el accidentado desempeño de una orquesta que constantemente apuntaba hacia la falta de sincronización, al desfase y a la desafinacion en sus secciones, particularmente la de los metales.

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