domingo, 28 de junio de 2015

En Boloña el estreno de “El sonido amarillo” de Alessandro Solbiati

Foto: Rocco Casaluci

Anna Galletti

“Cada obra nace en el inconsciente... Con paciencia y verdadero amor suavemente o hirviendo la fuerza interior, fluye del alma, conduce la mano... y se encarna en la obra” (Vassilij Kandinskij). “El sonido amarillo” fue comisionado por el Teatro Comunale de Bolonia y estrenado el 13 de junio de 2015. Se trata de una ópera contemporánea, que el compositor italiano Alessandro Solbiati realizó inspirándose libremente en el homónimo “Der Gelbe Klang” di Vasily  Kandinsky. Kandinsky fue un gran pintor conocido cómo padre del arte abstracto, y como un teórico del arte total, refiriéndose a una arte que involucre totalmente al destinatario, y que lo atraiga dentro de la obra, echa de sonido, movimiento y color. Sus composiciones escénicas son textos destinados a ser representados en los teatros. El teatro para Kandinsky es el lugar donde se puede realizar la liberación del alma a través de la unión de los tres elementos mencionados. Solbiati recorrió hábil e intensamente el camino trazado por Kandinsky y creo ochenta minutos de verdadera emoción, por la belleza de la música y el uso del sonido (instrumentos acústicos y voces). En su búsqueda de un resultado de sinestesia – también se podría decir de alquimia – fue perfectamente acompañado por la batuta de Marco Angius, quien tiene gran experiencia en dirigir música contemporánea. Angius llevó la orquesta a una interpretación de gran respeto del lirismo intrínseco de la opera. Compañeros de viaje bien integrados en el proyecto fueron el director Franco Ripa di Meana y el diseñador del vestuario y escenógrafo Gianni Dessì. La contribución de ellos, ambos autores del proyecto escénico, a esta creación tan compleja resultó positivo y coherente.  Al éxito de este estreno cintribuyeron igualmente los cantantes, los que no tuvieron una tarea fácil, al interpretar música atonal y textos descarnados y abstractos. La apreciación va en primer lugar a los solistas, en el rol de los cinco gigantes, figuras que, así cómo lo explica el mismo Solbiati, evolucionan de un estado casi vegetal a un estado cada vez más vivo, “hasta sublimar el estado individual en una unidad ideal superior”:  Alda Caiello (soprano), Laura Catrani (mezzosoprano), Paolo Antognetti (tenor), Maurizio Leoni (barítono), Nicholas Isherwood (bajo). La misma evaluación positiva hay que darla al Coro del Teatro. Distribuido en “coro chico” y “coro grande”, que fue también un óptimo protagonista de esta composición en la que no hay partes secundarias y todos los elementos, vocales, instrumentales y escénicos tienen la misma importancia.  Los alumnos de la Escuela de Teatro de Boloña de Alessandra Galante Garrone llevaron la escena con seguridad y eficacia, asi como la corporeidad necesaria para dar vida y substancia a esta nueva creación. Queda preguntarse si la obra puede considerarse una ópera lírica en su sentido tradicional. Quizás esta pregunta no tenga respuesta hoy en día y solamente con el tiempo se sabrá. Lo que le falta es una verdadera narración, con inicio, final y conexiones internas, y la posibilidad de atribuir a la música y a los escasos textos de Kandinsky significados y representaciones totalmente diferentes que no impidan percibir la unidad de la composición. Es probable que la definición genérica de teatro musical sea más coherente con esta propuesta. O bien se trata solamente de desprenderse de las definiciones y etiquetas, conformándose con apreciar a los autores y realizadores de este interesante experimento, por lo que es, a pesar del nombre que se le quiera dar. 

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