martes, 19 de abril de 2011

La Sinfónica de San Diego interpretó Conjurer el concierto de percusiones y orquesta de John Corigliano

Foto: Dame Evelyn Glennie - Credito: James Callaghan

RJ- La  Sinfónica de San Diego (San Diego Symphony) de California, es una de las orquestas estadounidenses que sin ostentar una gran notoriedad a nivel nacional o internacional es una de las que mayor tradición e historia poseen en este país, ya que durante la presente temporada está celebrando su primer siglo de existencia (su primer concierto se realizó el 6 de diciembre de 1910).  Bajo la conducción del joven director americano Thomas Wilkins, titular en la actualidad de la Hollywood Bowl Orchestra, se ofreció un contrastante y ecléctico programa que inició con el estreno local de Conjurer: el concierto para percusiones y orquesta del prolífico compositor neoyorquino John Corigliano (1938),  más conocido por haber compuesto la opera The Ghosts of Versailles que le fue comisionada con motivo del centenario del Metropolitan Opera House.  El concierto para percusiones, compuesto por Corigliano por encargo de la percusionista inglesa Dame Evelyn Glennie (la solista de este concierto y quien estrenó la pieza en febrero del 2008 con la Pittsburgh Symphony Orchestra) es una densa obra en tres movimientos divididos en: I) Wood: para xilófono y marimba; II) Metal: para campanas tubulares, platillo y címbalos; y III) Skin: para batería y tambores para jazz. La obra carente de una homogeneidad o unidad musical, por la evidente imposibilidad de sincronizar al solista con la orquesta, se redujo a habilidosas, ágiles y ruidosas ejecuciones de cada una de las percusiones por la solista, que servían de introducción a suaves y armoniosos pasajes para cuerdas, que fueron por instantes tan tranquilos y serenos, que  parecían evocar a las Gimnopedias de Eric Satie. Consciente de la dificultad para crear un concierto de estas características, el propio Corigliano, consideró al solista como un mago, por esta razón el título de Conjurer, que es capaz de crear sonidos que la orquesta puede después compartir y desarrollar. Clara, rítmica y audaz puede describirse la interpretación escuchada en esta ocasión, de la Sinfonía 2 en re mayor, Op 36 de Beethoven, (particularmente en el Scherzo: Allegro su tercer movimiento) a la que Wilkins imprimió con su baqueta una buena dosis de dinámica y energía.  Finalmente se escuchó Les Préludes, S. 97 el poema sinfónico 3, el más popular del ciclo que Franz Liszt compuso, en una desigual ejecución que fue satisfactoria en las partes más líricas de la pieza, gracias a la compacta y estable sección de cuerdas de la orquesta, pero que se escuchó fuerte y violenta en sus fragmentos más dramáticos, en los que Wilkins batalló en su búsqueda de timbres y para calibrar una destemplada y discordante sección de metales.

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