sábado, 19 de septiembre de 2009

Louise en el Festival de Spoleto, Charleston S.C.


Foto: Stefania Dovhan (soprano- Louise)
Credito: William Struhs

por Lindsay Koob – Charleston City Paper

El argumento de la obra es común y corriente: una adolecente costurera de clase media (Louise) conoce a un joven artista (el poeta Julien), y huye a la glamorosa ciudad (Paris) para vivir una vida bohemia de pecado con el, dejando a sus conservadores padres en abandono. Pero lo que en realidad cuenta es lo que el compositor-libretista francés Gustavo Charpentier hizo con este aparentemente sencillo escenario para transformar a Louise en una opera de primer nivel, aunque injustamente olvidada. Primero: refinó y extendió la historia para reflejar temas humanos universales que resuenan al día de hoy-aunque hoy se consideran como “rebelión a la autoridad”, “el síndrome del nido vacio” o “renovación urbana”. Posteriormente, con palabras y música, encarnó verdaderos, simpáticos y creíbles personajes, haciéndole difícil al público inclinarse por uno u otro. La tragedia aquí, aunque ninguno muere, es una familia arruinada, y la superficial “libertad” hedonística que triunfa al final, resulta ser un triunfo vacio. Segundo: la músico. Charpentier compuso un tipo de “verismo francés”, reflejando el pretencioso drama, técnicas vocales, y la intensidad emocional de los maestros italianos como Verdi. Pero también pago gran tributo a la influencia de su contemporáneo alemán, Richard Wagner- aunque pasado por un filtro francés. No importa cuales hayan sido sus influencias, su música es deliciosa, rica y brillante- aunque la chispa se va apagando durante los pasajes tristes o polémicos. El maestro Emmanuel Villaume demostró un control total de la compleja partitura, delineando una precisa, jugosa y emocionalmente potente interpretación de la esplendida Spoleto Festival Orchestra. El coro Westminster Choir brilló también, especialmente durante la escena de la “fiesta” del tercer acto. Varios de sus miembros tuvieron oportunidad de mostrarse como solistas, en más de 20 partes: y fue la primera ocasión que muchos de ellos pudieron cantar papeles en una producción operística completa. Con voces como estas, no sorprende que el coro haya sonado tan bien. Como la heroína Louise, Stefania Dovhan fue una maravilla. Mientras la opera se desenvolvía se paso de ser una aturdida y pasmada adolescente a una creatura de mundo, y en el proceso mostró un impresionante cambio vocal. Sus ligeros tonos de niña se transformaron en ricas y sensuales sonoridades mientras cambiaba de mundos. Como su héroe Julien, el tenor Sergei Dunaev, entregó sus habilidades con fascinante intensidad –de testosterona- y una timbrante parte alta. Los padres de Louise, fueron bien interpretados. El confundido padre- el personaje mas desdichado, fue entonado por Louis Otey, que otorgó un emocionante canto. La madre, cantada por la mezzosoprano Barbara Dever-fue la típica mama mala- aunque pareció conocer su parte mejor que otros. El resto de los papeles importantes fueron Stephen Morsheck (el harapiento), el tenor David Cangelosi (el noctambulo), y las sopranos Anne-Carolyn Byrd (Camille), Adriana Churchman (Irma) y Marjorie Elinor Dix (Gertrude). El director Sam Helfrich y diseñador Andrew Cavanaugh-Holland conspiraron para crear un convincente ambiente de escena lleno de fantasía. Desde los pálidos confines de la casa de Louise al opulento esplendor de Paris (ciudad de luces) los ambientes embonaron en un escenario en movimiento, y las escenografías se fundían ingeniosamente de una escena a la otra. La iluminación de de Aaron Black tuvo mucho que ver con los efectos y atmósfera de la escena, y los vestuarios de época de Kaye Voyce tuvieron imaginativas variaciones. Con esta producción, Spoleto logró lo que ha hecho muy bien durante los años, desempolvar oscuros tesoros operísticos, dándonos el tipo de representación que nos revela, y al mundo, su grandeza.

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