domingo, 28 de junio de 2015

La noche del tetrarca Salomé con la OSN México D.F.

Fotos: Ana Lourdes Herrera

José Noé Mercado

La Orquesta Sinfónica Nacional, como programa 15 de su Temporada de Conciertos 2015, ofreció un par de funciones de Salomé (1905) ópera en un acto, Op. 54 del compositor germano Richard Strauss (1864-1949), que utiliza como texto la traducción alemana que hiciera Hedwig Lachmann de la versión inglesa del drama poético homónimo de Oscar Wilde escrito originalmente en francés. Salomé es una obra escénicamente poderosa que, si bien recrea un célebre pasaje bíblico, en el contexto del mundo actual cobra una extraordinaria vigencia por su espíritu gore; por el sangriento perfume de la pasión humana; por lo mórbido del deseo más hondo; por lo insano y estridente de la voluntad impuesta a como dé lugar. Por ello, en el papel, la versión en concierto que presentaría la OSN parecía apetecer y reclamar una puesta en escena que contara la truculenta historia de la princesa capaz de bailar con desbordada sensualidad ante su padrastro, no para complacer su lujuria incestuosa, sino para obtener la cabeza del hombre deseado renuente al amor o al sexualidad por las buenas, mientras tiene la desfachatez de enfatizar las perversiones del entorno que lo retiene cautivo. Sin embargo, y para afortunada sorpresa de los asistentes, el formato de la presentación resultó semi-escenificado en el ala derecha del palcoscenico, mientras la orquesta ocupó el resto de ese espacio y al fondo lucía la luna en una panalla. Y ese bienhadado recibimiento del espectador, se sumó al agradecimiento mismo de su programación por el operófilo de la ciudad de México, toda vez que la Ópera de Bellas Artes parece atravesar desde hace algún tiempo por un letargo causado por títulos elementales y de no muy presumible factura. Salomé, en ese sentido, vino a remediar un poco el tedio y a elevar la vara de la calidad interpretativa ofrecida al público capitalino. De hecho, la función del viernes 26 bien pudo titularse La noche del tetrarca, pues el Herodes del tenor Chris Merritt fue imponente. En medio de un destacado elenco encabezado por la soprano Elizabeth Blancke-Biggs, Merritt, a sus 62 años de edad, mostró enorme personalidad vocal —una emisión firme, opulenta, de gran volumen y diestra para mantener soterrado un vibrato que podría ancharse de no manejarse con maestría como es el caso—. Pero al hablar del tenor originario de Oklahoma, no es sólo su voz lo que sobresale. Es su distinción musical, la entrega interpretativa, el dominio de la escena y de cada movimiento al que le da una significación precisa. 
Un grande, un mítico sin duda. Blancke-Biggs entregó una princesa que vocal e histriónicamente trenza la sensualidad superficial, visible, con una concepción profunda del deseo, dando como resultado una deliciosa versión que va sumergiendo al espectador en sus filias más íntimas que le llevan a perder la cabeza. Mucho le habría ayudado a la soprano estadounidense un mayor control de la OSN, por parte de su director titular, Carlos Miguel Prieto. La agrupación tuvo altibajos en la función. Y si bien en algunos pasajes logró aproximarse al colorido tímbrico de la partitura y a la neurosis sonora que sirve como contexto de la historia, también abundaron los momentos de desequilibrio en tiempos para la respiración del canto y descuidos en el balance mínimo para no apelmazar el sonido de una orquestación rica y abundante, que se desenfrenó varias veces en cuanto al volumen. El barítono parisino Peter Castaldi ofreció un Jokanaán con buena presencia en su emisión, probada incluso en los momentos de canto fuera de escena. La mezzosoprano Nieves Navarro, como Herodías, y el tenor Cameron Schutza, como Narraboth, cumplieron también con destacadas participaciones, a las que se sumó la de la joven contralto Dolores Menéndez —Paje— con un bello color y timbrado de su voz, que a la vez mostró su frescura. Como judíos y nazarenos, soldados, Capadocio y un esclavo, Francisco Martínez, Luis Alberto Sánchez, Gilberto Amaro, Hugo Colín, Isaac Pérez, Arturo López Castillo, José Luis Reynoso, Édgar Gutiérrez, Octavio Pérez, David Echeverría y Juan Pablo Sandoval, varios de ellos integrantes del Coro del Teatro de Bellas Artes, dejaron en claro que se puede confiar en ellos para interpretar los papeles pequeños de las temporadas operísticas con solvencia y profesionalismo. Las ovaciones fueron, desde luego, para Merritt y Blancke-Biggs. El público los arropó con varios minutos de aplauso. Pero fue una Salomé en general con tan buenos intérpretes que los primeros en ser aplaudidos, quizás, debieran ser los programadores y luego los asistentes por su decisión de no perdérsela.

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