jueves, 17 de abril de 2014

Atzimba ópera de Ricardo Castro en el Palacio de Bellas Artes de México

Foto: INBA

RJ

Ricardo Castro ATZIMBA  V. Dávalos, C.A. Galván, G. Ruiz, A.C. Acosta,  A. Gama, C. Sánchez.  Dir.: E. Patrón de Rueda. Director de esc.: A. Salinas.  13 de abril del 2014.


Atzimba de Ricardo Castro, compositor mexicano y último romántico del porfiriato, se estrenó en enero de 1900 y fue escenificada en temporadas sucesivas hasta 1952 cuando la partitura se extravió y la obra quedo en el olvido, pero por el 150 aniversario del nacimiento del compositor nacido en Durango; Arturo Márquez recuperó la obra orquestando las partes faltantes del segundo acto. Con libreto en español de Alberto Michel, inspirado en La Conquista de Michoacán de Eduardo Ruiz, la trama en tres actos que ocurre durante la conquista de Michoacán narra el triangulo amoroso entre el sacerdote Huépac; la princesa tarasca Atzimba y el oficial español Jorge de Villadiego, que concluye con la muerte de ambos. La orquestación posee interesantes y gratos pasajes musicales, es conocido su Intermezzo; con tintes italianizados con un estilo verdiano, sin renunciar a su carácter nacionalista. Por su emotiva ejecución la orquesta de Bellas Artes se alzó como una protagonista de la velada. El montaje escénico de Jesús Hernández fue austero y con poca imaginación, solo unas pirámides movedizas sobre la escena y un enorme espejo colgando en la parte trasera del escenario. Los desangelados vestuarios y la plana iluminación ayudaron poco a la vistosidad del espectáculo. La dirección de Antonio Salinas con conceptos de Luis de Tavira, consistió en hacer a los cantantes subir y bajar sin sentido de las pirámides, mucha gestualidad y constantes ceremonias y danzas. La compleja escritura vocal es tirante y exigente por los continuos desfases con la música, pero Violeta Dávalos, que dio vida a una sensual princesa, sorteó las dificultades del papel con segura emisión y grato uso del registro medio. El tenor Carlos Arturo Galván, cantó con enjundia y pasión a de Villadiego. Guillermo Ruiz desplegó  su potente voz como Huémac, y el resto de los personajes, y el coro tuvieron un discreto desempeño. Es necesario señalar que el merito de esta exhumación corresponde al Instituto de Cultura de Durango, que honra así a un distinguido ciudadano, y no a una compañía de ópera acéfala de liderazgo y visión, que ha desdeñado durante el tiempo la labor operística de muchos compositores mexicanos.

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