lunes, 29 de junio de 2015

Salome de Strauss con la Orquesta Sinfónica Nacional, México D.F.

Fotos: Ana Lourdes Herrera 

Ramón Jacques

La Orquesta Sinfónica Nacional de México concluyó con éxito su temporada 2014-2015 con la ejecución de la ópera Salome de Richard Strauss (1864-1949).  Dos conciertos parecieron pocos ante el entusiasmo y el interés que generó esta propuesta entre el público local,  que abarrotó el Palacio de Bellas Artes ávido de saborear esta obra maestra en un acto, con libreto en alemán del propio compositor, que como se sabe está basado en el traducción al alemán que hiciera Hedwig Lachmann de la obra en francés Salomé de Oscar Wilde. Originalmente se pensó que las funciones debían realizarse con un montaje escénico, pero por situaciones de carácter técnico se optó por una versión en concierto, aunque finalmente lo que se vio en escena fue un montaje cantado y actuado por los solistas. Muy pocos elementos bastaron para realzar la trama y el dramatismo que contiene la partitura, que consistieron en un enorme telón blanco al fondo del escenario, detrás de la orquesta, donde se observaba una intensa y fulgurante luna roja,  solistas ataviados con elegantes vestuarios negros, y la acción, con apenas dos sillas ocupó una esquina del escenario, mientras que la extensa orquesta ocupó el resto. Ello bastó para dar vida con fluidez e intensidad a este conocido pasaje bíblico. Afortunadamente, el elenco contó con buenos intérpretes, entre los que descolló la presencia del legendario tenor estadounidense Chris Merritt, quien demostró una admirable compenetración vocal y escénica como Herodes. Su presencia en este escenario fue un lujo, ya que vocalmente exhibió una voz firme, sonora y cargada de expresividad e intención con la que cautivó. Histriónicamente regaló un personaje, irónico, perverso, degenerado y neurasténico.  Las  noches de éxito a lo largo de la carrera de Merritt serán seguramente innumerables, pero las estruendosas ovaciones que recibió en ambas presentaciones en este teatro, que tanto lo conmovieron, quedaran grabadas en su memoria. Como Salomé, la soprano Elizabeth Blancke-Biggs, exhibió una voz robusta, capaz de atravesar la masa orquestal, de brillante y colorida tonalidad metálica e intensidad. Su actuación fue convincente, seductora, incluida la danza de los siete velos.  El barítono Peter Castaldi cantó el papel de Jokanaan de manera enérgica y buen temple, y Nieves Navarro prestó su voz oscura y profunda de mezzosoprano a Herodías. Agradó la joven contralto mexicana Dolores Menéndez, como el paje de Herodías, por su timbre joven, fresco y de grata coloración. El desempeño del tenor Cameron Schutza como Narraboth, no paso de ser discreto, e incluso podría calificarse de intrascendente. Correctos estuvieron los cantantes que dieron vida a los judíos y nazarenos, todos miembros del coro del Teatro de Bellas Artes, que demostraron ser artistas muy solventes y profesionales en sus intervenciones. La orquesta bajo la entusiasta dirección de su titular Carlos Miguel Prieto fue moldeando un buen marco  musical para las voces y el desarrollo de la obra, manteniendo la tensión que requiere la partitura, así como el colorido y la emoción, incluso conmoción, que emana de la propia partitura, con una sección compacta y homogénea de cuerdas.  Algunos mínimos desfases o fuerza de más que por momentos cubrió a las voces no son motivos suficientes para restarle merito o desvalorizar una satisfactoria velada como lo fue esta. Auguramos que los administradores de la orquesta contemplen programar en futuras temporadas más proyectos de este calibre. 

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