sábado, 18 de junio de 2011

Romeo y Julieta de Gounod en el Teatro alla Scala de Milán.

Foto: Marco Brescia & Rudy Amisano

Massimo Viazzo
Habían pasado casi ochenta años que Roméo et Juliette de Charles Gounod no se montaba en la escena del máximo teatro italiano (en 1934 el papel de Roméo fue interpretado por Beniamino Gigli y el de Juliette por Mafalda Favero!), por ello, la Scala propuso el espectáculo visto hace algunos años en el Festival de Salzburgo, que es una producción tradicional en una suntuosa escena fija creada por Michael Yeargan, que representaba una plaza renacentista con en la que el majestuoso palacio de los Capuletos engalanaba la parte derecha del escenario y una alta y elegante columna delimitaba y enmarcaba la visión. El director escénico Bartlett Sher logró dar vida a la acción en cada momento cuidando a la perfección los gestos de los protagonistas, con los apropiados vestuarios de Catherine Zuber, y el movimiento de las masas de una manera muy natural. Naturaleza que fue también encontrada por la dirección de orquesta de Yannick Nézet-Séguin. El director franco-canadiense atrapó el profundo intimismo de la partitura con mano ligera, así como el sentido de la medida y del color, nunca de una manera invasora o desbordante. También el elenco fue apreciado por el público scaligero. Vittorio Grigolo dio vida a un apasionado Roméo de vocalidad generosa, exuberante y bien timbrada, aunque no muy refinada. Grigolo supo también replegar su propio canto hacia acentos más íntimos y patéticos, como en la conmovedora conclusión del segundo acto. A cambio, su “Ah! Léve-toi, soleil!” fue muy luminoso. Nino Machaidze fue una Juliette vivaz y tierna, que a pesar de su timbre bronceado en el centró, encontró algunas dificultades en el registro mas agudo, que pareció un poco áspero y no siempre a fuego. Paterno y protector estuvo el Frère Laurence de Alexander Vinogradov con emisión suave y segura. Por su parte, tuvo problemas en su parte alta el Capulet de Frank Ferrari, con su indudable timbre pastoso. A sus anchas y sustancialmente correctos estuvieron: Juan Francisco Gatell (Tybalt), Russell Braun (Mercutio) e Cora Burggraaf (Stéphano). La Orquesta y el Coro del Teatro alla Scala estuvieron ambos en optima forma.

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