viernes, 18 de junio de 2010

Concierto por el 50 aniversario de I Solisti Veneti y su director Claudio Scimone en Ferrara, Italia

Foto: I Solisti Veneti: Uto Ughi. Teatro Comunale di Ferrara

I Solisti Veneti y Uto Ughi dirigidos por Scimone en un aplaudido concierto por el cincuentenario.

Cuando el virtuosismo es mayéutica y no artificio.

Athos Tromboni

FERRARA- El 2010 es el año del cincuentenario de I Solisti Veneti y su director Claudio Scimone, y la orquesta festeja este aniversario con una gira de representaciones que inició el 22 de mayo en Marostica y concluirá en Asiago el próximo 28 de agosto. Una serie de veinticuatro conciertos se realizaran en el ámbito del calendario del Veneto Festival, con funciones también en Trentino, Emilia Romagna y Friluli Venezia Giulia, más allá de su territorio de residencia. Así, el 17 de junio la ciudad de Ferrara albergó la etapa emiliana de la gira, haciéndole el honor a la orquesta, al maestro Scimone y a sus solistas invitados, el primero de ellos, el violinista Uto Ughi, con un Teatro Comunale repletó de público. El tema característico del concierto puede ser individualizado en el virtuosísimo musical, no solo por la presencia de Ughi (en su honor la velada fue titulada “magia del violín”) si no también por lo que Scimone y la orquesta supieron mostrar. Si, porque si hay un virtuosísimo del solista lo hay también en el envolvente virtuosismo orquestal proveniente de la concertación del ensamble, y esto fue ofrecido por el maestro véneto con la obra de apertura del concierto: la Sinfonía en Re menor op.12 n.4 de Luigi Boccherini. La composición es de 1770, muy poco tiempo después que Boccherini asumiera como “compositor y virtuoso de cámara de su Eminentísima Alteza Don Luis Infante de España” y que constituía el ejemplo de la expresividad instrumental que se desarrolló del estilo del siglo dieciocho al incipiente dramatismo romántico. Es por ello que es necesario el virtuosísimo orquestal, entendido no en el sentido de un estéril ejercicio de habilidad concertante, si no de uno fecundo y expresivo. Por ejemplo, un diminuendo que va del mezzaforte al pianissimo o un pizzicato de acompañamiento mórbido hasta la anulación del último armónico con el silencio, pueden ser limpios y maravillosos pero sin alma, o de otra manera perturbantes, como si el alma fuera agitada o quizás guiada por algunas penas. En cualquier caso se trata de un virtuosísimo, aunque el primero es de estéril expresión y el segundo es fecundo. Con la sinfonía de Boccherini, el maestro Scimone y los Solisti Veneti ofrecieron el virtuosísimo de fecunda expresión que hizo “sentir” al espectador que aquella, la primera, velada de teatro no valía la pena, y menos aun cuando la fluida mutación armónica, rítmica y melódica, por ejemplo en la chacona (tercer movimiento) asumió cuerpo y espesor pasando del gesto mesurado del director a la sesiones de las cuerdas y de los instrumentos, y sin apartar de la paleta aquel estilo imprescindible y galante que hace que la música de Boccherini sea inconfundible, dio a las minuciosas ornamentaciones una melancólica cantabilidad y aquellos acentos trágicos que hicieron del sonido una música apasionada.


Se podrían citar otros ejemplos para destacar el virtuosísimo orquestal de los Solisti Veneti, pero me detendré aquí, porque es necesario mencionar algunas palabras sobre el virtuosismo orquestal del extraordinario Lorenzo Guzzoni, protagonista de las Variaciones sobre temas del Mosè y de la Donna del Lago de Gioachino Rossini: una ejecución admirable de parte del clarinetista, en perfecto clima de simpatía con la orquesta. Guzzoni, puede hacer lo que quiera con su instrumento, como también obtener acordes de swing (al estilo Benny Goodman, para ser claros) del cuerpo de la composición sinfónica sin chillidos tímbricos, así como bellezas tímbricas que ni el propio Rossini se hubiera podido imaginar. Era lógico que al final los aplausos fueran calurosos y prolongados, con Scimone sonriendo con satisfacción, por tantas reacciones del público a una ejecución divertidísima y única. Previamente, una variación en el programa había sustituido al previsto Concierto para oboe y cuerdas RV447 de Antonio Vivaldi por dos obras como el: Concierto en Sol mayor para dos mandolinas y cuerdas RV 532 y por el Concierto en Re mayor para mandolina laúd y cuerdas RV93 esto se debió a que “me llegó una carta firmada por muchas personas donde me solicitaban tocar música para mandolina” explicó el maestro Scimone: de quien – en una ciudad que elogia a una de las mejores orquestas de plectro hoy en actividad, la “Gino Neri”- pareció un homenaje por la agradable hospitalidad. En estas obras se distinguieron los solistas Ugo Orlandi y Maria Cleofe Miotti en las mandolinas e Ivano Zanenghi en el laúd de arco, quienes con virtuosismo alegraron al público. Después apareció Uto Ughi, entonando su violín desde atrás del escenario y llegó a el como si fuera una presentación de patinaje, y llovieron los aplausos como un saludo de respeto y admiración por este magnifico artista italiano. Ughi interpretó de forma esplendida el Concierto en La mayor K219 de Mozart, insertando en el lugar del Adagio original, el más celebre Adagio K261 como lo había ya hecho Mozart en sus tiempos. Concluyó el concierto con la funambulesca Fantasía sobre Carmen op. 25 de Pablo de Sarasate, y para mencionar el efecto agregaremos una consideración: el gran interprete (!Ughi lo es!) además de los dotes musicales puede poseer también una virtud mayéutica, que es aquella de transformar una paráfrasis, una imitación, una pantomima en cualquier cosa absolutamente nueva como si fuera el resultado de su inspiración original. Ughi nos ha hecho probar esto en la Fantasía sobre Carmen, como si Saraste fuera el autor de los temas como Bizet. Había escuchado esta Fantasía una infinidad de veces ejecutada por buenos violinistas, otras en agrupaciones de cámara, pero nunca había tenido la impresión de ese cambio de titularidad entre autores. El merito fue de Ughi, y de su ya definida mayéutica, lo que llevó al público a aclamar de viva voz el bis, así, los bises fueron: un popurrí de cuerdas de los Caprichos de Paganini y la repetición de la página final de la Fantasía de Sarasate. Parecía que los aplausos no terminarían más.

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