lunes, 14 de junio de 2010

Die Meistersinger von Nürnberg y Evgenij Onegin en la Opera de Zurich

Foto: Suzanne Schwiertz / Die Meistersinger - Robert Dean Smith . Edith Haller / Eugen Onegin- Thomas Hampson

Massimo Viazzo

Estos Maestros Cantores serán recordados principalmente por la fulgurante dirección musical de Phillipe Jordan. Las dotes de Jordan, hijo del arte nativo de Zurich pero afincado en Paris, quizás no han podido captar la atención más allá de los Alpes. Sin pretender incomodar modelos ilustres (pero el Karajan de 1951 se hizo presente en mas de una ocasión en esta velada en Opernhaus), la lectura del talentoso director suizo se baso en la inexhausta brillantez, el cuidado de los empastes timbricos, la acentuación siempre caligráfica de los Leitmotive, y la centelleante exuberancia rítmica. Ya desde los primeros movimientos de su batuta en el Preludio, quitando cada pesadez, con sentido de contagiosa energía, de joy de vivre, y de urgencia comunicativa, electrizó la atmosfera, y recorriendo los temas wagnerianos con naturaleza y coherencia: un caleidoscópico y remolino de colores. Justo eso fue lo que estuvo ausente, un día después, en la letárgica y destejida concertación de Vladimir Fedoseev, en un Eugenio Onegin que pareció un poco inconclusa también desde el plano visual. El hecho de que también la “escena de la carta” haya sido soporífera se debió a que justamente algunas cosas no cuadraron, como la falta de paso teatral, algunos desfases entre el foso y el escenario, y la carencia evidente de profundidad psicológica, quizás un fraseo mas abigarrado y una timbrica mas seductora no hubiera comprometido una función que sumando sus partes resultó ser poco brillante, y que solo Thomas Hampson, logró compensar en parte con sus indudables dotes actorales, y sus actuales limites vocales, como una emisión leñosa y fatigosos agudos.

Petra Maria Schnitzer
, quien debutaba el papel de Tatiana, estuvo solo correcta, pero mejorada por el optimo Lenski, ardiente y exaltado de Piotr Beczala que ofreció agudos timbrados al grado de cantar siempre a flor de labio y con buena proyección vocal. Una verdadera joya fue la recuperación, al límite de lo audible del aria «Kuda, kuda, kuda vi udalilis»!).
Pero volviendo a los Maestros Cantores, fue para enmarcar la prestación de Michael Volle, cuya calida y comunicativa vocalidad le permitió confeccionar el retrato de un Beckmesser simpático y alborotador, pero siempre como un exquisito liederista. Robert Dean Smith tuvo una prestación que fue en crescendo, aunque por momentos estuvo un poco en defensa, Alfred Muff fue un Sachs bastante sobresaliente aunque monótono, Edith Haller fue una Eva un poco matrona que incurrió en una fastidiosa rigidez y Matti Salminen, un sólido y probado Pogner, completó un elenco que si bien no fue extraordinario, fue bastante creíble sobre la escena. El espectáculo firmado por Nikolaus Lehnhoff obtuvo altura en el segundo acto donde unas luces diáfanas y un espacio vacío y delimitado al fondo por una escalaras y en la parte alta por una grande y brillante esfera nos introdujo sutilmente en la encantada noche wagneriana.

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