domingo, 14 de junio de 2015

Ópera al chile - Desvenar, de Richard Viqueira

José Noé Mercado

Richard Viqueira, ya se ha dicho, es un kamikaze del teatro, un transgresor escénico. Puesto que es un creativo que sí crea, un explorador que gusta de rastrear los rasgos epidérmicos y espirituales de su época y entorno cultural para asumir el riesgo de mostrarlos al público, de encararlo con una propuesta estética contundente. A su catálogo de dramaturgo, director y actor, se suma Desvenar, un mole escénico —estrenado el pasado 19 de mayo que se mantendrá en cartelera todos los martes hasta el 4 de agosto en el foro La gruta del Centro Cultural Helénico—, que discurre sobre el concepto del chile en el contexto mexicano. Una obra que, como ocurrió con su particular ópera vial Monster truck de 2012, abona en su faceta musical, en una expresividad sonora de inusual mérito para quien parte más bien como escritor. En la superficie, Desvenar ensalza el triángulo amoroso entre un Cholo que quiere emigrar y alejarse de lo suyo, un Pachuco nostálgico que retorna del sueño americano y una Adelita que se revoluciona a través de la permanencia en su patria, en su patrimonio, que no es un concepto abstracto, un símbolo tricolor o un lugar destinado por los dioses, sino su lenguaje, su comida, su panorama sonoro. Pero en otros niveles, a través de cinco capítulos y un epílogo, Viqueira —acompañado por Valentina Garibay y Ángel Luna—, escarba por medio del chile —fruto, sangre gastronómica, arma, albur, droga, placer, temor, ostentación, estado anímico— nuestra habla cotidiana, la historia que condiciona nuestro acontecer, nuestras temáticas y referencias mediatizadas e insatisfechas. Y lo hace desde la perspectiva política, amorosa, social, filosófica, humorística. Desde esa música ignorada que nos acompaña sin querer, como la venta de los tamales oaxaqueños en las calles o la compra de colchones, estufas, refrigeradores, lavadoras y fierro viejo; desde las cantaletas de ambulantes en los vagones del metro, los discursos retóricos de los gobernantes o los acentos de los ídolos mediático-musicales que nos han forjado. La puesta en escena de Viqueira es frenética, aun en momentos de un melancólico pero disfrutable lirismo. Las actuaciones se entrelazan y fluyen en la casi inexistente utilería como si fueran un monodrama, cual si un solo organismo expresara su esencia, su rabia, su nacionalidad. La voz cantada de Luna es rítmica y envuelve los embates hiphoperos del dramaturgo, la delicadeza revolucionaria de Garibay. Conviene decir que, más allá de apetecer algunos valores clásicos como una afinación más precisa o una emisión más cuidada en alguno de los intérpretes, el público descubre que lo que en apariencia es una obra de teatro se convierte en un auténtico musical, en un drama hilado a través de la música, de canciones, arias, dúos o tríos. Y no porque las escenas sean acompañadas por melodías procedentes de una guitarra o del mismo juego de voces de los actores que son a la vez instrumentos y cantantes, sino porque se percibe la necesidad de contar la historia, de desarrollar la trama, de exponer las reflexiones, la lucha del lenguaje, a través de un vehículo musical. Ahí quedan, por ejemplo, una divertida oda al mole, la balada “Amor de ponzoña” o el bellísimo lamento “Fui piñata de tu amor”. Así podría catalogarse Desvenar como un singspiel nacional, como una opereta mexicana o una zarzuela azteca. Como una ópera al chile. Aunque ese discernimiento poco importa ante su naturaleza creativa transgénero. Multimedia. Operística. Desvenar refrenda a Richard Viqueira como uno de los creativos escénicos más importantes del México actual y esta obra lo inscribe en ese catálogo de pensadores nacionales que hurgan en nuestra identidad hasta desvenarla, a través de un ensayo que recopila y pone en escena el patrimonio inmaterial de los mexicanos. Como el chile, también la mexicanidad tiene venas y corazón palpables. Por eso Desvenar es sobre nosotros los mexicanos. Es nuestra.


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