domingo, 1 de abril de 2012

I Due Figaro de Saverio Mercadante en el Teatro Real de Madrid


Fotos: Javier del Real

Alicia Perris

Melodramma buffo en dos actos. Libreto de Felice Romani basado en la comedia Les deux Figaro ou Le sujet de comédie de Honoré-Antoine Richaud Martelly. Nueva producción del Teatro Real, coproducción con el Festival de Pentecostés de Salzburgo y el Festival de Ravenna. Director musical: Riccardo Muti. Director de escena: Emilio Sagi. Director del Coro: Walter Zeh. Reparto: Antonio Poli, el conde de Almaviva. Asude Karayavuz, la condesa. Rosa Feola: Inez. Annalisa Stroppa, Cherubino. Mario Cassi, Figaro y elenco. 27 de marzo de 2012.

A veces los dioses bajan del Olimpo para visitar a los pobres mortales y devolverles la alegría de vivir y la sonrisa. Y entonces hay que dar las gracias a quien corresponda, por esa ajustadísima conjunción planetaria que nos hace soñar en medio de una cotidianeidad difícil, a menudo amarga y desvaída.  Es la sensación que nos deja la visión- y la audición- , mágicas, de una velada en estado de gracia: Riccardo Muti dirigiendo como nunca, o tal vez habría que decir, como siempre, la Orchestra Giovanile Luigi Cherubini y el Philarmonia Chor de Viena en la ópera I due Figaro de Mercadante (1795-1870).  Muti, que recibió el pasado Premio Príncipe de Asturias de las Artes, entre otros muchos agasajos, tiene un gusto exquisito para dirigir ópera italiana y siempre se vuelca en este repertorio, mientras otras batutas ilustran con esmero a los compositores alemanes.  Un autor italiano dirigido por otro es sin duda inenarrable, sobre todo cuando el libreto y el perfume de la propuesta, nos retrotraen a esas historias alambicadas de matrimonios propuestos y fallidos, notarios siempre dispuestos entre bambalinas y amores y amoríos con poca moralidad, que siempre triunfan al final de la obra. Hay un aleteo de Molière en el enredo y un fugo fatuo que nos recuerda por momentos al teatro de Goldoni o a “Les liaisons dangereuses” de Choderlos de Laclos por la soltura y el desparpajo, pero menos trágicas y muchos más festivas y con menos consecuencias.  La partitura, a mitad de camino entre el bel canto y una evocación permanente de lo español y lo italianizante, allí donde se enhebran esos caminos aparentemente tan dispares pero hermanos, es una joya que enardece la escucha y las emociones. La puesta, refrescante, luminosa, feliz, con sus naranjos y buganvillas y geranios y las enredaderas trepando por el ruido delicado de las fuentes de un patio de Sevilla…con la nostalgia de una puesta de sol en la Costiera Amalfitana, en el sur de Italia.
El sonido de la orquesta que dirige Riccardo Muti es la exaltación siempre joven (en la edad, en la performance) de todos los colores, matices y evoluciones sonoras. Se trata de un resultado magnífico, sobre todo si, al estar cerca del escenario, se puede disfrutar de la visión de la dirección del maestro, siempre atenta y sensible, con la guardia alta y la alerta pronta para insinuar, indicar, redondear la ejecución y la consagración de un sonido arrebatador. Y sus maravillosas manos ondeando en el espacio, en escorzo. I due Figaro es una ópera complicada entre otros motivos, porque no se enjuaga con dos buenos cantantes. Se trata de un proyecto de conjunto donde todos tienen que estar a la altura y más.  Excelente el coro y muy bien Antonio Poli como el conde de Almaviva y Asude Karayavuz como la condesa. Acompañando con elegancia Rosa Feola y Mario Cassi en Inez y Fígaro respectivamente. Pero la ovación especial fue para Susanna en la voz de Eleonora Buratto, que compuso un personaje delicioso en lo teatral y lo vocal, lleno de gracia y encanto. Un hallazgo.  Una pintura clara, pastel y verde hoja en los decorados y en los trajes, volantes, puntillas y encajes, metáforas de la esencia de un espectáculo fino y elegante, para hacer olvidar las nostalgias y las preocupaciones del día a día. Puro goce y efervescencia.  Hubo un homenaje de aplausos y “bravos” al estilo y la maestría de Riccardo Muti y “su” ópera y para los músicos y los cantantes y fuera, en la calle, abundaron los comentarios y el agradecimiento generalizado del público por una noche excepcional. Los músicos de la orquesta, se arremolinaban en la salida de artistas del Teatro. No pude menos que decirles, al pasar, “bravi ragazzi, un vero lusso per questo Teatro”. Agradecieron el cumplido con holgura y siguieron charlando.  En el Café de Oriente, al lado del Real, uno de los lugares más emblemáticos de Madrid, apuramos una copa de burbujas por la salud del maestro y su infinita delicadeza para regalarnos el cielo en la fugacidad de un instante detenido en el tiempo. Y todo el arrebato de la paleta sonora de su Nápoles natal, ¡claro!

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